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Carta a los muy hipócritas señores canónigos de la Basílica del Pilar de Zaragoza

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Basílica del Pilar en Zaragoza.

El Cojo de Calanda.- Muy Ilustres Sres. Canónigos: No por esperada, deja de llenarme de vergüenza –no digo ajena, porque supongo que ustedes hace tiempo la perdieron- su rápida reacción ante la brevísima exhibición de un manto para la Virgen del Pilar donado años ha por la Falange Española de Aragón.

Ciertamente en Calanda hace siglos que no nos extrañamos de nada. Sin embargo, ustedes, es decir el Cabildo Metropolitano de Zaragoza, han manifestado que ha sido un error lamentable la colocación de ese manto a la imagen de la Pilarica, al tiempo que han pedido excusas y perdón. Ni ustedes tenían conocimiento pues, ni dieron autorización -afirman- y lo califican de acto rutinario del que sólo es responsable el que pobrecito que pone cada día los mantos que ya es muy mayor.

Nos duele –dicen sus reverencias- sobre todo el hecho de que un signo tan universal de concordia y reconciliación como es la Virgen del Pilar haya sido motivo de avivar viejos rencores. Lo ocurrido es un acto contrario a la mentalidad tanto del Arzobispo, como de las personas que componen el Cabildo.

Somos los primeros sorprendidos y los primeros en expresar el malestar e incluso en dar una justificación y pedir perdón. Pero el deán del Cabildo, D. Francisco Martínez, va más lejos que el propio comunicado: Lógicamente, lo sentimos profundamente. Nos interesa rebajar la crispación en un asunto puntual que detestamos. Hay otros asuntos que no detestan tanto, claro.

Y sigue el comunicado de sus mercedes: Nos duele sobre todo el hecho de que un signo tan universal y de concordia y de reconciliación como es la Virgen del Pilar haya sido motivo de avivar viejos rencores. Tanto en el Cabildo como en el Arzobispado son unánimes en los sentimientos de concordia y de superación de las antiguas diferencias y rivalidades, en conformidad con los sentimientos que animaron la Transición.

Ahí está la clave. Sí, en esa Transición que trajo la destrucción de la familia con el divorcio, el aborto y la eutanasia, y de la propia naturaleza humana con la teoría de género y en la que sus reverencias viven tan cómodas. Ya no se trata entonces de vivir en conformidad con el Evangelio, ni con la moral Cristiana, sino con los sentimientos que animaron la Transición.

Tanto el Cabildo como el Arzobispado reclaman que este asunto quede al margen de cualquier tipo de instrumentalización ideológica y política de nuestra patrona, tan extremadamente ajeno a las intenciones de quienes desarrollan la labor patronal del Pilar en consonancia con el sentimiento pacificador e integrador del Pilar. Uy, cuánto nos recuerda eso aquí en Calanda, al bueno de D. Juan José Omella. ¡Y a donde ha llegado, espabiladico como es!

Luego, el delegado de medios de comunicación del Arzobispado de Zaragoza, D. José Antonio Calvo, ha manifestado que tanto el Arzobispado como el cabildo se comprometen a que no vuelva a ocurrir porque esto choca de pleno con el espíritu de concordia que desde el Evangelio tiene la Iglesia católica. Por otra parte, ha indicado que cuando se tomen las determinaciones oportunas, se informará de ellas. Supongo que elevaran un cadalso en la plaza del Pilar para castigar tamaña canallada.

Los miembros del Cabildo podrán esconderse detrás de un comunicado corporativo para seguir viviendo su vida muelle en los apartamentos de sus canonjías. Pero el señor deán, el secretario capitular, Jesús Domínguez y el delegado de medios, con una cara dura digna de mejor causa, se han deshecho en excusas ante un poder político que quiere arrebatarles la propiedad de la misma Basílica y de la Seo.

Los señores canónigos no lo han olvidado porque lo saben… y callan. Saben que ese manto fue una ofrenda de aquellos que defendieron Zaragoza y su Pilar del Ejército Rojo –así se autodenominaba entonces- durante más de dos años. El manto recuerda en especial la gesta de los más de trescientos jóvenes falangistas aragoneses que resistieron en la sierra de Alcubierre de octubre a abril de 1937 -a menos de 40 kilómetros de la capital-, las embestidas de cinco batallones de la sanguinaria Columna Ascaso al mando del anarco-terrorista Gregorio Jover y de la Brigada Maciá–Companys de Esquerra Republicana y Estat Catalá, reforzadas con elementos de las Brigadas Internacionales. Sí, resistieron a esas columnas que, partiendo desde Barcelona, llevaron consigo a la flor y nata de los psicópatas y sociópatas de la Ciudad Condal, asesinando y violando, sembrando destrucción y sufrimiento por donde pasaron, hasta que fueron detenidos en los riscos de la sierra de Alcubierre, una las posiciones esenciales para tomar Zaragoza. Y allí se desangraron las jóvenes vidas de unos aragoneses que, con audaz valentía, resistieron a un enemigo superior en número y en material.

Sin embargo, parece que las almas nobles -civiles y eclesiásticas- ya no existen. Si existiera una mínima hombría de bien y agradecimiento en el corazón del Cabildo, el comunicado hubiese podido ser este: El día de ayer la Imagen de Nuestra Señora del Pilar lució durante hora y media un manto ofrendado hace setenta años en memoria de los más de 200 falangistas aragoneses que durante la guerra civil, con el sacrificio de sus jóvenes vidas impidieron que las columnas anarco-sindicalistas tomaran al asalto Zaragoza y profanaran su Santo Pilar. ¡Y punto, señores canónigos! Pero, claro, eso es pedirles demasiado… Pues si fuesen capaces de dar testimonio, no ya de la Verdad del Evangelio, de ese evangelio que D. José Antonio Calvo evoca con irreverente desparpajo, sino de la verdad histórica en un mundo de memoria sesgada y restrictiva, nunca hubiesen llegado a canónigos. Ni siquiera hubiesen salido del pequeño pueblo donde tal vez iniciaron su ministerio, pero serían libres y no esclavos de lo que ahora es políticamente correcto. Y los más jóvenes no aspirarían a obispos…, sino a ministros valientes y humildes del Señor crucificado.

Supongo que en una diócesis que se hizo famosa por conspirar, calumniar y finalmente despedir ignominiosamente a D. Manuel Ureña, su anterior arzobispo, con el silencio oprobioso de los buenos, es incapaz de un gesto noble que honre a los innumerables hombres y mujeres de una ciudad que, a lo largo de la historia, se ha hecho digna de un Pilar regado por la sangre de sus mártires. ¡Eran otros tiempos, maño!

Dios les perdone y les dé un poquico más de vergüenza.

Atentamente,

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