Sucesos
Un preso islamista apuñala en Francia a dos vigilantes y se atrinchera
Un preso islamista apuñaló este martes a dos agentes penitenciarios en la cárcel de Condé sur Sarthe, en el oeste de Francia, aprovechando la visita de su mujer, en un suceso que las autoridades han calificado de acto terrorista.
El agresor sigue atrincherado junto a su esposa tras atacar con un cuchillo de cerámica a las 9.45 hora local (8.45 GMT) a los dos funcionarios, uno de los cuales ha resultado herido de gravedad, aunque su vida no corre peligro, según informó el Ministerio de Justicia.
La titular de esa cartera, Nicole Belloubet, consideró ante la prensa que «no hay ninguna duda» de que se trata de un atentado terrorista, cuya investigación está en manos de la Fiscalía de París.
El hombre se encuentra en la llamada «unidad de vida familiar», un apartamento amueblado y separado de la zona habitual de arresto, en el que los presos pueden recibir a sus familiares en la intimidad.
El detenido está condenado a 30 años de cárcel por arresto, secuestro, secuestro con resultado de muerte y robo con arma, y a otro año por apología pública de un acto terrorista, y podía ser liberado en 2038.
Según el delegado del sindicato FO en esa prisión, Alassanne Sall, el recluso gritó «Alahu Akbar» («Alá es el más grande») en el momento del ataque.
La cárcel en la que está ingresado es una de las dos con más medidas de seguridad de todo el país, dijo Belloubet, según la cual las autoridades trabajan con la hipótesis de que su mujer le proporcionó el cuchillo cerámico, que pasa desapercibido en los detectores de metal.
La prisión de Condé sur Sarthe tiene capacidad para 195 reclusos, pero en estos momentos solo hay 110.
Hasta el lugar se han movilizado, entre otros, equipos regionales de intervención y de seguridad, pero antes de ponerse en contacto con el recluso deben sacar de la unidad en la que se encontraba a otro preso que también estaba allí.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
