Opinión
Ya estamos todos: faltaba la División Azul. Por el General de División Juan Chicharro, Presidente de la Fundación Francisco Franco
La División Azul fue a luchar a Rusia con el ejército alemán contra el comunismo soviético. No hay que olvidarse de esta circunstancia. Franco venció con las armas al comunismo y Franco al transformar España sacándola de la miseria dejó al comunismo fuera de juego en nuestra Patria durante todo su mandato. El sistema comunista nunca olvida y es obvio que ahora con las posibilidades que la posesión del BOE les proporciona están propiciando revertir aquella derrota. Es evidente que la División Azul no podía quedar fuera . Sus componentes eran furibundos anticomunistas y esto los totalitarios no lo perdonan. Hoy cuando vemos una España rota, desbordada y sujeta a los vaivenes del odio de un Gobierno socialcomunista me pregunto para qué sirvió tanto sufrimiento de una generación que lo entregó todo por la causa de una España unida, cristiana y justa. No sé si el Santo Padre sabe quienes eran unos y otros. En España primero y en Rusia después lucharon miles de jóvenes idealistas españoles contra la barbarie marxista y lo hicieron para salvar la civilización cristiana. Y allí dejaron su vida con el nombre de Dios y de España en los labios.
Hoy quieren borrar de la historia su hazaña y el proyecto de Ley de Memoria Democrática es la vía elegida. Pues conviene que sepan sus responsables que el sacrificio de aquellos jóvenes soldados no fue baldío pues sobre su sangre reverdecerán laureles de victoria. Su ejemplo pervive en nosotros y mientras sea así no desmayaremos en la defensa de los ideales por los que tantos españoles lucharon y murieron . Hay un dicho que nos recuerda que mientras alguien hable de ti nunca mueres. Me ciño a este aserto y una vez más mi recuerdo vuela para quienes cayeron para siempre por una España mejor. Pueden hacer todas las leyes que quieran que el recuerdo de tantos caídos no caerá nunca en el olvido y su sangre vertida nunca habrá sido en vano. Otros vendrán que levanten las banderas caídas y devuelvan a esta España, hoy desconocida, a su mayor esplendor.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
