Opinión
De Ayamonte a Isla Canela
Ayamonte es una de las esquinas de España. Asomado a la desembocadura del Guadiana, es una agradable y blanca población onubense por la que no se pasa: a Ayamonte hay que llegar por una autovía muy mejorable o por una abigarrada carretera llena de encanto, siempre que no se tome en el masificado verano de todas las poblaciones costeras españolas.
Saliendo de Huelva, uno recorre Punta Umbría, El Rompido, El Portil, Lepe y Cartaya, Isla Antilla, Isla Cristina, playas y núcleos urbanos con aires pesqueros y, finalmente, llega a las calles de un pueblo blanco que pide pincel y lienzo.
Reflejándose en su espejo portugués, mirándose en las aguas de un río que nunca fue más rotundo que en su desembocadura, Ayamonte luce un sereno aspecto de ciudad fronteriza tocada por diversas gracias: su entidad urbana, sus alrededores únicos y no pocas tradiciones de orden artístico y turístico-religioso. Su tradición pictórica arranca de lejos: comprobando cómo Juan Galán, extraordinario artista, completaba un asombroso retrato acrílico en un par de horas, uno se puso a pensar en la riqueza plástica de los nombres propios que han tomado los pinceles como quien toma una batuta para dibujar sinfonías: Florencio Aguilera, Lola Martín, Gómez Feu, los hermanos Gómez Sáenz, y así sin parar, en la estela del valenciano Sorolla cuando pintó en la población La pesca del atún para que formase parte de su colección Visiones de España. Su otro tesoro es el entorno extraordinario de Isla Canela, entre Ayamonte e Isla Cristina, extensión de 1700 hectáreas de marisma, salinas y playas que supone, a todas luces, el gran activo del municipio. Isla Canela es la demostración de que, si se quiere, se puede preservar el litoral de invasiones inadecuadas y se puede combinar progreso en forma de edificaciones equilibradas y respeto al medioambiente. Viendo cómo ha sido castigado el litoral español, resulta sorprendente que Isla Canela no sea una acumulación de ladrillos mal cruzados entre unos y otros. Es, ciertamente, un paraíso de playas portentosas, muy amplias, sin sensación de agobio –cosa bastante común en las playas de Huelva: no son agobiantes–, con la arena blanca y fina, los chiringuitos justos y el núcleo de pescadores de la Punta del Moral para brindarle el aire de salitre y escamas necesario en cada enclave marítimo.
En solo dos días no da demasiado tiempo como para hacerse un listado completo de los lugares a los que acudir a holgar y dar cuenta de los productos locales, que no son solo los del mar. Si se acerca a Isla Canela o a Ayamonte, sepa que el paseo entre ambos centros es de unos diez kilómetros muy agradables y paseables y que en ambos lugares se puede comer y beber con eficacia. En el pueblo me entusiasmó Merkajamón, una abacería con profusión de excelentes jamones colgando y no pocas exquisiteces, como la presa de cerdo fileteada, una hueva de atún que no es tan fácil encontrar (mojama la que quiera, pero hueva no es tan sencillo) y, por supuesto, un jamón en su justo punto de sabor, además de los vinos que usted quiera paladear. Parecido es Ultramarinos Oltra, en el mismo centro, tienda de sabores con patio interior en el que sentarse y abrir cualquiera de las excelentes conservas de la zona. El Choco me pareció una buena alternativa de pescado y marisco, pero me llevé una agradable sorpresa con el Bar Margallo, donde fríen el pescado del día, blanco y sabroso, con particular acierto y con una peculiaridad añadida: uno de los mejores tomates aliñados que he tomado jamás. En cualquier caso, en las animadísimas calles del centro uno se encuentra con terrazas de dos en dos y la tentación de dejarse caer en cualquiera de ellas es difícilmente esquivable.
En el puerto deportivo de Isla Canela tampoco pasará hambre. Antonio V me dio un sabroso arroz negro; El Mentidero, unos panes con atún y bacalao originales y apetitosos; y los chiringuitos de la playa, el Sonrisas por ejemplo, unas sardinas asadas que siempre me hacen confirmar que es el pescado más productivo de todos.
Es un excelente lugar para vacaciones, particularmente asequible, y un buen núcleo urbano para apoyarse en esa esquina de España que, además y por si fuera poco, tiene Portugal a dos brazadas.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
