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Un grave error de Vox en Andalucía

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Marín y Serrano.
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LR.- Se equivoca Vox en su intento de veto de los Presupuestos de Andalucía. Ha invertido el orden de los factores, como si en política diese lo mismo: si quiere cambiar la política, según dicen, el primer paso es la aprobación de unas cuentas que daría alas a los proyectos del nuevo gobierno de coalición de PP y Cs, y que contó con el apoyo necesario de sus 12 diputados. Impedir su aprobación ahora supondría el fracaso del nuevo gobierno, con consecuencias que, suponemos, a Vox no le gustarían, como una posible vuelta del PSOE a San Telmo. Deben ser conscientes de ello y asumir su responsabilidad en lo que sería una grave crisis que afectaría, además, al conjunto del país. Si con ello, además, piensa que hará valer sus votos, comete un error. Lo hará una vez, pero no más. Hoy es el día tope para presentarse las enmiendas a la totalidad del proyecto de Presupuestos y, aunque hacerlo como ha amenazado Vox, abriría la primera crisis importante en el llamado «pacto de Andalucía», todavía deja abierta algunas posibilidades para salvar la situación: que el partido de Santiago Abascal la retire antes del pleno del próximo día 12 en el que deberá votar, incluso no votar su propia iniciativa. A eso se agarra como última solución el gobierno de Moreno Bonilla, una situación límite, teniendo en cuenta que Vox le apoyó. Será difícil de mantener esta posición ante su propio electorado, que, como bien saben, proceden precisamente de PP y CS.

Los motivos expuestos no son muy sólidos, como decir que las cuentas tienen un «tufo socialdemócrata»; sostener su veto en el dinero que se destina a combatir la violencia de género, las políticas de migración o la memoria histórica le da un cariz en exceso ideológico alejado de la gestión de los problemas de los ciudadanos. Hay datos objetivos sobre la situación económica que debería hacer recapacitar a Vox, porque estos presupuestos, con importantes inversiones en sectores productivos (4.000 millones) favorecerán a este contexto.

Después de 37 años de gobierno socialista ininterrumpidos, el Ejecutivo de Moreno Bonilla ha sido bien recibido y ha favorecido algunos datos positivos: el crecimiento de Andalucía ha sido en el primer trimestre del 0,9%; la creación de sociedades mercantiles creció el 0,7%; el pasado marzo, Andalucía ha adjudicado por 700 millones de euros la emisión de deuda pública, cuya demanda superó en 2,7 veces el importe de la emisión y se ha cerrado a un menor coste que la lanzada en octubre de 2018; está respondiendo al pago de proveedores en menos días de lo que se hacía en febrero; y en el primer trimestre, el déficit público se ha reducido un 35%. Son datos que se confirman con las previsiones publicadas por el BBVA en pasado 30 mayo, en el que mantiene un crecimiento del PIB de la economía andaluza para este año en el 2,3%. Vox y cualquier partido responsable debería tenerlo en cuenta y saber que no votar ahora los Presupuestos no sería beneficioso para la economía andaluza y la estabilidad política de la comunidad. No es un buen camino que Vox haga valer los votos forzando una crisis tan fuerte en Andalucía, que es donde el centroderecha ha ensayado una fórmula de coalición que ha resultado una alternativa sólida y convincente a la mayoría de izquierdas de socialistas y Unidas Podemos.

Albert Rivera ha impuesto la estrategia de que la negociación con el PP debe hacerse al margen de Vox, aunque luego necesite sus votos para tener la mayoría. De ser así, no cabe duda de que estas tres fuerzas deberán negociar sobre una base común o, por el contrario, dejar de hacer cálculos electorales partiendo de un tripartito que, de hecho, no existe. El partido de Abascal está demostrando mucha irresponsabilidad en poner encima de la mesa la estabilidad de Andalucía. Está a tiempo de rectificar.

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Racismo de chichinabo

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Rosa Belmonte.- La sensación de no ser el kamikaze del chiste es permanente. La del que oye por la radio que hay un loco en dirección contraria por la carretera. ¿Uno? Van todos. El ejemplo número 398.700 es el de Justin Trudeau pintándose la cara de negro en 2001. El tan denostado ‘blackface’ o ‘brownface’.

Ya sabemos que eso está mal visto en las sociedades occidentales echadas a perder. Es racista. También hacer ching chong (imitar el lenguaje chino) o estirarse los ojos (como hizo nuestra selección de baloncesto en los Juegos de Pekín en una publicidad de Seur).

Justin Trudeu, en el que algunos ven a Thomas Jefferson y otros a Fofito, corrigió a una mujer que utilizó la palabra ‘mankind’ (humanidad, con man de hombre) por preferir ‘peoplekind’ (algo como gentidad). Ahora se ha disculpado por el racismo. Ojalá nuestras cabalgatas de reyes siendo transgresoras. Que Baltasar sea un blanco pintado de negro y los otros, dos negros pintados de blanco.

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El salto al vacío de Sánchez y la oportunidad de Casado

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Paloma Cervilla.- Pues ya estamos donde Pedro Sánchez quería, ante unas nuevas elecciones generales para mayor gloria del líder del PSOE. El resistente, el hombre al que su propio partido tiró a la cuneta como un despojo, que se puso en pie y recuperó el poder de una manera épica, ahora intenta una nueva carambola, que no sabemos si le va a salir bien.

Sobre la mesa parece que sí, ya que la mayoría de las encuestas le dan una subida en votos y escaños, pero la percepción de la calle empieza a ser otra. A día de hoy, Pablo Iglesias es considerado la víctima de la ambición de Sánchez, y no está tan claro, o al menos eso me parece a mí, el trasvase masivo de votos al PSOE.
La humillación de Sánchez ha sido de tal calibre y la imagen de un Pablo Iglesias mendicante tan evidente, que el efecto puede ser el contrario: que los votantes podemitas, movidos por la necesidad de mantener su dignidad, respalden a su líder y no le retiren su voto.

Y si lo de Pedro Sánchez es un salto al vacío electoral, lo de Pablo Casado es una oportunidad para mejorar sus resultados, consolidar su liderazgo en el PP e iniciar la remontada.

A Casado le va a ir bien. Ciudadanos y VOX van a perder votos, y muchos de ellos se irán al PP, no lo digo yo, lo dice la gente que los votó. Y entonces, cuando el centro derecha se dé cuenta por segunda vez de que dividido no va a ningún lado, tendrá que unirse en torno a la formación que más apoyos tenga, dejando a un lado egos y ambiciones.

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Sánchez siempre quiso elecciones

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Manuel Marín (R).- Desde la misma noche electoral, a Pedro Sánchez siempre le invadió la tentación de conformar una investidura con una mayoría más holgada. Su logro de 123 escaños era insuficiente y su dependencia de un Gobierno de coalición, con Podemos incrustado en el poder y con una supradependencia del separatismo, convertirían la legislatura en un suplicio. Aquella noche, Sánchez también cegó cualquier vía de colaboración con Ciudadanos para garantizarse una mayoría absoluta.

Sánchez esbozó una estrategia dirigida a gobernar en solitario, en la creencia que las autonómicas reafirmarían un triunfo incontestable del PSOE, y Podemos tendría que rendirse a un papel de subalterno agradecido. No fue así. Lo demás fue fácil: tender mil trampas a Pablo Iglesias para humillarlo, simular que no atribuía a Podemos funciones decorativas en una coalición, y no aparecer como el culpable del fracaso.

Sánchez diseñó una arquitectura política pensada para quedar como víctima del multipartidismo, y para apropiarse de la falsa idea de que siempre fue la intransigencia de Podemos y Ciudadanos la responsable de que no gobierne. Todo estaba pensado para justificar un «no» tajante a cada oferta y quedar inmaculado.

Estos son los motivos por los que siempre manejó nuevas elecciones:

1. Un Gobierno inviable. Sánchez sabía de antemano que un Gobierno sustentado en 123 escaños es una utopía. Habría liderado una legislatura débil, incierta y con serias dificultades para aprobar leyes. Se habría sometido a un chantaje constante, a numerosas fricciones con sus socios de moción y a un desgaste paulatino pero inexorable. Además, es imprevisible la deriva del separatismo en Cataluña, y Sánchez albergó dudas sobre cómo gestionar las presiones a las que el independentismo le habría sometido tras la sentencia del 1-O.

2. Sondeos satisfactorios. Cuenta con la abrumadora ventaja de tener el control de La Moncloa, con su «imagen presidencial», y con la fractura interna en Podemos. Su baza de acudir a los comicios pasa por repetir la «operación Rajoy» de 2016, con sondeos favorables y la expectativa de superar los 140 escaños.

3. No habrá terceras elecciones. Sánchez es consciente de que España no acudirá a unas terceras elecciones. No habría margen, y con Ciudadanos o Podemos a la baja, alguno tendría que ceder. Incluso, maneja la opción de una «abstención técnica» del PP una vez que el bipartidismo se haya reforzado.

Pero lo cierto es que Sánchez nunca respondió realmente a la oferta del PP de suscribir once pactos de Estado para poder gobernar. Lo fía todo a un descalabro de Podemos y de Cs.

4. El PSOE quiere fulminar a Podemos. El objetivo esencial de Sánchez es consolidar su liderazgo en la izquierda y demostrar que Iglesias carece de la capacidad institucional suficiente como para gobernar. Espera una fuga masiva de votos de Podemos y aprovechar que «España Suma» parece una entelequia.

5. La asunción de riesgos, en el ADN de Sánchez. Su temor a la desmovilización de la izquierda es muy relativo. Tampoco teme aparecer como culpable de la ralentización económica, que achacará a la inestabilidad provocada porque nadie le permite gobernar. Y ante la izquierda tendrá un argumento potente: fue Iglesias quien rechazó una coalición en julio.

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