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El Madrid agranda su leyenda: Campeón del mundo por tercera vez consecutiva (4-1 )
Para disputar la final del Mundial de Clubes hay que recorrer un camino muy largo. París Saint Germain, Juventus, Bayern, Liverpool y, ya en Abu Dabi, Kashima y Al Ain.
Hay que rendir ante todos ellos, sufrir y pasar momentos de angustia. No tiene culpa de que no llegase River a la final soñada. Los argentinos no cumplieran en su cita. El Madrid está construido para las grandes citas. Desde el equipo de las cinco Copas, ningún conjunto ha sido capaz de dominar con tal autoridad. Cuatro Champions en cinco años ratificadas con sus correspondientes Mundialitos. No digo que alguien lo supere. Que lo iguale.
La goleada se intuyó desde el arranque, aunque costó muchos minutos asegurarla. El Madrid marcó distancias pronto como suelen hacerlo los equipos grandes, superiores. Justo a continuación de salvar un tanto en contra.
El Shahat aprovechó un despiste colectivo, un cambio de juego arriesgado, una cesión sin sentido, para plantarse solo en el área, quebrar a Ramos, eludir a Courtois y rematar al contrapié. El capitán, que sabe latín, recuperó tras ser superado y salvó sobre la línea el 0-1.
En la respuesta blanca, Modric recibió una notable dejada de Benzema, más que nada por la maniobra para asegurar la bola, y colocó un Balón de Oro junto al poste. Golazo.La ventaja antes del cuarto de hora anunciaba victoria amplia. También por el perfil de Al Ain. Como domina en su territorio, no tiene costumbre de defender con rigor y tiende a seguir al hombre. Cada pelota que pasaba del centro del campo era una invitación para que los blancos buscaran la aventura en solitario.
Además, con tres hombres descolgados en punta, la superioridad en la medular era evidente. Con Marcos Llorente barriendo cualquier escombro, Modric, Kroos y Marcelo gobernaron el duelo con comodidad.
Pudieron marcar casi todos. Lucas Vázquez al palo, Benzema en un pase atrás o Bale en un mano a mano al cuerpo del portero. Se ganó el sueldo el meta, que salvó después una volea de Modric con la nariz. Al otro lado, más allá de los escarceos de los extremos, Caio y El Shahat, el Madrid sufrió poco. Lo más incómodo era la bronca constante a Ramos, es de suponer que por lo de Salah en la final de la Champions. El central abrochó el primer tiempo con una entrada destemplada a Caio que le reportó la tarjeta amarilla.
Perdonó muchísimo el Madrid, también en el segundo tiempo. Y eso mantenía el resultado a tiro de sorpresa. La falta de gol que se padece cuando se pierde a su máximo artillero histórico, vamos. También ayudó a mantener en vilo el duelo el criterio del árbitro, que pasó por alto dos penaltis a Lucas Vázquez y Marcos Llorente. Alguno no tiene arreglo ni con VAR.
La sentencia tuvo justicia poética. El mejor futbolista blanco no sólo del torneo, sino de las últimas semanas, es Marcos Llorente. Por su rendimiento y por todo lo que corrige a los demás. En un córner rechazado por la defensa emiratí, Marcos agarró un remate seco a bote pronto que se coló silbando junto al poste. El portero ni se movió. Hizo el 2-0 y a continuación corrigió en los dos laterales. Tiene siete pulmones. No se concibe al Madrid actual sin el 18.
Con el duelo decidido, Bale se hinchó a fallar goles claros. Todo el acierto de la semifinal se perdió en el duelo decisivo. Pudo salir de Abu Dabi como máximo realizador histórico de este torneo. Se queda a uno de Cristiano. Pudo sacarle dos al menos. Y como los puntas no remataban subió Ramos, más inspirado en área enemiga que en la propia (Courtois le corrigió un error ante Caio), para cabecear el tercero y abrochar su vigésimo título. Mandó callar al público, señalándose nombre y dorsal, y corrió a abrazar a Isco.
El malagueño se quedó sin jugar. Ni un minuto. Solari sabe enviar mensajes. Ha sido jugador. Tiene una pinta feísima lo del internacional español, hasta la apendicitis el mejor del Madrid de Lopetegui. Aún hubo tiempo para dos tantos más, un buen cabezazo lejano del japonés Shiotani a la escuadra, en el tradicional despiste blanco, y el último de Nader en propia meta de Nader, desviando un centro-chut de Vinícius, marca de la casa. Un resultado amplio, corto incluso para la superioridad sideral de los blancos. Si en Europa cuesta dar respuesta al Real Madrid, fuera no resiste comparación. El mejor. Sencillamente.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
