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Verónica Rubio, la madre cobarde

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«Asesinato machista»

«Violencia de género»

«Agresión heteropatriarcal»

… Y algunos otros titulares de los pasquines que publica y lee la canalla roja se están haciendo notar con mucho ruido, como siempre.

Pero nosotros no somos como esos panfletos al uso. Alerta Nacional NO es un periódico al uso. Para nosotros, el acto que ha realizado Verónica Rubio es la suprema confirmación de la cobardía. 

No tenemos la más mínima duda.

Y tampoco tenemos dudas sobre las víctimas de este suceso: los hijos y el marido de la suicida. ¿Es ella una víctima? ¡NO! Ella ejecutó una decisión personal.

Una decisión lamentable, cobarde, egoísta y profundamente antinatural. 

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No hay, -no debería haber- nada más importante para una madre que sus hijos. Nada. Absolutamente nada. Ni la propia vida, ni la salud, ni mucho menos «el qué dirán».

Una mujer –una mujer defectuosa– que abandona para siempre a su pequeño de nueve meses de edad no tiene perdón, ni de los hombres, ni De Dios. O al menos no debería tenerlo.

Una mujer defectuosa que años después de hacer una tontería se ve salpicada por la misma debe apretar los dientes y seguir caminando. Por ella misma. Por su marido, por sus hijos.

¡Nadie dice una palabra sobre el marido o los hijos! ¿Que pasa aquí? ¡Son las verdaderas víctimas inocentes! El marido no se grabó practicando sexo con otra… y mejor así, o estaría detenido y acusado de asesinato. Imaginen: una mujer casada descubre que su marido grabó un vídeo sexual con otra poco antes de casarse con el… y ella va y se suicida. ¿Se imaginan que sería de ese hombre? Sería virtualmente DESTROZADO por las feministas talibanes.

Pero no. Aquí la víctima es la muchacha ligera de cascos que se graba practicando sexo con otro poco antes de casarse con el que era el padre de sus hijos.

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Para redondear la faena, nos enteramos que esta mujer declaró a la empresa en la que trabajaba que ella envió el vídeo a, al menos, DOS compañeros de trabajo. ¿A DOS?

Y si nos faltaba algo, hoy se publica en los medios que esta misma mujer ya tuvo un problema con otro vídeo sexual hace 10 años, apenas con la mayoría de edad cumplida.

Veronica Rubio era una joya.

Nos van a disculpar, pero esta señora no nos da ninguna pena ni ninguna lástima.

Por nuestra parte, reservamos la pena y la lástima para esas dos pequeñas criaturas que van a crecer sin madre, y para ese padre que descubrió que era un cornudo, que no le querían y que se quedaba solo en el mundo con dos hijos pequeños al mismo tiempo. Y que además es el «cornudo» para el resto de su vida. 

Que Dios, en su infinita misericordia, perdone a Verónica. Nosotros, pobres pecadores, no podemos hacerlo. 

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

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Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

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Por Diego Fusaro

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