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«Sin el racialismo, el identitarismo es como una flor sin fragancia»

Redacción

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Portada del libro de Pedro Carlos González Cuevas

El historiador Pedro Carlos González Cuevas acaba de publicar bajo el sello de La Tribuna del País Vasco el libro «Vox, entre el liberalismo conservador y la derecha identitaria», un sensayo dedicado al partido liderado por Santiago Abascal que parte de una premisa: «La incidencia de VOX en la vida política española es tan necesaria como lo ha sido antes de las elecciones. Cuarenta años de indiscutida hegemonía de la izquierda cultural, del nacionalismo separatista y, sobre todo, de la “razón cínica” centrista, ha imprimido carácter a la sociedad española; y de esas telas de araña no se sale fácilmente, lo estamos viendo; más bien todo lo contrario. En cuanto a VOX, su dilema está claro: debe elegir entre el liberalismo conservador, es decir, un PP bis, o configurarse como una auténtica derecha identitaria y socialmente transversal. No hay otra alternativa».

Profesor titular de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Pedro Carlos González Cuevas ha pasado esta mañana por los micrófonos de Radio Cadena Española para participar en el programa «Alt News», que conduce y dirige Saniago Fontenla.

El colaborador de este espacio y director de AD, Armando Robles, ha mantenido una discusión con González Cuevas al refutar la naturaleza identitaria de Vox. «Usted llama identitaria a una formación política que defiende el relativismo antropológico. Es decir, califica a los inmigrantes de buenos o malos dependiendo de su procedencia. La racialidad es el fundamento del identitarismo. Las etnias son el fundamento de las sociedades. Alemania es lo que es por los alemanes, no por su cultura. Son las identidades raciales las que determinan el caracter y la capacidad creativa de las comunidades nacionales. Y una comunidad nacional es el resultado de una herencia biológica de siglos».

Por su parte, el escritor e historiador minimizó la importancia del racialismo en el identitarismo, que definió como una respuesta política al globalismo. Abogó en ese sentido por el «mesticismo» defendido por Ramiro de Maeztu. Robles respondió rotundo: «El mesticismo que usted defiende es precisamente el arma destructiva que está utilizando el globalismo para la destrucción de los pueblos europeos. Sin racialismo, el identitarismo es como una flor sin fragancia».

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

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Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

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Por Diego Fusaro

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