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Opinión

España no tiene Ministro del Interior: Tiene un PROBLEMA. Por Efrén Díaz Casal, Coronel de Infantería

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Desde su desembarco en el Ministerio del Interior, Fernando Grande-Marlaska viene acaparando el foco de la crítica política por confundir su cargo al frente de un organismo público, consiguientemente al servicio del pueblo español y no de facción política alguna, con el de abogado defensor del PSOE y de todos los enemigos de España como lo demuestran los hechos que se expresan  a continuación, lista en la que no figuran la totalidad de despropósitos cometidos por este individuo para no agotar al lector con una lista interminable.

En vísperas de las elecciones autonómicas madrileñas del pasado 4 de mayo, las cartas con balas y amenazas, la primera de ellas dirigida a Pablo Iglesias y las siguientes al propio Marlaska, a la ministra Reyes Maroto que recibió un cuchillo ensangrentado, y a la directora general de la Guardia Civil, María Gámez, cuyos remitentes ni están ni Marlaska les espera a excepción del remitente de la carta a la ministra Reyes Maroto diagnosticado de esquizofrenia, dan la medida de la calidad moral del sujeto en cuestión.

Una de las consecuencias de la política pactada del PSOE con EH Bildu a cambio de su apoyo parlamentario, que el infrascrito está cumpliendo con verdadero deleite, ha sido el acercamiento de numerosos etarras a prisiones del País Vasco o próximas a esta región, al tiempo que ha autorizado más de 140 beneficios penitenciarios a presos etarras contra el criterio de las juntas de tratamiento de las prisiones así como homenajes públicos a terroristas etarras humillando a sus víctimas.

Al inicio de la campaña de las elecciones autonómicas madrileñas del pasado 4 de mayo, en un acto en Vallecas se produjo una lluvia de piedras y palos que terminó con 13 heridos entre los militantes y simpatizantes de VOX asistentes al mitin debido a la escasa dotación policial que la Delegación del Gobierno, dependiente del elemento en cuestión, dispuso para mantener el orden a pesar de conocer previamente la violenta actuación que tenían prevista radicales de ultraizquierda.

Entre los detenidos que lideraban las agresiones contra los asistentes al citado mitin figuraban dos escoltas de Pablo Iglesias, entonces candidato de Podemos a los comicios madrileños, de lo que Marlaska tuvo conocimiento desde pocas horas después de los hechos ocultándolo y ordenando ocultar durante toda la campaña hasta después de las elecciones.

Los pasados 17 y 18 de mayo, Ceuta, abandonada por el departamento de Interior en toda clase de medios, y a pesar de que Marlaska estuviese previamente informado sobre el asalto a la frontera decidiendo no reforzarla, estuvo sometida a un asalto de más de 10.000 marroquíes que, según el departamento que el aludido todavía dirige cifra alrededor de 500 pretextando que “los datos no han podido ser actualizados porque se encuentran aún bajo análisis y tratamiento”; esperemos que la correspondiente actualización esté finalizada en el 5º milenio después de Cristo.

Esta invasión estuvo auspiciada por Marruecos en respuesta a la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, con identidad falsa a nombre de Mohammed Ben Battouche, con dos causas judiciales abiertas en la Audiencia Nacional, ingresado subrepticiamente en un hospital de Logroño ocultando estos hechos al gobierno marroquí.

Marlaska no solo no evitó el conflicto con Marruecos comunicando su oposición a la acogida de Brahim Ghali a María Aránzazu González Laya, entonces ministra de Asuntos Exteriores, sino que la agravó provocando con su silencio la alianza económica y militar entre Estados Unidos y Marruecos, de la que se derivan para España graves perjuicios estratégicos, militares y económicos.

Después de que el interfecto echase toda la carne en el asador para tratar de inculpar a los partidos de la oposición de la agresión homófoba del barrio de Malasaña de Madrid, que posteriormente resultó ser falsa según reconoció la propia víctima, Pedro Sánchez convocó y presidió la Comisión de Seguimiento del Plan de Acción de Lucha contra los Delitos de Odio para continuar inculpando a los mismos respaldando por tanto  las declaraciones de Marlaska al respecto que se ha negado a dimitir y dar las explicaciones que pide la oposición al efecto en sede parlamentaria.

Con todo descaro Marlaska ha descargado su responsabilidad manifestando que la policía no le informó oportunamente de las sospechas sobre la falsa agresión de Malasaña, ocultando asimismo que  miembros del PP y VOX han sufrido agresiones por motivaciones ideológicas amparadas por la Comisión de Seguimiento del Plan de Acción de Lucha contra los Delitos de Odio, y Sánchez no ha expresado ninguna condena, por lo que la citada comisión parece más apropiada para los dirigentes del PSOE que para quienes éstos intentan inculpar hasta del diluvio universal.

La necia disculpa de Marlaska ha suscitado la indignación entre los agentes de Policía Nacional que le acusan de ensuciar la imagen del Cuerpo y desamparar a las Fuerzas de Seguridad del Estado para justificar su actuación y eludir la asunción de responsabilidades escudándose en la actuación policial para ocultar sus errores en la gestión mediática y política del asunto Malasaña.

El odio evidente del infrascrito a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado lo incrementa con los arbitrarios ceses de distintos mandos de la Guardia Civil, resultando sorprendente la paciencia de varios mandos del Cuerpo soportando estoicamente la bronca de este individuo por no haberle informado con el suficiente adelanto de la acción que miembros del mismo llevaron a cabo en septiembre de 2019 con el resultado de nueve detenciones contra los separatistas Comités de Defensa de la República (CDR) que, además de formar un grupo terrorista, fabricaban explosivos y recababan información para atentar contra destacados miembros de la oposición.

Desde el 7 de junio de 2018, fecha en la que este fulano tomó posesión del cargo que todavía detenta, le he solicitado reiteradamente que comunique a las delegaciones y subdelegaciones del Gobierno que dependen de él, organismos autónomos análogos vascos, navarros y catalanes, ayuntamientos y Conferencia Episcopal Española, que tramiten los actos religiosos en la vía pública según lo establecido por la Ley Orgánica 9/1983, de 15 de julio, reguladora del derecho de reunión.

El silencio que ha aplicado a su respuesta viene provocando que el ministro del Interior que España todavía aguanta y las entidades gubernativas aludidas en el párrafo anterior, vengan conculcando y permitiendo reiteradamente la vulneración de la citada Ley Orgánica 9/1983 por parte del resto de entidades, incumpliendo sus respectivas funciones asignadas por la Ley 40/2015, de 1 de octubre, de Régimen Jurídico del Sector Público, convirtiendo España en un país sin ley.

Los hechos expuestos dan testimonio del vacío moral, disparates y sectarismo de su autor, constituyendo una prueba fehaciente de que España no tiene Ministro del Interior, tiene un problema que debe erradicar de inmediato para evitar que, con el respaldo del doctor antes  “Cum Fraude”, ahora “Cum Gafe” por atraer todos los desastres  que se presentan, cause otros problemas de mayor trascendencia y difícil solución.

Efrén Díaz Casal
Coronel de Infantería (R)
 
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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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