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De Madrid al infierno: crónica de una muerte anunciada

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Por Laureano Benitez Grande-Caballero.- Desde que un día lejanísimo a un primate se le ocurrió bajar de su árbol allá en la garganta de Olduvai, el ser humano ha tenido una marcada proclividad a realizar movimientos de protesta contra el orden establecido, que han recibido diversos nombres según su naturaleza y sus características subversivas: revolución, asonada, rebelión, revuelta, pronunciamiento, golpe… y motín.

Los españoles, raza animosa y corajuda -por no decir ese adjetivo que todos ustedes tienen en mente- hemos protagonizado también nuestras subversiones, claro está, aunque no exhibamos una revolución como la francesa, por supuesto -nada envidiable, por otra parte, esa rebelión masónica-. Más bien, nuestra especialidad han sido otro tipo de movimientos de protesta, especialmente los pronunciamientos militares o asonadas, y los motines populares.

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La esencia del motín es que consiste en una revuelta de las clases populares contra lo que se percibe como alguna forma de opresión e injusticia. Sin embargo, en ocasiones el motín va dirigido contra una potencia ocupante, una minoría étnica percibida como privilegiada, las élites oligárquicas, o una institución determinada causante de los agravios.

Quema de iglesias durante la Segunda República

Quema de iglesias en Madrid durante la Segunda República

Quema de iglesias en Madrid durante la Segunda República

Aparte de nuestras «Semanas Trágicas» y de las típicas matanzas de curas y quema de iglesias y conventos -de las que hemos tenido con profusión a partir del liberalismo jacobino del XIX- destacan en nuestra historia algunos motines significativos, todos protagonizados por el pueblo de Madrid.

Por ejemplo, tenemos el llamado «Motín de los -pues bajo ese nombre se conoce a los madrileños de pura cepa-, disturbio que se produjo en Madrid el 28 abril de 1699 como protesta a la carestía de alimentos -circunstancia motinesca que está en el origen de la mayoría de los motines que en el mundo han sido, por cierto-.

Un motín más conocido es el famoso «Motín de Esquilache», que estalló entre el 23 y el 25 de marzo de 1766, en el cual se aunaron la protesta por la carestía de los productos básicos de primera necesidad, y la contestación a la política reformista de la primera etapa del reinado de Carlos III, encarnada por el ministro italiano Esquilache. Una de estas reformas consistía en eliminar de la vestimenta de los madrileños las largas capas y el sombrero de ala ancha, objetando que favorecían el bandidaje y el crimen. Los amotinados pidieron, además de la bajada del precio de loprincipales comestibles, la caída del italiano y que desaparecieran los extranjeros de la administración. Por supuesto, también exigía que se revocaran las ordenanzas en contra de la vestimenta tradicional de los madrileños. Hoy, sin embargo, la mascarilla parece formar ya parte de la moda madrileña, aunque, como la castiza capa que quiso abolir Esquilache, suponga que los madrileños van embozados, lo cual puede favorecer el bandidaje. Y es que los tiempos cambian que es una barbaridad.

El Motín de Aranjuez

El Motín de Aranjuez

El tercer ejemplo lo constituye el motín de Aranjuez, que tuvo lugar entre los días 17 y 19 de marzo de 1808, de contenido más claramente político, pues perseguía la destitución del valido Manuel Godoy, y la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando.

Pero el motín más relevante, hasta el punto de que constituir uno de los hechos más destacados de nuestra historia, fue el glorioso levantamiento del 2 de mayo, durante el cual el pueblo de Madrid se sublevó contra la ocupación francesa, protagonizando una gesta legendaria que figura con letras de oro en la historia universal.

Cuando los franceses quisieron sacar del Palacio Real al infante Francisco de Paula -el único miembro de la familia real que permanecía en España-, al grito “!Que se lo llevan!”, grupos de madrileños se enfrentaron a las tropas francesas. Masacrados a cañonazos, la insurrección se extendió por la capital, produciéndose enfrentamientos entre el pueblo madrileño y los franceses, a pesar deje solo tenían como armas las castizas navajas, piedras, agujas de coser, y todo lo que pillaban a mano, llegándose a emplear como armamento el arrojar macetas desde los balcones. En cuanto al ejército, no hizo nada, excepto la rebelión que protagonizaron los capitanes Daoiz y Velarde en el Parque de artillería de Monteleon.

Las algaradas produjeron 409 víctimas y 170 heridos, de los que solamente la décima parte eran militares.

Según el historiador británico E. P. Thompson, la verdadera causa de los motines hay que buscarlo en lo que él llama la «economía moral de la multitud», definida como la conciencia compartida por un pueblo de estar siendo víctima de una injusticia sangrante, lo cual le mueve a sublevarse para recuperar su dignidad.

En la actualidad, en vista de los furibundos ataques a la identidad y a la unidad de nuestra Patria, que está siendo objeto de un asalto despiadado por parte del NOM para destruirnos como nación, el pueblo español tiene tantos y tan variados motivos para amotinarse en contra de tantas opresiones e injusticias sangrantes, que me resulta realmente imposible entender por qué no se ha echado todavía a la calle en masa para mostrar su repulsa y su protesta por tanto dislate, tanta felonía, tanta corrupción, tanta mentira, tanta ineptitud, tanta tomadura de pelo, tanta cobardía y tanta complicidad con el NOM.

Por qué he sacado a colación en este artículo los motines protagonizados por los madrileños, hablando de un hecho sucedido en mayo cuando estamos en octubre? Pues que cada cual piense lo que quiera, porque de Madrid no se va ya al cielo, sino al inframundo, tremendo acontecimiento que, pese a su tragedia, no es sino la amarga crónica de una muerte anunciada.


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El Partido Popular, o la insoportable cobardía de los necios

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A pocas fechas de cumplirse el día designado para desgranarse la tragedia, observamos desde nuestra trinchera varias cosas. La primera y más dolorosa, es la sempiterna actitud de la derecha. Esa derechita rancia, cobarde, apocada: esa derecha que nunca abandonó la pubescencia por una orquitis galopante condenada a sufrir por toda la eternidad una perenne falta de testosterona. Esa derecha, en fin, que se repite ad nauseam a lo largo de nuestra historia. La cobardía de la CEDA es la cobardía del PP. La chulería cobarde del señorito andalú de derechas es la misma cobardía miserable del Barón Gallego. Nada cambia. Nada cambia en la derecha.

Además, la derecha se niega a cambiar incluso cuando puede. ¿Recuerdan al atrevido y respondón Pablo Casado, replicando con recias y castellanas frases a la canalla roja en el Congreso? Recen por él. Murió de empacho buenista hace meses. Descanse en paz. Pero no demasiada.

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¿Recuerdan la ilusión de algunos cuando Cayetana Álvarez de Toledo se situó a la cabeza de la portavocía en el Congreso? ¿Calzando hos… como panes a un gobierno ensoberbecido pero cateto y gañán como solo puede serlo la izquierda? Soltada como lastre para subir a las alturas y averiguar a qué huelen las nubes.

Señoras y señores: la historia de la derecha es una historia de asco extremo, traición, cobardía a extremos monumentales y apocamiento de eunuco emasculado.

Y la culpa es por supuesto nuestra. Vimos llegar a esta derecha durante los últimos años del Caudillo. La vimos trepar a los puestos clave del poder. Y vimos como poco a poco, en una labor de zapa y mina tan lenta como cobarde, fue destrozando y esterilizando cualquier posibilidad de que los principios históricos del Movimiento -y la Revolución aún pendiente- tuvieran su nicho político en un país que los necesitaba desesperadamente. Fue tan perfecta la labor de Fraga al frente del Ministerio de Información y Turismo (Los periodistas de la época, me consta, lo llamaban Ministerio de “Deformación y Terrorismo”) que después de acabar con el idealista, gran político y pluscuamperfecto orador Blas Piñar, reventando desde dentro Fuerza Nueva, los efectos de aquel plan suyo tan perfecto, para definir que solo EL sería la Patria.

Pero volvamos a la tragedia. Calificada de este modo en su vertiente más teatral: una representación en la que todos los actores se saben su papel y todos acabarán muditos. Ya lo verán. O lo que es lo mismo: todo el elenco declarará al día siguiente que ha ganado la Moción, pese a que ni es censura ni está hecha para ser ganada.

Y eso, parece ser, es de lo que el digno estulto de Pablo -pablito, hijo, atiende- Casado no termina de entender: que hay cosas en la vida que uno hace porque debe hacerlas. Porque se lo piden las tripas. El honor, el deber, el orgullo o la vergüenza.

Honor. Deber. Orgullo. Vergüenza. Los 4 elementos de los que todo político carece por sistema. Por sistema democrático, evidentemente.

Bien; pues resulta que llega un político, o un grupo de ellos, que en un sistema político mentiroso, falso, ruin, obsceno y tramposo sacan alguno de esos elementos mágicos y se dicen -A la mierda. Hagámoslo-

Y hete aquí que ese partido de color verde cursi, con nombre inefable, de tres letras y voz latina, tira de alguna de esas viejas, rancias virtudes españolas y presenta batalla al monstruo de la Hidra Roja aún sabiendo que no ganará. Que no puede ganar. Sí señor. ¿Hay algo más español, más íntegramente patriótico que el Gran Don Quijote sabiendo sin saber que se lanza de cabeza contra un molino imbatible?

Ese desprecio por el resultado; esa magnífica soberbia del que se sabe en posesión de la justicia, de la verdad, del honor, del deber, del orgullo y de la vergüenza es algo maravilloso, emocionante y sublime: es la suprema victoria insuperable por cuanto es una derrota al estilo español: al estilo de Rocroi; al estilo de ese Tercio que no se rinde sabiendo perdida la batalla porque aún no le han matado a los suficientes.

Y en una épica de nivel histórico, aparecen los pajarracos azules – ¡azules! – del Partido Popular, con una manita cuyos nudillos golpean nerviosamente su hombro, y la otra sujetándose la diminuta minga envuelta en un papel de fumar, emitiendo grititos histéricos: “¡No nos importa la moción de vox!” “¡No nos importa” sin la valentía suficiente para reconocer su propia cobardía – ¿Puede haber peor cobardía que la que aparece incluso para reconocer un acto cobarde? –

ESO, señoras y señores, es el Partido Popular. La derecha. El centro reformista. Los liberales… llámenlo como ustedes quieran. Me limitaré a llamarles los cobardes. Así, con su permiso, me aseguro de no equivocarme.

Pero claro; las cobardías, en un mundo perfecto, se pagan. Y en los libros, y en las historias.

En la vida real normalmente no. Que va. Seguramente el PP votará NO a la moción, demostrando lo que muchos decimos: que obedecen al mismo Amo que el PSOE. ¿Qué podría hacerlo más claro?

Pero que calcule Pedro Casado los miles o decenas de miles de votos que le va a costar esta cobardía. Que los calcule. Porque, afortunadamente, la gente, a pesar de la epidemia de idiocia que nos invade -la del COVID es de coña en comparación- no va a tolerar que el Partido Popular defienda al PSOE. Y es que, señores políticos, reducir la cultura popular al fútbol es lo que tiene: que la gente entiende poco… pero saben perfectamente lo que es pactar con el enemigo y dejarse ganar en propio campo.

¿Quo Vadis, Pablito, hijo?


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Del “todos contra ETA” al “todos contra la ultraderecha”

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Pablo Casado: arquetipo pluscuamperfecto de la "Derechita Cobarde"
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Siempre hace falta un enemigo. Freud lo dijo muy bien: toda sociedad se crea en torno a un crimen en común, pero si hay algo que cierra filas de verdad es la existencia de un enemigo común. Una amenaza latente, sea o no real. Y no puede ser siempre la misma.

El tiempo pasa y los regímenes también, pero en el fondo no suelen cambiar: se transforman, como la energía. Se hace un lavado de cara para seguir distrayendo a las masas, con caras nuevas, para seguir para adelante con la marcheta de la corrupción y la tiranía. Y ejemplos tenemos los que se quieran. Desde Ciudadanos como marca blanca del PP a Podemos, como un PSOE-IU versión 5.0 con su Isidoro Iglesias a la cabeza. Y también tenemos a Felipe VI, por supuesto, como continuación genética del Emérito, para que nada cambie y todo siga igual en este Régimen “democrático”, pero sí se han producido cambios profundos en el Sistema. Y algunos cambios nos han colado que son groseros, si uno hace perspectiva, y se da cuenta de que nos han dado un cambiazo fundamental.

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Donde antes dije ETA, ahora digo ultraderecha. Ése ha sido el gran cambio. El tocomocho de la última generación.

Pensadlo bien: ¿no está la ETA en las instituciones, desde hace ya lustros, y de ahí han pasado a cogobernar un país al que odian? Por lo que parece, los que dijeron en su día que los terroristas no se iban a salir con la suya estaban del todo en lo cierto: al final, esos parásitos minoritarios han sacado mucho más de lo que ni siquiera ellos mismos se plantearían, en esa pasada semiclandestinidad, pues ahora son poco menos que estadistas. Y todo ello mientras nos presentan a otro malo malísimo, por supuesto: la malvada “ultraderecha”, que viene a ser todo aquél que no se trague las comunistas mentiras del PP. De ahí para la derecha, que hay campo, todos podemos ser fascistas e intolerantes.

Y no hace falta tener el carnet de Vox, que no deja de ser un PP a la Aznar, sino que “ultraderecha” es un conjunto amplio en el que puede entrar literalmente cualquiera. Como en los tiempos en que ser religioso, empresario, liberal o simplemente español podía significar tu condena a muerte instantánea. Unos tiempos que, por cierto, en lo que respecta a los nostálgicos de la “democracia” del 36, fueron idílicos. Y hay que volver a ellos, al parecer.

¿Recordais cuando Rajoy se sumó al frente común contra la derecha reconociendo que los liberales y conservadores sobraban en el PP? Pues ahí siguen

El conjunto de la “ultraderecha” es amplio y maniqueísta: ¿es usted liberal, cazador, librepensante, le gustan los toros, no le gusta cómo se ha gestionado la crisis sanitaria, no le gusta el Gobierno, sí le gusta ir a misa, lee libros o cree que hay otras alternativas al Régimen? Pues el término de marras va por usted, que lo sepa: es usted un miembro de este colectivo peligroso, sobre todo por ser mayoritario, frente al cual es preciso tomar medidas de Estado. Eso sí, por el momento, gracias a Dios, los garantes de la “Democracia” todavía no se han decidido a gasearnos. Se conforman con laminarnos, despreciarnos y amenazarnos, pero por ahora nos dejan vivir. Gracias.

Y gracias a los Suárez, González, Aznares, Zapateros y demás estadistas, que nos aseguraron hasta el infinito que los pistoleros no ganarían al final. ¡Pues ya me dirá usted! Al final, ese cursi “acuerdo de todas las fuerzas políticas contra el terror” ha derivado en otro: el verdadero acuerdo de todos, inclusive los terroristas, contra la peligrosa “ultraderecha. Esas temibles viejitas que van a misa, esos cazadores que dan tiros por el campo o los malvados “negacionistas”, que es la última moda: todos ellos son el verdadero y definitivo peligro y no los que daban tiros por la espalda y ponían bombas. Ahí está el cambiazo definitivo.

El problema que tienen es que el mundillo etarra y separatista alcanzaba un porcentaje minúsculo, en sus buenos tiempos, mientras que esa temible “ultraderecha” es una enorme mayoría. Personas normales y corrientes que sólo quieren vivir sus vidas, trabajar y contribuir al bien común, pero el caso es que no son del gusto de la minoritaria casta política y mediática. Ésos que hace ya un tiempo, curiosamente desde la mañana del 11-M, cambiaron el frente común contra ETA por un frente común contra “la caverna. ¿Os acordáis? Desde esa mañana luctuosa, en que nadie dudaba la autoría de ETA y los políticos les repudiaban, al unísono, como la escoria mafiosa que son, pasamos en cuestión de horas al “cordón sanitario” contra la derecha. A dialogar de forma definitiva con los que quieren destruir a España por completo y combatir todos juntos, luego con la adhesión de Rajoy y el PP, a la derechona mentirosa y golpista. Y así hemos seguido desde entonces.

¡Menos mal que esta gente son los de la convivencia y el buen rollito! Y para demostrarlo, por supuesto, van a demoler una cruz de la que nadie se acordaba hasta ahora. Pero lo hacen por nuestro bien, por supuesto. Para que no seamos tan fascistas.

Y por supuesto, por el camino, tragándonos doblados los términos inquisitoriales del Sistema. Desde “derecha” al emergente “ultraderecha” y desde “conspiranoicos” al “negacionistas, como peligro máximo contra la sociedad, que incluso pueden mezclarse y hacer un frente común muy inquietante: “la ultraderecha y los conspiranoicos”, también conocidos como “cayetanos”. El Sistema se ríe de nosotros y es lógico, claro, cuando nadie les hace resistencia.

Por cierto, amigo lector: ¿le ha gustado a usted este artículo? Pues déjeme decirle, por supuesto que por su bien, que es usted un verdadero fascista, un fan de la ultraderecha y seguramente conspiranoico. ¡Si no se lo digo, reviento!


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Pablo Iglesias, vicepresidente comunista del Gobierno de España: así jalea al verdugo y desprecia a la víctima

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Me encanta escuchar al vicepresidente Pablo Iglesias, protegido por una legión de gorilas, denunciar que hay demasiado alarmismo con okupas, menas y otros delincuentes
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Eulogio López.- Supongo que conocen el viejo chiste del hombre que, a las tantas de la madrugada, llama a la policía para pedirles un coche patrulla porque unos ladrones están robando en su garaje. La policía le responde que en ese momento y en esa zona no tienen ningún coche disponible. El hombre espera un minuto y vuelve a llamar:

-Soy el que he llamado antes porque tenía unos ladrones en el garaje. Ya no tienen que preocuparse: les he disparado.

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A los dos minutos aparecen seis coches patrulla y detienen a los ladrones ‘in fraganti’. El jefe de la dotación le pegunta la propietario de la casa:

-Pensé que nos había dicho que les había disparado.

A lo que la víctima responde:

-Y yo pensé que ustedes me habían dicho que no tenían ningún coche disponible.

Me encanta escuchar al vicepresidente Pablo Iglesias, protegido por una legión de gorilas, denunciar que hay demasiado alarmismo con okupas, menas y otros delincuentes

Me acuerdo del chiste cuando escucho, no una sino varias veces y con distintas variantes, al vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, hablar del excesivo alarmismo social -sin duda obra de la derecha fascista- sobre las nuevas normas de delincuencia sobre las que los neocomunista de Podemos han montado su carrera política: okupas, menas (son niños, no criminales), vagos y maleantes, etc.

Desde el 15-M se ha gestado una siniestra tendencia en España que podemos describir así: enaltecer al verdugo y despreciar a la víctima. Está última, como decían los etarras en los años de plomo de ETA, “algo habrá hecho”.

Y así, me emociono mucho cuando escucho al vicepresidente Pablo Iglesias, protegido por una legión de gorilas denunciar que hay demasiado alarmismo con okupas, menas y otros delincuentes.

Habrá que insistir: la primera y principal tarea del Estado es la seguridad del individuo. Si lo prefieren, defender al abusado del abusón

Habrá que insistir: la primera y principal tarea del Estado es la seguridad del individuo. Si lo prefieren, defender al abusado del abusón.

Porque de otra forma, querido amigo ocurre que el ciudadano, al sentirse abandonado por su Gobierno (lo de Estado es más riguroso pero aquí estamos hablando del Gobierno), decide protegerse él solito, Es cuando la víctima se sitúa al margen de la ley al tomarse la justicia por su mano… porque no le dejan otra opción.

Podemos es un buen ejemplo de que los antisistema no quieren acabar con el sistema, lo que quieren es controlar el sistema.

Y esto es, justamente, lo que ahora mismo está ocurriendo en España: que se enaltece al verdugo y se desprecia a la víctima. No me extraña: las víctimas suelen ser fascistas.

Los antisistema no quieren acabar con el sistema, lo que quieren es controlar el sistema

Pta: no caigamos en la trampa de criticar a Pablo Iglesias, al menos no sólo a él. Iglesias ha llegado donde ha llegado porque Pedro Sánchez, responsable primero y último, le ha nombrado vicepresidente del Gobierno. El peligro no está en Pablo, está  en Pedro.


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PSOE, una historia de crímenes y traiciones: del golpe de estado de 1933 a los GAL; del pésame por la muerte de un etarra al indulto a los líderes del ‘procés’

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El presidente del Gobierno no pudo caer más bajo hace pocas semanas al dar su más sentido pésame por Igor González Sola, un terrorista de la banda terrorista ETA que se suicidó en la cárcel de Martutene.

Ahora se anuncia que el Gobierno comenzará la semana que viene a tramitar las peticiones de indulto para los condenados por delitos de sedición.

Si bien el Gobierno está obligado a tramitar las peticiones de indulto que le llegan y que no tienen por qué prosperar, a nadie se le escapa que el Ejecutivo está negociando los apoyos para los Presupuestos y desde la Generalitat están presionando para activar cuanto antes la mesa de negociación entre La Moncloa y el gobierno autonómico.

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A este respecto, cabe recordar lo dicho por Pedro Sánchez hace casi un año, concretamente, el 14 de octubre, cuando garantizó que los presos del «procés» cumplirían de manera íntegra sus penas. «El acatamiento de la sentencia significa su cumplimiento, reitero, su íntegro cumplimiento», dijo, y añadió que «nadie está por encima de la ley y todos estamos obligados a su cumplimiento».

No debería extrañarnos esta nueva traición a los españoles si nos atenemos a las evidencias acerca de los antecedentes criminales del PSOE. Preferimos que se ocupe directamente la narración de los siguientes hechos históricos:

El 14 de septiembre de 1923, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, marqués de Estella, encabeza un golpe de Estado. Antes dirige un telegrama conminatorio al capitán general de Madrid. Dice que tiene la fuerza y el pueblo. Alfonso XIII transige. Como algunos borbones a lo largo de la historia, lleva ya muchos años transigiendo en tono menor y quizás pensó que el animoso general jerezano le evitaría tomar por sí mismo decisiones más graves. Paradojas del destino, el PSOE recibe la dictadura ‘fascista’ con entusiasmo claramente mayoritario.

Primo de Rivera instaura al principio un Directorio exclusivamente militar. Más tarde entraron en sus gobiernos personajes tan notorios como José Calvo Sotelo, excelente ministro que fuera de Hacienda; el ex gobernador militar de Cataluña Martínez Anido, como responsable del Ministerio de Gobernación y Joaquín Benjumea y Burín, conde de Guadalhorce, al frente de Fomento. Junto a estos, la presencia nada menos que de un notabilísimo representante del PSOE. Y es que Primo de Rivera, implacable con anarquistas, separatistas y comunistas, buscó y obtuvo la cooperación oficial del Partido Socialista y de su central sindical, la UGT. El jefe de los socialistas españoles, Largo Caballero, fue nada menos que consejero de Estado en la dictadura militar primorriverista. El decreto de organización corporativa de noviembre de 1.925 instituyó los comités paritarios dominados por los socialistas que, luego, trataron de sacudirse el sambenito de colaboracionismo explicando el uso propagandístico que habían hecho de esos comités. Como siempre, embusteros compulsivos y tramposos con sus bases.

Las elecciones de 1933, las segundas que celebraba la agitada II república, se saldaron con el aplastante triunfo electoral de la CEDA de Gil Robles, lo que desconcertó por completo a las izquierdas. Aquel inesperado y rotundo triunfo vino a confirmar el fortísimo entronque popular de las derechas, algo que el PSOE no quiso ni pudo aceptar nunca. «Frente a la traición, nuestro deber es la revolución», peroraba Largo Caballero en uno de sus incendiarios discursos post electorales. Es decir, si las urnas no nos dan la razón, quitémosle la razón a las urnas y apostemos por la asonada revolucionaria. Ni Ceaucescu lo hubiese expresado mejor.

El Partido Socialista se pone francamente a preparar la revolución. Ojo, la revolución no fue otra cosa que el intento de revertir de facto el curso de los acontecimientos electorales. Si el PSOE hubiese tenido de su lado al ejército, es fácil deducir cuál habría sido su estrategia.

El diario «El Socialista» pasaba por alto los esfuerzos conciliadores de Besteiro para proclamar, contra los lamentos de concordia lanzados por «El Debate»: «¿Concordia? No, ¡guerra de clases! ¡odio a muerte a la burguesía criminal! ¿Concordia? Sí, pero entre los proletarios que quieran salvarse y librar a España del lubridio». El entonces líder socialista, Largo Caballero, inicia también su largo ciclo de amenazas con la invitación a la lucha callejera.

La responsabilidad golpista del Octubre Rojo fue predominantemente socialista. La Comisión organizadora de la revolución de octubre estuvo compuesta por Largo Caballero, Enrique de Francisco y Anastasio de Gracia. Detrás de Largo Caballero estaban ya los cerebros del socialismo de la época: Araquistain, Álvarez del Vayo y Baraibar. Amparándose en su condición de diputados, los conspiradores contra la legalidad resultante de las urnas republicanas buscaban armas y preparaban planes. Indalecio Prieto, con la colaboración del financiero bilbaino Horacio Echevarrieta, preparaba lo que luego se llamó «el alijo de la turquesa», fantástico contrabando de armas descubierto en la localidad asturiana de San Esteban de Pravia el 10 de septiembre de 1.934.

Otra prueba de la capacidad socialista para jugar todas las cartas la encontramos en un interesantísimo episodio ocurrido en las convulsionadas Cortes de entonces. Lo protagonizaron los en teoría antagónicos Prieto y José Antonio Primo de Rivera. En plenos preparativos de la revolución, el mismo Prieto defiende a Primo de Rivera de un suplicatorio para procesarlo por tenencia ilícita de armas. Ambos se elogiaron en una rocambolesca sesión plenaria.

Los resultados de aquella revolución golpista son por todos conocidos. Centenares de víctimas mortales, ciudades asturianas destruidas, una fractura social que tardaría décadas en restañar sus heridas y, para muchos, el preludio de la ya inevitable contienda civil. Solo el PSOE fue responsable de aquel agrietamiento súbito que, a partir de entonces, haría irreconciliables las posturas. Si pudiera emplearse en historia política el lenguaje penal, la culpa de aquella revolución-golpista y trasgresora de la voluntad popular fue de las izquierdas representadas por el Partido Socialista, en un puro movimiento de reacción ante la inminente toma del poder por las derechas, a quienes democráticamente correspondía.

Ni siquiera se esperó a que la tentativa golpista tuviese la complicidad de los errores gubernativos. El nuevo gobierno, con tres ministros de la CEDA, se conoció el 4 de octubre. A la mañana siguiente, cuando los ministros aún no habían tomado posesión aún de sus despachos, comenzó en toda España la huelga general revolucionaria decretada por el PSOE y la UGT.

El Consejo de Ministros decreta el día 6 el estado de guerra en toda España. En Madrid fracasa la revolución golpista tras esporádicos tiroteos en dependencias públicas. El ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, nombró asesor especial al general Franco, quien llamó inmediatamente al teniente coronel Yagüe para mandar una columna de desembarco sobre Asturias, que desde el principio apareció como el foco principal de la rebelión golpista. Franco se convirtió así en el principal valedor y defensor de la legalidad vigente, recibiendo las mismos parabienes y las mismas adhesiones que 48 años más tarde recibió el jefe del Estado español, a la sazón Rey, con ocasión de los hechos, bien conocidos, del 23 de febrero.

Con la rebelión golpista de 1934, el PSOE perdió toda la autoridad para condenar el Alzamiento de 1.936, sin duda uno de sus argumentos recurrentes en los últimos años. No así el dato de que fuese un socialista, Prieto, el encargado de arramblar con todas las reservas del Banco de España. Pero eso ya es harina de otro capítulo.

Y es que los socialistas, como los nacionalistas, armados o desarmados, siempre han tenido un mismo objetivo: alterar la convivencia entre los españoles. Siempre se han distinguido por su resentimiento a España, a lo español. A diferencia de los comunistas, nunca lo han admitido, lo que eleva el grado de vileza de muchos de sus dirigentes.

El PSOE ha sido siempre un proyecto sin salida, un oximonon antiespañol, sustentado en las mentiras, la corrupción y las pistolas. Largo Caballero ya nos ofreció un amplio catálogo de propuestas violentas, como las aparecidas en «El Socialista» durante los agitados años de la república.

Cabe reseñar que socialistas fueron también los miembros de la Guardia de Asalto que asesinaron al dirigente derechista José Calvo Sotelo. O que ETA difícilmente habría sobrevivido tantos años sin el soporte y el apoyo político de una parte nada desdeñable de la izquierda nacional. O que un Gobierno socialista promovió y financió a una organización terrorista como los GAL.

Así que no nos engañemos más ni nos extrañemos de que hoy, este país no sea otra cosa que el resultado de aquello en lo que el PSOE ha querido convertirnos desde la famosa frase guerrista de que a España no la reconocería ni la madre que la parió.


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