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Cartas del Director

Selección española de baloncesto, la excelencia de una raza, el triunfo de lo autóctono

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Un equipo de leyenda y ejemplo de generaciones venideras. Esta es España, la legendaria selección de España, que puede proclamarse otra vez campeona del mundo de baloncesto este domingo en China.

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Este hito de ser la mejor selección mundial del continente europeo no lo había conseguido nadie en la historia salvo las extintas Unión Soviética y Yugoslavia. Una hazaña extraordinaria de una selección que, dirigida por Sergio Scariolo, ya es eterna, y que en otra exhibición de talento, sacrificio, ambición y juego colectivo se impuso a Australia en la semifinal, añadiendo a su carácter irreductible un genial baloncesto, relanzado por el esfuerzo defensivo y la contundencia ofensiva, como el que ofreció en la segunda prórroga espectacular en el que abrió el camino a su nuevo éxito
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España no es una selección, sino un verdadero equipo, que sale a disfrutar a la pista para demostrar de nuevo su poderío, superioridad y mentalidad ganadora. Y si se nos permite presumir de lo que nos resulta propio, sin ofender a nadie, debemos destacar que este nuevo triunfo del deporte español de equipos viene de la mano de jugadores autóctonos, sin concesiones al multiculturalismo de casi todas las demás selecciones. Nos sentimos orgullosos de ello.

Todo lo anterior hace aún más grande el éxito de un combinado nacional que se presentó al Mundial de China con jugadores de casa. Por eso este nuevo triunfo de los deportistas españoles en una gran competición supone la mejor declaración de principios contra los conglomerados religiosos y la amalgama de etnias en un mismo puchero. Que se lo digan sino a los achicharrados franceses en el guiso de la multiculturalidad.

El orgullo nacional que suscita la victoria está en este caso acompañado de importantes lecciones. Los éxitos del deporte español apuntalan muchas convicciones y nos reconcilia con nosotros mismos. Lo primero es rendir tributo de admiración y agradecimiento a todo el deporte español, con creces lo mejor de estos años de desventura política. Y esos éxitos se han logrado con deportistas de aquí. Que no se olvide esto el día que nos multiculturalicen también a nosotros y acudamos a cualquier competición como almas en pena, que es lo que le ocurre a la vecina república del norte una y otra vez.

Si los deportistas genuinamente españoles han logrado éxitos sin precedentes en la historia del deporte, en punto a los que se obstinan en que sigamos el fracasado modelo francés, habría que correrlos a gorrazos.

La grandeza del deporte español se demuestra por todo lo que ha ganado en lo que va de siglo. Y lo ha hecho, es preciso insistir una y otra vez, con deportistas autóctonos, de pura raza ibérica. En lo que llevamos de siglo no hay un país que haya logrado tanto en deportes individuales y de equipo. Hemos sido campeones de Europa y del mundo en las tres modalidades reina del deporte: fútbol, baloncesto y balonmano. En ciclismo, fútbol sala, hockey, golf, badminton… nuestros deportistas alcanzaron la cima mundial.

Se comprende humanamente que los franceses estén tan escocidos tras el éxito de nuestro combinado nacional de baloncesto.

Es bien sabido que la Naturaleza aborrece el vacío, y debería serlo que no hay alianza posible entre una fe y una duda. La fe de unos deportistas españoles que aún no ha perdido su norte identitario frente a la duda de una nación sin apenas deportistas autóctonos con los que disfrutar de un sonoro triunfo.

La sensación causada en China por los hombres de Scariolo nos muestra claramente cuál es el camino: unidos y homogeneos no hay nación que se nos resista. Lo sostuvo Kissinger un día antes del asesinato de Carrero: “Una España fuerte es demasiado peligrosa”.

La fortaleza mental, el entusiasmo, la disciplina, el coraje étnico y el orgullo, distintivos tan nuestros, nos hacen ser invencibles cuando nos lo proponemos. El deporte es el modelo a seguir. Así creamos un Imperio.


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Un veneno para Alemania llamado Angela “Rebecca” Merkel

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El terrorismo en Alemania solo es de extrema derecha. Que nadie se engañe. Las acciones terroristas solo pueden imputarse a personajes de la derecha extrema. Si algún yihadista resultara salpicado por algún caso de terrorismo sería un garbanzo negro, puntual y aislado, pero nunca responsabilidad de su entorno.

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La canciller alemana, Angela “Rebecca” Merkel, aseguró este jueves que el «racismo es veneno» en respuesta al ataque con arma de fuego de un hombre vinculado con la extrema derecha. Alemania lleva sufriendo desde hace años acciones terroristas contra ciudadanos alemanes, con el resultado de decenas de muertos, pero en ninguno de estos casos la canciller alemana se había mostrado tan rotunda. La venenosidad no existía en estos casos. Ya se sabe que esos otros asesinos proceden de un entorno que tiene un código ético prístino y ejemplar. Tanto que sus matanzas terroristas son siempre edulcoradas y presentadas como acciones violentas de simples perturbados que no representan a ningún colectivo. Reducida la matanza a una acción espontánea, la naturaleza ideológica del crimen desaparece. Dirigentes europeos como Angela “Rebecca” Merkel practican el doble rasero moral de foma impúdica y ridícula.

Es una doble vara de medir absolutamente pueril. O criminal, según se mire. Que les hace perder la poca credibilidad que podrían todavía tener. Las autoridades que ocultan la identidad de los asesinos cuando matan a alemanes en nombre de su dios, son las mismas que no han tenido remilgos al ofrecernos todos los datos biográficos del asesino de Hanau, con los cuerpos de sus víctimas aún calientes.

Comprendemos los esfuerzos de los gobernantes europeos, en su exaltación histriónica de “la corrección política”, para proteger a los que ellos consideran “minorías” desde una perspectiva paternalista. Pero rizar el rizo en estos temas puede al final provocar más dolor del que la población europea está dispuesta a soportar.

Ponemos un ejemplo: un alemán que sostiene que EE.UU. tortura y asesina a niños en instalaciones subterráneas, dispara contra los clientes extranjeros de un «shisha bar», un local oriental de fumadores de pipa o cachimba, y de inmediato se clama contra miles de alemanes pacíficos y se les acusa de “odio” y xenofobia. Pero si un camión conducido por un yihadista embiste a los viandantes en pleno centro de Berlín, con el resultado de decenas de muertos y heridos, en este caso no se hablará de “racismo”, ni se señalará a los musulmanes pacíficos que viven en Alemania, ni nadie se aventuraría a decir que el yihadista odiaba a los alemanes y que por eso pretendía eliminar a muchos de ellos. Nada. Se trataría de un simple homicidio imprudente más o menos grave, y nada más.

¿Tenían motivaciones racistas las decenas de agresiones sexuales contra jóvenes alemanas en la Nochevieja de 2015?  Para Angela Merkel, seguro que no. Llegó a decir que se trató tan solo de unos desagradables incidentes machistas, sin que la identidad de las víctimas contara para nada. Pues qué bien.

Cinco ONG cristianas denunciaron en mayo de 2016 las situaciones de acoso que sufren los solicitantes de asilo cristianos en los albergues de refugiados alemanes y reclamaron al Gobierno de Merkel que tomase medidas para protegerlos. La primera ministra germana decidió ignorarlos. Por consiguiente, ¿tiene legitimiad para hablar del “veneno racista” quien ignora o sublima a las víctimas de la violencia dependiendo de sus creencias?

El problema no es solo Merkel. La mayor parte de la prensa alemana está impregnada de corrección política. Los periódicos y revistas defienden el multiculturalismo, y no hablan de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta el país: un crecimiento económico anémico, el envejecimiento de la población y la islamización. Muchos periodistas, profesores y escritores dicen que la cultura alemana no existe. Cuando los libros que critican al islam llegan a convertirse en un éxito de ventas, sus autores son inmediatamente demonizados. Deutschland schafft sich ab (Alemania se abole a sí misma) fue un enorme éxito en 2010, pero su autor, Thilo Sarazin, fue inmediatamente tachado de “racista” y marginado en todos los debates políticos. Rolf Peter Sieferle, exconsejero de Angela Merkel, escribió varios artículos donde describía la autodestrucción de Alemania. “Una sociedad que ya no puede distinguir entre ella misma y las fuerzas que la disuelven vive moralmente por encima de sus posibilidades”, dijo en 2015. Insultado y rechazado por los que habían trabajado con él, se suicidó en septiembre de 2016. Se publicó una recopilación de sus notas tras su muerte, Finis Germaniae (El fin de Alemania).

En el fondo Merkel conoce los verdaderos problemas de Alemania, pero hace dócilmente lo que sus amos globalistas quieren que haga: someterse y ayudar a que los alemanes acepten la derrota.


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Cartas del Director

El silencio del PP y de Vox ante la pretensión de la izquierda de encarcelar a los que hablen bien de Franco

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Querer tipificar como delito las opiniones favorables al franquismo ha puesto de manifiesto la naturaleza profundamente revanchista y guerracivilista del Gobierno de Pedro Sánchez.  Creer que un español decente, intimidado por una disposición sectaria, olvidará lo que vivió, o lo que le relataron familiares que fueron testigos vivientes de la España de Franco, con sus recuerdos felices y palpitantes, para empezar a opinar lo que quiere la izquierda, es una de las mayores atrocidades pretendidas hasta la fecha por el equipo de plagiarios, oportunistas, embaucadores, modistillas y nulidades intelectuales que conforman el Ejecutivo. Deberían someterse a una revisión psiquiátrica a fondo que atenúe el alcance delictivo de sus disposiciones el día que Donald Trump decida encerrarlos en Guantánamo.

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Pero no estaríamos donde estamos de no ser por la cobardía y los múltiples complejos ideológicos de la derecha mandilera en su conjunto. Han pasado más de 24 horas desde que la “bachiller” Adriana Lasta anunciara que el nuevo Código Penal encarcelará a los que hablen bien de la España de Franco y no ha existido aún un solo pronunciamiento en contra del PP ni de Vox. ¿Por qué no agita la derecha milonguera las contradicciones de la izquierda al criminalizar las opiniones favorables a la España franquista y no la celebración de referéndums ilegales, como prometió Pedro Sánchez en campaña? ¿Por qué ni un solo dirigente del PP ni de Vox han exigido, en justa reciprocidad, la pohibición  de símbolos comunistas en los espacios públicos, tal y como aprobó el Parlamento Europeo?

El problema, por consiguiente, no es que se quiera hacer de la exaltación de Franco un delito. El problema es cómo calla toda la derecha, baboseante, acobardada, acomplejada, servil, lobotomizada, idiotizada, negligente y ridícula. ¡Esto es un combate cultural, imbéciles! No se trata solo de defender a Franco, sino de evitar que nos terminen imponiendo la exaltación de los golpistas en Asturias, de los que asesinaron a destajo en las checas y colgaban pancartas en favor de Stalin. ¡Ya basta de callar! ¡Nuestro silencio es su victoria!

El primer mandamiento de esta nueva doctrina ya lo conocemos: consiste en ser cobarde y no atreverse a llamar a las cosas por su nombre. Cuando se pregunta a Pablo Casado y a Santiago Abascal su opinión sobre Franco, no se atreven a decir que se trató de un estadista que proporcionó a España sus mejores años de prosperidad económica y paz social; un país con pertrechos morales lo suficientemente fuertes para resistir las embestidas del marxismo social agitado por las logias europeas. Simplemente se limitan a exponer criterios de mera oportunidad, tales como: “yo no perdería el tiempo hablando el pasado porque tenemos problemas más importantes de los que ocuparnos” o “a los españoles no nos importa nada Franco, que murió hace muchos años”. Y si llegase la oportunidad de obstaculizar la decisión del Gobierno preferirían presentar una oposición de perfil bajo y dejarle hacer lo que quisiera antes de que la acusación de “fascistas” fuese propalada sin descanso por los medios de comunicación que la izquierda domina, que son casi todos.

Pero es que además,  en este caso concreto, cualquier jurista modesto sabe que la prescripción como delito de la defensa de la España de Franco, constituiría una degradación de la democracia en toda regla, ya que consagraría el derecho de un Gobierno a disponer de las opiniones de sus enemigos políticos en base a un título legitimador que solo puede llamarse “odio ideológico”, sentando un gravísimo precedente.

Hoy le toca el turno a los que hablamos bien de Franco, pero mañana le puede tocar a cualquier político, militar o rey cuyas vidas y obras no sean del gusto del gobernante izquierdista de turno. Solo es cuestión de esperar para ver cómo crece esa semilla de rencor que Zapatero introdujo en la mente de muchos españoles y que Sánchez riega para que produzca frutos abundantes.

Desgraciadamente, la historia se volverá a repetir. Veremos algún día a estos resentidos que vieron frustrados sus deseos de eliminar de España todo rastro de religión católica durante la guerra dinamitar la Cruz del Valle de los Caídos para convertir ese lugar sagrado en un museo que exalte las miserias de aquella República comunista; y los veremos fusilar otra vez al Cristo del Cerro de los Ángeles, y también desenterrar a los reyes del Panteón del Monasterio de El Escorial para arrojarlos al contenedor amarillo.

Han levantado la veda y otra vez el odio entre españoles volverá a escribir las páginas de nuestra historia. Porque la izquierda no aprende nunca de su propia vergüenza y tropieza una y otra vez en la misma piedra.

Hay suertes adversas en la Historia en las que a un pueblo le toca el papel doloroso de la capitulación. Cuando ello sucede, la dignidad exige aceptar el lance con hombría y con enojo contenido. Lo que no cabe es lo que podríamos llamar «trunfalismo liquidador», el júbilo alborozado de perder en la jugada, la frívola torpeza de considerar como una victoria lo que está siendo una batalla tras otra perdidas.

Mientras, los dirigentes del PP y deVox, a las órdenes de los mismos amos de siempre, nos recetan cataplasmas de la misma sustancia democrática para detener la hemorragia provocada por ella.

Queda pues acreditado que Vox no fue creado ni fortalecido para cambiar nada, sino para garantizar que nada cambie. A las pruebas de su silencio cobarde esas últimas horas nos remitimos.

 

 


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Reagrupamientos ante las elecciones catalanas

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Las elecciones autonómicas en Cataluña van a celebrarse tarde o temprano. Pese a los intentos de Torra y Puigdemont de dilatar el proceso para no concretar todavía la fecha, las elecciones llegarán. Y cuando lleguen es conveniente que las fuerzas políticas hayan hecho los deberes.

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Si las noticias que circulan se confirman es más que posible que el Partido Popular, Ciudadanos y, quizás, algunos de los nombres propios de la Lliga Democràtica, entre los que figuran antiguos militantes del PP, acaben creando una coalición electoral similar a la iniciativa que se adoptó en Navarra. Las circunstancias mandan y la división del centro derecha perjudica su representación parlamentaria al tiempo que convierte en escasa su influencia en la vida política catalana. Algo similar puede suceder con el catalanismo político. Algunos lo dieron por muerto en un afán de ningunear una corriente que se ha mantenido más o menos discretamente sin renunciar jamás a su reagrupamiento. Quizás no se trate de reeditar el pasado, sino de congregar el voto de aquellos catalanes, que los hay, que rechazan las piruetas del independentismo, no están dispuestos a renunciar a su catalanismo, y prefieren vivir en las instituciones y no en el desacato permanente a la ley.


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