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El marxismo cultural impone el fin de la libertad de expresión en Europa

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Según un extenso reportaje publicado en la nueva Revista Naves en Llamas, en su número del pàsado mes de junio, el totalitarismo socialdemócrata se extiende por los principales países de la Unión Europea de la mano de la más asfixiante censura periodística que ha vivido el viejo continente desde la II Guerra Mundial.

Mientras el Parlamento Europeo “aconseja” a los ciudadanos qué periódicos leer y pretende “enseñar” qué información seleccionar y cómo hacerlo, países como Alemania, Francia, Suecia o Gran Bretaña, entre otros, diseñan leyes intensamente restrictivas que se presentan como herramientas legislativas contra las “noticias falsas”, pero que tienen como único fin castigar y eliminar todas aquellas informaciones y opiniones que cuestionen el pensamiento políticamente correcto impuesto a sangre y fuego en la UE por las fuerzas políticas dominantes y la totalidad de los medios de comunicación del Sistema.

La historia de la comunicación de masas demuestra que las informaciones falsas, las noticias equivocadas, los comentarios manipuladores, los análisis torticeros, las opiniones estridentes, las críticas furibundas y los puntos de vista rompedores son la esencia de la libertad de expresión desde que las primeras gacetas comenzaron a ver la luz en la Europa del siglo XVI. Y, del mismo modo, tratar de poner fin a la publicación de “mentiras” ha sido la excusa preferida de los incontables censores políticos, culturales o religiosos que el mundo ha conocido a lo largo de los siglos. Lo dramático del asunto es que hoy, en el siglo XXI, son las principales potencias de Occidente, sumisas a una falsaria corrección política impuesta por la alianza atroz existente entre el marxismo cultural y el islamismo político, las que no dudan en silenciar a sus ciudadanos más libres, aquellos que se niegan a acatar el discurso ideológico dominante.

Durante los últimos años, y especialmente desde que las grandes empresas periodísticas entraron en una crisis económica dramática a consecuencia de la implosión producida en el sector por la llegada de las TIC’s (nuevas tecnologías de la comunicación y la información), han sido los canales televisivos de más audiencia y las principales cabeceras del continente (tanto unos como otros generosamente financiados por las instituciones) los medios que más patrañas, inventivas y contenidos manipulados han lanzado al público en general. Estas empresas, de la BBC a El País, pasando por Financial Times, La Vanguardia, Le Monde, The Washington Post, The New York Times o La Sexta, mantenidas directamente o indirectamente por gobiernos propios o por regímenes dictatoriales extranjeros, son las que durante años han mantenido el monopolio de la desinformación en solitario y son las que hoy más presionan para que los dirigentes europeos actuales legislen a su favor… censurando, acallando y enmudeciendo a los nuevos protagonistas informativos que, básicamente a través de Internet, se suman al ámbito de la comunicación global.

Francia

En Francia, donde intelectuales y periodistas de talla internacional como Alain Finkielkraut, Éric Zemmour, Gilles Kepel o Ivan Rioufol, repetidamente censurados en las televisiones públicas, denuncian insistentemente y en solitario cómo cada vez es más difícil emitir informaciones y escribir opiniones contrarias al pensamiento único islamoizquierdista dominante, el presidente Emmanuel Macron ha anunciado el inicio de una “guerra” a las “noticias falsas” y a quienes las propagan. Con este fin, va a impulsar una nueva ley para “controlar, limitar y castigar la propagación en Internet, durante campañas electorales, de noticias falsas por parte de entidades extranjeras”.

Según Emmanuel Macron, que ascensió al poder después de que los principales medios de comunicación galos impulsaran una durísima campaña contra su principal contrincante, François Fillon, la norma que está preparando su Gabinete “protegerá la vida democrática de las falsas noticias que, a través de las redes sociales, expanden por todo el mundo y en un instante, en todas las lenguas, bulos inventados para ensuciar a un responsable político, a una personalidad, a una figura pública, a un periodista”.

Mientras tanto, en Francia, como también ocurre en la mayor parte de los países que forman el núcleo duro de la UE, y gracias a leyes dictadas “ad hoc” bajo el pretexto de luchar contra “los discursos del odio”, es imposible y sumamente arriesgado cuestionar públicamente los constantes alegatos antidemocráticos lanzados por el Islam político, no hay forma de criticar serenamente a los “jemeres verdes” apologetas incansables del “cambio climático” y, por supuesto, es siempre motivo de querella judicial cualquier planteamiento que se haga en contra de una ideología de género tan generalizada como ignorante. De todo esto, de las decenas de “no-go zones” que se extienden por el país, de los miles de policías que son atacados todos los años en los barrios de mayoría musulmana y de las decenas de atentados islamistas que se han cometido en suelo galo en la última década, Macron, por el momento, no tiene nada que decir.

Alemania

Desde el pasado 1 de octubre de 2017, una nueva ley ha introducido la censura del Estado en plataformas sociales como Facebook, Twitter y YouTube. El Gobierno germano exige a estas empresas que acallen a sus usuarios en nombre del Estado alemán y, para ello, estas redes sociales se encuentran obligadas a borrar o a bloquear cualquier “delito de ofensa” como el libelo, la calumnia, la difamación o la incitación en un plazo de 24 horas de la recepción de la queja de un usuario, al margen de que el contenido de la denuncia sea cierto o no. Las empresas propietarias de las redes sociales tienen siete días para los casos que sean más complicados. Si no lo hacen, el Gobierno alemán puede imponerles una multa de hasta 50 millones de euros por no cumplir la ley.

De esta forma, el Ejecutivo de Angela Merkel ha conseguido que la libertad de expresión de sus ciudadanos esté sujeta a las decisiones arbitrarias de entidades empresariales que tienden a censurar más de lo necesario para no arriesgarse a una multa demoledora. Como explica la analista Judith Bergman, “cuando se nombra a los empleados de las compañías de las redes sociales como policía privada del pensamiento del Estado y se les da el poder de moldear el actual discurso político y cultural, decidiendo quién puede hablar, y qué puede decir, y a quién se acallará, la libertad de expresión se reduce a nada más que un cuento de hadas”.

Mientras esto ocurre, y como ejemplo perfecto de que tanto en Alemania como en el resto de Europa Occidental la censura solo funciona en una dirección, el Tribunal del distrito de Múnich ha reactivado e imputado una sentencia suspendida al periodista alemán Michael Stürzenberger de seis meses de cárcel por publicar en su página de Facebook una foto histórica del gran muftí de Jerusalén, Haj Amin Al Huseini, estrechando la mano de un gerifalte nazi en el Berlín en 1941. Los fiscales acusaron a Stürzenberger de “incitar al odio hacia el Islam” y de denigrar a esta religión por publicar la fotografía. El tribunal declaró a Stürzenberger culpable de “diseminar la propaganda de organizaciones anticonstitucionales”. Aunque la admiración mutua que una vez existió entre Al Huseini y los nazis alemanes es un hecho histórico incuestionable, resulta evidente que los tribunales alemanes están reescribiendo la historia, con el visto bueno de las autoridades políticas.

Reino Unido

En el Reino Unido, mientras el alcalde musulmán de Londres prohíbe colocar en las estaciones de metro anuncios de mujeres occidentales en bikini, la primera ministra, Theresa May, dirige también su indignación contra las compañías de Internet y contra los usuarios de éstas: “La industria tiene que ir más lejos y más rápido para automatizar la detección y eliminación de contenido terrorista online […]. Al final, no son sólo los terroristas a quienes tenemos que derrotar. Es la ideología extremista que los alimenta. Son las ideologías que predican el odio, siembran la división y perjudican nuestra humanidad común. Debemos ser mucho más firmes en la identificación de esas ideologías y su derrota, en todos los ámbitos de nuestra sociedad”.

A más de un lector esta declaración de principios puede resultarle aceptable, pero lo más llamativo de la misma es que en ella Theresa May jamás pronuncia el “apellido” de los terroristas que durante los últimos años, y especialmente a lo largo de 2017, han convertido Londres en general, y el Reino Unido en particular, en un campo de cadáveres. La primera ministra sigue insistiendo en que “estas ideologías” afectan “a todos los ámbitos de nuestra sociedad” cuando, en realidad, prácticamente todo el terrorismo que padece Occidente es islámico.

Paralelamente, su propia secretaria de Interior, Amber Rudd, se ha negado a ilegalizar al brazo político de Hezbolá. El discurso del odio de los islamistas de Hezbolá, al parecer, es perfectamente aceptable para las autoridades británicas. Y también el del clérigo musulmán sudafricano y predicador del odio Ebrahim Bham, que había sido intérprete del director jurídico de los talibanes. Se le permitió entrar en el Reino Unido para hablar en el Queen Elizabeth II Centre, un edificio del Gobierno, en el marco de la “Expo Palestina”, un gran evento antijudío celebrado en julio en Londres. Bham es conocido por citar a Goebbels, el ministro nazi de Propaganda, y decir que todos los judíos y cristianos son “agentes de Satán”. Entretanto, a un académico de primer orden como Robert Spencer se le ha vetado la entrada en el Reino Unido, supuestamente porque lo que narra —que es verdadero— es “islamófobo”.

La muy concreta intencionalidad política e ideológica que encierra el empeño de coartar la libertad de expresión de los ciudadanos en base a lo que se conoce como “delitos de odio” queda claramente expuesta en los datos que ofrece la Fiscalía del Estado británica (CPS, por sus siglas en inglés), que entre 2015 y 2016 asegura haber denunciado 15.442 casos de este tipo de faltas. Curiosamente, a pesar de que los judíos de Gran Bretaña, que ya han sufrido un drástico aumento el antisemitismo en los últimos tres años, suelen ser los destinatarios habituales de los delitos de odio, sus casos continúan siendo apenas una fracción mínima de las estadísticas. Según Campaign Against Antisemitism, “aún no ha habido un año en que se hayan enjuiciado más de unos 25 delitos de odio antisemita. En lo que llevamos de 2017, nos constan 21 enjuiciamientos, en 2016 hubo 20 y en 2015 hubo sólo 12. Es tan grave la inacción de la Fiscalía que hemos tenido que demandar a título privado a los presuntos antisemitas y enfrentarnos a la Fiscalía mediante las revisiones judiciales, de las cuales la primera la ganamos en marzo. El año pasado sólo se juzgó el 1,9% de los delitos de odio contra los judíos, señalando a las fuerzas policiales que sus esfuerzos para investigar este tipo de delitos podrían ser en vano, y enviando el claro mensaje a los antisemitas de que no tienen por qué temer a la ley”.

Suecia

En 1966, uno de los escritores para niños más populares de Suecia, Jan Lööf, publicó “Mi abuelo es pirata”, un libro infantil ilustrado que incluía, entre otros personajes, al malvado pirata Omar y al vendedor ambulante Abdulah. El libro se reveló como un éxito de ventas desde un primer momento, y ha sido traducido al inglés, al español, al francés y a otros idiomas. Hace diez años, se distribuyeron incluso 100.000 copias al público sueco con los “Happy Meals” de McDonald’s, como parte de un iniciativa para fomentar la lectura entre los niños.

Ahora, quince años después, el libro ya no es tolerable. El autor, que cuenta en la actualidad con 76 años, ha revelado que su editorial le había dicho que si no reescribía el libro y cambiaba las ilustraciones, éste sería retirado del mercado. La editorial también amenazó con retirar otro libro suyo si no lo rehacía, porque incluye la ilustración de un músico negro de jazz que duerme con las gafas de sol puestas.

La editorial de Lööf, la gigante sueca Bonnier Carlsen, dice que no ha tomado aún una decisión final y que solo considera la reescritura y reilustración de los libros como “una opción”. No hay duda, sin embargo, de que consideran los libros en cuestión sumamente problemáticos.

“Los libros estereotipan a otras culturas, algo que no es extraño, ya que todas las ilustraciones se crearon en un contexto, en su propio tiempo, y los tiempos cambian”, explica Eva Dahlin, que dirige el departamento literario de Bonnier Carlsen.

Por este motivo, Dahlin revela también que su editorial invierte mucho tiempo en revisar viejas publicaciones, para comprobar si incluyen dichos pasajes “problemáticos”. Añadió que la editorial no solo comprueba pasajes culturalmente delicados: “Tenemos muchas mujeres editoras, así que es probable que de forma natural seamos más conscientes de las representaciones con prejuicios de género que de este tipo de cuestiones. Pero ahora tenemos una mejor perspectiva y una mayor conciencia sobre estos asuntos”.

Suecia ya está acostumbrada a las “revisiones literarias” de este tipo, u otras revisiones culturales en nombre de las imposiciones políticamente correctas. Tanto “Pipi Calzaslargas” como otros libros infantiles han sufrido revisiones varias o han sido incluso retirados del mercado. En la serie televisiva de la niña pelirroja de las largas coletas se ha eliminado una escena en la que Pipi entrecierra los ojos para parecer china, “para no ofender a nadie”.

En 2013, un popular y premiado libro infantil danés, “Mustafas Kiosk”, de Jakob Martin Strid, fue retirado del mercado sueco tras las quejas en las redes sociales de este país de que el libro era racista e “islamófobo”. Irónicamente, el autor lo escribió en 1998, cuando se encontraba en Indonesia, el país con la mayor población musulmana del mundo, como un “alegato antirracista”.

Elocuentemente, el libro ha estado en el mercado sueco desde 2002 sin ninguna queja. En respuesta a estas críticas, el escritor danés señaló que solo se logra una sociedad igualitaria y no racista “cuando te permiten hacer bromas (cariñosas) sobre cualquiera”. “También hago bromas sobre los noruegos”, añadió.

En 2014, tras las quejas en las redes sociales suecas de que algunas de sus golosinas eran “racistas”, la empresa Haribo decidió cambiar uno de sus productos, “Skipper Mix”, que consistía en golosinas con forma de recuerdos marineros, entre ellos… máscaras africanas.

Y mientras tanto, día a día, y en muchos casos a través de asociaciones y organizaciones subvencionadas con recursos públicos, en Suecia se suceden las denuncias por “incitación al odio”. Estos son algunos casos recientes recogidos por el Instituto Gatestone norteamericano:

Una mujer de 71 años se refirió a los llamados menores sin acompañante como “niños barbudos”, y dijo que estaban “violando en grupo y demoliendo sus casas [de asilo]”. Publicó el comentario en la página de Facebook de los Demócratas Suecos en junio de 2016. En febrero de 2018, un tribunal sueco la sentenció al pago de una multa por “incitación al odio contra un grupo étnico”.

Durante el juicio, dijo que había estado leyendo varios artículos sobre estos supuestos refugiados sin acompañante que “habían incendiado las casas de asilo, violado, y negado a que un médico determinara su edad para evitar la sentencia”.

“Me horrorizó lo que leí”, dijo, disculpándose por el comentario que había publicado, del que dijo que se dirigía solamente a los que cometen delitos. Al tribunal, obviamente, no le importó el miedo de la anciana, y concluyó: “[la mujer] debió darse cuenta de que había un riesgo inminente de que las personas que leyeran el texto lo percibieran como una expresión de desacuerdo con otros grupos étnicos de personas en general y la inmensa mayoría de los refugiados sin acompañante, que, en el momento del comentario, habían ido concretamente a Suecia. A pesar de ello, escribió el comentario en Facebook”.

Otra mujer de cincuenta y tantos fue sentenciada a pagar una multa en diciembre de 2017 por un comentario en Facebook, donde llamaba a los hombres de Afganistán que habían mentido sobre su edad, “cabalgacamellos”: “Esos malditos cabalgacamellos nunca serán autosuficientes, porque son unos malditos parásitos”, escribió. El fiscal Mattias Glaser insistió en que el comentario iba dirigido contra “jóvenes que están luchando para quedarse en el país”. Según el tribunal: “se usaron palabras condescendientes de una manera que […] expresaban desprecio por las personas de origen afgano o personas de las regiones colindantes respecto al color de piel o su origen nacional o étnico y encajan en la cláusula sobre incitación al odio”.

En noviembre de 2017, un hombre de 65 años fue sentenciado a pagar una multa por “incitación al odio contra un grupo étnico”. ¿Cuál fue su delito? Escribir en Facebook que los migrantes “recién llegados”, no los suecos, “eran culpables de perpetrar violaciones colectivas”. Según el tribunal, el hombre “afirmó que los afganos, africanos y árabes que acababan de llegar a Suecia cometían delitos como violaciones colectivas”. Esta afirmación, según el tribunal, constituye un “claro desprecio” por las personas de los orígenes nacionales mencionados. El hombre de 65 años adujo que había publicado el comentario porque Suecia oculta las estadísticas sobre los orígenes étnicos de los violadores y que su comentario era una forma de difundir información e iniciar un debate. Esto no impresionó en absoluto al tribunal, que concluyó: “El comentario contiene una grave acusación de que las personas de determinados orígenes nacionales cometen delitos graves y no puede [el comentario] considerarse por tanto que dé lugar o contribuya a un debate objetivo sobre el asunto”.

En febrero de 2018, un hombre de 55 años fue sentenciado a pagar una multa por “incitación contra un grupo étnico” por escribir en Facebook que los musulmanes suníes están detrás de la mayoría de los delitos de bandas en Suecia, así como de las violaciones. “Los somalíes son musulmanes suníes… están detrás de buena parte de los delitos de bandas en Suecia y de toda la otra violencia, como las violaciones. ¡Los afganos son en un 80% suníes y son una gente maldita!”, escribió.

Durante el juicio dijo que tenía entendido que había libertad de expresión en Suecia. “Ves este tipo de cosas cada día”, dijo, “violaciones colectivas, disparos, maltrato animal y similares, y los políticos no parecen capaces de hacer nada al respecto. La policía no hace nada tampoco, y la gente se enfada”. El tribunal concluyó: “El comentario expresa que los musulmanes en general están detrás de los delitos de bandas y violaciones colectivas en Suecia, y se formula de una manera ofensiva […] El comentario no invita a un debate crítico sobre la religión, expresa exactamente el mismo tipo de desprecio que pretende abordar lo estipulado sobre incitación al odio contra un grupo étnico. Se sentencia al acusado al pago de 10.000 coronas [1.200 dólares] por incitación contra un grupo étnico”.

La analista Judith Bergman se muestra tajante: “Suecia está siendo barrida por una ola de asesinatos, agresiones violentas, violaciones, también colectivas y agresiones sexuales, además de la sempiterna amenaza terrorista. En lugar de usar sus limitados recursos para proteger a sus ciudadanos de los ataques violentos contra ellos, Suecia está librando una batalla legal contra sus pensionistas por atreverse a hablar contra los mismos ataques violentos de los que el Estado no les está protegiendo”.


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La caída del Imperio de Occidente

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André Waroch (Traducción BD).- “Vivimos la hora del hombre nómada, sin patria, el ciudadano del mundo. Es el tiempo del que no tiene más ataduras que aquellas que puede llevarse en cualquier momento en su maleta. El mundo del día de mañana parece pertenecer a aquellos que prescindirán de sus vivencias terrestres, o incluso espaciales, de una “tierra”, de un “suelo”, arcaísmo cuya exhaltación huele a populismo rancio”.

Este es el discurso, apenas caricaturizado, de un cierto número de intelectuales provenientes de la izquierda y de la extrema izquierda convertidos al “liberalismo”, es decir para ser más precisos, al librecambismo globalizado. Es un trayecto menos duro que lo que parece, los fundamentos ideológicos de estos intelectuales no padecen, entre esos dos extremos, más que daños menores.

El núcleo duro de su compromiso no ha cambiado; se trata siempre del odio al enraizamiento, al particularismo, a la singularidad irreductible de los pueblos, a la nación en el sentido griego del término.

Una hiper-casta mundialista, cuyos contornos se dibujan con mayor nitidez a medida que pasa el tiempo, quiere creer todavía en un “progreso” a la manera de Julio Verne. La naturaleza domesticada por una tecnología que lleva a los hombres a la altura de los dioses; una cultura universal y uniformizada reinando sobre toda superficie terrestre; un gobierno mundial sabio, benéfico, consensual, que en este mundo pos-histórico sólo se ocupará de gestionar y administrar. En definitiva: el paraíso sobre la Tierra para estos hombres que llevan en ellos el sueño cristiano secularizado de las Luces.

En la mentalidad occidental, de la cual esta casta se reclama más que de cualquier otra cosa, al porvenir se le supone mejor que el presente, y el presente mejor que el pasado. El destino irrevocable de la humanidad parece ser de subir siempre más arriba en la inteligencia, la belleza, la bondad, la alegría, la felicidad, hasta un cénit improbable.

Reinaba en la Edad Media el sentimiento exactamente inverso. Los letrados tenían la convicción de una caída inexorable del mundo hacia el abismo, la certeza de un mundo llegado al estadio último de la vejez. Si es cierto que el paso de la Antigüedad a la Edad Media trajo consigo el abandono de una cierta concepción cíclica el tiempo (“el eterno regreso”) en provecho de una visión lineal debido al cristianismo, sin embargo hay que precisar que esta “linealidad” ha cambiado de alguna manera de sentido, de abajo hacia arriba, en algún momento entre el siglo XII y la Revolución Francesa. La Europa del Oeste ha pasado de la caída a la ascención. En la Edad Media, el pasado era visto como mejor que el porvenir, y fue la inversa que se impuso definitivamente a partir del siglo XVIII.

Esto no es simplemente una creencia religiosa: la Edad Media fue verdaderamente una regresión en comparación con la Antigüedad, y el progreso, en el sentido material del término (expansionismo más allá de los mares, descubrimientos científicos), fue una realidad incontestable para la Europa del Oeste a partir del siglo XV. No solamente una creencia religiosa, pues, pero también, y al mismo tiempo, una creencia religiosa.

Seguramente hay que ver el origen de este cambio de dirección en la Reforma Gregoriana, acontecimiento capital que el historiador Harold J. Berman ha rebautizado “Revolución papal”. Sea como sea, la creencia está ahí. De ahí el célebre y estúpido adagio: “¡Es increible ver cosas tales en el siglo XXI!”. El tiempo, una vez más, es visto como una subida inexorable de la humanidad hacia la civilización suprema.

La realidad, para la Europa occidental, parece nuevamente invertir el sentido de la marcha. La evolución actual se emparenta de manera sorprendente al proceso que caracterizó la degeneración final del Imperio Romano de Occidente, a partir del siglo III, hasta la deposición del último emperador en 476 (principio de la Edad Media para los historiadores).

Este proceso, que puso fin al mundo antiguo, se caracterizó por:

  • Un caos étnico en aumento. Después del edicto de Caracalla que acordaba en el año 212 la ciudadanía a todos los varones no esclavos de las provincias, los bárbaros germánicos y húnicos comienzan a abalanzarse sobre las Galias. Al final del siglo IV, la mayoría de los soldados y hasta los generales “romanos” son en realidad germanos naturalizados. Las cepas propiamente romanas son apartadas, de hecho, del poder.

  • Un gigantismo mortal. El Imperio, en su apogeo, se extiende desde el sur de Escocia hasta el Mar Rojo. Atacado por todas partes, su economía desorganizada, los efectivos del ejército y de la administración en aumento incesante, el Imperio agobia al pueblo bajo tasas e impuestos. En las Galias aparece el fenómeno de los “bagaudes”, campesinos que se echan al monte para escapar al fisco. Uno de sus jefes, Eudoxio, buscará refugio acerca de Atila. La impotencia del ejército romano (cerca de 400.000 hombres bajo Diocleciano) para proteger un territorio tan vasto, añadida a la prohibición hecha a los civiles indigenas de llevar las armas, le abre una avenida a los invasores. Visigodos, francos y demás burgundios someten las poblaciones del Imperio y toman poco a poco posesión de las tierras en el Oeste.

  • Un éxodo urbano. La economía del Imperio, a partir del Siglo III, se ve totalmente desorganizada por las incursiones bárbaras. La circulación de las mercancias de provincia a provincia declina, incluso se suspende. Las ciudades, a partir del siglo V, empiezan a vaciarse. La población urbana, grupo de consumidores que se alimentan de importaciones, se ve obligada a efectuar un “retorno a la tierra”, es decir un regreso a la explotación directa de las materias primas, ya que la circulación de los productos manufacturados las importaciones de mercaderías de base se han vuelto demasiado débiles para alimentar a las ciudades.

  • Un cambio religioso. En el año 312, Constantino, primer emperador converso, instaura la igualdad entre el cristianismo y las demás religiones, lo que ya es, en la lógica conquistadora de los monoteísmo surgidos del judaísmo, un paso decisivo hacia la religión única y obligatoria. En la década siguiente, Constantino demuestra claramente hacia donde van sus preferencias y empieza a prohibir algunas prácticas paganas como la adivinación. Interviene en los debates teológicos. Es él quien convoca en el año 325 el Concilio de Nicea, asunto central en la historia del catolicismo. Los sucesores de Constantino continuarán su política de cristianización forzada de la sociedad. En 354 es decretado el cierre de los templos paganos y la prohibición de los sacrificios.

En 381, Teodosio, verdadero verdugo del paganismo, emite un edicto por el cual impone a todos los pueblos del Imperio el cristianismo como religión obligatoria. En los dos decenios siguientes, se da el golpe de gracia jurídico a las antiguas religiones, con el punto culminante de la prohibición definitiva en el año 395, por el emperador Arcadio, de toda práctica religiosa distinta al catolicismo romano (las herejías cristianas como el arianismo eran combatidas tanto como las prácticas politeístas).

  • Una regresión demográfica subrayada por muchos historiadores. La despoblación de algunas zonas es evidentemente una llamada par los bárbaros que sólo tienen que colonizar unas tierras desocupadas.

La Europa del oeste, católica y protestante, heredera del Imperio de Occidente, se encuentra confrontada a una situación cuya analogía con lo que precede es alucinante. El caos étnico está aquí, es incontestable. Los recien llegados no se convierten, como los antiguos germanos, a la religión de los autóctonos, sino que llevan con ellos el islam, ideología belicosa, conquistadora, totalitaria.

Las nacionalidades francesa, británica, belga y ahora la alemana también (la lista no es exhaustiva) le dan la nacionalidad sin restricción a los hijos de los inmigrantes nacidos sobre suelo europeo. Estos se vuelven inexpulsables en el sistema jurídico actual y se transforman en el vector de una sustitución de población que comienza con la inmigración, y continúa desde el interior, como un cáncer.

La Unión Europea, que se extiende cada vez más rápidamente, se vuelve una especie de inmenso terreno baldío. Mientras que las empresas son aplastadas por impuestos destinados a poner en marcha políticas sociales, los productos manufacturados provenientes de China o de otros países emergentes (que no practican ninguna politica social) llegan a nuestras fronteras prácticamente sin ningún derecho de aduana.

El resultado es previsible: liquidación de las industrias, transformación total de la economía de los países de la UE en economía de servicios, y dependencia cada día más gigantesca de Europa de la “fábrica del mundo” neo-confucianista, o sea China.

El éxodo urbano ya ha comenzado, aunque no se note aún. Las ciudades no pierden habitantes (menos Paris) pero ven desaparecer las clases medias que dejan el sitio a otros recién llegados, atraídos por una vida parasitaria que no pueden encontrar en las zonas rurales. Cada vez con mayor frecuencia muchos franceses, y ya no exclusivamente de las clases favorecidas, huyen al extranjero.

La baja dramática del poder adquisitivo ocasiona el desarrollo creciente de las compras directas a los agricultores. Como en el Bajo Imperio, asistimos a un comienzo de derrumbe de la economía desarrollada, economía mormalmente basada sobre una red muy densa de intermediarios entre el productor y el consumidor.

El alza contínua del precio de la gasolina, asociada a una pauperización creciente, hace que el europeo se desplace cada vez menos. Los destinos de vacaciones y de fin de semana son cada vez más cercanos al domicilio (incluso cada vez son más los que no salen de vacaciones o de “puente”). Asistimos a una verdadera inmobilización de los individuos totalmente en contradicción con las teorías del “hombre nómada”.

El horizonte mental y físico del hombre europeo, en este principio de siglo XXI, se estrecha rápidamente, tanto más que el nivel cultural de las nuevas generaciones (cierto es que cada vez menos europeas) se derrumba a toda velocidad. Se estima que más del 25% de los bachilleres franceses son iletrados y que el 20% de la población adulta es analfabeta. Como en el final del Imperio Romano asistimos a una aculturación, a una pérdida de memoria colectiva que precede y causa la destecnificación, preludio a una nueva Edad Media.

Las zonas fuera del imperio de la ley, territorios librados a las bandas de jóvenes musulmanes que hacen reinar en ellas una especie de orden islamo-mafioso, constituyen el embrión de una nueva feodalidad, mucho más agresiva que la primera, ya que está construída sobre el fanatismo y sobre un odio de esencia totalitaria. En muchas de las llamadas “banlieues”, auténticos futuros sultanatos independientes, la Policía ya no se aventura más que con sumas precauciones, incluso no entra nunca en alguna de ellas.

Las invasiones bárbaras pusieron fin al Imperio Romano, por lo menos en Occidente. El Imperio de Oriente, llamado más tarde Bizantino, siguió llevando el sueño durante un milenio. Justiniano enprendió incluso, en el siglo VI una gigantesca expedición punitiva para arrancar los territorios del ex-Imperio de Occidente de las manos de los bárbaros.

Si los EEUU han sido a menudo comparados a Cartago, lo que es más una ocurrencia o un eslógan que una analogía coherente entre las dos entidades, la Europa actual tiene su Imperio Bizantino, un país gigantesco, construido él también sobre bases imperiales, ortodoxas, mesiánicas, y que domina el arte de la maniobra política. Este país, que la religión y el alfabeto cirílico ha mantenido apartado, al menos desde el sisma de 1054, de los europeos convertidos al catolicismo y despúes a la Reforma (que no es más que una reforma interna del catolicismo, reforma cuyo empuje se paró a las puertas de la Europa ortodoxa como delante de un muro de cemento armado) es la última pieza del puzzle que permite una analogía casi mística entre los siglos V y XXI.

Rusia, ya que se trata de ella, a pesar de sus debilidades (demografía catastrófica, ausencia de tejido industrial, presencia masiva de musulmanes rusos y de Asia Central), ha decidido perpetuar el sueño imperial. Por eso mismo vuelve a ser un actor cuando la Europa del oeste no es más que una puesta en juego, un envite, situación que recrea la dicotomía de la Antigüedad tardía. En esta óptica, los EEUU jugarían más bien el papel del Imperio Persa Sasánida.

Por segunda vez, el Imperio de Occidente, que había desaparecido una primera vez en su forma estatalo, pero se había reconstruído bajo una forma civilizacional, por el intermedio de la Iglesia Católica Romana, está derrumbándose.


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La abstención como forma de resistencia pacífica al régimen del 78

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Ángel Gutiérrez Sanz*.- Lo que la historia nos enseña es que los partidismos en España no han acabado bien. ¿Cual será el final de la actual partitocracia consagrada en el régimen del 78? No lo sabemos todavía, lo que sí sabemos es que a lo largo de los últimos cuarenta años la casta política ha ido dejando tras de sí una calamitosa estela, en la que ha habido de todo: traiciones que se cuentan por decenas, ingratitudes para con nuestros mayores, quienes a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio nos habían legado una rica herencia económica y humana que hemos dilapidado; también ha habido mentiras, promesas incumplidas, corrupción a manta, calculadas claudicaciones ante el independentismo e incluso ha habido crímenes de Estado. Todo ello además de haber renegado de nuestras más preciadas tradiciones y olvidarnos de las esencias nacionales que hicieron grande a España, para quedarnos con 17 autonomías insolidarias, que solo piensan en sí mismas; pero esto no es lo peor sino que la cosa ha ido a más hasta quedar comprometida la mismísima unidad e integridad territorial de nuestra querida Nación, un día llamada España y que hoy se la conoce como “Este País”.

A lo largo de un prolongado periodo de bipartidismo infructuoso, plagado de vergonzosas corruptelas, se llegó a un punto en que la situación política se hizo insostenible. Fue entonces cuando hicieron su aparición partidos de nuevo cuño, con las soflamas acostumbradas de que eran ellos los únicos que podían traer esa necesaria regeneración moral que España necesitaba y esto fue lo que les permitió entrar en escena, sin que la cosa pasara de ahí, porque la realidad es que con el actual multipartidismo sigue habiendo dificultades y los problemas no han desaparecido, ahí seguimos sumidos en la miseria moral, situándonos entre los países menos religiosos de Europa, ocupando puestos de cabeza en cuanto a prostitución se refiere, así como en droga y pornografía, lo que nos hace dudar si estamos viviendo en “la España de las libertades” o en “la España del libertinaje”. Ahí seguimos también a la cabeza del paro arrastrando una deuda descomunal, que si Dios no lo remedia va a ser un gravoso legado para las generaciones venideras y sobre todo estos nuevos partidos emergentes, llamados a sacarnos del atolladero en el que nos había metido el bipartidismo, lo que en realidad han conseguido es colocarnos a las puertas de un estado ingobernable del que el separatismos acabará sacando tajada.

En medio de una inquietante atmósfera de incertidumbre y frustración es como se van a celebrar las próximas elecciones generales, que serán las cuartas en cuatro años, sí, he dicho bien, cuatro de cuatro, es decir, un promedio de una elección general por año, con lo caro que nos resulta este divertimento a los españoles, y si al menos sirviera para algo… pero la cosa tiene mala pinta. No quiero ni pensar lo que pudiera pasar, si una vez celebradas las elecciones del 10 de Noviembre nos volviéramos a encontrar en el mismo punto de salida y fuera necesario proceder a unas quintas elecciones, en un momento en que el fervor democrático ha descendido notablemente y los comicios ya no se celebran con esa alegría y regocijo de antaño, sino que el hastío ha comenzado a hacer mella. Pasaron ya aquellos años de exaltación democrática, en que los ciudadanos se acercaban a las urnas con el mismo fervor místico que un niñito inocente se acerca a recibir su primera comunión; pero ahora es distinto, del entusiasmo hemos pasado a un cierto desencanto y en este cambio de actitud mucho ha tenido que ver la rutina inoperante, que ha acabado por desmitificarlo todo y ha hecho que la ciudadanía fuera perdiendo poco a poco su inocencia y la fe en la política y en los políticos.

Bien se puede ver que en política nada es para siempre y que vamos caminando hacia nuevos escenarios, en los que la manipulación política va a ser cada vez más difícil y la criminalización del abstencionismo creada y alimentada por el sectarismo político está dejando de surtir el efecto deseado. En la conciencia de no pocos ciudadanos va aflorando ya el sentimiento de que la abstención es una opción tan legítima, responsable y cívica, como cualquier otra, siendo ella una de la única alternativa pacífica con la que el ciudadano honesto cuenta para expresar en forma de castigo su enfado y disconformidad con unos políticos que nos están llevando a la ruina, a los que hay que decir con toda claridad ¡basta ya! y exigirles un cambio de rumbo antes de que sea demasiado tarde, porque no nos engañemos, éste y no otro es el verdadero sentido de la abstención. Cada vez va quedando más claro que no es haciendo el caldo gordo a los políticos y arropándoles con nuestros votos como vamos a poder salvarnos por mucho que su discurso intimidatorio y el de los periodistas repita hasta la saciedad que fuera de sus urnas no hay salvación posible, al igual que tampoco cuela ya el argumento de que hay que ir a votar, aunque sea con la nariz tapada, porque si no lo haces estás regalando la victoria a los otros, que son los “indeseables”, como si a estas alturas de la película no supiéramos que “indeseables” hasta dejarlo de sobra lo son tanto los unos como los otros, es decir todos los que hasta ahora nos han venido gobernando y lo seguirán haciendo mientras cuenten con la complicidad de nuestros votos. Es el momento de recordar aquella famosa frase: “O España acaba con el parlamentarismo o el parlamentarismo acaba con España”. Esta advertencia que un día nos hiciera Donoso Cortes, no puede ser más oportuna en el momento actual.

Ya veremos lo que pasa en las próximas semanas. De momento lo que toca ahora es sufrir el espectáculo bochornoso de la campaña electoralista, digo bochornoso, pues no deja de ser tristísimo que mientras nuestra Patria se desangra a borbotones, ahí tengamos que ver a los políticos enzarzados en sus batallitas partidistas y todo para saber quien va ser el que se lleva el gato al agua y alcanza el poder, sin percatarse que hoy el grave tema que está sobre la mesa es España y nada más que España, siendo por lo demás bastante irrelevante quien haya de ser el que llegue a la Moncloa, porque sea quien sea, las cosas van a seguir prácticamente igual y si no a experiencias de tiempos pasados me remito.

A lo que parece lo novedoso de estas elecciones es el abstencionismo, que en algún momento puede haber llegado a sembrar dudas y vacilaciones en el ánimo de los candidatos. Según he podido ver publicado en algún medio, estaríamos ante un fenómeno histórico como nunca se había conocido. Las encuestas nos decían que posiblemente el número de quienes no tienen la menor intención de pasarse por las urnas podría elevarse al 35%, es decir que dos millones y medio de abstencionistas podrían unirse a los ya existentes en las últimas elecciones del 28-A. Esta previsión naturalmente podría dar lugar a varias interpretaciones y ninguna de ellas tranquilizadora para los que han hecho de la política su “modus vivendi” que no son pocos. Ciertamente el hartazgo de los electores está ahí y es fácilmente detectable a través de las redes sociales, siendo ya muchos los que han solicitado la baja de censo de partidos para no recibir propaganda electoral de papel en el buzón. De ello se hizo eco la prensa donde se pudo leer que en algún momento los temas “yo-no-voto o abstención-activa se convirtieron en tendencia en la red social, twiter y los grupos de whatsapp se llenaron de “memes” que amenazaban con no votar”.

Lo que sucede es que del dicho al hecho hay un gran trecho. Yo sinceramente dudo que tales previsiones estadísticas se vayan a cumplir, puede que simplemente se trate de amenazas, pero por algo se empieza.
Aparte del hartazgo yo creo que existen otras razones que están detrás de la amenaza abstencionista, entre las que se podían encontrar el enfado de muchos ciudadanos, en unos casos por tanta tomadura de pelo como ha habido y en otros por haberse sentido traicionados mil veces por unos políticos, que pasada la campaña electoral “si te he visto no me acuerdo”.

En esto del abstencionismo habría que tener también en cuenta razones de tipo histórico, según las cuales las ideologías huelen a rancio y son cosa de otros tiempos, de modo que si se mantienen será por motivos viscerales, no por otra cosa, ya que ni tan siquiera el concepto de clase social está hoy claramente diferenciado, puesto que que la figura del asalariado millonario se entremezcla frecuentemente con la del empresario que las está pasando canutas. Algo parecido ha de decirse de los partidos políticos que en otros tiempos puede que tuvieran alguna razón de ser, pero que hoy resultan anacrónicos. Ya no son ellos por sí solos los que ganan las elecciones, sino que hay que contar con las oligarquías y también con los pactos y chanchullos postelectorales, capaces de trasformar el vino en agua. Por algo amplios sectores de las jóvenes generaciones pasan de la política y no quieren saber nada de las urnas. Confieso profesar un respeto casi sagrado por aquellos jóvenes incontaminados, que conscientes de lo que está pasando se resisten a entregar su alma a los políticos.

Seguro que pueden haber muchos más motivos por los cuales los ciudadanos se sientan tentados al abstencionismo, todo depende de la sensibilidad de cada cual, pero yo me voy a limitar a resaltar uno de ellos que me parece de particular interés. Comencemos desde el principio: Todo hace suponer que el sistema electoralista actual fue pensado no tanto para el bien de España y de los españoles, cuanto para satisfacer las exigencias de unas fuerzas políticas, incluidas por supuesto las separatistas, de tal modo que en términos generales bien podíamos decir que dicho sistema nació al amparo del régimen del 78, no tanto para servir a las nobles aspiraciones nacionales cuanto para aplacar iras y rencores acumulados; es así como los partidos antiespañolistas han podido acceder a las urnas convertidas en el instrumento ideal para blanquear todo aquello que bien podía ser considerado como objeto de delito a perseguir.

El grave error de la transición fue meter la piqueta y echar abajo un edificio bien consolidado que constó tanta sangre, sudor y lágrimas, a millones de mártires, héroes y patriotas, cuando hubiera sido suficiente con haber hecho los retoques que hubiera sido menester. Produce pena infinita que por culpa de traiciones y revanchismos, tanto sacrificio generoso de los españoles honrados y trabajadores se haya ido por la borda. El tremendo desatino fue consagrar una partitocracia en la que tuvieran cabida rupturistas, filoterroristas y todos los enemigos de España, que habían demostrado sobradamente no sentir el menor amor y respeto por su patria y que ahora nos tienen en sus manos. De aquellos polvos naturalmente han venido estos lodos que amenazan con engullirnos, si la conciencia ciudadana no despierta pronto. Como bien apunta Pío Moa, es inaudito que los vencidos subyuguen y humillen a los vencedores , inaudito también que los verdugos se hayan convertido en mártires y aquí nadie diga nada. ¿En qué parte del mundo ha sucedido jamás algo semejante?

Mientras las cosas continúen así no nos veremos libres del acoso y vejaciones de quienes odian a nuestra Nación ahí seguirán formando parte de las instituciones o siendo clave decisiva en la gobernabilidad del Estado español, ahí continuarán mientras los ciudadanos de bien no sientan vergüenza de mezclar su voto en las urnas con los votos de quienes no sienten a España y nos están llevando al borde del precipicio. Algún día tendrá que acabar esta farsa maquiavélica, consistente en estar haciendo el caldo gordo por una parte a quienes por otra se dice repudiar. Mientras no acabemos con esta esquizofrenia es ingenuo pensar que las cosas vayan a arreglarse. No puede ser que el voto de los desleales valga lo mismo que el de los leales; no puede ser que el voto de quienes quieren servir a España sea neutralizado por el de quienes tratan de romperla o no hagan nada por defenderla. A estas alturas, por lo menos, debiéramos habernos percatado que con los enemigos dentro de las instituciones la paz social estará siempre comprometida.

Sin duda habrá quien piense que esto que estoy diciendo no se corresponde con el talante democrático y que lo correcto en una democracia es permitirlo todo mientras no haya violencia de por medio. No creo yo que esto tenga que ser así, pues entonces caeríamos en el absurdo de que los países democráticos se verían obligados a admitir una invasión pacifica, pero incluso aún en el caso de que la exclusión de los enemigos de la Patria no entrara dentro de los parámetros democráticos. ¿Qué pasaría por ello? ¿No está la Nación por encima de los sistemas políticos sean estos del signo que sean? Hace falta ser muy ignorante para no saber que la Nación es fin en sí misma, mientras que los regímenes al uso tan solo son medios o instrumentos a su servicio, que van cambiando según el signo de los tiempos tal como nos demuestra la Filosofía de la Historia. No es tan difícil comprender que si se produce la quiebra de España todo lo demás sobra. Debiera darse como una obviedad que la Nación es lo sustantivo y permanente mientras que los regímenes políticos, incluido el del 78, son algo circunstancial, que duran el tiempo que duran, llevando inscritos en su ADN la fecha de caducidad. Lo triste del caso es que después de muchos años de demagogia y adoctrinamiento políticos sería difícil predecir a favor de quien se pronunciaría la ciudadanía, en el caso de que tuvieran que elegir entre democracia o una España con en paz, progreso y orden, revitalizada con unos principios éticos universales reguladores de la vida pública.

No sé si he sabido explicarme bien, lo que quiero decir es que hay motivos más que suficientes para pensar que tal como están las cosas, de las urnas solo cabe esperar que salgan elegidos candidatos de perfil más bien bajo, políticos aventureros, mediocres y poco fiables, cuando lo que España está necesitando con urgencia son “Viri et mulieres probati” universalmente reconocidos, que hayan demostrado fehacientemente su capacidad y su valía, su honradez y amor a España, dispuestos a devolver a su Patria el honor perdido, dispuestos también a trabajar sin partidismos por el bien general de nuestra Nación y de todos los españoles, hasta conseguir que ninguno de ellos quede excluido del derecho a vivir con dignidad. Yo quiero ser optimista, espero y deseo que pacíficamente salgamos de esta situación tan embarazosa en que nos encontramos, pero mucho me temo que ello no va a ser fácil si los ciudadanos permanecemos con los brazos cruzados, recreándonos en un conformismo cómplice. Algún mensaje pacífico, pienso yo, que debiéramos mandar a los políticos, para que se enteren de una vez por todas que esto que está pasando no nos gusta y que queremos cambiarlo.

*Catedrático de Filosofía


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Mikel Lejarza, “El Lobo”: “En Cataluña fuerzas externas quieren romper España”

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Disturbios en el entorno del Paseo de Gracia y Plaza Cataluña el 26 de octubre de 2019.
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Mikel Lejarza, alias “El Lobo”, el espía de los servicios secretos cuya infiltración en ETA provocó en 1975 uno de los principales golpes a la banda terrorista, ha advertido de que tras los disturbios de Cataluña “hay una organización muy fuerte que quiere romper España por los cuatro costados”.

Lejarza ha participado por vía telefónica en la jornada “Discurso del odio, radicalización y terrorismo”, organizada por la asociación Dignidad y Justicia.

“Dicen que hemos acabado con el terrorismo pero es una falacia dar esta simplicidad a este tema cuando lo que hemos hecho es darle alas más que terminar con él y lo vemos cada día con lo que está ocurriendo”, ha señalado Lejarza.

Lejarza lamenta que parece que “molesta el hecho de pedir dignidad y justicia para las víctimas del terrorismo” y que solo “se hable de pasar página y olvidar”.

Ha añadido que hay que tomar conciencia “de lo que nos viene” como por ejemplo con “el problema de Cataluña” y ha asegurado: “Los que teníamos información sabíamos hace años lo que iba a pasar pero hicieron oídos sordos”.

Preguntado sobre qué hay detrás de los disturbios independentistas de Cataluña ha indicado: “Hay una organización muy fuerte y fuerzas externas que quieren romper España por los cuatro costados”, aunque ha aclarado que hay otros países que también sufren procesos similares.

“Todo lo que está pasando en Cataluña está manipulado, llevan años controlándolo y ya tienen su Policía y su servicio de inteligencia”, ha apostillado.

Por su parte, el presidente de Dignidad y Justicia, Daniel Portero, ha comentado que los disturbios de Cataluña le recuerdan los episodios de violencia callejera del País Vasco, la kale borroka.

No obstante ha mostrado su preocupación por el hecho de que en Cataluña tienen un carácter más “masivo y controlado”.

En este sentido ha advertido de que en Cataluña ya se ha producido el paso “del odio a la radicalización” y de que ha estado a punto de convertirse en terrorismo si no hubiera sido por la actuación de las Fuerzas de Seguridad del Estado que lo han podido evitar de momento.

En este sentido ha recordado que hay una causa en la Audiencia Nacional contra los Comités de la Defensa de la República (CDR), “que tenían planificados atentados”.


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