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Ciencia Y Tecnología

El premio Nobel James Watson reitera que los negros son menos inteligentes vuelve a la carga

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El biólogo James Watson, en un fotograma del documental 'Decoding Watson'.
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“Entre los blancos y los negros hay diferencias en los resultados de las pruebas de inteligencia. Yo diría que la diferencia es genética”. El biólogo James Watson, ganador del premio Nobel de Medicina en 1962 por ser uno de los descubridores de la estructura del ADN, ha vuelto a lanzar al mundo sus teorías racialistas, esta vez en el documental Decoding Watson [descodificando a Watson], estrenado anoche en la televisión pública estadounidense PBS.

Watson fue hace cuatro décadas uno de los mayores impulsores de la lectura del genoma humano y de la investigación de las bases moleculares del cáncer. Su defenestración llegó en 2007, cuando, en una entrevista con el semanario británico The Sunday Times, declaró que era “pesimista” sobre el futuro de África. Las políticas de cooperación al desarrollo, aseguró, “se basan en el hecho de que su inteligencia es la misma que la nuestra, mientras que todas las pruebas dicen que no”. Existe el deseo de que todos los seres humanos sean iguales, añadió Watson, pero “las personas que tienen que tratar con empleados negros saben que no es cierto”.

El racialismo de Watson desató la indignación mundial. El biólogo pidió disculpas, pero fue empujado a abandonar su puesto de rector del prestigioso laboratorio Cold Spring Harbor, en Long Island (EE UU), y fue repudiado por gran parte de la comunidad científica. En 2014 decidió subastar su medalla de oro del Nobel para compensar la caída de sus ingresos y se la vendió por 4,8 millones de dólares al magnate ruso Alisher Usmánov, dueño de un imperio metalúrgico.

El documental Decoding Watson es el regreso del científico apestado a los focos. El filme, dirigido por Mark Mannucci, sigue a Watson y a su entorno durante un año. Era la oportunidad perfecta para matizar sus declaraciones racialistas de 2007, pero el científico nonagenario ha optado por mantenerlas. Preguntado por si había cambiado de opinión, Watson responde: “En absoluto. Me gustaría haber cambiado, que hubiese habido nuevos descubrimientos científicos que mostrasen que lo adquirido es mucho más importante que lo innato, pero no los he visto”.

“Es decepcionante que alguien que ha hecho contribuciones tan innovadoras a la ciencia esté perpetuando creencias tan dañinas y tan infundadas científicamente”, ha declarado al diario The New York Times el director de los Institutos Nacionales de la Salud de EE UU, Francis Collins. La mayoría de los expertos en inteligencia considera que las diferencias detectadas en los tests no surgen de factores genéticos, sino ambientales, subraya Collins. Las personas con mayor nivel socieoconómico, mejor alimentación y mejor educación tendrán, en promedio, mejores resultados en las pruebas de inteligencia. Y es más habitual que estas personas con recursos sean blancas.

El documental no esquiva otra de las grandes polémicas de Watson: la marginación histórica de su compañera Rosalind Franklin, la química británica cuya fotografía con rayos X de la molécula de ADN fue esencial para determinar que tenía forma de doble hélice. Esta estructura —similar a dos escaleras de caracol enroscadas en las que los peldaños enfrentados siguen reglas de emparejamiento— permite que la molécula haga fácilmente copias heredables de sí misma. La doble hélice es, en palabras de Watson, “el secreto de la vida”.

“Rosalind Franklin tuvo aquella famosa fotografía durante ocho meses y nunca concluyó que fuera una hélice”, sostiene Watson en el documental. La investigadora murió por un cáncer de ovario en 1958, cuatro años antes de la concesión del Nobel a sus tres compañeros varones: James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins. Los tres habían estudiado las imágenes de Franklin sin su autorización. En su libro La doble hélice, publicado en 1968, Watson se preguntó “qué aspecto tendría [Rosalind Franklin] si se quitase las gafas e hiciese algo distinto con su pelo”.

“No me preocupa decir lo que pienso”, presume el investigador en la película. Y es cierto. Sus entrevistas y libros están llenos de frases lapidarias. “Di la espalda a la izquierda porque no les gusta la genética. La genética implica que a veces en la vida fracasamos porque tenemos malos genes. [Las personas de izquierdas] quieren que todo fracaso en la vida sea culpa del malvado sistema”, declaró en 2007 a la revista Esquire.

En aquella entrevista, Watson defendía la libertad para hacer comentarios antisemitas y al mismo tiempo se preguntaba “por qué no todo el mundo es tan inteligente como los judíos askenazíes”, un grupo de unos 10 millones de personas cuyas raíces, muy endogámicas, se remontan a unos 300 individuos que vivieron hace 700 años en lo que hoy es Alemania, Polonia y Rusia. Durante el siglo XX, los asquenazíes eran el 3% de la población estadounidense, pero ganaron el 27% de los premios Nobel de ciencias concedidos a EE UU y más del 50% de los campeonatos mundiales de ajedrez, según el recuento de tres investigadores de la Universidad de Utah.

El documental Decoding Watson arranca con la celebración del 90º cumpleaños de Watson, el 6 de abril de 2018, en el laboratorio Cold Spring Harbor, donde todavía mantiene un despacho. Unos días después, el genetista Eric Lander, presidente del Instituto Broad del Instituto Tecnológico de Massachusetts y Harvard, se disculpó por brindar por Watson: “Sus puntos de vista son abominables: racistas, sexistas, antisemitas. Me equivoqué al brindar. Me disculpo”. Según fuentes familiares citadas por The New York Times, Watson tuvo que ser hospitalizado en octubre tras un accidente de coche y sigue en tratamiento médico.


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Armstrong y el señor Gorsky

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Se conmemora el 50 aniversario de la llegada del hombre a la luna. Capítulo aparte merece Neil Armstron, alma del Apolo XI, al que mi abuela negó siempre, que mantuvo a su país alejado lo más posible de la tierra que se recuerda, en medio de una épica gloriosa de lucha espacial contra la Unión Soviética y de regimentación bipolar. Una vez escuché una célebre anécdota del astronauta fallecido el sábado que merece el pláceme de ser contada. Se trata de la historia de Mr Gorsky.

“Durante años, las últimas palabras que pronunció Armstrong en la Luna resultaron un misterio para todos los que pudieron escucharlas, tanto entre el público en general como dentro de la propia NASA. Mientras se preparaba para subir por última vez la escalerilla del módulo lunar, poco antes de despegar para volver a la Tierra, Neil Armstrong pronunció cuatro enigmáticas palabras: ‘Good luck, Mr. Gorsky’. ‘Buena suerte, señor Gorsky’.

Esa frase desconcertó durante años a todos los que habían seguido en detalle la misión del Apollo XI. En principio, casi todos creyeron que se trataba de algún cosmonauta ruso rival, a quien Armstrong deseaba suerte tras haberlo vencido en la carrera por llegar a la Luna. Pero nadie pudo encontrar nunca un nombre parecido entre los participantes en el programa espacial ruso. Por todos los Estados Unidos surgieron investigadores que buscaron también si alguien entre los técnicos de la NASA se apellidaba Gorsky, o si esta frase podría haber sido parte de algún código secreto acordado entre el Control de la Misión y los astronautas del Apollo para transmitir alguna información codificada.

Durante años, multitud de técnicos de la NASA fueron consultados sin éxito: según sus declaraciones, las últimas palabras de Armstrong en la Luna les habían desconcertado tanto como al público en general. El propio astronauta sería preguntado sobre ello en multitud de entrevistas a lo largo de los años, a las que solía responder con una simple sonrisa y el silencio, o, en el mejor de los casos, con evasivas. Pasaban los años y el misterio permanecía sin aclarar.

Finalmente, en 1995, 26 años después de que ocurriera todo, la verdad salió a la luz. El 5 de julio de ese año, Armstrong era entrevistado en la CBS por el famoso presentador Walter Cronkite, quien, íntimo amigo del astronauta, le preguntaría una vez más por la misteriosa frase. Sólo que esta vez la reacción de Armstrong sorprendió a todos:

‘Bien, es cierto que durante años me habéis estado preguntando qué significaban esas enigmáticas palabras, y durante todos estos años me he sentido obligado a no dar la respuesta, al sentir que era algo extremadamente confidencial. Pero hoy la situación ha cambiado. Desde hace unos meses, Mr. Gorsky ha muerto, y creo que ahora ya no importará que revele lo que significó aquella frase’.

Con Cronkite y todos los espectadores pendientes de cada una de sus palabras, Neil Armstrong contó entonces la historia que había detrás de la última frase que se pronunció sobre la Luna al final de la misión del Apollo 11: ‘Siendo un niño, Neil Armstrong estaba jugando al béisbol con su hermano en el jardín de su casa en Wapakoneta, Ohio. En una ocasión, tuvo que ir a recoger una pelota que había ido a caer junto a la casa de sus vecinos, bajo la ventana del dormitorio; entonces escuchó los gritos de una discusión dentro de la casa. Era la señora Gorsky, que gritaba a su marido: “¿Que quieres que te chupe qué? ¿Me estás pidiendo que te haga sexo oral? ¡Tendrás sexo oral el día que el chico de los Armstrong ande sobre la Luna!’.

Armstrong nunca olvidó aquella frase, de modo que, mientras se hallaba sobre nuestro satélite, no pudo evitar acordarse del señor Gorsky y de si él también se acordaría de recordar a su mujer aquellas proféticas palabras. Por eso, no pudo evitar pronunciar, con una sonrisa de lado a lado, poco antes de subir al LEM, las sorprendentes cuatro palabras que durante años se convirtieron en un indescifrable misterio y en un inquietante enigma: ‘Buena suerte, señor Gorsky'”.


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Decenas de científicos se rebelan contra el catastrofismo climático auspiciado por la ONU

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Los abajo firmantes, ciudadanos y científicos, envían una cálida invitación a los líderes políticos para que adopten políticas de protección del medio ambiente compatibles con el conocimiento científico. En particular, es urgente combatir la contaminación donde ocurra, de acuerdo con las indicaciones de la mejor ciencia. En este sentido, es lamentable el retraso con el cual la riqueza de conocimiento disponible en el mundo de la investigación se utiliza para reducir las emisiones de contaminantes antropogénicos ampliamente presentes en los sistemas ambientales tanto continentales como marinos.

Pero debemos ser conscientes de que el dióxido de carbono en sí no es un contaminante. Por el contrario, es indispensable para la vida en nuestro planeta.

En las últimas décadas, se ha difundido la tesis de que el calentamiento de la superficie de la Tierra de alrededor de 0,9°C observado a partir de 1850 sería anómalo y causado exclusivamente por actividades humanas, en particular por la emisión de CO2 resultado del uso de combustibles fósiles en la atmósfera.
Esta es la tesis del calentamiento global antrópico promovido por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas, cuyas consecuencias serían modificaciones ambientales tan serias que temen enormes daños en un futuro inminente, a menos que sean adoptadas inmediatamente medidas de mitigación drásticas y costosas.

En este sentido, muchas naciones del mundo se han unido a programas para reducir las emisiones de dióxido de carbono y se ven presionadas, incluso por una propaganda insistente, a adoptar programas cada vez más exigentes de cuya implementación, que implica grandes cargas para las economías de los estados miembros, dependería del control del clima y, por lo tanto, de la «salvación» del planeta.
Sin embargo, el origen antrópico del calentamiento global es una hipótesis no probada, deducida solo de algunos modelos climáticos, que son programas informáticos complejos, llamados Modelos de Circulación General.

Por el contrario, la literatura científica ha destacado cada vez más la existencia de una variabilidad climática natural que los modelos no pueden reproducir. Esta variabilidad natural explica una parte sustancial del calentamiento global observado desde 1850. La responsabilidad antrópica del cambio climático observada en el siglo pasado es, por lo tanto, exagerada injustificadamente y las predicciones catastróficas no son realistas.

El clima es el sistema más complejo de nuestro planeta, por lo que debe abordarse con métodos adecuados y coherentes con su nivel de complejidad. Los modelos de simulación climática no reproducen la variabilidad natural observada del clima y, en particular, no reconstruyen los períodos cálidos de los últimos 10.000 años. Se repitieron aproximadamente cada mil años e incluyen el bien conocido Período Cálido Medieval, el Período Cálido Romano y, en general, los períodos cálidos durante el Holoceno Óptimo.

Estos períodos del pasado también han sido más cálidos que el período actual, a pesar de que la concentración de CO2 era más baja que la actual, mientras que están relacionados con los ciclos milenarios de la actividad solar. Estos efectos no son reproducidos por los modelos.

Debe recordarse que el calentamiento observado desde 1900 en realidad comenzó en el siglo XVIII, es decir, en el mínimo de la Pequeña Edad de Hielo, el período más frío de los últimos 10,000 años, correspondiente al milenio de actividad solar que los astrofísicos llaman Maunder Minimal Solar (actividad solar mínima).

Desde entonces, la actividad solar, siguiendo su ciclo milenario, ha aumentado y ha calentado la superficie de la tierra. Además, los modelos no reproducen las oscilaciones climáticas conocidas de unos 60 años. Estos fueron responsables, por ejemplo, de un período de calentamiento (1850-1880) seguido de un período de enfriamiento (1880-1910), un calentamiento (1910-40), un enfriamiento (1940-70) y un nuevo período de calentamiento (1970-2000) similar al observado 60 años antes.

En los años siguientes (2000-2019) no se observó el aumento predicho por los modelos de aproximadamente 0,2°C por década, sino una estabilidad climática sustancial que se interrumpió esporádicamente por las rápidas oscilaciones naturales del océano Pacífico ecuatorial, conocido como El Niño Southern Oscillations (oscilaciones sureñas), como la que provocó el calentamiento temporal entre 2015 y 2016.

Los medios de comunicación también afirman que los eventos extremos, como huracanes y ciclones, han aumentado de manera alarmante. A la inversa, estos eventos, como muchos sistemas climáticos, han sido modulados desde el ciclo de 60 años antes mencionado.

Por ejemplo, si consideramos los datos oficiales de 1880 sobre los ciclones tropicales del Atlántico que azotaron América del Norte, parecen tener una fuerte oscilación de 60 años, correlacionada con la oscilación térmica del Océano Atlántico llamada Oscilación Multidecadal del Atlántico.

Los picos observados por década son compatibles entre sí en los años 1880-90, 1940-50 y 1995-2005. De 2005 a 2015, el número de ciclones disminuyó precisamente después del ciclo mencionado. Así, en el período 1880-2015, entre el número de ciclones (que oscila) y el CO2 (que aumenta monótonamente) no hay correlación.

El sistema climático aún no está suficientemente comprendido. Si bien es cierto que el CO2 es un gas de efecto invernadero, de acuerdo con el mismo IPCC, la sensibilidad del clima a su aumento en la atmósfera sigue siendo extremadamente incierta. Se estima que una duplicación de la concentración de CO2 atmosférico, de alrededor de 300 ppm preindustriales a 600 ppm, puede elevar la temperatura promedio del planeta de un mínimo de 1°C a un máximo de 5°C. Esta incertidumbre es enorme. En cualquier caso, muchos estudios recientes basados en datos experimentales estiman que la sensibilidad del clima al CO2 es considerablemente más baja que la estimada por los modelos del IPCC.

Entonces, es científicamente irrealista atribuir a los humanos la responsabilidad del calentamiento observado desde el siglo pasado hasta nuestros días. Los pronósticos alarmistas avanzados, por lo tanto, no son creíbles, ya que se basan en modelos cuyos resultados contradicen los datos experimentales. Toda la evidencia sugiere que estos modelos sobrestiman la contribución antrópica y subestiman la variabilidad climática natural, especialmente la inducida por las oscilaciones del sol, la luna y el océano.

Finalmente, los medios de comunicación difundieron el mensaje de que, con respecto a la causa antrópica del cambio climático actual, habría un acuerdo casi unánime entre los científicos y que, por lo tanto, se cerraría el debate científico. Sin embargo, en primer lugar debemos ser conscientes de que el método científico dicta que los hechos, y no el número de adeptos, hacen de una conjetura una teoría científica consolidada.

En cualquier caso, no existe el presunto consentimiento. De hecho, existe una notable variedad de opiniones entre los especialistas: climatólogos, meteorólogos, geólogos, geofísicos, astrofísicos, muchos de los cuales reconocen una importante contribución natural al calentamiento global observada desde el período preindustrial e incluso desde la posguerra hasta hoy.

También ha habido peticiones firmadas por miles de científicos que han expresado su disconformidad con la conjetura del calentamiento global antrópico. Estos incluyen el promovido en 2007 por el físico F. Seitz, ex presidente de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, y el promovido por el Panel Internacional No Gubernamental sobre el Cambio Climático (NIPCC) cuyo informe de 2009 concluye que «La naturaleza y no a actividad del hombre rige el clima».

En conclusión, dada la importancia crucial de los combustibles fósiles para el suministro de energía de la humanidad, sugerimos no adherirnos a políticas de reducción acrítica de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera con el pretexto ilusorio de gobernar el clima.

Roma, 17 de junio de 2019

COMITÉ DE PROMOCIÓN

– UBERTO CRESCENTI, Profesor Emérito de Geología Aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara, ex Rector y Presidente de la Sociedad Geológica Italiana.
– GIULIANO PANZA, profesor de sismología de la Universidad de Trieste, académico de Lincei y de la Academia Nacional de Ciencias, conocido como el XL, Premio Internacional 2018 de la Unión Americana de Geofísica.
– ALBERTO PRESTININZI, profesor de geología aplicada, Universidad de La Sapienza, Roma, ex editor científico en jefe de la revista internacional IJEGE y director del Centro de investigación de control y pronóstico de riesgos geológicos.
– FRANCO PRODI, profesor de Física Atmosférica, Universidad de Ferrara.
– FRANCO BATTAGLIA, profesor de química física, Universidad de Módena; Movimiento Galileo 2001.
– MARIO GIACCIO, profesor de tecnología y economía de las fuentes de energía, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara, ex decano de la Facultad de Economía.
– ENRICO MICCADEI, profesor de Geografía Física y Geomorfología, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara
– NICOLA SCAFETTA, profesora de Física Atmosférica y Oceanografía, Universidad Federico II, Nápoles.

Más firmantes:

  • Antonino Zichichi, profesor emérito de física, Universidad de Bolonia, fundador y presidente del Centro Ettore Majorana para la Cultura Científica en Erice.
  • Renato Angelo Ricci, profesor emérito de Física, Universidad de Padua, ex Presidente de la Sociedad Física Italiana y de la Sociedad Europea de Física; Movimiento Galileo 2001.
  • Aurelio Misiti, profesor de Ingeniería Sanitario-Ambiental, Universidad de La Sapienza de Roma, ex decano de la Facultad de Ingeniería, ex presidente del Consejo Superior de Obras Públicas.
  • Antonio Brambati, profesor de sedimentología, Universidad de Trieste, director del proyecto Paleoclima-mare de PNRA, ex presidente de la Comisión Nacional de Oceanografía.

  • Cesare Barbieri, Profesor Emérito de Astronomía, Universidad de Padua.

  • Sergio Bartalucci, Físico, Presidente de la Asociación de Científicos y Tecnolgi para la Investigación Italiana.
  • Antonio Bianchini, profesor de astronomía, Universidad de Padua.
  • Paolo Bonifazi, ex director del Instituto Interplanetario de Física Espacial, Instituto Nacional de Astrofísica.
  • Francesca Bozzano, profesora de geología aplicada, Universidad Sapienza de Roma, directora del Centro de Investigación CERI.
  • Marcello Buccolini, profesor de geomorfología, Universidad Universitaria G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Paolo Budetta, profesor de geología aplicada, Universidad de Nápoles.
  • Monia Calista, Investigadora en Geología Aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Carboni, profesor de física, Universidad Tor Vergata, Roma; Movimiento Galileo 2001.
  • Franco Casali, profesor de física, Universidad de Bolonia y Academia de Ciencias de Bolonia.
  • Giuliano Ceradelli, ingeniero y climatólogo, ALDAI.
  • Domenico Corradini, profesor de geología histórica, Universidad de Módena.
  • Fulvio Crisciani, profesor de dinámica de fluidos geofísicos, Universidad de Trieste e Instituto de Ciencias Marinas, CNR, Trieste.
  • Carlo Esposito, profesor de teledetección, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Mario Floris, profesor de Teledetección, Universidad de Padua.
  • Gianni Fochi, químico, Scuola Normale Superiore de Pisa; periodista científico.
  • Mario Gaeta, profesor de volcanología, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Giuseppe Gambolati, miembro de la American Geophysica Union, profesor de métodos numéricos, Universidad de Padua.
  • Rinaldo Genevois, profesor de geología aplicada, Universidad de Padua.
  • Carlo Lombardi, Profesor de Plantas Nucleares, Politécnica de Milán.
  • Luigi Marino, geólogo, Centro de Investigación de Control y Predicción de Riesgos Geológicos, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Salvatore Martino, profesor de Microzonación Sísmica, Universidad La Sapienza, Roma.
  • Paolo Mazzanti, profesor de interferometría satelital, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Adriano Mazzarella, profesor de meteorología y climatología, Universidad de Nápoles.
  • Carlo Merli, profesor de Tecnologías Ambientales, Universidad de La Sapienza, Roma.
  • Alberto Mirandola, profesor de Energética Aplicada y presidente del Doctorado de Investigación en Energía, Universidad de Padua.
  • Renzo Mosetti, profesor de oceanografía, Universidad de Trieste, ex director del Departamento de Oceanografía, Istituto OGS, Trieste.
  • Daniela Novembre, Investigadora en Geo-recursos Mineros y Aplicaciones Mineralógicas-petrográficas, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Sergio Ortolani, Profesor de Astronomía y Astrofísica, Universidad de Padua.
  • Antonio Pasculli, Investigador de Geología Aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Ernesto Pedrocchi, Profesor Emérito de Energía, Politécnico de Milán.
  • Tommaso Piacentini, profesor de Geografía Física y Geomorfología, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Guido Possa, ingeniero nuclear, ex viceministro Miur.
  • Mario Luigi Rainone, profesor de geología aplicada, Universidad de Chieti-Pescara.
  • Francesca Quercia, geóloga, directora de investigación, Ispra.
    Giancarlo Ruocco, profesor de Estructura de la Materia, Universidad La Sapienza, Roma.
  • Sergio Rusi, profesor de hidrogeología, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Massimo Salleolini, profesor de hidrogeología aplicada e hidrología ambiental, Universidad de Siena.
  • Emanuele Scalcione, Jefe del Servicio Regional de Agrometeorología de Alsia, Basilicata.
  • Nicola Sciarra, profesora de geología aplicada, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Leonello Serva, geólogo, director de servicios geológicos de Italia; Movimiento Galileo 2001.
  • Luigi Stedile, geólogo, Centro de Investigación de Control y Control de Riesgos Geológicos, Universidad La Sapienza, Roma.
  • Giorgio Trenta, físico y médico, presidente emérito de la Asociación Italiana de Protección de Radiación Médica; Movimiento Galileo 2001.
  • Gianluca Valenzise, Director de Investigación, Instituto Nacional de Geofísica y Volcanología, Roma.
    Corrado Venturini, profesor de geología estructural, Universidad de Bolonia.
  • Franco Zavatti, Investigador de Astronomía, Universidad de Bolonia.
  • Achille Balduzzi, Geólogo, Agip-Eni.
  • Claudio Borri, profesor de ciencias de la construcción, Universidad de Florencia, coordinador del Doctorado Internacional en Ingeniería Civil.
  • Pino Cippitelli, geólogo Agip-Eni.
    -Franco Di Cesare, Ejecutivo, Agip-Eni.
  • Serena Doria, Investigadora de Probabilidad y Estadística Matemática, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Enzo Siviero, profesor de Ponti, Universidad de Venecia, Rector de la Universidad e-Campus.
  • Pietro Agostini, Ingeniero, Asociación de Científicos y Tecnolgi para la Investigación Italiana.
    Donato Barone, Ingeniero.
  • Roberto Bonucchi, maestro.
  • Gianfranco Brignoli, geólogo.
  • Alessandro Chiaudani, doctor agrónomo, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Antonio Clemente, Investigador en Planificación Urbana, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
    Luigi Fressoia, arquitecto urbano, Perugia.
  • Sabino Gallo, ingeniero nuclear.
  • Daniela Giannessi, primera investigadora, Ipcf-Cnr, Pisa.
  • Roberto Grassi, ingeniero, director de G&G, Roma.
  • Alberto Lagi, Ingeniero, Presidente de Restauración de Plantas Dañadas Complejas.
  • Luciano Lepori, investigador del Ipcf-Cnr, Pisa.
  • Roberto Madrigali, Metereologo.
  • Ludovica Manusardi, físico nuclear y periodista científico, Ugis.
  • María Massullo, Tecnóloga, Enea-Casaccia, Roma.
  • Enrico Matteoli, Primer Investigador, Ipcf-Cnr, Pisa.
  • Gabriella Mincione, profesora de ciencias y técnicas de medicina de laboratorio, Universidad G. D’Annunzio, Chieti-Pescara.
  • Massimo Pallotta, primer tecnólogo, Instituto Nacional de Física Nuclear.
  • Enzo Pennetta, profesor de ciencias naturales y escritor de ciencia.
  • Franco Puglia, ingeniero, presidente de la CCC, Milán.
  • Nunzia Radatti, química, Sogin.
  • Vincenzo Romanello, Ingeniero Nuclear, Centro de Investigación, Rez, República Checa.
  • Alberto Rota, ingeniero, investigador en Cise y Enel.
  • Massimo Sepielli, Director de Investigación, Enea, Roma.
  • Ugo Spezia, Ingeniero, Gerente de Seguridad Industrial, Sogin; Movimiento Galileo 2001.
  • Emilio Stefani, profesor de fitopatología, Universidad de Módena.
  • Umberto Tirelli, científico principal visitante, Istituto Tumori d’Aviano; Movimiento Galileo 2001.- Roberto Vacca, ingeniero y escritor científico.

(La Tribuna del País Vasco)


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Ciencia Y Tecnología

La estructura cerebral determina las diferencias ante la sensibilidad musical

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(Sinc) La conectividad de la sustancia blanca, el tejido a través del cual se comunican las distintas áreas del sistema nervioso central, es clave para entender por qué nos gusta o no la música. Un nuevo estudio confirma que para que las personas sientan placer musical, es necesario que las estructuras cerebrales relacionadas con la recompensa trabajen conjuntamente con las vinculadas a la percepción.

La estructura de la sustancia blanca del cerebro refleja la sensibilidad musical. Así concluye un estudio del grupo de Cognición y Plasticidad Cerebral del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Barcelona (UB) y del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (UB-IDIBELL).

El trabajo, publicado en el Journal of Neuroscience, muestra que la conectividad de la sustancia blanca, el tejido a través del cual se comunican las distintas áreas del sistema nervioso central, es clave para entender por qué nos gusta o no la música. Además, confirma que para que las personas sientan placer musical es necesario que las estructuras cerebrales relacionadas con la recompensa a los estímulos trabajen conjuntamente con las vinculadas a la percepción.

El investigador de la UB Josep Marco Pallarés lidera este estudio, en el que también han participado Antoni Rodríguez Fornells (UB-IDIBELL-ICREA), Noelia Martínez Molina, de la Universidad de Helsinki (Finlandia), Ernest Mas Herrero y Robert Zatorre, de la Universidad McGill de Montreal (Canadá).

Escuchar música se considera como una actividad gratificante en todo el mundo, pero trabajos anteriores de este grupo han demostrado que existe una gran variabilidad individual al respecto: desde personas que prácticamente no podrían vivir sin la música, hasta personas que no obtienen ningún placer de ella, una condición que se ha llamado anhedonia musical específica.

Según Marco Pallarés, “este fenómeno se da en población sana, sin ningún tipo de patología. Las personas con anhedonia musical específica disfrutan de otros estímulos placenteros (como la comida, o las recompensas monetarias), pero no son sensibles a la recompensa musical”.

El estudio de la anhedonia musical específica determinó que las diferencias individuales en cuanto a la recompensa musical estaban relacionadas con la conectividad funcional —los patrones de activación neuronal de distintas regiones cerebrales— entre las áreas de percepción auditiva: en concreto, entre la corteza supratemporal y un área clave en el procesamiento de la recompensa, el estriado ventral. Es decir, que la sensibilidad musical dependía del trabajo conjunto de estas dos áreas.

Estudiar las conexiones cerebrales

El objetivo de la nueva investigación fue averiguar si la sensibilidad a la música se veía determinada por cómo se conectan las áreas de procesamiento perceptivo y las áreas del circuito de recompensa. El experimento se hizo con 38 voluntarios sanos utilizando la técnica de resonancia magnética por difusión, que permite reconstruir la estructura de la sustancia blanca cerebral, es decir, los haces de sustancia blanca que conectan las diversas regiones cerebrales.

La sensibilidad a la música de los participantes se determinó mediante la puntuación obtenida en un cuestionario desarrollado por el mismo grupo, el Barcelona music reward questionnaire (BMRQ).

Después, durante la sesión de resonancia magnética, los participantes tenían que escuchar fragmentos de canciones del género clásico y proporcionar valores de placer en una escala del 1 al 4 en tiempo real.
Para controlar la respuesta cerebral ante otros tipos de recompensa, los participantes también debían jugar en una actividad de apuestas monetarias en que podían ganar o perder dinero real.

El hecho de que ninguno de los participantes mostrara una puntuación baja en las escalas de recompensa general es una demostración de que las diferencias individuales en el procesamiento de la recompensa estaban restringidas al dominio musical y no afectaban a otros estímulos.

Los resultados del experimento muestran que existe una relación entre los haces de sustancia blanca que conectan el área de percepción musical y la actividad del sistema de recompensa.

Para Marco Pallarés, “el estudio demuestra que la sensibilidad hacia la música está relacionada con los haces de sustancia blanca que conectan, por un lado, la corteza supratemporal con la corteza orbitofrontal y, por otra parte, la corteza orbitofrontal con el estriado ventral”.

“El hecho de utilizar la corteza orbitofrontal —continúa el investigador— se debe a que no existen haces de sustancia blanca que conecten de forma directa la corteza supratemporal y el estriado ventral y, por tanto, las áreas de procesamiento perceptivo y las áreas del circuito de recompensa deben conectarse a través de otra estructura”.

¿Por qué solo existe la anhedonia musical?

Estos resultados resaltan la necesidad de ampliar el foco de estudio para entender el funcionamiento del sistema de recompensa del cerebro. “No podemos limitarnos a estudiar solo la red de recompensa, sino que necesitamos conocer cómo acceden los diferentes estímulos a ese sistema de recompensa. Ello podría ser clave para entender por qué hay anhedonias específicas respecto a un determinado estímulo como la música, pero no respecto al resto de estímulos, como el juego o los alimentos, lo que podría tener aplicaciones en la comprensión de ciertas patologías relacionadas con adicciones específicas o anhedonias específicas hacia un cierto estímulo”, concluye Marco Pallarés.


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