Opinión
Síndrome de Supermadre o de Gallina Clueca
El debate acerca de la conveniencia o no de la guarda y custodia compartida de los hijos menores, tras el divorcio, sigue aún abierto en España, por la sencilla razón de que quienes tienen capacidad de cerrarlo, no parece que tengan intenciones de ello.
Mientras tanto, cada vez que se reabre sigue habiendo quienes se oponen de forma realmente pintoresca, generalmente mujeres, con argumentos tales como: ¡”No me negarás que el amor de una madre hacia un hijo no es ni remotamente comparable al de un padre, el amor de una madre siempre es “incondicional”, cosa impensable en un padre…”! y además cuando lo sueltan lo hacen de tal forma que te están indicando que es un dogma de fe, y como tal incuestionable. Y si no es suficiente, recurren a la falacia del “principio de autoridad”: ¡Acaso vas a saber tú más que Erik From!
“Éste” y la también “exclusiva” característica femenina (¡Faltaría más!) de las mujeres de ser madres y esposas abnegadas, altruistas, desinteresadas, todas ellas personificación de la entrega y la bonhomía, hacia sus hijos y sus esposos, son según los jueces y fiscales un argumento de suficiente peso para apartar a los hijos de sus papás tras el divorcio, y convertirlos de facto en huérfanos…
Bien, tras señalar que, quienes principalmente se oponen a la custodia compartida de los menores tras el divorcio, siguiendo las directrices de las asociaciones femiestalinistas, son los jueces y fiscales; vamos a hablar de “El síndrome de supermadre”.
Al contrario de lo que pueda suponerse el síndrome de supermamá o de “gallina clueca”, es una enfermedad mucho más popular y mucho más extendida de lo que la gente pudiera pensar, no presenta síntomas como fiebres, diarreas, nauseas, vómitos, o cosas por el estilo. Los síntomas que presenta son más “creativos” y desgraciadamente de muy graves consecuencias, de terribles efectos secundarios habría que hablar tal vez, de una devastadora epidemia, como apuntaba anteriormente.
Primeramente, antes de hablar del “cuadro médico”, hay que hablar de grupos de riesgo, de potenciales pacientes, de candidatos a sufrir la enfermedad. En esta cuestión, todos los expertos, sin duda alguna, avalados por miles de experimentos, describen como grupo de riesgo a mujeres de entre 15 y 95 años (algunas suegras y abuelas son también candidatas a padecer la enfermedad, aunque con menor frecuencia), sin discriminación por razón de raza, religión o cualquier otra circunstancia personal, y de forma tan generalizada que, se podría hablar de pandemia entre las hembras humanas, aunque siempre hay excepciones que confirman la regla.
Pasemos, después de este preámbulo imprescindible, a la sintomatología: cuidado exagerado, desproporcionado, de sus crías; acompañado de menosprecio, e incluso en algunos casos de desprecio sin recato, de la figura paterna.
Veamos una muestra típica y tópica, la estancia de un hijo –o una hija- en un hospital, por poner un ejemplo: En una situación de tal tipo y si la causa de la hospitalización no es leve, la supermadre se preocupará -y ocupará- por su súpernene de tal manera que incluso llegará a abandonar el trabajo y al marido, e incluso al extremo de enfermar ella misma por no comer, no dormir y no cuidarse suficientemente. Por descontado, una buena gallina clueca, le dará de comer a su polluelo en la boca, aunque sea mayorcito, y le acompañará a hacer sus necesidades, llegando a veces al extremo de casi hacer ella caca por la cría debido a sus propias contracciones.
Obviamente, el rol paterno será denigrado en todo momento, llegando a convertirse en un padre disminuido. Haga lo que haga, pase las horas que sean necesarias al lado de la prole que en teoría es de ambos, de papá y mamá; dará igual: será presentado como un mal padre que no atiende suficientemente a sus hijos, y ¡¡Menos mal que tienen a su supermamá, porque si no se morirían por culpa de su mal padre!!
Si se trata de “compromisos sociales” y eventos diversos del súper nene o la supernena, más de lo mismo: Las crías siempre tienen preferencia. Las gallinas cluecas pasearán a sus polluelos por donde ellas –las crías- deseen, a costa de amigos y familiares. ¿Habías quedado a la diez con supermamá? Ya puedes esperar sentado y con la paciencia del Santo Job, que hasta que no se haya satisfecho el caprichito del supernene no hay nada que hacer… Por supuesto, sus polluelos encantados, dado que son “educados” como débiles crónicos, acabarán viendo el mundo como algo hostil ante lo que sentir miedo, nada mejor para mitigar ese miedo que los arrumacos de sus supermadres, nada mejor que su sobreprotección continua, léase contra hombres malos, pérfidos varones, machos terribles.
Dicho todo lo anterior y a riesgo de concitar odios femeninos, he de decir que en un mundo tan feminizado, dominado por un puritanismo feminista –androfóbico, misándrico- a ultranza que hace estragos en campos tan diversos y poderosos como la judicatura, la política o el periodismo, ese síndrome tan femenino (el de supermadre o de gallina clueca) es muy posible que acabe instalándose en todas los ámbitos de la vida y las impregne por completo.
Es por ello, que entre otras cosas, tras las rupturas matrimoniales el papel del padre se acaba empequeñeciendo de tal manera que se convierte en mero proveedor del sustento económico de las crías y en llevarlas a pasear o al cine muy de tarde en tarde, un día o dos de cada quincena. Y total ¿para qué más? El padre es un ser insignificante que apenas se ocupa o preocupa de sus hijos. Para cuidarlos, protegerlos, educarlos, etcétera, ya tienen a las supermamás. Es más, ellas han demostrado de miles de maneras que la influencia de los mini padres es altamente contraproducente. Los hombres somos todos “cabrones” por naturaleza, borrachos, no pagamos pero sí pegamos, sólo pensamos en el fútbol, en fornicar (¡Huy, qué vulgaridad!) y en ganar dinero. Así pues, cuánto más lejos de nuestros hijos mejor que mejor, es más, lo más sano es que ni nos vean…
Pues “eso”:
¡MALDITO SEA EL AMOR INCONDICIONAL Y MALDITA LA ADNEGACIÓN DE LAS GALLINA CLUECAS!
España
El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite
Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.
Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.
La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado
Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.
El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.
Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.
La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag
Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».
Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.
Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.
La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.
Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.
El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista
Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.
Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.
Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.
La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».
Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.
La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre
Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.
La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.
Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.
La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.
