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(VÍDEO DE ASESINATO REAL) “…Érase una vez…”
Para comenzar, queremos dejar claro que este artículo es un simple recuerdo histórico, y de ninguna manera estamos haciendo sugerencia alguna. Los hechos que vamos a relatar fueron perpetrados hace muchos años y, fuera aparte de toda opinión de criterio histórico, en aquel momento y lugar constituyeron un delito, por lo que nosotros no podemos de ninguna manera animar, incitar o de cualquier otra manera sugerir a nadie la repetición de hechos tan luctuosos.
Aclarado lo anterior, debemos reconocer que a día de hoy muchos japoneses recuerdan como un héroe, un “samurai” moderno al jovencísimo estudiante de 17 años que impidió que en los años 60 del siglo pasado Japón se zambullera en el comunismo chino estableciendo un gobierno socialista y aliándose políticamente con China eliminando para ello a su tradicional aliado, Estados Unidos, del encaje político de extremo oriente, lo que hubiera provocado un cambio devastador en los equilibrios de poder en la Guerra Fría.
Hablamos de Inejiro Asanuma, el que fuera Presidente del PSJ, Partido Socialista de Japón. Fue elegido miembro de la Dieta en 1936, pero al comenzar la Guerra se retiró de la política, a la que no volvió hasta la derrota del Japón, algo muy en el estilo del socialismo mundial: es decir, la huida cobarde y el ocultamiento temeroso.
Provocó grandes escándalos, siendo el mayor de ellos el que provocó a la vuelta de un viaje por la China comunista -República Popular China- declarando ante los medios que USA era “el gran enemigo de China y de Japón”.
El 12 de Octubre de 1960 un joven estudiante nacionalista japonés irrumpió en medio de un debate político, subió a la tribuna en la que estaba hablando Inejiro Asanuma y con un golpe perfectamente medido y exquisitamente ejecutado en la mejor tradición samurai con un “wakizashi” (espada tradicional más corta que la conocida katana) atravesó de parte a parte a Inejiro matándolo en el acto.
Estos hechos fueron televisados en directo por la cadena japonesa NHK, dado que el debate así estaba siendo retransmitido. El video que presentamos más abajo refleja aquellos momentos.
Nunca sabremos si Otoya Yamaguchi, el ejecutor de Asanuma, tuvo cómplices para realizar el asesinato, o lo realizó todo él solo. Lo que sí sabemos es que, tres semanas más tarde de su crimen, estando encerrado en una institución juvenil, mezcló cuidadosamente pasta de dientes con algo de agua y dejó escrito en la pared: “Siete vidas por mi país. ¡Diez mil años por su Majestad Imperial, el Emperador!”.
Después hizo tiras con la sábana de su catre, y se ahorcó de una lámpara.
El Premio Nobel de literatura japonés, Kenzaburo Oe, escribió su novela “Seventeen” tomando como ejemplo a Otoya Yamaguchi.
De forma “underground”, en Japón se venden camisetas y otros recuerdos en memoria de Otoya Yamaguchi, “El Samurai que libró a Japón del socialismo”.
Celebrating The Assassination Of Inejiro Asanuma from Uchujin on Vimeo.
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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro
Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.
Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.
Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.
También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.
A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.
Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.
Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.
¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?
Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.
Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…
Por Diego Fusaro

