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Cartas del Director

Sánchez se inhibe ante un dictador

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Cuando dentro de unos años se aborden estos momentos decisivos en la moderna historia de Venezuela será, sin duda, la abdicación de la Unión Europea de su responsabilidad en la defensa de los derechos humanos y de la democracia el hecho que se abrirá a las más controvertidas explicaciones. Que, ayer, sin ir más lejos, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, reclamara coraje a un joven político venezolano, Juan Guaidó, que se ha jugado su libertad personal e, incluso, su misma vida, para devolver a su país a la democracia, parecerá una burla, sobre todo, por venir de un gobernante que no fue capaz de hacer lo único que de verdad podía ayudar al pueblo venezolano a desembarazarse de la tiranía de Nicolás Maduro: reconocer al Gobierno provisional emanado de la Asamblea Nacional, y a Guaidó como su presidente, tal y como habían hecho los Estados Unidos y las principales naciones iberoamericanas, con la triste excepción de México. Esa decisión, la única coherente con la propia doctrina de Bruselas, hubiera enviado un mensaje claro a Rusia y a China sobre el coste diplomático y, especialmente, comercial, de mantener su apoyo a la dictadura chavista. Pero la Unión Europea ha preferido intentar el difícil ejercicio de nadar y guardar la ropa, de cuyos resultados, siempre problemáticos, el mundo atesora suficiente experiencia.

Somos conscientes de que entramos en el campo de la especulación, pero es legítimo preguntarse si la plana mayor del Ejército venezolano hubiera salido a respaldar a Maduro si España y el resto de las potencias europeas hubieran actuado con la firmeza que cabía esperar. Porque, ahora, mientras los gobiernos comunitarios disimulan su pasividad con el indignante brindis al sol de una exigencia de elecciones libres en un país donde la libertad ha sido cercenada, el régimen socialista bolivariano exhibe la baza de la agresión imperialista norteamericana y se dispone a resistir, aunque sea a costa de un baño de sangre, en la acepción literal de la expresión.

Que el Gobierno de Pedro Sánchez justifique su dejación, mucho más criticable por la impronta de nuestra específica relación con la antigua América española, en la necesidad de mantener la unidad de acción exterior europea, carece del menor sentido.

Primero, porque nuestros socios, como ya ocurriera en la adopción de las sanciones al régimen de Maduro, suelen respaldar la opinión de Madrid en asuntos iberoamericanos, y, segundo, pero no menos importante, porque Bruselas, que no dio validez a los resultados de las elecciones presidenciales chavistas de mayo de 2018, sólo admite legitimidad democrática en la Asamblea Nacional de Venezuela, por lo que, aunque sea de manera implícita, ya reconoce la presidencia de Juan Guaidó.

Tiene, por lo tanto, muy difícil explicación la postura de nuestro Gabinete, ni siquiera cuando se aduce la supuesta defensa de unos residentes españoles en Venezuela, a los que, por lo escuchado al ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, el dictador Maduro estaría utilizando en calidad de rehenes, ni, mucho menos, en razones de política interior y pueril aritmética parlamentaria, por cuanto no parece probable que Podemos estuviera dispuesto a inmolarse por el chavismo y dejara a caer a Pedro Sánchez, propiciando el adelanto electoral.

Tal vez, la ruptura de relaciones con Caracas, y los subsecuentes problemas diplomáticos con La Habana, produzcan vértigo a nuestro Gobierno, pero hay decisiones que no admiten la inhibición. Hablamos de un pueblo hermano, masacrado, en palabras del ex presidente Felipe González, por un tirano arbitrario, que en estos momentos se enfrenta a cuerpo limpio contra los sicarios del régimen. Es España la que debe liderar la respuesta europea.


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Cartas del Director

Un PSOE sin voz, al servicio de Sánchez

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Con la excepción de algunos de sus dirigentes históricos, como Felipe González, Joaquín Leguina y Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que nada práctico acaban por hacer, y un más que circunspecto Emiliano García Page, un espeso manto de silencio se extiende entre las filas socialistas ante el último «doble mortal» político de su secretario general, Pedro Sánchez, que, ayer mismo, comenzó a negociar su investidura con ERC, un partido separatista que ha encabezado el golpe antidemocrático en Cataluña y que no parece dispuestos a renunciar a ninguno de sus postulados, todo lo más, a amoldarse a un apaciguamiento tacticista, condicionado a la liberación de sus dirigentes encarcelados y a la apertura de una mesa de negociación que, por sí sola, pone en tela de juicio los principios constitucionales del Estado. Ni siquiera la inveterada vocación de poder del PSOE, una anomalía en el mundo occidental, explica la ausencia de críticas internas ante una apuesta que, como describió gráficamente el dirigente castellano-manchego, puede obligar a Pedro Sánchez «a gobernar de rodillas».

Podría entenderse, incluso, que la pasiva reacción de los cuadros del partido ante los malos resultados electorales y la amenaza de podemización del futuro Gobierno se debiera a la misma perplejidad que embarga al resto de los españoles, pero que el PSOE en su conjunto sea incapaz de reaccionar ante las supinas contradicciones, las palmarias incoherencias, las falsas promesas, las medias verdades y las mentiras completas del presidente del Gobierno en funciones carece de explicación racional. Porque no es baladí, y las consecuencias se verán en el medio plazo, que un político con las responsabilidades de quien gobierna la Nación, prometiera en el debate electoral, no hace ni quince días, que iba a reintroducir en el Código Penal el delito de convocatoria ilegal de referendos, llevar al sistema educativo de toda España una asignatura de formación en valores constitucionales y modificar la elección del Consejo de la televisión pública de Cataluña y, ahora, esté recabando apoyos parlamentarios de los mismos partidos contra quienes estaban pensadas esas mismas medidas.

Si, ciertamente, es un tópico que las promesas electorales están hechas para no cumplirse, lo que los ciudadanos están viviendo es la superación del marxismo por parte de Pedro Sánchez, pero el de Groucho. Sin duda, hay que insistir en ello, está manera de contemplar la política como un mero instrumento de provecho personal explica que el PSOE se haya dejado más de setecientos mil votos en unas elecciones que han visto la debacle de Ciudadanos y la fuerte caída de Podemos. Ni a su derecha ni a su izquierda los socialistas han sido capaces de recuperar apoyos, y vuelven a sus peores resultados.

Que el secretario general socialista se asienta sobre una militancia radicalizada, se demostró en las primarias del partido. Que un PSOE alejado de sus tradicionales postulados socialdemócratas está muy lejos de la mayoría social, también. De ahí que no sean de recibo los intentos de Sánchez de trasladar la responsabilidad de un Gobierno como el que se prepara, forzosamente condicionados por quienes pretenden, lisa y llanamente, acabar con el actual sistema constitucional, a los partidos del centro derecha.

Por supuesto, es posible una alternativa a la conjunción de la extrema izquierda populista con el separatismo, como admiten dirigentes caracterizados del Partido Popular que, dicho sea de paso, expresan sus opiniones con libertad y normalidad, pero para ello sería imprescindible que el candidato socialista diera un primer paso esa dirección. Porque los hechos son diáfanos: el mismo domingo Pedro Sánchez, sin atender la llamada de Pablo Casado, ya había decidido cubrirse la espaldas de su fracaso.


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Cartas del Director

El 95% de los españoles ya no podrá dormir

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En el mes de septiembre, Pedro Sánchez concedió una entrevista al presentador de “Al Rojo Vivo” Antonio Ferreras. Allí analizó la falta de apoyos para lograr la investidura y la próxima convocatoria de elecciones generales que se celebró el pasado fin de semana. Allí pronunció unas palabras que hoy, en medio del anuncio de preacuerdo para formar gobierno con Podemos a las 48 horas de las elecciones, serán recordadas y carne de meme.

Sánchez aseguró que “ni él 95% por ciento de los españoles no dormirían tranquilos” con el líder de Podemos, Pablo Iglesias, como vicepresidente. Hoy le recordarán al líder socialista esas palabras ya que hace tan solo unos minutos anunció en una declaración conjunta con el secretario general de la formación morada que ambas formaciones han alcanzado un preacuerdo “para conformar un Gobierno de coalición progresista que combine la experiencia del PSOE con la valentía de Unidas Podemos”, en palabras del líder morado.

El principio de acuerdo se ha alcanzado en menos de 48 horas desde las elecciones generales del pasado domingo y ha sido rubricado en un acto solemne ante los informadores gráficos. En su declaración no hubo ni preguntas ni respuestas, tan sólo una declaración institucional de los líderes del PSOE y de Unidas Podemos


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Cartas del Director

España no puede perder más tiempo

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(R) Convocadas a la medida de las expectivas y los cálculos particulares de Pedro Sánchez y su equipo de asesores, con los que ayer no tuvo pudor en ignorar la jornada de reflexión para posar en una burda imagen de propaganda partidista tomada en La Moncloa, las elecciones generales de hoy sitúan a los votantes ante la alternativa del desbloqueo parlamentario o de la ingobernabilidad a la que como consecuencia de la fragmentación del voto se ha abonado España.

Las cuartas elecciones celebradas en los últimos cuatro años corren el riesgo de convertirse en la enésima semifinal que disputan la izquierda y la derecha, cada una por su lado, para hacerse con la hegemonía del voto de sus respectivas parroquias de seguidores, unas primarias encubiertas en las que los verdaderos problemas y retos a los que se enfrenta España, crecientes según pasa el tiempo y se retrasan las reformas y las decisiones políticas, resultan secundarios para los partidos. El frenazo del crecimiento económico o el desafío del separatismo no pueden esperar a que Pedro Sánchez logre -en la jornada de hoy o dentro de unos meses, en una próxima convocatoria electoral- la representación parlamentaria que considere necesaria para gobernar en solitario. España no puede permitirse perder más tiempo, ni una nueva prórroga de los presupuestos que Mariano Rajoy dejó en herencia y que, paradójicamente, han servido hasta ahora de muro de contención para el irresponsable populismo económico que anuncia Sánchez.

El pulso que el PSOE libra con Podemos está en la raíz de las segundas elecciones generales de este 2019, una batalla sectorial y cainita cuyo traslado a un centro-derecha también fragmentado ha contribuido a perpetuar la provisionalidad que condiciona y lastra el futuro inmediato de España. Con la opción de Ciudadanos muy debilitada como bisagra -primero dejó caer a Rajoy y más tarde jugó la baza, también puramente táctica, de no apoyar a Sánchez-, el centro-derecha reaparece hoy como la única alternativa para impedir que el PSOE tome las riendas de la nación en un momento de especial gravedad, definido por amenazas internas y externas. El extremismo que sembró Rodríguez Zapatero, ahora cultivado por Sánchez, no solo ha dado pie a la fractura y la radicalización de una izquierda descentrada y partida, sino a la división política de la derecha, que de la mano de Aznar y Rajoy y desde la unidad proporcionó a España los mejores años de su reciente historia legislativa. Por acción u omisión, también se acumularon errores, expuestos y denunciados en estas mismas páginas, pero no en el grado caricaturesco que algunos insisten en presentar a los votantes para priorizar su guerra particular y sacrificar los intereses de Españas. Son estos, y no otros, los que hoy nos llevan a las urnas.


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