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Al Barcelona se le atraganta la Champions
Empieza a resultar un síndrome que colinda con la patología, pero al Barcelona le duele todo en cuanto escucha la melodía de la Champions League. Poco importa ya la renta con la que afronten las noches de mayor postín. En Can Barça, en los tiempos que corren, la gloria se asemeja ya a un coto reservado para las alegrías domésticas, tan incontestable su dominio en los torneos españoles como absoluta su apoplejia cuando viaja por Europa.
Porque el problema no está en lo que acontece en el Camp Nou, acostumbrado a disfrutar sin tacha cuando la hinchada se predispone al júbilo. Hay que remontarse al año 2013, en las semifinales ante el Bayern de Múnich, para dar con una derrota azulgrana en casa (0-3). Y con todo, fue en un partido de vuelta con poca historia dado el 4-0 de la ida. En los últimos cursos, el tembleque emerge cada vez que al Barça le ha tocado defender renta lejos del calor de su feudo.
Como si se tratara de un pacto faústico con el que levantar el trofeo que en 2015 rubricó el triplete de Luis Enrique y aquella MSN totémica, el Barcelona acumula cuatro temporadas consecutivas hincando la rodilla en un partido jugado a domicilio, en tres de ellas después de partir con una ventaja lograda en el primer envite. Fue batir a la Juventus en Turín y amontonarse los varapalos: en 2016 fue el Atlético de Madrid el que con un 2-0 aguó el 2-1 de la Ciudad Condal; al año siguiente, la Juve goleó en Turín (3-0) y mantuvo la igualada en España (0-0); en 2018, la Roma alcanzó una de las mayores proezas que la Champions recuerda con aquel inopinado gol de Manolas (3-0 después de un 4-1 en el Camp Nou), y ahora, el año en el que Messi había cacareado su firme voluntad por reconquistar «esa copa tan linda y deseada», a los de Valverde les caen cuatro goles en Anfield.
La cosa no se queda ahí. Las circunstancias obligan a profundizar en el asunto. El Barcelona ha caído con uno de los mejores equipos del planeta, una obra de orfebrería levantada a pulso por un Jürgen Klopp inenarrable, potenciado su plan por un puñado de fichajes estratégicos (Alisson, Van Dijk, Keita, Fabinho). Lo mollar del asunto está en los protagonistas de la que ya es una de las noches más mágicas que recuerda Anfield. Valgan como ejemplo los goles, dos de Origi y otro par de Wijnaldum. Nada menos que un temporero sin mayor peso en la temporada que 302 minutos en Premier League que tras brillar con Bélgica en el Mundial de 2014 cavó un hoyo hacia el ostracismo y un secundario llamado a picar de los minutos sobrantes de titulares como Keita, Fabinho o Henderson. Tal es el caso de este último que hoy, con Salah, Firmino, Keita y Oxlade en la enfermería, no tuvo cancha hasta la lesión de Robertson, el no va más para las desgracias de los «reds».
Busquets, uno de los imprescindibles presente en esta serie de debacles azulgrana, verbalizó con dureza y los ojos encharcados la dureza del momento: «Después de lo de Roma te vuelve a pasar esto… Pido disculpas a la afición. Es muy duro irse así». Apenas tuvieron los pupilos de Valverde aire en el segundo tramo del primer tiempo, aireados por una circulación siempre bien aireada por Messi y apoyados en la piel dura de Vidal. Precisamente sobre el chileno se verterán ahora buena parte de las frustaciones de la crítica azulgrana. Carga Valverde con la pena de haber hecho de su equipo un monstruo competitivo que ha dejado en punto muerto las pautas por las que se guía el estilo por el que se suspira en el Camp Nou. Y quizá encontrara un hueco por el que colarse la justificación ante esa bancada de partidarios por mantenerse en un camino marcadísimo, con Arthur como epítome, el día y la noche al lado de Arturo.
Pero este fútbol, ya se sabe, lo juzgan los resultados. Le ocurrió lo mismo al Manchester City de Guardiola, un equipazo al que le persigue la sombra de una Champions en la que no tiene que ganar el mejor, como sí ocurre en las ligas. Por el momento, y a la espera de ver qué ocurre el año que viene, este Barça soñará noche tras noche con la crueldad de la Champions. Hasta convertir una temporada formidable en un fracaso demoledor.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
