Sociedad
Una plataforma de activismo social y político pide que se le retire la nacionalidad española al argentino Pablo Echenique
(Remitido) Pablo Echenique Robba nació en la ciudad de Rosario, en la bella Argentina, en 1978. A los 13 años se trasladó con su madre y su hermana a Zaragoza, donde reside desde entonces.
Desde la infancia, Pablo Echenique sufre de atrofia muscular espinal, una enfermedad degenerativa que le ha obligado a vivir en una silla de ruedas. Ese fue uno de los motivos principales por los que Echenique y su familia se mudaron a nuestro país: poder aliviar su terrible dolencia, y ser capaz de desarrollar una vida funcional y plena.
La atrofia muscular espinal no es, no obstante, la afección más grave que sufre Pablo Echenique.
Tras su afiliación al partido político Ciudadanos (hasta 2014), Echenique se contagió del virus del progresismo más radical y desnortado. Desde entonces, es bien conocida su beligerancia contra el país que le vio – y le permitió – crecer, doctorarse en física y convertirse en uno de los políticos más controvertidos del panorama actual – además de mejor pagados, pues su actual sueldo como diputado y portavoz de la formación de Pablo Iglesias asciende, según el Economista, a más de 80.000 euros anuales.
En otro orden de cosas, Pablo Echenique no es la persona que cuenta con una mayor legitimidad a la hora de reclamar derechos para la clase obrera. Es por todos sabido que el político argentino mantuvo una relación laboral con un asistente personal entre 2015 y 2016 en unas condiciones más que irregulares. En el año 2019, la Justicia ratificó la sanción impuesta en su día a Pablo Echenique por dicha relación, en la cual no mediaba el correspondiente contrato, ni el alta en el régimen general de la Seguridad Social.
De lo que sí puede presumir Pablo Echenique es de fidelidad al partido y al líder supremo del mismo, Pablo Iglesias. Una fidelidad – un servilismo, para hacer honor a la verdad – que le ha valido para ser uno de los pocos privilegiados que no ha sufrido la purga del airado dirigente morado. Últimamente, su defensa de los despropósitos y disparates de sus superiores es, si cabe, más enconada e irracional que nunca – llegando, incluso, a señalar personalmente, desde su posición privilegiada, a periodistas y profesionales, por tener éstos la desfachatez de criticar al partido en que Echenique milita.
España ha dado a Pablo Echenique la oportunidad de desarrollar su potencial hasta unos niveles con los que el ciudadano español de a pie tan solo puede soñar. Sería perfectamente cuestionable, aunque nos limitásemos a considerar la naturaleza de la actividad política del personaje, si tales prebendas son merecidas. Pero, dadas las circunstancias, parece legítimo ir más allá, y preguntarnos si hay alguna razón por la que Echenique deba seguir gozando de los privilegios que van de la mano de la nacionalidad española.
Mucho más nocivo – remitiéndonos a las pruebas – que la epidemia que hoy nos tiene en vilo es el hecho de que el progresismo radical campe a sus anchas por nuestra nación. No parece haber nadie capaz de parar una tal pandemia, y está en juego nada menos que la integridad económica, política y moral de nuestro país. Un país que, haciendo gala de su tradicional apertura, no dudó en abrir los brazos a elementos como Pablo Echenique, que se han revelado extraños y dañinos. Manifestemos, pues, nosotros el amor por la patria que personajes como Echenique no han sabido – o no han querido – demostrar.
En estos últimos días, le hemos visto como instigado de una Fake News contra el periodista Vicente Valles que ha conseguido la repulsa de todos los medios y periodistas de esta nación.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
