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Cartas del Director

Quiebra de la soberanía nacional

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La insistencia del Gobierno de Sánchez en repetir que la mesa del diálogo inaugura una nueva etapa sobre el futuro de Cataluña, lo que se ha denominado “la agenda del reeencuentro”, esconde una serie de trampas y mentiras que deben ponerse en evidencia. La primera es el desprecio hacia los mecanismos institucionales con los que cuenta el Estado de derecho en el marco de la Constitución española. Ya lo dijo Pedro Sánchez después de su última reunión con Torra, “la ley no basta”. Afirmar que no basta la ley implica, en este caso, que Sánchez no tiene voluntad de aplicar todos los mecanismos jurídicos al alcance del Gobierno para responder al desafío de la sedición en Cataluña, con la consiguiente inseguridad jurídica para los ciudadanos.

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En este sentido, no es verdad que todos los catalanes estén representados en la mesa del diálogo. Más aún, la mayoría de los catalanes, que no desean la independencia, no estarán presentes en esta mesa de diálogo. Quien ha impuesto esta mesa y la agenda de los temas que se van a debatir es el independentismo, que aunque está roto, no ha olvidado la finalidad que les une: el objetivo de la independencia. La mesa del diálogo entre gobiernos, de igual a igual, forma parte del precio que Pedro Sánchez está pagando a quienes le han hecho llegar y le mantienen en la Moncloa. Un precio, la quiebra de la soberanía nacional, demasiado alto.

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Cartas del Director

Naderías frente a la tragedia

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Pedro Sánchez se dirigió anoche a los españoles durante más de 45 minutos con un monólogo reiterativo y convertido en un cúmulo de naderías que no tranquilizan a la sociedad. Sánchez demostró que el afán propagandístico de La Moncloa no tiene límite ni siquiera ante la más dura desgracia que nos está golpeando. El aprovechamiento político que hizo de su monopolio mediático para proteger su imagen obliga a preguntarse si su gestión de esta pandemia, con España confinada, es solo negligente, o si también lo es temeraria. No en vano, ya hay ministros que admiten que el Ejecutivo tomó conciencia de la gravedad el 2 de febrero, y hasta hoy no se ha escuchado ni una sola autocrítica de Sánchez, ni una sola disculpa, ni un mínimo reconocimiento de un error. Toda su comparecencia quedó reducida a una serie de coartadas y justificaciones para sostener que el Gobierno no ha llegado tarde. Pero por desgracia, hoy tenemos la certeza de que así ha sido. Por momentos, Sánchez quiso emular al general Charles de Gaulle, cuando en los años sesenta se presentaba ante los franceses cada sábado para imprimir moral patriótica. Pero de aquello han transcurrido seis décadas, y desde luego Sánchez no es De Gaulle.

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Lo más grave de ayer no fue la utilización de todos los medios públicos a su alcance para justificar su fracaso en la gestión, sino la sistemática exculpación de cualquier responsabilidad por el mero hecho de que se ha limitado a seguir las recomendaciones de los «expertos» y de la OMS. Sánchez, fiel a su costumbre, no asume ninguna responsabilidad política y se desmarca de cualquier problema que pueda salpicarle con excusas carentes de argumentos.

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No parece haber tomado conciencia aún de que es el jefe del Gobierno, y no hay una manera más errónea de ejercer el liderazgo que la sociedad le demanda. No es necesario que Sánchez prolongue artificialmente sus discursos para que los españoles nos sintamos orgullosos de nuestros sanitarios, policías, militares o de todos aquellos que sostienen los servicios básicos y el abastecimiento de un país cerrado. Los españoles ya lo estamos. Lo imprescindible es que Sánchez no pretenda competir con la jefatura del Estado para recuperar la iniciativa política, social y económica perdida. Si vendió a los españoles un «escudo social» frente a esta crisis, anoche solo se ocupó de poner un «escudo político» para no desprestigiar más su imagen en pleno colapso hospitalario y de medios materiales. Pero fue absurdo porque la competencia de este Gobierno está en entredicho. La OCDE exige un «plan Marshall» a nivel planetario, Merkel anuncia en Alemania un rescate de 600.000 millones para una «economía de guerra», Italia multiplica su drama entre peticiones desesperadas de ayuda… y Sánchez se enorgullece de la caída del consumo de queroseno. Para decir lo que dijo anoche, pudo hacerlo antes. O ahorrárselo.


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Cartas del Director

Un Gobierno alarmante

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(R) Más de veinticuatro horas después de haberlo anunciado, el Gobierno por fin aprobó ayer el decreto que impone en España el necesario estado de alarma. Tarde y mal, cuando ya se han producido más de 6.000 infecciones por coronavirus, más de 1.500 personas en los últimos dos días, y con casi doscientos fallecidos, lo cierto es que Pedro Sánchez no ha podido gestionar peor la crisis en las últimas 72 horas. Resulta lamentable e indigno que el Gobierno filtrase su inicial borrador de decreto para restringir los movimientos de los españoles sin hacerlo público a todos los ciudadanos en tiempo y forma. De nuevo, el Ejecutivo incurrió ayer en una banalización del problema más grave de salud pública al que hemos tenido que enfrentarnos, con las repercusiones económicas que ello lleva aparejado en un país literalmente paralizado.

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La improvisación se ha apoderado de un Gobierno que lleva semanas subordinando la sensatez y la cautela a la improvisación sistemática. No ha sido capaz de calcular el alcance de un drama de alcance nacional, y ha estado más preocupado por su propia imagen que por la seguridad de los españoles. De lo contrario, ¿qué sentido tiene que el vicepresidente Pablo Iglesias, consciente del riesgo cierto de infección que padece por el diagnóstico positivo de su pareja, la ministra Irene Montero, se presentase ayer in situ en el Consejo de Ministros extraordinario? Pretender que los españoles queden confinados, lo cual parece lógico, y a su vez fingirse liberado del virus para no perder cuota de protagonismo político y mediático dice mucho de la envergadura política de Iglesias, que es nula. Lo ocurrido ayer es una irresponsabilidad nada ejemplar.

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Sánchez se ha visto desbordado en las últimas horas por dirigentes regionales con más sentido de Estado y con más vigor en la protección de la ciudadanía que él. Hay un estado de confusión política destructivo y alarmante. Sánchez ha amagado demasiado y su indecisión lo ha convertido en una rémora política, supeditada además a Unidas Podemos. Antes de esta crisis, ya había una profunda división interna en el Gobierno. Ahora, esa falla de brutal desconfianza interna se ha abierto mucho más, agravando la brecha de una crisis política sin parangón ni liderazgo. Ayer, el Consejo de Ministros se demoró por la negativa de Pablo Iglesias a asumir decisiones económicas trascendentales y aavalar el plan de choque económico del Ejecutivo. Y España sigue sin conocer la concreción de esas medidas. Sánchez vive de su imagen, pero Iglesias vive de una falsa utopía comunista capaz de destruir el tejido financiero e industrial de esta nación. Además, es indudable que al conformar ayer un núcleo duro de cuatro ministros del PSOE para la toma de decisiones, Sánchez fulminó a Podemos en la gestión de esta crisis, delatando su nulo peso político y su descreimiento absoluto en la utilidad de Iglesias.

Hay presidentes autonómicos y alcaldes con más eficacia en la concienciación social que la del propio presidente del Gobierno. Las medidas que adopta el Ejecutivo son imprescindibles, pero es notorio que ha incurrido en un exceso de confianza que nunca debió producirse. De hecho ha cerrado España demostrándose incapaz de frenar, ni siquiera en condiciones de alarma nacional, al nacionalismo. Cuando ayer mismo Torra e Urkullu lamentaron que se aplique un «nuevo 155» en Cataluña y el País Vasco, lo hicieron con un desconocimiento palpable de la entidad de este problema. En España nadie «confisca» competencias. Solo se atiende al interés general, y anteponer sus veleidades separatistas y su autoridad sobre las policías autonómicas frente a la salud de los españoles es temerario. Nadie debe dudar de que el Estado tiene la obligación de asumir las competencias en todo tipo de ámbitos para contener la enfermedad por más que unos dirigentes autonómicos se puedan indignar. Allá ellos con su absurda concepción del interés público.

Es la hora de la unidad nacional, mal que les pese en su cinismo, porque conviene no olvidar que tanto el País Vasco como Cataluña no solo han pedido ayuda al Gobierno, sino que también dependen del resto de los españoles. Sus poses de independentistas de salón se dirigen una vez más contra España y ningún Gobierno solvente debe tolerarlo, aunque le cueste la legislatura. España es el segundo país de la UE más afectado por el virus, y hasta ayer no adoptó una sola decisión a nivel nacional. Sánchez tiene el apoyo de partidos como el PP, Ciudadanos, e incluso Vox, para no trocear más España, y menos aún en términos de salud pública. Cualquier otro planteamiento sería delirante. Por eso es exigible que el Gobierno de Sánchez actúe con la contundencia necesaria, sin cortapisas, presiones ni chantajes de sus socios. El momento de España es de una alarma excepcional, y es necesaria grandeza política para gestionarla sin amenazas. Si ni lo hace, seguirá siendo un Gobierno alarmante.


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Cartas del Director

Cuando los pueblos dan la espalda a Dios y abrazan los ideales materiales que los destruyen

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El Paseo del Prado, vacío de coches y de gente el miércoles por la mañana
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De entrada, si estamos en esta situación de caos y emergencia sanitaria, obviada la negligencia del Gobierno, es por y no a pesar de la ciencia. España y toda Europa yacen indefensas ante la propagación de un virus del que poco o nada sabemos. Lo inunda todo el patetismo indeleble al terror de un pueblo sin alma que se aferra a la vida porque carece del ideal trascendente de nuestros mayores, los que forjaron un imperio desde la nada. Es sobrecogedor que el coronavirus esté atacando sobre todo a países contaminados durante años por patologías sociales tan mortíferas como el aborto. Tiene su aquel que el kilómetro cero de la propagación del virus haya tenido que ser un aquelarre feminista. O España recupera su identidad cristiana o sucumbirá despedazada por el globalismo vírico. Un pueblo aterido se confina en sus casas para burlar al destino. Los objetivos vitales de la población se han reducido a vaciar las estanterías de los supermercados, de forma atropellada y grotesca. Que al menos tantas horas ociosas sirvan para que meditemos acerca de la “cultura de la nada”, de la libertad sin límite y sin contenido, del escepticismo ensalzado como conquista intelectual. Esta cultura de la nada no esta en condiciones de resistir el asalto de una pandemia. Solo el redescubrimiento del acontecimiento cristiano, como única salvación para el hombre y, por consiguiente solo una decisiva resurrección del alma antigua de Europa, podrá ofrecer una solución diversa a esta confrontación inevitable entre la humanidad y los que quieren reducirla a escombros.

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Por mucho que la ingeniería social haya hecho su trabajo de una forma contumaz y efectiva, me resisto sin embargo a creer que este pueblo español indolente, cobarde y debilitado sea el mismo que expulsó a los sarracenos, que conquistó el Nuevo Mundo, que puso freno al expansionismo napoleónico y que derrotó al marxismo. ¿Qué nutriente sería necesario para revitalizar a este enfermo que, sin embargo, gozó hasta no hace mucho de una excelente salud de hierro?

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No es el pueblo el que ha cambiado, pero sí ha cambiado una gran parte de las generaciones subsiguientes a la Transición.

El “alma” de la nación ha sido atacada y la ha debilitado. El ataque ha sido a sus tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad. A la memoria histórica auténtica mediante la memoria falsa; al entendimiento, despreciando los valores innegociables y a la voluntad, con el desamor a la herencia recibida. De esta forma, unas generaciones, que no es lo mismo que un pueblo, pueden cambiar de conducta, tal y como está sucediendo en la España de hoy. A la viga de hierro, que permanece firme, la convierte en masa, que es moldeable. Si el cuerpo del hombre se convierte en cadáver y se pudre cuando cesa el soplo de vida, la nación, privada del suyo, deja de serlo, y económica, cultural y políticamente se reduce a zona de riesgo.

El nutriente revitalizador, el resurgimiento, no pude ser otro que el de reencontrar sus raíces cristianas y cumplir con su misión histórica.

No es lo mismo estar juntos, que estar unidos. Juntas están las maletas sobre la baca del coche, y sujetadas por el pulpo. Si el pulpo se quita o se rompe, las maletas, al moverse el coche, se caen al suelo. Lo mismo sucede con respecto a la nación cuando la diversidad y el pluralismo, estimulan su fraccionamiento y no hay baca ni pulpo político que lo impida.

Por el contrario, cuando la diversidad y el pluralismo son fruto de la unidad íntima de la nación manifestada durante siglos, con su fuerza creadora, la diversidad y pluralismo se complementan, y enriquecen.

Vemos que en España, la diversidad se interpreta como la privación al hermano de cualquier derecho. Algunas comunidades autónomas aprueban protocolos de actuación que colisionan con la de al lado. No hay una estrategia sanitaria común. Se quiere criminalizar a los madrileños porque muchos de ellos están haciendo uso de su segunda vivienda en otras zonas de España. Como si España ya hubiera dejado de ser la patria común, la casa común donde ninguno de sus hijos es forastero. No es solo el miedo lo que nos hace actuar tan cobarde y miserablemente. Es la falta de pertrechos morales que blinden nuestra raquítica existencia humana. No es una pandemia el principal problema que tienen hoy España y Europa. Es un problema espiritual. Es la apostasía en masa de los ciudadanos europeos. Ahora, debido a esa apostasía, tenemos una Unión Europea que no es más que un instrumento para extender el Nuevo Orden Mundial.

Si seguimos buscando la verdad en los científicos y en los políticos chamanes, entonces la respuesta no debería ser otra que hacer acopio de papel higiénico a la espera de la próxima pandemia. La verdad se halla en los valores innegociables, que son a modo de roca viva sobre la que se apoya el edificio, es decir el Sistema. Dichos valores son básicos, inamovibles. Si el edificio se construye sobre la arena de las opiniones, el primer temblor de tierra, o un viento huracanado, derribará el edificio, convirtiéndolo en un montón de escombros.

La esperanza está en el Cristianismo, que ha sido el instrumento eficacísimo de la civilización occidental contra todos los que antes también quisieron convertir nuestras patrias en un gigantesco campo moral de ruinas.

Solas, borrachas y con coronavirus llegarán todas a una casa sin padre ni madre, a oscuras, habiendo abortado varias veces y sin esperanza. Este es el mundo que ataca el coronavirus.


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