España
Alberto Rivera: una marioneta que pierde… serrín
¿Qué es Alberto Rivera?
Es, un poco, como Pinocho: un muñeco de madera que se mueve según los franceses agitan la mano. Un juguete, un engañabobos. Seguramente de esa facultad de timar a ingenuos provenga el éxito sin medida entre los votantes españoles: ya sabemos todos que el votante español medio, ese que ha pasado por la trituradora cerebral de la LOGSE, tiene el coeficiente intelectual del basalto granítico. No llega al cuarzo ni de lejos. El cuarzo, por lo menos, vibra cuando lo golpean. El votante español, cuando lo golpea la realidad, aplaude o cambia de canal y ve fútbol.
¿Y quien es el Maestro Titiritero que maneja a nuestro querido y nunca bien ponderado Alberto? Pues esa otra marioneta que el Gran Oriente mandó construir en Francia cuando vio que el tema se les escapaba de las manos: y por arte del Gran Arquitecto, el Grado 33 creó a Macron. Y el Nuevo Orden batió palmas, feliz.
El caso es que si nos atrevemos a insultar al Nuevo Orden, a la masonería y a las instrucciones que ha recibido Alberto Rivera y nos lanzamos a pensar, en unos primeros momentos podríamos dudar de las verdaderas intenciones de Tito. De Albertito.
Pero cuando damos un paso atrás y contemplamos el cuadro completo, intuimos un patrón en todo lo que hace Mister Rivera: si en un primer vistazo a la situación podemos colegir que este caballero es inveteradamente tonto, tras meditar la situación veremos que en realidad todo responde, o parece responder, a un plan trazado en el muy laico y masón país vecino: ese que desde Napoleón no es capaz de ganar una sola batalla (se dice en la OTAN que si se buscan las batallas ganadas por franceses después de la muerte del Corso aparece una página de error) pero que aquí, en nuestra Patria, se apaña muy bien para “teledirigirnos” a su gusto y acomodo.
Déjenme que se lo explique: Tenemos un partido, Ciudadanos, del cual yo todavía no me explico cómo es posible que haya obtenido los resultados electorales de las últimas elecciones: el índice de inteligencia del español votante está en caída libre. Pero cuando logra ese impresionante resultado, pudiendo erigirse en uno de los partidos políticamente más importantes de España, pactando a derecha e izquierda -pues ya sabemos de antiguo que no le hace ascos a la carne o al pescado- (Disculpen; nos referimos al partido, no a Rivera) decide que no va a ni siquiera sentarse a tomarse una caña ni con PSOE ni con VOX.
Así, por las buenas.
¿Resultado? Ciudadanos se va a autodestruir. Tal cual. ¿Y porqué? Pues piensen: a lo mejor es que C’s ya ha cumplido su misión, que era, básicamente, estorbar. Teniendo en cuenta, sobre todo, que sin C’s muchos de sus votos se hubieran repartido entre Podemos y PSOE, haciendo que un pacto PP-VOX quizá hubiera tenido posibilidad de gobernar.
Esto ya no ocurrirá, viendo que las tendencias de los tornadizos y absolutamente cretinos votantes españoles van por otros derroteros.
Lo que está claro es que en las próximas elecciones -cuenten con ellas para Otoño- VOX quizá se de un morrazo de consideración.
Pero desde luego, Ciudadanos desaparece por el desagüe de evacuación de residuos biológicos.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
