España
Una maldición vírica llamada Pedro Sánchez: No merecemos un gobierno que nos mate
Pedro Sánchez dosifica la respuesta al virus pese a la emergencia económica. El presidente más irresponsable de la Historia mundial. 55 manifestaciones en Madrid durante el 8-M». Resultado: la propia Irene Montero infectada, castigo vírico. La pena es que han propagado un virus entre miles de personas que creyeron en el Gobierno y corrieron en masa a gritar «sola y borracha quiero llegar a casa».
Hasta la fecha sabemos una cosa: que el Gobierno perdió un tiempo precioso en el combate contra la epidemia por un error garrafal de cálculo que lo llevó a subestimar el peligro que representaba este virus por una mezcla de negligencia y sectarismo. El positivo de Irene Montero demuestra la grave irresponsabilidad en que incurrió al alentar y encabezar la manifestación del 8-M, cuyos efectos propagadores empezarán ya a computarse en el repunte exponencial previsto por la Comunidad de Madrid para este fin de semana.
El impresentable de Sánchez evitó de nuevo cualquier asomo de autocrítica y les echó el muerto a los expertos y a la ciencia para evitar asumir en primera persona las responsabilidad, el muy miserable. Y el tipo se limitó a recomendar y recomendar. El tiempo de las recomendaciones ya pasó. Es la hora de la acción decidida».
Sería suicida confiar en Pedro Sánchez. Ayer demostró que no tiene la menor idea de cómo hacer frente a las crisis desatadas por coronavirus, y que no está dispuesto a hacer ni un solo cambio en su proyecto político, ni reconocer su gravísima responsabilidad en la expansión del virus. Si no se reconoce ese error, monumental, masivo, ¿cómo creer a este farsante?. Pedro Sánchez es un adicto a la mentira, un enfermo. Mientras no haya un cambio nítido de modelo económico, nada cambiará: vamos a la ruina de cabeza y enfermos. No merecemos un gobierno que nos mate.
El coronavirus ha atacado al Gobierno de la nación y no puede emigrar a Valencia, como el de la República porque allí también está el enemigo..
Las marchas del 8-M se celebraron contra el criterio de la agencia europea. El Ministerio de Sanidad y la comunidad de Madrid descartaron suspenderlo y tampoco aconsejaron a la población adoptar las medidas de distanciamiento social recomendadas. Las manifestaciones se celebraron en todo el país convocadas por el Gobierno, no solo en Madrid. Sí, en Valencia también.
Por culpa del Gobierno de Sánchez, ahora hay una bomba de neutrones desparramada por todo el país, en forma de cientos de miles de manifestantes que corrieron riesgos obvios. Igual que los participantes en el mitin de Vox. Si hubo contagios puede haber sido el principio del fin de Vox. Ni de coña, Sánchez no lo permitiría. ¿Una epidemia extendida por su culpa y encima sin Vox? ¿Cómo va a ganar elecciones?
Hay mucho de narcisismo grave, patológico, en este hombre tan dominado por Yo. Carece de escrúpulos. No tiene amigos, sino servidores. No sirve a España ni a su partido político. Tanto España como su partido están a su entera disposición, sirviéndole a él. A su Yo. En una nación normal, y no domesticada por las televisiones que también le sirven, ya sería expresidente.
Postdata: Deseamos que Irene Montero se restablezca pronto y sin problemas. Y que no contagie a nadie más. Pero esperamos que medite, madure y aprenda que la política está para mejorar la vida de las personas, no para mangonearlas, adoctrinarlas y hasta ponerlas en peligro. Pierde toda esperanza, es demasiado arrogante y engreída para admitir un error. Ni siquiera ha pedido disculpas.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
