Opinión
Carta abierta a Juan Antonio Aznárez Cobo, todavía arzobispo castrense de España, por Efrén Díaz Casal, Coronel de Infantería
Señor Aznárez:
Dicen que dar a cada uno lo suyo es la regla de oro de la justicia, felizmente acuñada por los más prestigiosos juristas romanos, por cuanto si no se da lo que se debe al que se le debe la justicia no existe razón que, en función de sus obras, avala el tratamiento que le corresponde.
El pasado viernes, 06/01/2023, con motivo de la festividad de la Pascua Militar y de la LVI jornada de la paz, celebró usted misa en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas cuya homilía, en aras de la verdad, me obliga a ofrecer estas líneas a la opinión pública.
Desde noviembre de 2021, le he enviado 4 misivas solicitándole que el arzobispado castrense respete la Ley Orgánica 9/1983, de 15 de julio, reguladora del derecho de reunión, en la tramitación de actos religiosos en la vía pública sin haber recibido respuesta alguna hasta la fecha, en tanto usted continua con la vulneración de la citada Ley Orgánica, siendo por tanto un transgresor de la misma con la agravante de la reincidencia, actitud más propia de un delincuente que de un prelado.
Obligado por el tratamiento que me viene dispensando desde hace más de 1 año, le dirijo esta misiva telemática con la vana esperanza de que la lea y le haga cambiar de actitud a pesar de su irracional cerrazón, y de que su actitud hacia mí supone una deleznable agresión personal que no le permito.
Debe saber usted que el Artículo 41 del Real Decreto 96/2009, de 6 de febrero, por el que se aprueban las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas dispone que, como normas de actuación del militar y usted lo es en razón de su cargo, “Tratará al militar retirado con el respeto y consideración que merecen su dedicación y servicios prestados, guardando las muestras de compañerismo y cortesía pertinentes” lo que constituye una reprobación de su proceder.
Dice usted en su homilía “Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz. Que allá donde haya odio pongo yo amor, donde haya ofensa, perdón, donde haya discordia, unión, donde haya error, verdad, donde haya duda ponga fe, donde haya desesperación ponga esperanza, donde haya tinieblas ponga luz (tu luz), donde haya tristeza, alegría.
Oh Señor, que no busque tanto ser consolado como consolar; ser comprendido como comprender, ser amado como amar.
Porque dando, se recibe; olvidando se encuentra; perdonando se es perdonado y muriendo se resucita a la Vida (y una Vida eterna).
Estas palabras revelan que el irracional, rencoroso e inexplicable trato que me dispensa evoca el Evangelio de San Mateo 23:27: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que, por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.
Para no quedarse corto, usted pisotea el Evangelio de San Mateo 22: 37-4 “después de hablar del amor de Dios, el mandamiento más grande es el amor al prójimo”.
Le recuerdo la existencia del Código de Eurico, rey visigodo, y el Código de Hammurabi, rey de Babilonia, por si se hubiese quedado corto y estimase oportuno vulnerarlos.
Resulta tristemente anecdótico que haya celebrado la misa por la LVI jornada de la paz cuando su proceder conmigo constituye todo un monumento a la incivilidad, la discordia y la crispación.
La solicitud de autorización al respectivo Ayuntamiento de actos religiosos en la vía pública, que es lo que usted defiende, constituye una palmaria vulneración del principio constitucional de jerarquía normativa para dictar disposiciones contrarias a la Constitución y a otras normas de nuestro ordenamiento jurídico, lo que implica el tácito reconocimiento de independencia del correspondiente municipio: qué le vamos a hacer, resabios del paisanaje vasco.
Los siguientes versos de Pedro Calderón de la Barca, sacerdote y militar, son totalmente ajenos a su ética personal “Aquí, en fin, la cortesía/el buen trato, la verdad/la firmeza, la lealtad/el honor, la bizarría/el crédito, la opinión/la constancia, la paciencia/la humildad y la obediencia/fama, honor y vida son/caudal de pobres soldados/que en buena o mala fortuna/la milicia no es más que una/religión de hombres honrados”.
Se ha equivocado de lugar, su sitio no es el que “okupa”, su proceder es incompatible tanto con el sumiso apoyo de gente de bien, como con cívicas y sensatas complicidades.
Váyase, no perjudique más a la Iglesia, hágase acreedor al aire que respira, respétese a sí mismo, a nuestro Estado de Derecho y al prójimo.
Ruego al Excmo. y Rvdmo. Mons. D. Bernardito Cleopas Auza, Nuncio Apostólico en España, que impida la continuación de estos disparates mediante las medidas que el caso demanda.
Efrén Díaz Casal
Coronel de Infantería (R)
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
