Internacional
Tucker Carlson se juega el puesto en la FOX por luchar contra el globalismo infame de los asesinos de bebés
Nadie consigue entenderlo con los parámetros normales y, desde luego, no tiene ningún sentido comercial: Tucker Carlson era, a distancia, el comentarista político más seguido de la televisión norteamericana, que es a lo más que se puede llegar en este oficio de nuestros pecados. Duplicaba y triplicaba a las estrellas de su propia cadena, la Fox, que pierde con él la principal razón para seguirla, la única para muchos.
De hecho, las acciones de Fox Corporation cayeron drásticamente después de que la compañía anunciara que se separaba del popular presentador, un 5,1%. Y, sin embargo, para quienes seguíamos fielmente a Carlson ha sido más bien un despido anunciado. Tucker iba a contrapelo de su propia cadena —y de la derecha norteamericana convencional, la representada por la maquinaria republicana— en demasiadas cosas, desde el covid a la guerra de Ucrania. Su marcha pone de manifiesto una realidad clave del entorno mediático del momento, a saber: el mercado no importa, o es secundario. Echar a Carlson viene a ser como contratar al transgénero Dylan Mulvaney para vender cerveza barata, un modo de decir que compensa irritar a tus usuarios con tal de salvar el relato. El dinero viene de otra parte.
Pero si el divorcio estaba cantado y las razones eran muchas, y ajenas a la lógica del mercado, es probable que las más importantes estén resumidas, casualidades de la vida, en el último discurso de Carlson en la Heritage Foundation, uno de los mejores de su vida, que se hizo viral justo un día antes de la noticia de su marcha de Fox.
Tucker Carlson arrancó su discurso de apertura en la gala del 50 aniversario de la Heritage Foundation señalando que la batalla en Estados Unidos hoy en día es espiritual, entre el bien y el mal. «No es un movimiento político. Es algo malvado», proclamó Carlson sobre la agenda de la izquierda. Caracterizó el lado del «mal» como violento, odioso, desordenado, divisivo, desorganizado y sucio. También admitió que se nos olvida rezar para que Dios proteja a Estados Unidos contra estas viles criaturas, algo que todos deberíamos hacer a diario.
Carlson continuó declarando que esta batalla no trata de «documentos económicos o políticos», como lo fue hace décadas cuando comenzó a trabajar en la Heritage. Los que estamos del lado del bien debemos enfrentarnos a movimientos violentos como el transexualismo y el aborto, pero debemos hacerlo con una mentalidad diferente, desde un punto de vista más «espiritual» que meramente político.
Tucker declaró que promover el aborto como algo «bueno» es en realidad mostrarse partidario del «sacrificio de niños», lo que le valió una atronadora ronda de aplausos. En definitiva, esta cuestión como la de la promoción de los transexuales resulta tan absurda, tan evidentemente contraria a los intereses de la sociedad, que no tiene sentido en términos políticos convencionales, más aún viendo que no solo el gobierno, sino también las grandes empresas, está detrás de ese esfuerzo.
Esto está llevando, dice Carlson, a que la gente diga en alto cosas en las que no cree, no puede creer, como llamar a un hombre «ella» y pretender que los hombres ahora pueden parir, todo para evitar ser «cancelados» por una reducida multitud violenta.
Hay muchos y muy poderosos que le tenían ganas a Carlson, desde la Big Pharma al Pentágono, pasando por una izquierda mediática que se está quedando sin seguidores. Pero lo que dijo en este último discurso es un buen punto de partida para entender la amenaza que representa Tucker Carlson para el sistema globalista y su red de mentiras.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
