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El doctor Telendi defiende la relación entre genética y contracción de infecciones: “Los habitantes del norte de Europa son genéticamente resistentes al VIH”

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El conocimiento del genoma humano aporta una información clave para la lucha contra las enfermedades. Está demostrado que hay personas genéticamente presdispuestas para padecer una infección (gripe, malaria, sida, tuberculosis, etcétera) mientras que otras cuentan con protección natural para no enfermar ante esos padecimientos.

El avance de los estudios genéticos permitirán saber con precisión por qué unos seres se ven más afectados que otros por las epidemias, declaró a este periódico el director del Instituto de Microbiología de la Iniversidad de Lausana, el español Amalio Telenti.

“Al analizar el genoma completo del ser humano se aprecia que hay fenómenos que explicarían por qué unas personas presentan una mayor gravedad al sufrir una patología infecciosa que otras. No hay que olvidar nunca la singularidad del individuo y que en toda epidemia siempre hay gente que saldrá peor parada”, destacó el doctor Telendi.

Este experto indicó que toda que todas las personas tienen unos 300 genes estropeados desde el nacimiento. “Ahora estamos empezando a entender la forma en que esos genes averiados van a predisponernos a algo”. Telendi añadió que la genética favorece que se padezca o no una enfermedad infecciosa.

Sida

Respecto al virus del sida, el doctor Telendi precisó que entre el 3 y el 4 por ciento de los habitantes del norte de Europa son genéticamente resistentes al VIH y están protegidos contra esa infección, proporción que en el caso de España es del 1 ó 2 por ciento. Una vez conocido el factor genético que ofrece esa protección, se ha desarrollado nuevos medicamentos que se utilizan para tratar a pacientes con sida.


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Los árabes apenas nos dejaron su ADN

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(R) Los árabes nos dejaron la Alhambra, el escabeche, los naipes, las albóndigas y palabras tan bellas como azar, naranja, gacela, fulano y baladí, pero apenas nos dejaron su ADN. Investigadores de la Universidad de Granada han concluido que el legado genético de la actual población de Andalucía oriental, donde la dominación musulmana duró ocho siglos, es casi idéntica a la de cualquier otro lugar de la Península Ibérica: apenas un 5% de los habitantes de la antigua Al Andalus tiene características genéticas heredadas de los conquistadores norteafricanos. El tópico de que los españoles del Sur descienden directamente de los invasores musulmanes de la Edad Media es falso. Los historiadores ya lo sabían. «Es difícil aventurar cifras, pero la conquista la hicieron no más de 100.000 individuos en diversas oleadas, en un territorio de entre 3 y 4 millones de habitantes. La inmensa mayoría de la población se islamizó, pero una cosa es la herencia cultural y otra, la genética», recuerda el escritor José Calvo Poyato.

En 711 un ejército de unos 7.000 bereberes liderados por Tariq cruzó el Estrecho de Gibraltar y, aprovechándose de la crisis demográfica causada por la peste y la sequía y las disputas entre los reyes visigodos, en ocho años ya había entregado el dominio de casi toda la Península Ibérica a Damasco, capital del Califato Omeya. Casi inmediatamente, en 722, comenzó la reconquista cristiana. En los ocho siglos siguientes el centro de poder hispanomusulmán cambió varias veces, hubo diversas dinastías reinantes, sucesivas invasiones militares y oleadas migratorias, hasta que en 1492 los Reyes Católicos tomaron el último bastión del sultanato nazarí.

Cinco investigadores del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada se propusieron averiguar qué huella biológica -la cultural está fuera de toda duda- transmitieron aquellos conquistadores procedentes primero del Norte de Marruecos y más tarde de otros puntos del Magreb, Oriente Medio y el África subsahariana. Es decir, hasta qué punto tuvieron descendencia que con el paso de las generaciones llegara hasta nuestros días. Nunca se había hecho antes.

Conquistas masculinas

Para ello, seleccionaron una muestra representativa de 146 varones de Granada, Almería y Málaga con al menos un abuelo nacido en la zona y analizaron en las células de la cara interna de la mejilla el ADN del cromosoma Y. Este solo se transmite por línea paterna y es especialmente útil para rastrear el alcance de la mezcla de poblaciones en las conquistas militares, en las que los hombres son los primeros protagonistas.

La investigadora principal, María Saiz, era consciente de que, según la mayor parte de los historiadores, la conquista no fue una operación masiva: distintas fuentes hablan de unas cuantas decenas de miles en distintas oleadas, para una población autóctona de unos tres millones de habitantes a comienzos del siglo VIII. Por otro lado, los colonos eran la élite política y militar y no siempre se mezclaban con el pueblo llano, en parte porque las normas sociales y religiosas lo impedían: mientras los hombres musulmanes podían tomar esposas o concubinas cristianas y tener hijos con ellas, las seguidoras del islam tenían estrictamente prohibido intercambiar fluidos con los indígenas. También los judíos -genéticamente casi iguales a los árabes del mismo origen geográfico- eran una comunidad endogámica.

La expulsión de los moriscos decretada por Felipe III en 1609 propició la dispersión de los últimos pobladores que aún profesaban la fe de Mahoma por Castilla, pero muchos se marcharon al Norte de África y algunos a Portugal, Francia o América. Y la repoblación se realizó con gentes llegadas de territorios limítrofes al Reino de Granada, primero, y después con habitantes del norte. Así lo atestiguan algunos de los apellidos de los sujetos estudiados.

Saiz, que dedicó su tesis doctoral a este tema, preveía que de su análisis se desprendería una mayor influencia genética africana en la población actual de Granada, Málaga y Almería que en otros territorios del país donde su presencia duró muchísimo menos. Galicia, la cornisa cantábrica y el norte de Cataluña ya eran tierra reconquistada en el siglo X y toda la mitad norte de la Península había sido ganada para la cruz en el XII.

El equipo tenía el precedente de la investigación de antropología molecular llevada a cabo por otro de sus integrantes, Luis Javier Martínez, que estudió una serie de marcadores genéticos para determinar el alcance del mestizaje entre la población maya y la europea en Guatemala.

Controversia

Pero las conclusiones fueron muy diferentes: mientras en el país centroamericano la mezcla entre indígenas e invasores se inició ya en el siglo XVI y ha sido intensa durante 500 años, en el antiguo Reino de Granada el 58% de la muestra pertenece al haplogrupo (combinación de mutaciones genéticas que revelan el origen geográfico) mayoritario en las poblaciones europeas. Y lo más llamativo: solo un 4,76% de los sujetos analizados pertenecía al haplogrupo típico en el norte de África. Es prácticamente el mismo porcentaje que en el resto de la Península (5%) y otros países de la cuenca mediterránea. Y, paradójicamente, inferior al que presentan los habitantes de Valencia, Murcia o Galicia. Solo en el País Vasco la huella es, como en el resto de Europa, casi nula.

«Al contrario de lo que se esperaba, por la dirección que siguió la reconquista, el gradiente de influencia genética africana no va de menor a mayor de Norte a Sur, sino de Oeste a Este», señala la bióloga.

La investigación, que se ha publicado en ‘Scientific Reports’, del grupo de la revista ‘Nature’, ha levantado cierto revuelo, quizá porque hay quien la ha leído en clave política, y no científica. «Que no haya herencia genética no significa que no haya herencia cultural: estamos rodeados de ella, en la arquitectura, la comida o la lengua», subraya Luis Javier Martínez.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el significado de la investigación. «Esos resultados contradicen a la historia», asegura Francisco Sánchez-Montes, catedrático de Historia Moderna de la UGR, quien matiza que, aunque no conoce el trabajo en profundidad, quizá la muestra analizada es pequeña para representar a una población que en 1492 rondaba las 400.000 personas. «A mí me preocupa que se construya la historia desde el componente genético. Por encima está el modelo cultural, la capacidad de adaptación al medio», afirma.

El profesor recuerda que a partir de la primera oleada en el siglo VIII se produjo «una intensa dinámica de flujos poblacionales de sur a norte y un entremezclado social muy fuerte». El Reino de Granada y la nueva sociedad que se construyó a partir de 1492 era muy heterogénea y en ella convivían religiones y etnias diversas.

A su juicio, es extraño que apenas haya quedado rastro genético, por ejemplo, de los descendientes de los esclavos, parte de ellos de raza negra, que no estaban sometidos a las mismas reglas sociales que imperaban para el resto y presentaban una alta tasa de hijos ilegítimos. Sánchez-Montes recuerda que, pese a las conversiones forzosas y las expulsiones de judíos y moriscos, miles de ellos se las arreglaron para quedarse, en sus ciudades de origen o en otras, y mimetizarse con el entorno.

Mucho ardor y poca gente

Manuel Barrios Aguilera, catedrático de Historia Moderna de la UGR jubilado, lo ve de otro modo. Aun reconociendo que «la cultura no se transmite a través de la sangre», considera que la investigación genética «demuestra que en la historia hay muchas mitologías; una es la de la conquista y otra, la de la reconquista». «Hace muchos años se advirtió que la invasión musulmana se hizo con mucho ardor bélico y muy pocos medios humanos: los que desembarcan en el año 711 son pocos, pero con fuerza suficiente para apoderarse de un país en franca decadencia», subraya el miembro de la Academia Andaluza de la Historia.

El escritor José Calvo Poyato reconoce que es muy difícil determinar cuántos individuos participaron en la conquista, pero aventura que no debieron de ser más de unos cuantos miles en cada una de las oleadas: las más importantes, las dirigidas por Tariq y Musa a comienzos del siglo VIII; la invasión almorávide, con pobladores originarios del Sahara, en el siglo XI; y la almohade, de bereberes marroquíes, en el XII. En total, apunta el doctor en Historia Moderna, no más de 100.000. Sus genes quedaron disueltos en una población de entre 3 millones de habitantes en el siglo VIII y 5 en el XVI, según los poco precisos cálculos de la época precensal.

Dicho de otra forma, unas pocas decenas de miles de individuos, por muy armados que fueran, no pudieron dejar un gran rastro biológico en una población mucho más extensa. Lo que sí lograron con la ocupación del poder político y militar fue que una gran parte de los lugareños se convirtieran al islam y adoptaran los nombres, la lengua y las costumbres árabes. Los llamados muladíes no lo hicieron obligados por la fuerza, recuerda Barrios, sino atraídos por las ventajas económicas y fiscales que les acarreaba asimilarse a la clase dominante. «Lo que se produjo fue un dominio de la Península, no un barrido de la población hacia arriba», matiza.

En ese sentido, recuerda, la reconquista es otro mito, que se inventó ya entrado el siglo XIX y que algunos vuelven a empuñar ahora con objetivos propagandísticos. Porque, de hecho, lo que Don Pelayo inició en Asturias en el año 722 no fue una ‘re-ocupación’ de un territorio con la población previamente desalojada, sino una serie de campañas militares que fueron ganando plazas de norte a sur en los siguientes ocho siglos para la corona cristiana.

Tras la rebelión de los moriscos, en la Guerra de las Alpujarras de comienzos del siglo XVI, el Reino de Granada perdió un tercio de su población, unos 100.000 habitantes; una parte murieron en el conflicto bélico, otros se dispersaron por la Península y algunos regresaron al norte de África. ¿Regresaron? Es imposible saber si aquellos desterrados de nombres y ropajes moros, que hablaban árabe y adoraban a Mahoma, volvían a la tierra de sus ancestros o, por el contrario, abandonaban para siempre la tierra de sus tatarabuelos.

Fuente: Inés Gallastegui (Grupo Correo)


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Por qué el coeficiente intelectual (IQ) está decayendo en Noruega desde 1975

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Diversos estudios realizados en Dinamarca, Reino Unido, Francia, Holanda o Finlandia encontraron en los últimos años que los puntajes de coeficiente de inteligencia (IQ, por sus siglas en inglés) en las poblaciones analizadas habían disminuido considerablemente en comparación con generaciones anteriores.

Un reciente estudio realizado por el Centro de Investigación Económica Ragnar Frisch en Noruega no encontró resultados muy diferentes.

De acuerdo con la investigación, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences, la revista de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, la media de los noruegos nacidos después de 1975 experimentan una disminución en su IQ con respecto a los nacidos antes de esa fecha.

Si bien a lo largo del siglo XX se había registrado un crecimiento exponencial en los resultados de las pruebas de este tipo en gran parte del mundo (un fenómeno conocido como “Efecto Flynn”), algo pasó en las últimas cuatro décadas, según los investigadores noruegos, para que las cifras comenzaran a ir en picada.

La versión políticamente correcta sugiere que son factores ambientales y no genéticos los que están detrás de esto y que pueden ir desde los cambios en el sistema educativo, en la nutrición hasta el hecho de que ahora leemos menos o a que pasamos más tiempo en línea.

“Uno de los principales resultados del estudio es precisamente ese, que sugiere que la variación no está relacionada con el componente familiar como habían considerado investigaciones anteriores”, explica a BBC Mundo la neuropsicóloga Katherine Possin, profesora del Centro de Memoria y Envejecimiento de la Universidad de California en San Francisco.


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Las razas sí existen y determinan las diferencias en la especie humana

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(R).- Es necesario denunciar el discurso de la ideología dominante, propagado sin descanso, según el cual las razas no existirían en la especie humana. De hacer caso a este relato hegemónico resultaría que esta peculiar especie sin subespecies, es decir sin razas, constituiría una rara excepción en la naturaleza, sobre todo entre las especies con un mínimo de complejidad. Pero no es en la biología donde los defensores de la inexistencia de razas humanas encontrarán fundamento. En la especie humana se presentan genes polimórficos y genes no polimórficos. Son los primeros los que nos interesan aquí. Estos son llamados así por ser susceptibles de presentarse en distintas formas, cada una de las cuales es denominada alelo. En la especie humana existen poblaciones que difieren entre sí notablemente en la frecuencia de aparición de determinados alelos, referidos lógicamente a los genes polimórficos (únicos que presentan alelos), y este hecho hace que el genotipo y el fenotipo (o apariencia externa) de los miembros de estas poblaciones consideradas grupalmente diverjan entre sí. Eso es, ni más ni menos, una raza, una subespecie de una especie inclusora. Es importante clarificar bien cada concepto para no terminar confundiéndolos y llegar a conclusiones manifiestamente erróneas. Así, un error frecuente de los propagandistas de la ideología dominante, que trabaja insistentemente para imponernos una especie de consenso racial según el cual sólo habría una raza, la “raza humana”, es la confusión entre especie y raza.

¿Cómo se llegan a constituir las poblaciones definidas que denominamos razas? Aún admitiendo la tesis, en discusión, de que la especie humana tuvo un origen sincrónico y común en África, y de que se parte en principio de individuos similares en lo que aquí tratamos, nadie informado puede negar la realidad de 1) las mutaciones espontáneas, 2) la selección natural en función del medio sobre estas mutaciones, 3) la deriva génica y 4) la endogamia dentro de grupos físicamente separados o dentro de grupos relativamente cercanos pero dotados de sanciones sociales que llevan hacia esta endogamia. Éstos son los principales elementos que crean, siempre admitiendo, como se ha dicho, la aún cuestionada tesis monogenista, las distintas razas humanas existentes en la actualidad.

Una raza es un grupo genético real pero difuso, y este hecho es fuente de error de muchos inadvertidos. Es decir, en virtud de un común origen, o de la existencia de fronteras moderadamente permeables entre los distintos grupos raciales, o de ambos factores, la manifestación del hecho racial no ocurre necesariamente como exclusión, es decir, como presencia o no de determinado alelo o número de alelos en cada grupo racial, sino como tendencia (si bien es notorio el hecho de que determinados alelos siempre están excluidos para determinados grupos raciales). Cada raza tiene una tendencia central, genotípica y fenotípica, alrededor de la cual oscilan los miembros de la raza. Esa tendencia es distinta a la de otros grupos raciales aunque permita cierta convergencia individual en alguna o algunas características entre elementos situados en posiciones extremas respecto de su propia tendencia central. Este hecho último no representa ningún argumento en contra de la existencia de las razas ni ningún descubrimiento reciente que la biología no conozca desde hace mucho: se enmarca bajo el concepto de clina. No hablamos por tanto de categorías exactas ni discretas, pero sí tendenciales y consistentes. Y esto a pesar de la constatación por parte de los genetistas de la existencia de zonas de cambios genéticos abruptos.

De todo lo anterior se deduce que una raza es una población que difiere respecto a las demás en frecuencias de alelos en muchos sitios genéticos, siendo esto causa de efectos fenotípicos en los miembros de dicha población, configurados de una manera particular en lo que a características físicas externas o internas) concierne.


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