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España

Sentencia del TJUE: Malo para el Estado, bueno para nosotros

Redacción

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Euforia en JxCat tras el fallo del TJUE sobre Junqueras por las repercusiones sobre Puigdemont y Comín

AD.- Fuera caretas. Fuera disfraces. Fuera cuentos contados por políticos tan traidores como los que han sido protagonistas de la farsa democrática, sin apenas excepciones. España es ya un estado fallido. No hay remedio para España, víctima sobre todo de una casta dirigente que no es sino el fiel reflejo de un pueblo tan cobarde y corrompido como el nuestro. Admito que no me ha disgustado el varapalo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea a los jueces españoles, al determinar que el exvicepresidente de la Generalitat Oriol Junqueras, condenado a 13 años de prisión por los delitos de sedición y malversación, goza de inmunidad por su condición de europarlamentario electo en las elecciones europeas de 2019. A decir verdad, he llegado a la conclusión de que cualquier cosa mala para el Estado no ha de serlo tal para los que rechazamos el desorden político, legal y moral resultante de ese mismo Estado. Reconozco que mi odio a muchos de los representantes institucionales se crece al calor del recuerdo de mi detención por espacio de unas horas, tras la denuncia presentada por una de esas asociaciones contra la islamofobia que tanto han proliferado a la sombra de este Estado. Se trata pues el mío de un odio inmarcesible, imperecedero, sin la más mínima posibilidad de sosiego y apaciguamiento. Al menos los que no nos reconocemos ni mucho ni poco en este estercolero, los que deseamos la demolición de este edificio carcomido por la corrupción, contemplemos con un cierto regocijo los batacazos al Estado en cualquiera de sus siniestros representantes.

Nada de lo que nos ocurre debería resultarnos ajeno. Algunos reputadísimos españoles, pocos, ya nos advirtieron que sin soberanía nacional no puede haber nunca independencia nacional. Esos patrioteros de manga ancha que hoy claman contra Europa no han tenido siquiera el valor que tiene Boris Johnson y no se atreven a incluir la salida de España de la UE en sus programas electorales. ¿De qué se quejan ahora?

No pueden quejarse. No tienen derecho ahora a quejarse cuando tantas veces fueron advertidos de lo que cabía esperar de Europa. Esta Europa es la misma que definió Serrano Suñer como la gran ramera; la que durante décadas sirvió de cobijo y refugio a los matarifes de la ETA. Esta es la Europa de la Leyenda Negra contra España difundida por Lutero, el padre del nacionalismo alemán. El teólogo alemán (y los príncipes que se apoyaron en él para enfrentarse a Carlos V) intoxicó toda Europa de mentiras sobre los españoles, unos tópicos que aún persisten en el mundo anglosajón. Esta es la Europa que nunca nos perdonó la extensión de la cultura occidental en su versión española al resto del mundo a partir del Descubrimiento de América. Ni que produjésemos los primeros brotes del Derecho Internacional y que provocásemos la derrota del imperialismo napoleónico. Esta es la Europa que exterminó a docenas de naciones aborígenes, mientras la fe y la inteligencia española construían, no como los ingleses un imperio de muerte, sino una sociedad civilizada que finalmente se impuso como por mandato divino. Esta es la Europa que no ha sabido conservar el preciado legado de la sabia Grecia y la imperial Roma. Esta es la Europa aliada con el turco contra Felipe II y que lloró la victoria de Juan de Austria en la batalla naval de Lepanto. Esta es la Europa que nos odia desde los tiempos en los que, como admitió el propio Voltaire, «España tenía una clara superioridad sobre los demás pueblos: su lengua se hablaba en París, en Viena, en Milan, en Turín; sus modas, sus formas de pensar y de escribir subyugaron a las inteligencias italianas  y desde Carlos V al comienzo del reinado de Felipe II España tuvo una consideración de la que carecían los demás pueblos».

La cuestión es que los políticos traidores que han pilotado el infame régimen democrático nunca han estado orgullosos de su identidad española y mucho menos a la altura del peso histórico de España. Parece que las nieblas europeístas les han nublado el corazón y los sentimientos. Es la diferencia con Carrero, al que asesinaron en diciembre de 1973 por su rechazo al plan europeísta de sodomizar a los españoles, y a quien la claridad de su soleada España le hacía ver y oír mejor a Dios.

Pese a las advertencias de unos pocos, los mejores, que en la España democrática son siempre condenados al descrédito y el asesinato civil, nos hicieron tragar el euro y el cuento chino de que la Unión Europea era sobre todo un espacio común de cooperación económica y de Derecho. Nos garantizaron la inviolabilidad de las fronteras y que Europa no sería nunca un «paraíso judicial» para los delincuentes. El precio que hemos pagado ha sido décadas de inflación, devaluación, desindustrialización e invasiones de africanos, árabes, sudamericanos y chinos.

Nos han hecho creer que estos hijos de puta eran nuestros aliados y amigos. Nos han embarcado en operaciones militares contra Rusia, un país que no nos debe un sólo acto de agravio en toda nuestra historia.

Europa ha dejado de respetarnos porque difícilmente puede respetarse a quien no es capaz de respetarse a sí mismo. Tenemos un Gobierno basura, una oposición basura, unos partidos políticos basura, unas sentencias judiciales basura, unos servicios de inteligencia basura, una prensa basura, una intelectualidad basura, una población mayoritariamente basurizada. ¿Qué esperábamos?

Lo que hemos sembrado en 40 años de democracia no podía darnos mejor cosecha que la de un tribunal europeo quitándole la razón, una vez, a la justicia española. Y en parte lo celebramos, porque cada día resulta más difícil sentirse ogulloso de ser español en medio de tantos compatriotas que nos hacen sentir un profundo asco y desprecio.

La democracia española no pinta nada en el mundo porque nos hemos convertido en un país mediocre que no impone respeto ni seriedad. Nos hemos enemistado con Rusia por obedecer los dictados de UE, aceptamos refugiados porque lo ordenaba la UE, nos abrimos al mercado internacional sin tener un tejido productivo capaz de competir en igualdad de condiciones con el del resto de países avanzados. Incluso aceptamos cantar en inglés en Eurovisión para parecer más modernos.

Somos un país pobre, acomplejado, sin orgullo, sin dignidad, sin vocación de liderazgo. Solo un país tan indigno como el nuestro puede pretender poner su futuro en manos de un encarcelado por sedición. Este país no es más que el reflejo mortecino de su dirigencia política. Europa ha oficializado de facto la caída de España y se ha ciscado sobre en nuestra soberanía nacional. Nos ha dicho alto y claro que no tenemos derecho a defendernos de quienes traten de romper España a contrapelo de las leyes nacionales vigentes. Si no estuviésemos liderados por políticos tan traidores, hoy mismo tendría que haberse puesto sobre la mesa la renegociación de nuestra pertenencia a la Unión Europea y someterla luego a referéndum.

Lo que mal empiueza peor termina. Tenemos a una casta política al nivel de las cloacas. Desde el primer momento renunció a tomar las decisiones que la gravedad del desafío catalán exigía a gritos. Los gobiernos de la democracia han supeditado el interés nacional a su interés cortoplacista, PSOE y PP dejaron la gobernabilidad de España en manos de los separatistas. Nunca pensaron que a base de cebar al monstruo, éste se haría incontrolable. Y ya es demasiado tarde. España es ya un Estado fallido.

No hay forma de entender que con el desafío independentista a todo tren desde el año 2012 en España no haya habido un gobierno capaz de incluir en la legislación un delito que encajase de una forma más clara en la evidentemente delictuosa actuación separatista -la inmensa mayoría de los países de nuestro entorno reconocen el intento de quebrar la unidad nacional como un delito grave- o de recuperar el delito de convocatoria de un referéndum ilegal que Zapatero retiró del Código Penal en un gesto -otro más- para pastelear con el separatismo.

La conversión de España en un Estado fallido ha sido posible sobre todo el conformismo y la cobardía de los españoles. Sentirse a gusto en un vagón, aún cuando no haya máquina que lo arrastre o cuando la máquina nos lleva al abismo, es señal inequívoca de cretinismo mental, de ligereza o de vocación de suicidio.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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