Opinión
VOX debe romper el pacto de gobierno andaluz por una cuestión de principios
Dice la leyenda que Groucho Marx dijo una vez: «Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros«.
Y alguien del PP debió de escuchar esa frase y convertirla en la «Primera Directriz» del partido, porque creemos que es imposible cambiar más rápido de principios morales que el Partido Popular maniobrando entre pactos de diferente color. Si hay un partido que pueda pactar una cosa, la contraria, y la siguiente con tres partidos diferentes, y conseguir que todas las opciones vayan en contra de su «Decálogo de Principios Irrenunciables», ese es el Partido Popular. Escandaloso… por su sospechoso parecido con los partidos de la Izquierda cimarrona que hacen exactamente lo mismo… tal y como dijo Lenin que debía hacerse: adaptar los principios a las necesidades, relativizar la verdad, y renunciar a la coherencia ideológica.
Pero, oigan, es lo que tenemos. A los naranjitos de Ciudadanos les va bien: les facilita la vida porque es lo que les gusta: que nadie pueda echarles en cara que les da absolutamente lo mismo pactar con el PSOE que con el PP. Y si no pactan con los nacionalistas catalanes es por una simple cuestión de territorialidad: ambas criaturas orinan en los territorios del contrario y eso hace que mantengan una actitud de desprecio agresivo.
Pero ya les aseguro yo que si Ciudadanos pudiera pactar con el PNV o con BILDU para conseguir el Gobierno de España, iban a tardar menos en negociar que el tiempo que tarda en desaparecer un caramelo en la puerta de un colegio. Puede que incluso menos.
Así que por parte de C’s y del PP, todo va bien en Andalucía: van a ir pisando los menos charcos posibles para establecer su propio tejido de poder, para garantizarse su permanencia en aquellas instituciones por lo menos otros 36 años. Que ya les tocaba.
Y es ahora, y aquí, dónde VOX debe demostrar, sin ninguna vacilación, sin ningún temor y sin ningún paño caliente hasta qué punto son sinceros cuando hablan de compromiso y de valores.
Firmaron un pacto en el que debía derogarse la Ley de Memoria Histórica andaluza -que nada tiene que ver con la estatal, por cierto- y ahora el PP -junto con su partido-mamporrero, C’s– dice que de eso nada. Que hasta la última letra se cumplirá.
Con lo que VOX debe actuar con reflejos y con rapidez: o es lo que yo pienso que debería hacer: declarar inmediatamente roto el pacto de gobernabilidad, y afirmar públicamente que no votará los Presupuestos que presenten PP y C’s. Y a elecciones.
También podría –no digo que no– mantener un silencio mortal hasta el día de la votación de presupuestos -o de cualquier otra votación en la cámara andaluza- y votar con un ¡NO! gigantesco a todas y cada una de las iniciativas CiudadanoPopulistas que sean presentadas. Y al que le escueza… ya sabe. Vaselina.
En todo caso, VOX tiene la obligación inexcusable e irrevocable de declarar roto el acuerdo, pues efectivamente ha sido reventado por la actitud de PP y Ciudadanos. Que VOX cumpla con lo prometido como un partido que antepone los principios a cualquier otra cosa es lo que se espera por parte de sus votantes y simpatizantes. Estos no consentirán otra cosa… y además será una actitud que verá premiada en votos en las próximas Elecciones Generales.
Pero si duda y no lo hace… defraudará a los suyos… y correrá la misma suerte de aquel partido izquierdoso que acabó dividido en diversos Reinos de Taifas y que era dirigido por un tipo barbudo, malencarado y con chepa: Pablo nosequé. ¿Alguien recuerda el nombre de aquel partiducho? Yo no.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
