Connect with us

Opinión

Síndrome de Supermadre o de Gallina Clueca

Published

on

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!

El debate acerca de la conveniencia o no de la guarda y custodia compartida de los hijos menores, tras el divorcio, sigue aún abierto en España, por la sencilla razón de que quienes tienen capacidad de cerrarlo, no parece que tengan intenciones de ello.

Mientras tanto, cada vez que se reabre sigue habiendo quienes se oponen de forma realmente pintoresca, generalmente mujeres, con argumentos tales como: ¡”No me negarás que el amor de una madre hacia un hijo no es ni remotamente comparable al de un padre, el amor de una madre siempre es “incondicional”, cosa impensable en un padre…”! y además cuando lo sueltan lo hacen de tal forma que te están indicando que es un dogma de fe, y como tal incuestionable. Y si no es suficiente, recurren a la falacia del “principio de autoridad”: ¡Acaso vas a saber tú más que Erik From!

“Éste” y la también “exclusiva” característica femenina (¡Faltaría más!) de las mujeres de ser madres y esposas abnegadas, altruistas, desinteresadas, todas ellas personificación de la entrega y la bonhomía, hacia sus hijos y sus esposos, son según los jueces y fiscales un argumento de suficiente peso para apartar a los hijos de sus papás tras el divorcio, y convertirlos de facto en huérfanos…

Bien, tras señalar que, quienes principalmente se oponen a la custodia compartida de los menores tras el divorcio, siguiendo las directrices de las asociaciones femiestalinistas, son los jueces y fiscales; vamos a hablar de “El síndrome de supermadre”.

Al contrario de lo que pueda suponerse el síndrome de supermamá o de “gallina clueca”, es una enfermedad mucho más popular y mucho más extendida de lo que la gente pudiera pensar, no presenta síntomas como fiebres, diarreas, nauseas, vómitos, o cosas por el estilo. Los síntomas que presenta son más “creativos” y desgraciadamente de muy graves consecuencias, de terribles efectos secundarios habría que hablar tal vez, de una devastadora epidemia, como apuntaba anteriormente.

Primeramente, antes de hablar del “cuadro médico”, hay que hablar de grupos de riesgo, de potenciales pacientes, de candidatos a sufrir la enfermedad. En esta cuestión, todos los expertos, sin duda alguna, avalados por miles de experimentos, describen como grupo de riesgo a mujeres de entre 15 y 95 años (algunas suegras y abuelas son también candidatas a padecer la enfermedad, aunque con menor frecuencia), sin discriminación por razón de raza, religión o cualquier otra circunstancia personal, y de forma tan generalizada que, se podría hablar de pandemia entre las hembras humanas, aunque siempre hay excepciones que confirman la regla.

Pasemos, después de este preámbulo imprescindible, a la sintomatología: cuidado exagerado, desproporcionado, de sus crías; acompañado de menosprecio, e incluso en algunos casos de desprecio sin recato, de la figura paterna.

Veamos una muestra típica y tópica, la estancia de un hijo –o una hija- en un hospital, por poner un ejemplo: En una situación de tal tipo y si la causa de la hospitalización no es leve, la supermadre se preocupará -y ocupará- por su súpernene de tal manera que incluso llegará a abandonar el trabajo y al marido, e incluso al extremo de enfermar ella misma por no comer, no dormir y no cuidarse suficientemente. Por descontado, una buena gallina clueca, le dará de comer a su polluelo en la boca, aunque sea mayorcito, y le acompañará a hacer sus necesidades, llegando a veces al extremo de casi hacer ella caca por la cría debido a sus propias contracciones.

Obviamente, el rol paterno será denigrado en todo momento, llegando a convertirse en un padre disminuido. Haga lo que haga, pase las horas que sean necesarias al lado de la prole que en teoría es de ambos, de papá y mamá; dará igual: será presentado como un mal padre que no atiende suficientemente a sus hijos, y ¡¡Menos mal que tienen a su supermamá, porque si no se morirían por culpa de su mal padre!!

Si se trata de “compromisos sociales” y eventos diversos del súper nene o la supernena, más de lo mismo: Las crías siempre tienen preferencia. Las gallinas cluecas pasearán a sus polluelos por donde ellas –las crías- deseen, a costa de amigos y familiares. ¿Habías quedado a la diez con supermamá? Ya puedes esperar sentado y con la paciencia del Santo Job, que hasta que no se haya satisfecho el caprichito del supernene no hay nada que hacer… Por supuesto, sus polluelos encantados, dado que son “educados” como débiles crónicos, acabarán viendo el mundo como algo hostil ante lo que sentir miedo, nada mejor para mitigar ese miedo que los arrumacos de sus supermadres, nada mejor que su sobreprotección continua, léase contra hombres malos, pérfidos varones, machos terribles.

Dicho todo lo anterior y a riesgo de concitar odios femeninos, he de decir que en un mundo tan feminizado, dominado por un puritanismo feminista –androfóbico, misándrico- a ultranza que hace estragos en campos tan diversos y poderosos como la judicatura, la política o el periodismo, ese síndrome tan femenino (el de supermadre o de gallina clueca) es muy posible que acabe instalándose en todas los ámbitos de la vida y las impregne por completo.

Es por ello, que entre otras cosas, tras las rupturas matrimoniales el papel del padre se acaba empequeñeciendo de tal manera que se convierte en mero proveedor del sustento económico de las crías y en llevarlas a pasear o al cine muy de tarde en tarde, un día o dos de cada quincena. Y total ¿para qué más? El padre es un ser insignificante que apenas se ocupa o preocupa de sus hijos. Para cuidarlos, protegerlos, educarlos, etcétera, ya tienen a las supermamás. Es más, ellas han demostrado de miles de maneras que la influencia de los mini padres es altamente contraproducente. Los hombres somos todos “cabrones” por naturaleza, borrachos, no pagamos pero sí pegamos, sólo pensamos en el fútbol, en fornicar (¡Huy, qué vulgaridad!) y en ganar dinero. Así pues, cuánto más lejos de nuestros hijos mejor que mejor, es más, lo más sano es que ni nos vean…

Pues “eso”:

¡MALDITO SEA EL AMOR INCONDICIONAL Y MALDITA LA ADNEGACIÓN DE LAS GALLINA CLUECAS!

Anuncios

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!
Advertisement
Deje aquí su propio comentario

Opinión

“Perdón, soy hombre y no lo puedo evitar”, la muerte anunciada de la virilidad

Published

on

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!

El hombre se hace feminista cuando no sabe ya cómo agradar a las mujeres. La mujer se hace feminista cuando ya no sabe cómo agradar a los hombres (Enrique Jardiel Poncela).

Hace ya una década que se puso a la venta en Francia el libro de Eric Zemmour “Le premier sexe”. En España fue editado en 2007 con que fue editado en español con el título “Perdón, soy hombre y no lo puedo evitar” por Ediciones Áltera.

Desgraciadamente salvo para etiquetar al autor de “facha”, “misógino”, y cosas por el estilo, de poco más se hicieron eco los medios de información hace diez años.

Éric Zemmour es una persona archiconocida en Francia por su actitud de llamar a las cosas por su nombre, sin rodeos y sin circunloquios, y por pertenecer a lo que algunos denominan “derecha alternativa”.

Nacido en una modesta familia “pied-noir” (ciudadanos de origen europeo, en su mayoría de origen francés, que residían en Argelia y que se vieron obligados a salir de ese país tras la independencia en 1962) de origen judío-sefardí, formado en el Instituto de Estudios Políticos de París, Zemmour es editor del periódico liberal-conservador Le Figaro (Paris). Personalidad mediática, colaborador asiduo de varios programas televisivos, autor exitoso de ensayos políticos, articulista apreciado, es hombre independiente, incluso iconoclasta y por lo tanto controvertido. Quien lea su libro, que lleva por titulo “El primer sexo”, una réplica al “Segundo sexo” de la papisa del feminismo, la amante de Sartre, Simone de ea, descubrirá a un escritor inteligente, culto, brillante, con enorme sentido del humor.

Éric Zemmour se define como “soberanista” y contra “el derecho de injerencia”, la intervención en un Estado soberano por parte de uno o varios Estados u organizaciones internacionales, mediante la fuerza armada y sin su consentimiento; tampoco les sorprenderá si les digo que propone abiertamente un mayor control de la inmigración y que abomina del llamado “multiculturalismo”, y por supuesto, es abiertamente antifeminista y contrario a las bodas entre homosexuales… Tampoco les extrañará si les digo que viene advirtiendo sin cesar del suicidio al que casi de forma irremediable caminan su propio país y la civilización occidental, si prosigue la creciente islamización, a la vez que los europeos cada vez traen menos hijos al mundo.

Pienso que es sumamente interesante retomar el libro al que aludía al principio:

La tesis de Eric Zemmour es sencilla. El llamado “segundo sexo” ha venido a ser el primero e incluso el único. El feminismo ha descalificado al “macho”. La ideología sesentayochesca ha permitido un nuevo avance de los valores femeninos. La sociedad europea y occidental se afemina a pasos agigantados. El homosexual -“gay”- viene a ser el nuevo modelo cuyas imágenes positivas, proyectadas sin tregua en los medios de comunicación, acaban moldeando la mente de la gente corriente, del ciudadano medio. El hombre moderno se depila, se perfuma, se adorna con afectación, lleva joyas y bisutería, y todo ello fomenta el consumo. Hombres o mujeres, todos iguales, nos convertimos de esa manera en excelentes y entusiastas consumidores.

El “macho” tradicional, el hombre que respeta a su madre, protege a su mujer y se siente responsable de sus hijos, es una especie en extinción. Se muere el hombre tradicional activo, emprendedor, resolutivo, aficionado al riesgo, a la acción y a la aventura. En adelante, el hombre moderno deberá cooperar, comunicar y conservar en vez de competir, obrar y transgredir. Elegirá la efímera pareja antes que la familia duradera, el indispensable hogar de los niños.

“¿A qué se parece el hombre ideal?”, se pregunta Éric Zemmour en su libro.

El texto de Zemmour es una reflexión sobre la feminización de la sociedad occidental. “El hombre ideal se depila, compra productos de belleza, lleva joyas, sueña con el amor eterno, cree a pie juntillas en los valores femeninos, prefiere el compromiso a la autoridad y, más que de la lucha, es partidario del diálogo y la tolerancia. El hombre ideal es una verdadera mujer”.

Sí, Zemmour nos habla de aquello que en España ya se ha acabado convirtiendo en costumbre: el que algunos varones cuando abren la boca empiezan por pedir perdón por haber nacido con pene, y añaden que están en búsqueda de “su lado femenino”.

Todo ello es resultado de un proceso contradictorio de aceptación a medias, a la vez que de rechazo -también a medias- del feminismo por parte de una gran mayoría de mujeres. Habiendo descartado, tras varios decenios de tanteo, la poco seductora perspectiva de comportarse como hombres, la mayoría de las mujeres “han sacado de esa paradoja una conclusión radical pero, sin embargo, lógica: ya que las mujeres no han conseguido transformarse en hombres, es necesario transformar a los hombres en mujeres”.

Al mismo tiempo que trata de explicarnos el asunto del doble pensar acerca del feminismo por pare de las mujeres, Zemmour establece un paralelismo muy oportuno con los regímenes comunistas de los que el feminismo es deudor ideológico a través de Engels y Beauvoir. Nos cuenta Zemmour que igualmente que algunos comunistas y no comunistas disculparon a Lenin de los desmanes, tropelías, y crímenes cometidos por los estalinistas, así hacen muchas personas cuando hablan del feminismo como algo “bueno”, incluso necesario y consideran que hay “feminismos” y feminismos y que el denominado “de género” en nada tiene que ver con el feminismo genuino, el de las sufragistas, el de los primeros tiempos… Pero, al igual que acabó ocurriendo con el comunismo marxista, la distinción ha acabado por derrumbarse. El estalinismo se hallaba ya dentro, formaba parte del leninismo. Del mismo modo, el feminismo es un bloque. Es una visión del mundo, una voluntad de cambiar a la mujer y al hombre. Borrar 5.000 años de distinción de roles y universos, como ha escrito muy bien Élisabeth Badinter (paradójicamente antigua discípula de Simone de Beauvoir). En suma, destruir la herencia judeocristiana.

Por eso, precisamente, el feminismo es un ‘-ismo’ del siglo XX que no puede escapar a sus demonios totalitarios.

Zemmour nos pone múltiples ejemplos de tales afanes totalitarios y liberticidas en su libro: “He visto en la televisión un debate entre un joven agricultor, que confesaba algo avergonzado que, sin la prostitución, nunca habría conocido mujer, y Anne Hidalgo, adjunta socialista al alcalde de París, (cuando Zemmour escribió su libro) que, con mirada asesina, le recriminaba: “¡Usted necesita tratamiento médico!”.

Retrocediendo unos cuantos siglos en la Historia de Francia, Éric Zemmour nos recuerda que en el siglo XVIII, Montesquieu y Rousseau ya advertían sobre las terribles consecuencias que podría tener como resultado el cada vez mayor poder de las mujeres y de los peligrosos alcances que podría acarrear el afeminamiento de la sociedad. Las mujeres de la alta sociedad adquirieron entonces un poder considerable. Por ejemplo, quien realmente ostentaba el poder durante el reinado de Luis XV era Madame de Pompadour, hasta el punto de conseguir que los hasta entonces tradicionales aliados de Francia dejaran de serlo, de forma que Austria, el enemigo tradicional de Francia, pasara a no serlo, en contra de Rusia, que había sido amiga de Francia desde los tiempos del Cardenal Richelieu. También fue ella la causante de la caída en desgracia de los jesuitas, para regocijo y aplauso de la izquierda filosófica de la época.

“En los salones de entonces –nos cuenta Zemmour- son las mujeres quienes organizan el encuentro profético de las dos élites: la aristocrática o del nacimiento, y la burguesa o de la inteligencia. Mezcla verdaderamente revolucionaria. Son ellas quienes seleccionan a los afortunados elegidos, según sus propios criterios, en detrimento de un Rousseau que nunca complace”.

Sin embargo, las feministas actuales no consideran suficiente esa participación femenina en el poder político del siglo XVIII, y “repiten maquinalmente que sólo las mujeres de la alta sociedad tenían algo que ver con esa evolución -¡Al parecer de estas lumbreras, el rey pedía opinión a los campesinos varones cuando tenía que tomar alguna decisión trascendente!- y que las mujeres tenían que pasar por el lecho del rey para tener influencia”, nos dice Zemmour con sentido del humor. Y añade, en una aseveración sin duda sorprendente para los españolitos de a pie y no tan pedestres, acostumbrados a la castidad oficial de nuestra clase política, que “podrían contarse con los dedos de una mano las mujeres políticas de estatura nacional que no hayan pasado por los brazos de uno de los tres monarcas franceses de los últimos 30 años: Giscard, Miterrand, Chirac”.

Tampoco tiene desperdicio la mención que hace de “la paridad”: para conseguir tal cosa y no habiendo suficiente competencia femenina, las listas electorales se han recargado de esposas, amantes, hermanas, primas, secretarias, antiguas novias y adjuntas de prensa.

Igualmente, son de especial interés las observaciones históricas que hace Zemmour en relación con el Código Civil redactado por Napoleón e inspirador de una legislación civil europea que se ha mantenido vigente hasta bien entrado el siglo pasado y en la que el feminismo ha encontrado uno de sus blancos preferidos. Tras el breve paréntesis de austeridad encarnado por la Revolución Francesa comienza, con el Directorio, un nuevo período en el que las mujeres vuelven a ocupar un lugar preponderante. En la sociedad de los increíbles y las maravillosas, la libertad de las mujeres asombra a toda Europa: “las mujeres cambian fácilmente de amante; se casan y se divorcian con la misma rapidez; las tasas de divorcio (que, en París, pone fin a uno de cada tres matrimonios) son casi similares a las actuales; las familias se destruyen y la educación de los hijos es deficiente. […] Es esta sociedad ‘decadente’, como aún se atrevían a decir entonces, la que Napoleón tiene ante sus ojos cuando comienza los trabajos del Código Civil. Ante sus ojos, exactamente, ya que su propia mujer, Josefina, más ligera que sensual, es la encarnación de esa sociedad”.

En ese contexto, el Código Civil impone un marco más estricto a la libertad social de la mujer y, con ello, y sin renunciar al principio del divorcio, logra frenar el vertiginoso ritmo de disolución de las familias. La crítica retrospectiva siempre es fácil. Pero, sin el Código napoleónico, ¿cómo habría evolucionado la sociedad francesa del siglo XIX con una tasa de divorcios similar a la actual?

La sociedad moderna finge creer en los principios de igualdad y respeto en las relaciones entre hombre y mujer. Pero, por poner un ejemplo, jamás se ha visto a una actriz colgada del brazo de un dependiente de carnicería –nos recuerda Zemmour-, y sin embargo es frecuente ver a hombres muy feos, al volante de fabulosos coches deportivos y acompañados de seductoras personas del sexo femenino (¿No les suena esto a cuando en las últimas elecciones en los EEUU, pusieron de todos los colores a Donal Trump por afirmar algo semejante?).

Las estadísticas oficiales demuestran que las mujeres suelen repudiar a su marido y solicitar el divorcio, de manera más frecuente cuando los hombres están desempleados, sin que ello se deba necesariamente a un problema material, ya que son muchas las mujeres capaces de ganarse la vida trabajando fuera del hogar. Esto nos recuerda el juego de palabras de Warren Farrell, según el cual la mujer es sex object [objeto sexual] para el hombre en la misma medida en que el hombre es success object [objeto de éxito] para la mujer.

El acoso y derribo, el linchamiento de todo lo que huela a masculino comienza casi desde el parvulario, territorio casi exclusivamente femenino ¿Conocen ustedes a muchos profesores de enseñanza infantil? El Ministerio de Instrucción Pública, de Enseñanza ha pasado a ser, en casi todas partes, Ministerio de Educación. “En lugar del proyecto paternal de instruir [instruere significa ‘armar para la batalla, equipar, dotar’] se adopta el proyecto maternal de educar [educare significa, en su primera acepción, ¡alimentar!]. La instrucción, que recurre a la inteligencia, a la capacidad racional, es sustituida por la educación, con su dimensión afectiva y su orientación a la expansión de la personalidad del niño.

Otra conquista “histórica” ha sido el aborto. En los años 70 el eslogan de moda era “mi cuerpo es mío”. Los hombres, obsesionados por el sexo, pensaban que, con esa frase, las mujeres estaban reivindicando su derecho a acostarse con quien les plazca, sin ser molestadas por sus padres o maridos, nos dice Zemmour. Pero a los varones de entonces no se les pasaba por la cabeza su verdadera trascendencia. Lo que las mujeres querían decir realmente era que sus hijos les pertenecían, que tenían derecho de vida y de muerte sobre ellos. Y, en efecto, los hijos, que antes tenían un derecho inalienable a nacer y, como mucho, pertenecían a Dios o al Estado, a partir de los años 70 del siglo XX, en las sociedades occidentales, pertenecen a las mujeres.

Presten atención al análisis de Zemmour:

“El número anual de abortos en Francia se ha estabilizado en torno a los 200.000, respecto de 764.500 nacimientos, según los últimos datos (¡Ojo, son cifras de hace una década, no se olviden!) En un artículo reciente de Le Figaro, Emmanuel Le Roy Ladurie señala que esa proporción (uno de cada cinco) corresponde a las tasas de mortalidad infantil, en el sentido clásico, existentes en el reinado de Luis XV.

Para ese viaje no son menester alforjas … ¿Dos siglos para eso? Estas cifras tendrán acabarán teniendo terribles consecuencias más pronto que tarde en el futuro de los países europeos. Los principales demógrafos nos advierten sobre el futuro de Alemania o de Italia; en el caso de este segundo país, la población habrá descendido a 20 millones de personas dentro de algunos decenios. Desde hace 30 años, todo el mundo se extasía ante el control perfecto de la fecundidad por parte de las mujeres gracias a la contracepción y al aborto. Pero, “casualmente” se suelen olvidar de que el fin de esa historia será tremendamente desgraciado y conducirá inevitablemente a la desaparición programada de los pueblos europeos, al no haber recambio generacional, el envejecimiento progresivo, acelerado de la población, el invierno demográfico conducirá al suicidio colectivo.

Aunque Zemmour no nombre a España, los que siempre hemos estado en el vagón de cola de Europa, de la “modernidad”, ya estamos situados en las primeras posiciones y hemos alcanzado el dudoso honor de estar en la locomotora que camina hacia el abismo. También España ha incorporado la costumbre de esperar casi al penúltimo óvulo del ciclo reproductivo para iniciar las tareas de fecundación, cada día es mayor el número de mujeres, madres “cuarentonas” e incluso “cincuentonas”. Y por otro lado, las denominadas leyes “de igualdad y género” fomentan el divorcio por desahucio y por repudio –del varón, claro- garantizando que España conduzca definitivamente la locomotora europea que camina hacia el suicidio.

Frente a este panorama, sin duda aterrador, los progresistas consecuentes y los tecnócratas competentes tienen una solución: la inmigración. Pero ahí las feministas se han encontrado una piedra inesperada en el zapato; ¡Han planificado con tanta ilusión una arcadia feminista, purificada de sus segregaciones masculinas, para acabar recluidas en una Eurabia o una Euráfrica rebosantes de testosterona!

Es la gran paradoja de la historia de una feminización que, en realidad, no ha sido más que una “desvirilización”, según Zemmour: la “pulsión de vida” femenina frente a la “pulsión de muerte” masculina. Esquema que afirma que las mujeres no destruyen, sino que protegen; no crean, sino que mantienen; no inventan, sino que conservan; no fuerzan, sino que preservan; no infringen, sino que civilizan. Por ello, la feminización de los hombres ha traído consigo una descompensación del tradicional equilibrio entre ambas pulsiones. “Al feminizarse –dice Zemmour-, los hombres se castran a si mismos, se esterilizan, no se permiten ninguna audacia, no emprenden ninguna innovación, no osan transgredir nada de nada; se contentan con conservar. Entre otras cosas, la feminización de la sociedad y el consiguiente debilitamiento de las pulsiones masculinas explican el estancamiento y el declive intelectual y económico de Europa.

Éric Zemmour, que aparentemente no se ha percatado del parentesco y los antepasados comunes del feminismo y el comunismo (tal vez no haya leído aún el Manifiesto Scum de Valèrie Solanas y “La familia, la propiedad y el estado” de Federico Engels) llega, sin embargo, a emparejarlos en su desenlace previsible. Según él la feminización de los hombres obedece a una voluntad de escapar a la tiranía de una Razón que ilumina, para lo mejor y lo peor, la historia de Occidente. La feminización de los hombres y de la sociedad se vive como una alternativa feliz, la búsqueda de una nueva edad de oro, la parusía universal. El sueño feminista ha sustituido al sueño comunista. Y ya se sabe cómo acaban esos sueños.
Decía un tal Francisco de Goya y Lucientes aquello de “los sueños de la razón producen monstruos”.
Pues, “eso”.

Una vez terminado de leer, cundo un acaba cerrando el valiente libro de Eric Zemmour no puede evitar seguir interrogándose sobre la profunda crisis demográfica de Europa, la feminización-afeminamiento y pérdida de energía de sus pueblos, su sustitución por minorías étnicas inmigradas, indudablemente más viriles… Pero lo más trágico de la historia es que la mujer contemporánea acaba siendo su propia víctima. Se afana en domesticar y afeminar a su compañero, conforme a los nuevos cánones de la sociedad moderna, pero cuando lo consigue y se despierta, rechaza, desprecia, pisotea a su hombre tachándolo de pelele o maricón sin el menor problema. Por fin sola, puede soñar de nuevo en encontrar a un hombre de verdad.

Anuncios

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!
Continue Reading

Opinión

¿Hacemos memoria, don Mariano? Tal vez entendamos lo que pasó (1ª parte)

Published

on

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!

Siguiendo la pauta de este mes de agosto de repasar la hemeroteca después del paréntesis obligado por la actualidad de Madrid, ya con Presidente autonómico, voy a tratar de resumir parte de lo que desde Enero de 2011 le he dedicado a don Mariano Rajoy y que de haberse llevado a cabo -aunque pueda parecer pretencioso- tal vez habría evitado el desencanto de tantos y lo que hoy tenemos.

Para empezar, el 23 de enero, casi un año antes de que llegase al Palacio de la Moncloa, y tras la Convención Nacional del PP celebrada ese fin de semana en Sevilla en la que José Mª Aznar le recomendase que se presentara a las elecciones -todavía sin convocar en esa fecha- con un programa bien definido y concreto, me pareció oportuno dedicarle la primera de lo que después sería una larga serie de reflexiones que no tuvieron mucho eco, visto lo visto. En esa primera entrega le dejaba algunas recomendaciones que muchos pensábamos que deberían estar en el citado programa y tuve la oportunidad de entregársela en mano al propio Rajoy al final de la entrevista y “coloquio” que pocos días después le realizó Pedro J. Ramírez en el programa de televisión “La vuelta al Mundo” que por entonces emitía la cadena de El Mundo, VEO7, que presentaba Carlos Cuesta.

En el cierre de la citada Convención, el “previsible” candidato a la Presidencia del Gobierno, dos veces derrotado por José Luis Rodríguez -en 2004 por el atentado “golpista” del 11M y en 2008 sin explicación racional posible- dijo que acabaría “con los privilegios de los diputados y senadores” y, unos días después, declaró que cuando llegara al Gobierno, “aboliría la actual Ley del Aborto” aprobada poco antes por el Gobierno socialista, las dos primeras promesas incumplidas. Titulé ese artículo “¿Para cuándo el programa Sr. Rajoy?” y lo publiqué entonces en mi muro de Facebook iniciándolo con una pregunta: “¿Qué más cosas piensa incluir Mariano Rajoy en ese programa concreto que muchos posibles votantes del PP estamos esperando para saber cómo va a llevar a cabo su política de gobierno?”.

Le sugería entre otras cosas al futuro Presidente cambiar la Ley Electoral y el sistema de reparto para adaptar la representación nacionalista a la realidad nacional en lugar de primarles por la localización de su voto; hacer real la separación de poderes; recuperar una buena Ley de Educación a nivel Nacional; replantearse la Institución del Senado, si no su desaparición; centralizar la Función Pública en oposiciones de nivel Nacional así como reducir el número de funcionarios y las duplicidades; plantear la Ley de Huelga prometida en la Constitución que sigue inexistente hoy; unos sindicatos sin subvencionar; continuar con la necesaria reducción de impuestos iniciada por Aznar y eliminada por el PSOE en su afán recaudatorio; reestructuración del insostenible y fracasado régimen de las autonomías recuperando gran parte de las transferencias, Educación, Justicia, Sanidad y Economía y Hacienda; reagrupar ayuntamientos; auditoría y supresión de infinidad de empresas públicas innecesarias; recorte del gasto -asesores, vehículos, etc.-; derogación de leyes como la del Aborto y Memoria Histórica; y la posible revisión de la Constitución del 78 para abordar la urgente reestructuración global que necesitaba España después de la desastrosa etapa de Zapatero.

Como decía, le di en mano entonces al Sr. Rajoy estas recomendaciones junto con un pequeño dossier al terminar la entrevista en la que el aspirante a Presidente de Gobierno nos dejó una ‘gloriosa’ anécdota cuando miraba sus notas para responder una de las preguntas concertadas: “¡Anda, si no entiendo mi propia letra!”, tal vez premonitoria de lo que vendría después. No esperaba, obviamente, que don Mariano en persona me contestase pero sí que alguien de su equipo hiciese al menos el acuse de recibo, algo que nunca se produjo, prueba del caso que nuestros políticos hacen al que se molesta en dirigirse a ellos con la mejor intención y forma, ninguno.

Cierto que el Sr. Rajoy se presentó a las elecciones con un Programa “bien definido y concreto”, como le pedía Aznar, pero no lo es menos que, puede que por la situación heredada, no cumplió nada, aunque haya que reconocerle que mejoró sustancialmente la situación internacional y económica de España, si bien, en buena medida, a costa de una demoledora subida de impuestos que como de costumbre recayó sobre el bolsillo del contribuyente, dejando pequeña la que proponía Izquierda Unida. Ese incumplimiento se dejó ver ya en la pérdida de 450.000 votos en las elecciones andaluzas de Marzo de 2012 -sólo cuatro meses después-, que se saldaron con la “amarga victoria” del “señorito Arenas”, que la pinza PSOE/IU le impidieron saborear. Y el descontento de muchos más votantes propició en 2014 la aparición de VOX, como el existente con el PSOE había propiciado por su derecha y por su izquierda la de Ciudadanos y Podemos, respectivamente. Magro consuelo.

Cuatro años después de aquella primera dedicatoria -24 de Marzo de 2015-, tras el estruendoso batacazo del Partido Popular en las siguientes elecciones andaluzas, ante el descontento creciente de muchos de esos votantes del PP que decía antes que el desastre de VOX no supo canalizar entonces al fracasar en las europeas de 2014 -pero ese es otro tema sobre el que ya he escrito bastante-, lo actualicé, con el mismo título, en el Blog cordobés Desde el Caballo de las Tendillas, donde había empezado a publicar mis reflexiones un año antes. Huelga decir el efecto que tuvo.

La “sangría” azul continuó en las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2015, como recogía en el mismo Blog en “¿Todos ganan o no se quieren enterar?”. En las primeras se fueron casi dos millones y medio de votos, con una caída porcentual de diez puntos y en las autonómicas el descenso fue de poco más de dos millones, que supusieron la pérdida de las doce mayorías absolutas de cuatro años antes. Un nuevo aviso de que la cosa no iba bien, aunque se siguió sin reaccionar como se hubiera debido pese a que la crisis económica iniciaba su recuperación. Más tarde, en Julio siguiente, Rajoy se adornaba en la clausura del Campus FAES con frases como: “En 2012 hacíamos grandes esfuerzos -fundamentalmente los sufridos españoles de la clase media, porque no se vieron recortes en la Administración, sobre todo en la autonómica- para superar la situación de prequiebra que nos encontramos y buscar la consolidación fiscal”; “En 2013 abordamos las grandes reformas para acabar con el ‘crecimiento’ negativo y recibimos una bocanada de esperanza, empezando la senda del crecimiento y de la creación de empleo” -al final las “grandes reformas” se quedaron en la “casi gran” reforma laboral-; “En 2014 la situación de España no tiene nada que ver con la del comienzo de la legislatura. Hoy España es otra -en economía y en Europa, tal vez, el resto, educación en especial, salvo excepciones localizadas, siguió cayendo-, crecemos más que la media europea, tenemos mayor creación de empleo… nadie habla de España como situación de riesgo” -que empezaba a ser cierto, pero no era eso sólo lo que muchos queríamos-; “El PP es el legítimo heredero del pensamiento reformista y liberal” -tal vez en autonomías como Madrid, pero no a nivel nacional-; “Cada vez más catalanes apuntan por la unión” -¿estaría pensando en el 9N de 2014, cuando Arturo Mas celebró a su manera el “merendéndum” que “nunca se iba a realizar”?

Entonces, todavía con mayoría absoluta en Congreso y Senado, es cuando se debió aplicar con rigor y de forma indefinida el Art. 155, como le recordaba en agosto de ese año- y hablaba después de cinco objetivos, tales como “creación de empleo al objeto de que al final de la próxima legislatura -la que tras dos elecciones acabó como el rosario de la aurora y no se pudo completar- estemos en torno a los veinte millones de afiliados a la Seguridad Social” -algo que se quedó en futurible y, me temo, no llegará en el corto plazo-; “consolidación del Estado del Bienestar” -es decir ¿más derechos sin las responsabilidades correspondientes?-; “nos enfrentamos al terrorismo yihadista, la mayor amenaza del mundo occidental y no occidental -que volvió a golpear en Cataluña en Agosto de 2017-, una de cuyas consecuencias es la inmigración” -que sigue descontrolada y en manos de las mafias que quieren colonizar Europa y acabar con la civilización occidental-; “devolver la reputación a la Política -sin comentarios y causa importante en los fracasos electorales de 2015 y 16- y recuperar la confianza en los políticos -hoy una de las preocupaciones principales de los ciudadanos- y reparar el daño causado por la corrupción” -que no sólo no se reparó sino que fue la puntilla y sigue sin atacarse de raíz obligando, aparte de las posibles condenas, a devolver lo sustraído con intereses y multas-; y por último, “Europa -en la que en 2016 se cumplía el trigésimo aniversario de la entrada de España, de aquella manera-. cuyo proyecto, que asumimos como nuestro, ha supuesto el destierro de las guerras y situarnos en la primera división del mundo desarrollado”.

Tras los resultados del 27-S en las elecciones autonómicas catalanas de 2015, que le daban su “quinto aviso” -el PP pasó de 19 a 11 escaños- en las que crecieron las CUP con su mensaje “a Mas no lo vamos a investir ni a vestir ni a desvestir” (sic) e intuyendo la debacle que podía llegar -y llegó en Diciembre-, el 30 de Septiembre le dedicaba “El sexto o séptimo aviso” en el que le recordaba todo lo anterior y me preguntaba “¿Qué tendrá que pasar para que don Mariano reaccione?”, me respondía yo mismo: “Seguramente nunca lo sabremos, porque a este paso se lo llevará por delante el sexto -o séptimo- y último aviso y seguirá sin enterarse de que tuvo la más holgada mayoría absoluta, a todos los niveles, nacional, autonómico y provincial, que nunca había tenido un político español después de Franco ni, probablemente, antes y, me atrevería a decir, no tendrá ninguno de los que venga, salvo que, Dios no lo quiera, llegue la sangre al río”. Poco después, en “Profetizando el pasado. Ó cómo toparse de bruces con la realidad, ignorada treinta y cinco años”, recordaba un artículo de 2010 y concluía con estas palabras “cinco años después, aunque los números empiecen a cuadrar y nuestra credibilidad internacional haya mejorado sensiblemente, el resto de las reformas estructurales que necesitaba nuestro país y que confiamos a don Mariano Rajoy en Noviembre de 2011, siguen sin llegar y, esos polvos, trajeron estos lodos” y no eran todos.

Seguía con “Hasta aquí Sr. Rajoy. Premio de consolación o pedrea” -osadamente, sin duda- en el que tras el desafiante órdago del nuevo parlamento catalán declarando su “rebeldía a respetar las leyes del Estado” y a seguir la hoja de ruta de sólo aceptar las que emanaran de ese contubernio que hace muchos años debía haber sido puesto en su sitio y la sorprendente inmediatez de la respuesta de Rajoy avisando de la posible aplicación de la legislación que contempla el Estado de Derecho, le anunciaba que “Si nos vuelve a defraudar no demostrando firmeza ante el sedicioso desafío separatista como continuación a su, a mi juicio, clara respuesta, creo que habrá sembrado su ‘tumba política’ y hasta los más fieles seguidores ‘digitalizados’ en sus listas -los que sobrevivan, que no van a ser muchos de confirmarse esa decepción, porque las urnas se encargarán de limitarlos aún más- le van a enseñar el camino a Santa Pola. Así que, por favor, Sr. Rajoy, sea enérgico en sus medidas, dentro de la Ley, como no puede ser de otra manera en democracia -“dura lex, sed lex”- y gánese en estos dos meses escasos la credibilidad que, usted mismo, ha contribuido a poner en cuestión”.

Hubo un último intento en el que “Don Mariano se fue de ronda” y abrió las puertas de la Moncloa para recibir a los líderes de los diferentes partidos previamente a la llamada a las urnas prevista para el 20 de Diciembre sin fruto alguno. Y llegaron las elecciones del 20D en las que se produjeron en parte lo que vaticinaban las encuestas y dieron un resultado que hacía difícil la gobernabilidad, tras las que le preguntaba al ya Presidente en funciones si “¿Hacía falta este esperpento, don Mariano?” una vez conocido el “enorme ‘sacrificio’ político de Arturo Mas”, que se retiraba del primer plano de la política para “desbloquear el impasse catalán que, desde las absurdas elecciones del 27S tenía sin gobierno a la región Catalana -me refiero a sin gobierno formal, porque sin gobierno lleva desde 1980, más o menos-”

Y aquí lo dejo por hoy, invitando a la reflexión que continuaré en mi próximo artículo.

Mientras tanto, sigue el “trilerismo” entre PSOE y Podemos, el esperpento internacional a cuento del Open Arms y los viajes en Falcon del lamentable clon zapaterino que nos puede llevar de nuevo a la ruina por no querer ver la recesión que nos viene.

(Continuará)

Anuncios

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!
Continue Reading

Opinión

Madrid

Published

on

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!

Nunca ha dejado de ser la capital de España, su referencia política. Y no sólo por ser la sede del Gobierno. Hay más. Hay mucho más Madrid.

Lo acontecido en la configuración de Ayuntamiento y Comunidad tras las elecciones del 26-M tiene gran calado ejemplar para el resto del territorio nacional.

En primer lugar, el modo en que se puede llegar a un acuerdo de gobernabilidad. Cosa que a nivel estatal se antoja harto difícil. Cuando se quiere, se puede.

Seguidamente, están los temas acordados básicos que son los que la mayoría de ciudadanos quiere y desea: menos impuestos, mejores prestaciones sanitarias, mejor sistema educativo, más limpieza en las calles y mejores comunicaciones. Así de simple, así de sencillo.

Lo de las ideologías no es que esté en el crepúsculo, es que están en el entierro. Quién no quiere progreso, quién no quiere igualdad, quién no quiere justicia social, quién no quiere cuidar el medio ambiente?. Venga ya, menos cuentos!

La gente quiere cosas concretas. En el día a día, en lo importante. En la cartera y el plato. Lo demás, para otro sitio (tertulias, por ejemplo).

Estoy convencido que de aquí a cuatro años se reafirmará el dicho “de Madrid al cielo”. Proyectos como Madrid Norte, Operación Campamento, Vicente Calderón y otros, van a dejar un Madrid aún más magnífico. Grandioso.

Y con el mejor (y ampliado) Metro del mundo. Con los mejores parques. Con la mejor oferta cultural, turística, de ocio y gastronómica. Con lo mejor de nuestra historia. Con los mejores museos. Con los mejores monumentos. Con el mejor fútbol (que también cuenta). Con lo mejor de todo.

Ejemplo para toda España. Ejemplo a seguir. Empezando por ponerse de acuerdo en las elecciones y terminando por dedicarse a hacer cosas, no sólo a prometerlas. Para ideas, los filósofos. Para resultados, los gestores. Que es lo que importa.

¡Viva MADRID, que es mi Villa!

Anuncios

Comparta este artículo, ¡Ahora también en MeWe, la red social sin censura!
Continue Reading
Advertisement

Publicidad

Advertisement

Publicidad

Publicidad

publicidad

Recomendados

ArabicChinese (Simplified)EnglishFrenchGermanItalianPortugueseRussianSpanish
A %d blogueros les gusta esto: