Opinión
¡Somos patriotas! Por el Tte. Coronel Enrique Area Sacristán

[L]a victoria ideológica del lenguaje del nacionalismo ha relegado al lenguaje del patriotismo a los márgenes del pensamiento político contemporáneo. Y aun hoy, cuando los pueblos se comprometen en luchas por la libertad, cuando tienen que afrontar la tarea de reconstruir su nación después de experiencias de guerra y regímenes totalitarios, los teóricos son capaces de recobrar elementos del viejo lenguaje del patriotismo bajo la retórica predominante del nacionalismo. Sus esfuerzos son siempre histórica y teóricamente significativos; en la mayoría de los casos sugieren el camino que se debería seguir para reconstruir un lenguaje patriótico sin nacionalismo.
En 1943, Simone Weil escribió «L´enracinement» mientras trabajaba en Londres para la Francia Libre. Cuando se le pidió escribir sobre la posibilidad de la regeneración de Francia, Simone Weil propuso una poderosa reinterpretación del patriotismo de la libertad y la compasión que exige la necesidad de un enraizamiento cultural y espiritual sin convertir el amor a la patria en una identificación ciega o en orgullo por la singularidad de la nación francesa. Nuestra obligación con nuestra patria escribió, está basada en la necesidad vital de los seres humanos por el enraizamiento:
«Igual que hay ciertas bases de cultivos para ciertos animales microscópicos, ciertos tipos de suelos para ciertas plantas, hay una parte del alma en todos y ciertas formas de pensar y actuar que se comunican de una persona a otra que sólo pueden existir en un contexto nacional, y desaparecer cuando la patria es destruida».
El patriota de la compasión no necesita negar la grandeza y los gloriosos logros de la patria. El reconocimiento del bien en el objeto de nuestra compasión la «hace mas tierna, más intensa»: «Cuando un cristiano se representa a Cristo en la cruz, su compasión no disminuye por el pensamiento en la perfección de éste, ni al contrario». Como lo expresa Simone Weil, el patriotismo de la compasión «es sólo legitimo para un cristiano, porque sólo él lleva el distintivo cristiano de la humildad». La compasión no es exclusivamente un valor cristiano, sino también una característica distintiva del patriotismo republicano del que he tratado en los primeros artículos de esta serie. Cristiano o republicano, el patriotismo de la compasión es honrado porque nos permite mantener los ojos fijos en las grandezas y miserias de nuestra patria. No disminuye cuando nos enfrentamos a nuestros crímenes, escándalos, injusticias, crueldades, errores y falsedades de nuestra patria; sencillamente, sufre más. Nos sentimos avergonzados de pertenecer a nuestro país y a pesar de ello no salimos corriendo; no abandonamos nuestra ciudadanía. «Donde la compasión está comprometida, el crimen en sí mismo da una razón para no retirarse sino para acercarse, no con el objeto de compartir la culpabilidad, sino la vergüenza».
El patriotismo de la compasión de Weil es un poderoso antídoto contra el amor a la patria nacionalista que predica la necesidad de defender la cultura e historia del país como valores para ser subsanados y defendidos en su totalidad, como bienes que han de ser cuidados por sus características y particularidad, porque son nuestros. Como el patriota, el nacionalista también mira a la historia de su patria y se siente vinculado a ella. Sin embargo, no ve ninguna fragilidad o razones para avergonzarse: la divinidad y la eternidad están en todas partes, en cada momento. La cultura de su nación le parece una riqueza amenazada por la invasión cultural y política extranjera o por la debilidad o corrupción de sus compañeros. El patriota tiene una imagen más variada, compuesta de grandeza y glorias pasajeras; los crímenes y escándalos pasados y presentes; miserias y humillaciones pasadas y presentes. Todo es suyo; no huye, no quiere olvidar. Acepta todo, pero no todo tiene el mismo valor o le pertenece de la misma forma. Algunos momentos de la historia de la nación reportan alegría, otra indignación, otra vergüenza, posiblemente, el sentimiento más distintivo del amor del patriota.
Y aun, grande como lo es la obligación del patriota para con su patria, una obligación que puede que se les pida dar todo a España, lo es su derecho a exigir que España sea fiel a lo mejor de su historia. Pueden pedirle que no tenga un imperio y, como patriotas, no tienen derecho, sino que están obligados a distinguir su patriotismo del de sus compatriotas españoles que hablan con orgullo, malsana nostalgia y júbilo de «su» imperio. Pueden y deben luchar contra el patriotismo modelado por tal monarca, el liberalismo o el carlismo, por un patriotismo inspirado en la ética cristiana y el espíritu de la Reconquista y de los Reyes Católicos. Entonces España se comprometió con la libertad, la unidad y la justicia no sólo para ella, sino para el resto de la civilización cristiana. Si los monarcas se convierten en propietarios, dueños de carne y sangre humana, de súbditos y no ciudadanos, como lo hicieron durante las guerras civiles tanto en los territorios peninsulares como en las Provincias de ultramar, ya no es fiel a este compromiso. Perder la España imperial sería para los españoles perder una parte de su alma como lo sería perder la Inquisición, parte degenerada de la misma. El patriotismo hace a los ciudadanos exigentes para con su patria y para consigo mismos. Los exhorta a encontrar en la historia de la patria inspiración y motivos para fortalecer nuestro compromiso con la libertad.
Nosotros queremos a España y tenemos compasión por ella; ¡Somos patriotas! ¡España no es un mito!
España
Elecciones autonómicas o juegos florales. Por Jesús Salamanca Alonso

«El próximo domingo, salvo aprendizaje rápido de Santiago Abascal y sus huestes, en Castilla y León podemos vernos en la misma tesitura que en Extremadura. Sería Mañueco el hazmerreír y Abascal el muñeco de feria».
Trascurrido el 8-M con división, amenazas entre las diversas «tribus» innombrables, desnudos malogrados –aunque ellas mismas se llamen feministas o «feminazistas»– esputos, amenazas e insultos a las periodistas que cubrían la noticia, parece que volvemos a la normalidad diaria que, en estas fechas, son las elecciones de las distintas comunidades, siendo las más cercanas las de Castilla y León.
Tal comunidad, decíamos hace unos días, que tenía sus revoluciones pendientes; incluso León (solo) trabaja por su independencia uniprovincial, otra revolución pendiente y que ya huele. Sigue insistiendo Fernández Mañueco que va a exigir a Vox que, si hay acuerdo, lo sea para toda la legislatura. Él tiene la impresión de que el Mediterráneo estaba sin descubrir hasta que llegó a presidente con su declaración rimbombante. Algo que es lógico y que no se cumplió la legislatura pasada por la falta de cuadros y la división interna del partido que «acaudilla» un tal Santiego Abascal y del que empiezan a mofarse sus seguidores más jóvenes y buena parte de la ciudadanía madura. En fin, si la incompetencia volara…seguramente no nos daría el sol.
Alguien dijo eso de que «éramos pocos y parió la abuela». Pues justamente es lo que está sucediendo en el partido a la derecha del Partido Popular. Abascal se ha ido quedando sin los mejores por las cacicadas que se han impuesto desde la cúpula ultraderechista. Recordarán a Macarena Olona, a Espinosa de los Monteros, la ejecutiva de Murcia y más recientemente a Ortega Smith. Quienes mejor podían conformar los cuadros de gestión están en la calle y durante la campaña electoral tan sólo se ha visto a Abascal. ¿Le molesta que otros chupen cámara? ¿Acaso piensa que le van a destronar de un plumazo por su caudillismo mal enfocado? ¿quiere seguir presumiendo de su enfrentamiento pasado con ETA?
Por mucho que hable Alfonso Fernández Mañueco de exigir compromisos para toda la legislatura, eso no lo puede hacer con Vox porque hay una tremenda deficiencia en sus inexistentes cuadros de gestión. Carece de banquillo, como se dice ahora. Lo estamos viendo en Extremadura y en Aragón, aquí parece que los militantes son más sensatos. En Extremadura ha sido calamitosa la actuación del líder regional de Vox, asesorado por los de más arriba, por eso se están marchando los militantes a chorro. No olviden que los políticos son como los libros de una biblioteca, cuanto más latos están menos sirven.
Casi un 70% de la población extremeña culpa a la formación de Abascal de huir, de no dar la cara y de no haber entendido el voto de las urnas. Han aterrizado en política como podían haber planeado y caído en una vaquería. Si quieren presumir de torpeza, allá ellos, pero la ciudadanía no se lo va a consentir. No deben olvidar que los atropellos se pagan siempre en las urnas y, a veces, antes.
En Castilla y León de prevé un proceso parecido al de Extremadura: «aguanto como que soy fuerte, pero en dos meses te desgasto». Eso no es hacer política, sino terrorismo electoralista y con ello se parece a EH Bildu, pero desde otra perspectiva. ¡Qué poca cabeza tiene el líder extremeño de Vox, si al final acabará claudicando, como dejaba constancia de ello el 53% de los extremeños! La actitud de Vox en Extremadura se conoce en mi pueblo como «enmarranar más al cerdo». En otros tiempos le hubieran «hecho los perrillos» como hacíamos en el colegio a quienes presumían de algo o fantasmeaban demasiado. Y lo hacíamos por su mala fe, tocapelotas, imbécil e insensato.
Tan sólo el 31% de extremeños culpa a María Guardiola del bloqueo por no haber sabido atraerse a los de Santiago Abascal. Posiblemente, la peor noticia para Vox sería convocar ahora mismo nuevas elecciones porque, según las dos encuestas consultadas, esa formación ultraderechista perdería entre dos y cuatro diputados, que sumaría el PP y dos perdería el PSOE.
Si Vox no tiene más que estratagema, esa se combarte con una buena estrategia. Siempre ha sido así. Al PSOE de Extremadura le hundió los engaños del «hermanísimo», las trampas mafiosas de Garrido y la desconfianza de los socialistas. Si se hubieran convocado antes las elecciones generales sería otro el resultado, pero donde no hay mata, no hay patata.
Según veo en una encuesta de Signa Dos para El Mundo, siguen divididos los deseos de los extremeños y mientras uno de cada cuatro apoya que el PSOE permita un gobierno de la derecha pepera en solitario, entre quienes se dicen votantes socialistas, un 40% quiere ese gobierno en solitario del PP. Un 22% de extremeños prefiere que haya repetición electoral porque creen que la ultraderecha acabará de morros contra las urnas. Y créanme que no van descaminados.
El próximo domingo, salvo aprendizaje rápido de Santiago Abascal y sus huestes, en Castilla y León podemos vernos en la misma tesitura que en Extremadura. Sería Mañueco el hazmerreír y Abascal el muñeco de feria. Ni Castilla ni León van a permitir tonterías, ni se va a esperar a que caiga el higo de la higuera o a Abascal lo alumbre San Apapucio, patrón de la estupidez.
Cuando ese santo alumbra, la estupidez y la torpeza ya están instaladas en la persona. Y si no ceden las partes todo lo que haya que ceder, que dejen la política y se vayan a poner copas y cacahuetes a los lupanares de Pedro Sánchez y malversadora señora «catedrática» o a República Dominicana a contar los aterrizajes del Falcon sin transparencia.






