Sucesos
Una pescadera de Santander es la primera persona en ser despedida de su trabajo en España por llevar mal puesta la mascarilla
La empleada llevaba la mascarilla por debajo de la nariz y amenazó a la clienta que puso la queja en su contra.
El Juzgado de lo Social número 6 de Santander, en la comunidad autónoma de Cantabria, declaró procedente el primer despido laboral en España contra una persona por no llevar bien puesta la mascarilla en su lugar de trabajo.
Se trata de una empleada del área de pescadería de la cadena de supermercados DIA, reseñó el diario español El Confidencial.
El episodio ocurrió el 27 de mayo de 2020, cuando una compradora vio que la trabajadora llevaba mal puesto la mascarilla, dejando la nariz afuera. La clienta se dirigió a la responsable del lugar para poner la queja.
Ambas se acercaron luego a la empleada y esta, ignorando las órdenes de su jefa, amenazó a la clienta, según consta en la sentencia a la que tuvo acceso el mencionado medio, diciéndole: «Si no te gusta, te vas. Si quieres lo arreglamos en la calle, sin el uniforme«.
Tres semanas más tarde, la empresa le notificó a la trabajadora su despido por cese disciplinario, argumentando que la empleada no cumplía con las normas de seguridad y la falta de respeto al público, así como a un compañero de labores.
La empleada presentó una demanda solicitando la declaración de improcedencia de su destitución, pero no obtuvo respuesta favorable.
En la sentencia del Juzgado de lo Social, se estableció que ella «se encontraba prestando servicios con un producto no envasado, el pescado, por lo que las normas de prevención de riesgos laborales le obligaban al uso correcto de la misma, tapando la boca y la nariz».
Asimismo, recalca que, además de hacer «caso omiso» a su superior, se dirigió a la clienta «en tono amenazante», hechos que según el juzgado son suficientes para aplicar el despido disciplinario.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
