España
(Video) Un parásito magrebí se pone chulo: «Los españoles tenéis que trabajar para mí»
Decían que los inmigrantes venían a este país (una potencia mundial en cuanto a número de ancianos) a pagarnos las pensiones. Decían que necesitábamos más inmigrantes para seguir creciendo. No estamos creciendo, nunca crecimos, sólo engordamos, ahora estamos adelgazando. Ahora el país está parado y sin cambios para mejor a la vista, y el gobierno incentiva económicamente, aunque sin resultado, el regreso a sus países de los inmigrantes, costeándoles el viaje de vuelta (incluida su parentela), el paro a los que tengan derecho a él, e incluso ayudándoles económicamente para que comiencen una nueva vida en los lugares de donde proceden. La mayoría de los inmigrantes que se han quedado sin trabajo prefieren quedarse en España, donde siempre tendrán comida, sanidad y escolaridad gratis. Mientras tanto, cada día son más los españoles que traspasan el umbral de la pobreza y la miseria. Y el gobierno sigue ignorando el problema de la inmigración y fingiendo ignorar el lastre que significa una población extranjera de este tamaño, improductiva y voraz.
El video que ustedes van a ver corresponde a la grabación de un magrebí en la que, mientras bebe en un bar, se jacta de que los españoles trabajan para él. Entre las perlas del video, la siguiente: «pago un piso de 380 euros, pero solo pago 180; el resto lo pagan los españoles», «los españoles tienen que trabajar para mí».
No sabemos qué asombra más: si la provocación con la que exalta su modo parasitario de vida o la impunidad con la que dice tales cosas sin una respuesta por parte de las autoridades. En cualquiera de los dos casos, el video nos muestra con toda crudeza la realidad de un país donde se exprime el bolsillo del contribuyente español para financiar los gastos de .gente como ésta.
Una nueva afrenta al pueblo español, a la gran masa media española harta de mentiras, de manipulación, de políticos inútiles, de buenistas traidores, de medios informativos al servicio del que paga, de trato de favor a los de fuera. En definitiva, otra muestra del lodazal por el que transcurre la partitocracia española, cuya defunción debería ser imperio para todo español responsable y decente.
Contaba Pérez-Reverte que en Madrid, en plena revuelta de 1808, un grupo de españoles paseaban, atados a una alabarda, varios «sacos escrotales» con las correspondientes pelotas francesas dentro. Todo a raíz de enterarse de la muerte a manos francesas de Manolita Malasaña, costurera.
¿Que necesita, hoy, el pueblo español para REACCIONAR? porque hoy son los moros los que exhiben las pelotas españolas en lo alto de sus «ayudas oficiales a la vivienda».
Ah. Y no se pierdan la frase final del individuo: «Si lo subes a Facebook, te mato». Precioso.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
