Sociedad
YouTube vuelve a cerrar Estado de Alarma por retransmitir las protestas contra el Gobierno ¿A alguien le importa que el nivel de censura sea superior al de los últimos 150 años?
Alberto García Reyes: “El estado de alarma en Madrid revela las ínfulas autoritarias de Pedro Sánchez y sus aliados populistas”
Cree que ha ganado el pulso que mantiene con la Comunidad de Madrid.
Pero la victoria que Pedro Sánchez ha conseguido frente a Isabel Díaz Ayuso al imponer el estado de alarma en la capital y en varios municipios madrileños es de las que se consideran pírricas.
Al presidente del Gobierno de España, al igual que en el año 280 antes de Cristo el rey griego Pirro venció a las tropas de la República romana en la batalla de Heraclea pero con un coste en vidas muy elevado que acabó por mermar toda opción de ganar la guerra, su obcecación con Madrid es de las que acabará pasando factura en Moncloa.
Ignacio Camacho, en el diario ABC, lo resume de manera sublime:
Obcecado en el asedio a Díaz Ayuso, ha digerido fatal el varapalo de los tribunales y ha reaccionado al fracaso con un tic autoritario propio de quien no admite objeciones a sus mandatos. De entre las fórmulas que el TSJM le sugería para enmendar su yerro –un gazapo jurídico inexplicable con seiscientos asesores para darle consejo– ha escogido el camino conminatorio del decreto, que era exactamente al que lo quería llevar una rival a la postre más correosa de lo que sugiere su frágil aspecto.
En su afán de acorralar a Ayuso, cuya gestión de la segunda oleada cuestionan incluso muchos de sus compañeros, ha picado su anzuelo y la ha convertido en una líder de referencia de la derecha, capaz de desestabilizarle los nervios. La posibilidad de una moción de censura en la que C´s traicionase a su propio Gobierno se ha alejado y en vez de desgastar a la presidenta de Madrid la ha blindado para mucho tiempo.
De la misma opinión es Alberto García Reyes, que escribe lo siguiente en el periódico de Vocento:
Ayuso, más allá de que Ciudadanos pueda acabar haciéndole la cama, sale reforzada de este ataque y siempre podrá presumir de haber destapado la condición nepotista de Pedro Sánchez ante todos los españoles. Lo que la presidenta de los madrileños ha aflorado aguantando esta humillación es la esencia del sanchismo, un concepto político basado en la soberbia. El estado de alarma en Madrid revela las ínfulas autoritarias de Pedro Sánchez y sus aliados populistas, que hasta el momento habían sabido enervar el papel del Rey o la independencia de la Justicia con discursos ambiguos o maleables, pero que ayer quedaron atrapados en el cepo de los basiliscos.
Ricardo F. Colmenero, en El Mundo, no duda de que lo único que se persigue es que PSOE y Podemos gobiernen en la Comunidad de Madrid y por eso tratan de acorralar a Ayuso al precio que sea:
Dice Illa que la declaración del estado de alarma en Madrid responde a la imposibilidad de alcanzar un acuerdo. Suponemos que con el virus. La izquierda está convencida de que la única forma de acabar con la epidemia es acabar con Ayuso. De que con un Gobierno de PSOE y Podemos el virus se disolvería. Y si no, siempre se podría culpar a las cloacas del estado de andar tosiendo en los bares y lamiendo las marquesinas.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
