Opinión
“¡Santiago y cierra, España!” no significa lo que usted cree. Por Eduardo García Serrano
“¡Santiago y cierra, España!” no significa lo que el viejo mester de progresía ha hecho creer a generaciones enteras de españoles, empezando por el pobre Sancho Panza que, en El Quijote, muestra su pasmo sobre el significado de la frase preguntándose “si, por ventura, es que España está abierta y es menester cerrarla”. Sancho Panza, como millones de españoles, antes y después de él, ignoraba el valor y la función de ese signo de puntuación que es la coma, en la misma medida que Felipe González y sus genios propagandísticos cuando redactaron el famoso lema del Referéndum OTAN. ¡Ay las comas!, que mal colocadas, ninguneadas o soslayadas cambian el sentido de una frase y de la voluntad del que la expresa. De ahí que los notarios abominen de los testamentos ológrafos.
“¡Santiago y cierra, España!” no es, pues, de ninguna manera, ese grito endogámico de la España tenebrista, cerrada sobre sí misma, enemiga de la libertad y del progreso que todos los que se han permitido el lujo cultural de escupir sobre nuestra Historia han proyectado y fomentado, con mucho éxito, por cierto. Todos, desde el más tonto al más listo como, por ejemplo, Valle-Inclán, quien en Luces de Bohemia pone en labios del modernista Dorio de Gádex “Santiago abre España a la libertad y al progreso”. Aún sin quererlo, acierta Valle-Inclán. Claro que, el acierto azaroso, surgido de la voluntad expresa de querer decir todo lo contrario, es la peor forma de acertar porque, efectivamente, “¡Santiago y cierra, España!” nace de la firme voluntad de los españoles de conquistar su libertad y, a partir de ella, el progreso que convirtió a España en la primera potencia universal durante siglos y en todos los órdenes, no solo el militar, también el cultural, el científico y el artístico.
La voz “¡Santiago y cierra, España!” nace en la Reconquista, concretamente en la batalla de las Navas de Tolosa. Descompongamos la frase: Santiago, invocación al Apóstol, Patrón de España. Cierra, voz castrense mediante la cual se ordenaba cerrar el cuadro de las formaciones de infantería y de caballería buscando acometer al enemigo, acortar distancias con él y trabar combate. Nada que ver, por lo tanto con la interpretación, incluso valleinclanesca, de cerrar en el sentido de clausurar España a la libertad y al progreso. Después viene la coma, signo de puntuación de pausa que separa el término cerrar del nombre de España. Por lo tanto, para todo aquél que sepa leer, no se quiere decir, de ningún modo, cerrar España como quien cierra una puerta para que nada ni nadie entre, dejando aislados e incomunicados a los que ya están dentro. No. Finalmente, después de la coma, España como invocación a la Patria por la que se va a luchar, a morir y a vencer, siempre con la intercesión de Santiago en el inminente combate.
Gracias a la invocación “¡Santiago y cierra, España!”, nacida en la Reconquista y universalizada por los Tercios Imperiales españoles, España se abre al mundo, conquista el mundo y el mundo acaba hablando español porque los Tercios Viejos cerraron sus cuadros sobre la geografía universal. Si España se hubiera cerrado, como sostienen los juglares del viejo mester de progresía, hoy más de medio mundo no sabría qué significan libertad y progreso.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

@PanchoRoar
28/07/2022 at 16:19
“¡Santiago y cierra, España!”
«¡Santiago y cierra filas de mis Tercios, adelante España de los españoles, España, una , España, grande, España, libre!»
«¡Arriba España!»