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Ciencia Y Tecnología

Manipulación genética y congelación de los embriones

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Padre Lucas Prados.- En los últimos cincuenta años la ciencia médica ha experimentado una gran evolución. Los nuevos tests de laboratorio, la aplicación de la informática a la medicina, los modernos métodos de diagnóstico, la cristalización de los últimos descubrimientos farmacológicos y otros tantos factores, han sido la causa de que la medicina se encuentre en uno de sus momentos más lúcidos de la historia del ser humano. Enfermedades que eran mortales hace tan solo cincuenta años, como la tuberculosis, ahora son tratadas con un porcentaje de éxito que roza el cien por cien.

La medicina, independientemente de la religión que el médico tuviera, siempre estuvo unida a la ética y a los principios morales más generales. El respeto a la vida humana siempre se consideró como uno de los dogmas que el hombre no podía traspasar. Desgraciadamente, cuando el hombre comenzó a pensar que podía ser Dios, estas bases éticas que le servían de barrera infranqueable para así respetar los derechos del hombre y las leyes de Dios, comenzaron a derrumbarse, y aquello que podría haber un triunfo para el género humano se transformó en el comienzo de su propia destrucción.

El olvido del juramento hipocrático y la disociación de la práctica médica de los principios éticos más elementales están dando como resultado que una parte de la medicina esté tomando un camino que puede causar grandes perjuicios al hombre como tal. Atentar contra la vida humana, ya sea en sus fases iniciales (aborto, manipulación genética, etc…), como terminales (eutanasia), ya no se ve tanto como un crimen cuanto un derecho del mismo hombre.

El Proyecto Genoma Humano, que se inició en el año 1990, tuvo como propósito descifrar el código genético contenido en los 23 pares de cromosomas. En 2005 se dio por finalizado este estudio llegando a secuenciarse aproximadamente 28.000 genes. Esto ha supuesto para la medicina un nuevo mundo para explorar; mundo en el que se puede encontrar la solución para enfermedades de tipo genético (fibrosis pulmonar, síndrome de Down), degenerativo (diabetes, esclerosis múltiple, Parkinson, Alzheimer) e incluso para el cáncer. Es pues un proyecto tremendamente ambicioso y lleno de futuro, pero que ha de ser regulado por los principios éticos más elementales si no queremos que el hombre acabe destruyéndose a sí mismo y haciendo un mundo lleno de clones y seres “perfectos”, pero muy lejos de lo que Dios tenía planificado para él.

La experimentación realizada en los laboratorios con embriones humanos para obtener células madre y así poder curar enfermedades, se está convirtiendo en una tentación tan grande, que si los gobiernos y la Iglesia no ponen freno y orden, podría ser realmente peligroso.

La manipulación genética humana

Como consecuencia de los estudios genéticos, sus avances se están aplicando con bastante éxito en el campo de la agricultura (productos transgénicos) y de la ganadería. Desde el punto de vista moral no hay obstáculo para que el hombre actúe sobre esos medios, siempre y cuando respete el orden de la creación y no se dedique a fabricar monstruos o alimentos dañinos para el mismo hombre.

Se entiende por manipulación genética humana al conjunto de actividades que el hombre hace sobre los cromosomas de esta especie con el fin de obtener resultados beneficiosos para el ser humano y así poder curar ciertas enfermedades.

Los avances en la genética están dando sus primeros frutos en el tratamiento de ciertas enfermedades como la diabetes y la hepatitis B: Una serie de hormonas como la insulina, la hormona del crecimiento, factores de coagulación, etc., tienen un interés médico y comercial muy grande. Antes, la obtención de estas proteínas se realizaba mediante su extracción directa a partir de tejidos o fluidos corporales. En la actualidad, gracias a la tecnología del ADN recombinante, se clonan los genes de ciertas proteínas humanas en microorganismos adecuados para su fabricación comercial. Un ejemplo típico es la producción de insulina que se obtiene a partir de la levadura Sacharomyces cerevisae, donde se clona el gen de la insulina humana. Muchas vacunas, como la de la hepatitis B, se obtienen actualmente por manipulación genética.

Otra cosa, totalmente diferente es cuando la ingeniería genética se dedica a manipular peligrosamente el genoma humano. Esta manipulación ha de hacerse respetando siempre al hombre, sin realizar ninguna actividad que pueda atentar contra su dignidad o poner en peligro la vida del embrión o causarle malformaciones.

¿Qué hacer con los embriones congelados?

El problema de la fecundación in vitro ya lo estudiamos en el artículo anterior. Examinemos, pues ahora, el problema moral que surge con los embriones sobrantes después de realizada la implantación de los embriones en el útero de la madre.

Como saben, cuando una pareja se acerca a una de estas clínicas de “fertilidad” con el fin de solucionar el problema de su infecundidad, lo primero que hacen es obtener ocho o diez óvulos de la madre y esperma del padre. En el laboratorio se efectúa la fecundación de estos óvulos obteniendo varios embriones. De los cuales, sólo se implanta en el útero de la madre un máximo de cinco. Los embriones sobrantes son congelados y guardados.

Para que sepan la gravedad y el alcance de este proceso de congelación de embriones les diré lo siguiente:

Entre el 30 y el 35 % de los embriones que son congelados, mueren o presentan posteriores malformaciones cuando son desarrollados.

El número de embriones congelados en estadísticas del 2002 es espeluznante. Hay datos que dicen que en España hay más de 70.000 embriones congelados; en Francia y Alemania, 100.000; en EE UU unos 400.000. En 1998, hemos de recordar, se destruyeron en Inglaterra más de 5000 embriones congelados.

Entre el 20 y el 40% de los embriones congelados son abandonados por los padres en el plazo de cinco años.

La cuestión del status jurídico del embrión precoz es muy debatida y ya se han dado casos complicados de embriones congelados que han quedado huérfanos después de la muerte de uno o de los dos genitores. No olvidemos incluso el caso de matrimonios que se divorcian y están en desacuerdo con el destino de los embriones congelados. En Suecia, por ejemplo, si el padre muere, el embrión no puede ser transferido a la mujer. En Francia, en el caso de la muerte de un progenitor, el cónyuge sobreviviente es consultado sobre la posibilidad de donar los embriones congelados y si no lo acepta, dichos embriones serán destruidos dentro de los términos que marca la ley.

Por lo general, las leyes prevén que los embriones (hijos) congelados que no son reclamados dentro de los cincos años, no son ya deseados y por lo tanto han de ser destruidos.

En general, las técnicas usadas en la procreación artificial, sobre todo la transferencia de varios embriones al seno materno, han dado lugar a un aumento significativo del porcentaje de embarazos múltiples. Por tanto, se ha deslizado la idea de proceder a la así llamada “reducción embrionaria”; la cual consiste en una intervención cuyo fin es reducir el número de embriones o fetos presentes en el seno materno mediante su directa supresión. Desde el punto de vista ético, la reducción embrionaria es un aborto intencional selectivo. Se trata, de hecho, de una eliminación deliberada y directa de uno o más seres humanos inocentes en la fase inicial de su existencia, y como tal constituye siempre un desorden moral grave.

Así pues, se presenta un profundo dilema:

Los embriones sobrantes, que se congelan y guardan, no se pueden implantar en un futuro en la madre; y mucho menos, ser dados en adopción a terceros o ser dedicados para la experimentación; pues como hemos dicho, la fecundación in vitro es inmoral.

Pero tampoco podemos sacarlos del congelador y dejarlos que mueran, pues sería un crimen, ya que son seres humanos dotados de alma y cuerpo. Cualquier experimentación, manipulación o atentado que les cause alguna malformación o la muerte es un pecado grave.

¿Qué se puede hacer con ellos? En la actualidad es un dilema que no está resuelto. Ni la ciencia ni la Iglesia han encontrado un modo moralmente aceptable que respete la vida de estos nuevos seres y al mismo tiempo las leyes de Dios.

Hace años, Juan Pablo II dirigió una «llamada a la conciencia a los responsables del mundo científico y de un modo particular a los médicos para que se detuviera la producción de embriones humanos, teniendo en cuenta que no se vislumbra una salida moralmente lícita para el destino humano de los miles y miles de embriones “congelados”, que son y siguen siendo siempre titulares de los derechos esenciales y que, por tanto, hay que tutelar jurídicamente como personas humanas».

Es por ello que, estamos a la espera de que la ciencia y la Iglesia, cada una en su propio campo, nos aclaren este punto que hoy por hoy es un puro dilema sin solución satisfactoria.

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