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Salud

Retrato de los niños que luchan por un transplante de médula en Venezuela

AGENCIAS

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Adriana Avariano posa con su hija Mariana de 6 años el pasado 27 de mayo de 2019, en Caracas

Son 26 niños venezolanos con leucemia y otras patologías que esperan un trasplante de médula ósea para salvar sus vidas. Sus casos, atendidos en el Hospital J.M. de los Ríos en Caracas son urgente. Tan solo un par de semanas atrás, el grupo estaba formado por 30 menores, pero cuatro de ellos perdieron la batalla. Sus madres, luchadoras incansables, buscan el milagro en un país donde se hace difícil conseguir un antialérgico, un antibiótico, un ansiolítico o una vacuna. Encontrar el camino que las lleve a conseguir un donante para sus hijos es casi un imposible, pero no están dispuestas a renunciar. Estos son los retratos de algunos de estos niños junto a sus madres:

Edenny, 15 años

Edenny fue diagnosticada con Talasemia mayor con un año de edad. En un principio los médicos se plantearon realizarle un trasplante, pero no es compatible con su hermano. Desde los 7 meses recibe transfusiones de sangre y está medicada con Exjade y Ácido fólico. Para Eddeny lo más difícil es faltar a clase y que sus compañeros del colegio le llamen «camaleón» o «zombi» por su color de piel, que a veces cambia de su tono natural a amarillo. De mayor quiere ser abogada, dijo su madre Evelline durante la sesión fotográfica para este retrato.

Robert, 7 años

Geraldine Labrador posa junto a una fotografía de su hijo fallecido

Geraldine Labrador sostiene un retrato de su hijo Robert, quien falleció a la edad de 7 años unos días antes a esta sesión fotográfica, en Caracas. Robert padecía Leucemia linfoblástica aguda. «El pasado miércoles fuimos al hospital. Lo dejé allí con otras mamás conocidas mientras le buscaba el desayuno. En ese momento recibí la llamada de una de ellas y me dice Robert está mal, está mal y llorando (…) Las doctoras me dijeron que estaba muy mal, una de ellas dijo que debían entubarlo porque si le daba un paro respiratorio no tenían los implementos para asistirlo, le estabilizaron la tensión, pero de repente entró en paro a las 5 de la mañana», contó Labrador. Durante 40 minutos las doctoras estuvieron ayudándolo, pero en medio de la desesperación la madre pidió que lo dejaran tranquilo porque era mucho tiempo «resistiendo». «Estuve con él, lo bese mucho… y decidí que se le quitaran todos los tubos. No merecía seguir sufriendo más», contó Geraldine durante la sesión de fotos.

Miguel Alejandro, 16 años

Elsa Murillo y su hijo Miguel Alejandro

Elsa Murillo y su hijo Miguel Alejandro, de 16 años, posan para la foto. Miguel fue diagnosticado en 2007 con Beta-Talasemia mayor, una enfermedad genética que se caracteriza por la anemia severa y que obliga al adolescente a someterse a transfusiones de glóbulos rojos cada tres semanas, pero que podría solucionarse con un trasplante de médula, para el cual está en una lista de espera de emergencia que no avanza. A pesar de la dificultad añadida que supone vivir a dos horas de la capital, la peor parte para Elsa es ver a su hijo perder el ánimo: «me pongo triste cuando veo que él pierde el ánimo. A veces me dice que ya no quiere más». Apenas han tenido la oportunidad de saber lo que significa vivir, cuando la muerte ya les ronda cada día.

Cristina, 17 años

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Cristina y Rosa se miran

Rosa Colina y su hija Cristina, de 17 años, irradian complicidad a pesar de la crisis de salud que atraviesa el país. Cristina ha sido diagnosticada con Talasemia mayor, Lupus ertematoso sistémico y Hepatitis C. Está medicada con Exjade y debe realizarse transfusiones cada 21 días. «No es fácil ver la crítica de la personas en la calle. Por ejemplo, el 24 de diciembre del año pasado íbamos caminando y venía un grupo de jóvenes. Escuché como uno le decía al otro:“mira tiene sida. Eso fue devastador para mí porque no tengo sida y no voy a contagiar a nadie, más bien ellos me contagian a mí», dijo Cristina.

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Salud

Qué puede cambiar en una familia cuando se trabaja desde dentro

Carnifex Maximvs

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Cuando una familia repite los mismos conflictos una y otra vez, no es porque no se quieran o no se esfuercen. Muchas veces, es porque no logran ver qué está pasando realmente. Las emociones se cruzan con los roles, las rutinas con las expectativas, y lo no dicho empieza a pesar más que lo que se habla. En esos casos, acudir a terapia familiar en Madrid puede marcar una diferencia real.

Especialmente cuando se hace en espacios profesionales como Sampai Salud, donde el acompañamiento es cercano, sin juicios, y enfocado en desbloquear dinámicas que ya no funcionan.

Qué es realmente la terapia familiar

A diferencia de otros enfoques, la terapia familiar no se centra solo en un miembro del grupo. Trabaja con el sistema completo: padres, hijos, parejas, incluso miembros que ya no viven en casa pero que siguen influyendo. Se exploran los vínculos, los patrones de comunicación, los silencios, los síntomas y las historias que se arrastran.

No se trata de buscar culpables, sino de entender por qué se repiten ciertos choques, qué emociones no encuentran lugar y qué necesidades no están siendo vistas. En muchos casos, un problema visible (como la rebeldía de un adolescente o la ansiedad de un niño) es la forma que tiene la familia de expresar algo que no se puede decir de otro modo.

Cómo trabaja un centro como Sampai Salud

El equipo profesional trabaja desde una mirada sistémica, que permite ver el problema como parte de una red más amplia. No se busca reparar lo roto, sino fortalecer lo que sí funciona, lo que ya está disponible.

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Las sesiones pueden ser con todos los miembros o en formato individual, según la etapa del proceso. Se trabaja con la escucha activa, con preguntas que abren, con ejercicios sencillos que ayudan a tomar perspectiva. También se acompaña en momentos de transición: separaciones, mudanzas, duelos, llegada de un nuevo miembro, enfermedad o cambios escolares.

La intervención es respetuosa, sin forzar, y siempre adaptada a las particularidades de cada núcleo familiar.

Cuándo es útil buscar apoyo

Muchas familias esperan a que el conflicto escale. Pero también se puede acudir cuando hay tensión no resuelta, cuando la comunicación se ha vuelto cortante o cuando uno de los miembros empieza a mostrar señales de malestar sostenido: insomnio, irritabilidad, tristeza, aislamiento.

Otros motivos comunes para iniciar un proceso de terapia familiar en Madrid incluyen dificultades en la convivencia, rivalidad entre hermanos, límites difusos entre padres e hijos o diferencias educativas entre los progenitores.

No hace falta tener una crisis para pedir ayuda. A veces, lo que hace falta es un espacio neutral donde escucharse de otra forma.

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