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La ciencia busca diferencias entre sexos y se topa con los prejuicios

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Mónica G. Salomone (Agencia Zinc) Cada publicación sobre si hay o no variaciones importantes en el cerebro de hombres y mujeres genera encendidas reacciones incluso entre la comunidad científica.

Muchos alertan de que el área avanza lastrada por sesgos que inducen a ignorar las evidencias, a un mal diseño de los experimentos y a errores de interpretación, en un círculo vicioso que perpetúa los estereotipos.

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“Una vez asistí a un congreso sobre feministas en biología”, cuenta el biólogo evolutivo británico John Maynard Smith a su colega Richard Dawkins. “Eran gente amable, no me agredieron”.

La conversación tiene lugar hacia 1996. Maynard Smith, de unos 76 años entonces, admite coincidir con dos de las principales ideas feministas en ese encuentro: que “algo debe hacerse” contra la discriminación de las científicas; y que, si entre los estudiosos del comportamiento animal hubiera habido más mujeres, “habrían visto cosas distintas”.

Ha pasado un cuarto de siglo y los sesgos siguen centrando el debate en torno a si hay o no diferencias en el comportamiento entre sexos –diferencias además de la gestación, parto y lactancia–. La brecha entre quienes niegan grandes variaciones cerebrales y quienes, en cambio, las consideran demostradas, sigue hoy día más abierta que nunca, y para muchos la causa está en los profundos prejuicios que lastran el área.

La discusión es acalorada y no solo entre el público, sino entre científicos con el máximo pedigrí. La última muestra se vio hace unas semanas, en las reacciones a la publicación del libro de Gina Rippon.

Esta experta en neuroimagen cognitiva de la Universidad de Aston (Reino Unido) afirma que se han buscado diferencias “vigorosamente a lo largo de los años con todas las técnicas al alcance de la ciencia”, sin que nada de lo hallado pueda ser extrapolado al comportamiento ni servir de base a las históricas y actuales desigualdades sociales entre sexos.

Rippon se suma así a una reciente oleada de autoras, como Cordelia Fine, psicóloga y catedrática de historia de la ciencia en la Universidad de Melbourne (Australia) y madre del término neurosexismo, y la periodista Ángela Saini, que denuncian que los prejuicios sobre las diferencias entre hombres y mujeres condicionan estudios que acaban mostrando solo lo que se quiere ver.

Como resultado se genera “neurobasura” –dice Rippon– que refuerza estereotipos que ya se han demostrado falsos, como que ellos destacan en matemáticas y ellas en comunicación verbal, o que ellos son más promiscuos y tienen más tendencia al liderazgo.

Un debate fiero

Para los autores de esos estudios el sesgo está en negar las evidencias que ellos aportan. Larry Cahill, neurocientífico de la Universidad de California (EE UU), afirmaba en 2015 en la prestigiosa revista Neuron: “La cuestión de la influencia del sexo en el cerebro se está moviendo rápidamente hacia el primer plano, impulsada por los abundantes resultados que demuestran que el sexo del individuo altera, e incluso revierte, los hallazgos de la neurociencia”.

Para Cahill está más que demostrado que el sexo de la persona influye marcadamente en la función cerebral. También para Simon Baron-Cohen (Universidad de Cambridge) y Ruben Gur (Universidad de Pensilvania), que aseguran poder demostrar que los hombres son “sistematizadores” y las mujeres “empáticas” (Baron-Cohen); y que las conexiones cerebrales en ambos sexos son distintas para garantizar su “complementariedad” (Gur).

Las réplicas y contrarréplicas que generan en las propias revistas científicas los trabajos de estos investigadores, y los de quienes restan peso a las diferencias, son de una fiereza inusual. En una publicación, Cahill, sintiéndose llamado neurosexista, se refiere a Fine, Rippon y otras investigadoras como “mujeres académicas”, sin más; en otra, Baron-Cohen critica el “determinismo social extremo” de Fine, basado “más en la política que en la ciencia”.

No ayuda a la calma, probablemente, que el estudio de las bases biológicas del comportamiento humano –desde la neurociencia u otros ámbitos, como la biología evolutiva– haya servido de base históricamente a injusticias contra las mujeres e incluso, ya en el siglo XXI, para explicar la violencia sexual en términos que fácilmente pueden interpretarse como una justificación.

El biólogo evolutivo Randy Thornhill postuló en su Historia Natural de la Violación (2000, The MIT Press) que todos los hombres, por una mera cuestión evolutiva, sienten la pulsión de violar –esta teoría, decía Thornhill, ayudaba a las mujeres a decidir cómo vestirse, pues las hacía conscientes de que “su blusa ajustada puede ser interpretada como una invitación al sexo”–.

Pero incluso admitiendo que la historia del área encienda los ánimos, ¿por qué ni una mejor tecnología, ni más datos, ni el sistema de peer review zanjan la polémica sobre las diferencias entre sexos?

El sexo es especial

Sucede que el sexo “es especial”, afirma Melissa Hines, psicóloga experta en neuroendocrinología de la Universidad de Cambridge y autora de Brain Gender, publicado en 2005 y obra de referencia indiscutida para ambos bandos. “Los individuos tienen sus propias perspectivas y opiniones sobre las diferencias de sexos, estén o no estudiándolas científicamente. Esto no suele ocurrir en física nuclear o en lingüística”.

“Todo el mundo está interesado en las diferencias entre sexos y tiene prejuicios cognitivos al respecto que, aunque inconscientes, ejercen una influencia poderosa sobre la percepción”, dice Hines. Ella no habla de neurosexismo, pero coincide en que se tiende a “sobreenfatizar los hallazgos de la neurociencia excluyendo los factores sociales”.

Denunciar sesgos en el área no es nuevo ni exclusivo de la neurociencia. En aquel encuentro sobre feminismo y evolución de 1994 con el que comienza este reportaje hubo abundantes ejemplos de comportamiento animal que contradecían uno de los paradigmas más sólidos de la biología evolutiva.

Las hembras generan menos óvulos (muy grandes) que los machos espermatozoides (muy pequeños). La reproducción es más costosa para ellas que para ellos. Según las ideas aceptadas, eso hace que ellos sean promiscuos y compitan entre sí para acceder a las hembras, mientras ellas, que se juegan más, son selectivas y monógamas.

Sin embargo, los muchos ejemplos discordantes en la naturaleza estaban a la vista –señalaron las ponentes en el congreso feminista– y habían sido básicamente ignorados.

El propio Maynard-Smith reconoció entonces –según la crónica del New York Times– sentirse “molesto” consigo mismo porque “simplemente nunca se me había ocurrido” dudar del saber establecido.

“¿Cómo nadie lo vio antes?”

La organizadora de ese encuentro, la bióloga evolutiva Patricia Adair Gowaty, de la Universidad de California en Los Ángeles, sí cuestionó el paradigma, y en 2012 halló –y publicó en PNAS– que el principal experimento en que se sustenta, un estudio con moscas de la fruta realizado en 1948 por el británico Angus Bateman, era irreproducible.

Tenía graves fallos de diseño que invalidaban los resultados, “y a día de hoy me persigue la pregunta de cómo nadie los vio antes, por qué pasó tanto tiempo antes de que alguien intentara replicar exactamente el experimento, dado su impacto”, dice Gowaty a Sinc.

El Times recogió en 1994 esta cita suya: “Decir ‘bióloga evolutiva feminista’ tiene connotaciones peyorativas; se podría pensar que hago ciencia por política, en lugar de por la ciencia misma. Yo creo que ser consciente de mis sesgos me hace mejor científica”.

Hoy dice Gowaty: “Muchas cosas han cambiado desde ese encuentro, pero algunas parece que no cambian nunca”. Alude a la fuerte reacción que provocó su demostración de que Bateman basó sus conclusiones en datos erróneos, un caso claro, en su opinión, de “tenacidad de la teoría”, esto es, de “adhesión persistente a una teoría a pesar de las evidencias contrarias”.

También de esencialismo biológico, “la idea de que hay diferencias determinantes, necesarias, intrínsecas, fundamentales entre entidades, como machos y hembras”.

El esencialismo funciona como “un potente y a menudo inconsciente marco conceptual para los biólogos evolucionistas”, dice Gowaty, una “trampa filosófica que impide pensar en hipótesis alternativas” e incita a diseñar experimentos que confirmen las propias creencias, el llamado sesgo de confirmación. Esta forma de hacer ciencia “viola el método hipotético deductivo (…)”.

Lo cierto es que en la publicación seminal de Bateman (Heredity, 1948) se explicita como objetivo el explicar “por qué es una ley general que el macho está ansioso por cualquier hembra, sin discriminación, mientras que la hembra escoge al macho”.

Recetas antiesencialismo

También en la investigación de las diferencias psicológicas entre sexos se han abordado los sesgos. Una obra de 1974, The Psychology of Sex Differences, ya señala “muchos problemas que persisten hoy”, escribe Hines. Como la “tendencia a publicar estudios que encuentran diferencias, pero no trabajos similares que no las muestran”; las “distorsiones de la percepción” –ignorar evidencias contrarias al estereotipo–; u obviar que el contexto influye en el resultado –niños y niñas pueden mostrar diferencias en una situación y no en otra–.

Hines insiste en un concepto a menudo ignorado en los mensajes al público: “La mayoría de diferencias comportamentales entre sexos son de grado, no de naturaleza”.

Salvo la identidad de género y la orientación sexual –la mayoría de las mujeres se sienten atraídas por hombres y una mayoría de los hombres por mujeres–, en los demás rasgos la diferencia es mucho menor que la media de altura entre sexos. Así, si la diferencia en la media de altura vale 2, la diferencia en habilidad para visualizar rotaciones de objetos en 3D vale 0,9. Y es el rasgo cognitivo o comportamental que muestra más diferencias. En otras palabras, el grupo de hombres y el de mujeres se solapan casi en su totalidad.

Para Hines, que los investigadores sean o no conscientes de sus propios sesgos depende en gran parte de su formación al margen de su propia especialidad. Fines y Rippon dan más recomendaciones, sobre todo para quienes trabajan con neuroimagen. En un artículo de 2014 recuerdan que “el género es una categoría fuertemente esencializada” y que “también los neurocientíficos son público no experto en lo referido al estudio del género y son susceptibles de caer en el pensamiento esencialista”.

¿Mejores enfermeras, mejores científicos?

De hecho, la investigación actual con neuroimagen parece asumir –advierten– “que la visión esencialista de los sexos es correcta” al dar por demostrado –erróneamente– que el cableado cerebral es claramente distinto entre hombres y mujeres.

Para estas autoras, los investigadores deberían recordar que los datos muestran en general mucho más solapamiento entre sexos que rasgos diferenciales; y que lo habitual es que cada individuo sea un mosaico de rasgos –anatómicos, psicológicos– catalogados como típicamente femeninos o masculinos.

Cabe resaltar que Cahill, por ejemplo, admite explícitamente su rechazo a la hipótesis de un cerebro sin diferencias funcionales entre hombres y mujeres: “La evolución ha producido cerebros de mamífero con similitudes y diferencias biológicas (…). Insistir en que de alguna forma, mágicamente, la evolución no produjo influencias biológicas de todo tipo y clase basadas en el sexo en el cerebro humano, o que esas influencias no produjeron apenas efectos en la función cerebral –comportamiento– equivale a negar que la evolución se aplica al cerebro humano”.

Baron-Cohen, por su parte, va innegablemente mucho más allá de lo que dicen sus propios datos al afirmar en su libro La gran diferencia que las personas “con cerebro femenino son mejores profesores de primaria, enfermeros, cuidadores, terapeutas, trabajadores sociales y asistentes”, mientras que aquellas con cerebro masculino son mejores “científicos, ingenieros, mecánicos, banqueros, programadores e incluso abogados”.

Gowaty tiene una cita favorita del físico Richard P. Feynman referida a la ciencia: “El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo y tú eres la persona más fácil de engañar”. Pues eso.


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Facebook pagará 52 millones de dólares a sus censores por tener “síndrome de estrés postraumático” provocado por machacar las opiniones “no correctas”… en USA. De intentarlo en España, no tendría dinero suficiente

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Facebook pagará 52 millones de dólares a sus censores, tanto a los que están en activo como a los que dejaron la empresa, en calidad de compensación por los problemas de salud mental desarrollados en el trabajo, informa The Verge, que cita el acuerdo preliminar presentado el pasado viernes en el Tribunal Superior de San Mateo (California, EE.UU.).

Además de los pagos, la red social también se avino a prestar asesoramiento y apoyo adicional a sus actuales censores. Los términos del acuerdo conciernen únicamente a los empleados que empezaron a trabajar a partir del año 2015 en los estados de Arizona, California, Florida y Texas.

Ignoramos si los censores que se ocupan de las secciones sobre España y en español o no sufren ningún tipo de “síndrome de estrés postraumático” o fueron contratados entre las filas de partidos más proclives a PSOE, PODEMOS y en general al globalismo mundial, con lo que seguramente estén trabajando gratis. 

El número total de censores que pueden acogerse a estas medidas asciende a 11.250. Cada uno de ellos recibirá una compensación mínima de 1.000 dólares, aunque podrá solicitar pagos adiciones si se prueba que padece trastorno de estrés postraumático (TEPT) u otros problemas mentales relacionados, incluida melancolía, que desarrollaron mientras trabajaban en Facebook.

Según el medio, los abogados involucrados en el caso estiman que hasta la mitad de los 11.250 censores tendrían derecho a solicitar el pago extra. El acuerdo no precisa condiciones de gasto de la compensación, por lo que los censores no están obligados a utilizar el dinero para cubrir tratamientos u otros costes asociados con problemas de salud.

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La cantidad de pagos adicionales dependerá del diagnóstico que sufre el solicitante. Por ejemplo, un censor al que se le diagnostique una enfermedad mental podrá recibir otros 1.500 dólares además de los 1.000 dólares iniciales. Pero si tiene varios diagnósticos simultáneos, podrá solicitar hasta 6.000 dólares adicionales.

“Estamos muy contentos de que Facebook haya trabajado con nosotros”, declaró el abogado de la parte demandante, Steve Williams, agregando que “el daño que puede causar este trabajo es real y extremo”.

La vida secreta de los censores de Facebook

El año pasado, varios empleados de la compañía Cognizant, subcontratada por Facebook, relataron bajo anonimato a The Verge los perjuicios para la salud mental que comporta el trabajo de los censores. De hecho, la mayoría de las cerca de 15.000 personas que censuran el contenido de Facebook no son empleados de la propia red social, sino que provienen de empresas como Cognizant.

A lo largo de una semana, un censor revisa unas 1.500 publicaciones. En un tiempo promedio de 30 segundos deben decidir si borran o permiten una publicación. Pese a lo difícil de la tarea, los profesionales se quejan de que unos pocos errores pueden condicionar su despido.

Pese al estrés que conlleva su trabajo y la estricta disciplina a la que están sometidos, su salario es casi diez veces menor que el de los empleados de Facebook.

Aquí en España todos sabemos que es “Newtrola” (el nombre de guerra con el que los internautas se refieren siempre a la empresa de Ana Pastor, Newtral) la encargada de las funciones de censura, aunque de momento no se ha sabido de ningún caso de queja o protesta por parte de sus trabajadores. 

Analista político señaló la forma de expulsar al sesgado Facebook de Rusia

La red social Facebook reacciona con provocaciones a los principales eventos en Rusia: la votación en las elecciones o el Día de la Victoria. El analista político Alexander Dudchak recordó que Facebook es un participante indispensable en todas las guerras de información.

Según el experto, Facebook cumple diligentemente la misión de la propaganda antirrusa e interfiere constantemente en los procesos políticos en todo el mundo.

“Facebook es un participante conocido en las guerras de información, es un participante casi sin cambios en todas las revoluciones de color y golpes de estado. Contribuye seriamente a estos eventos en todo el mundo”, señaló el experto en un comentario a la publicación Slovo i delo.

Dudchak señaló que todos los usuarios de Facebook, especialmente el segmento de habla rusa, pudieron sentir la política antirrusa.

“Tampoco sorprende a nadie: una política sesgada con un enfoque muy unilateral. Facebook desempeña el papel que sus propietarios encontraron para él, los organizadores son la estructura estatal de los Estados Unidos”, agregó el politólogo.

Dudchak cree que debería crearse una alternativa a Facebook en Rusia, que no «fusionaría» los datos personales de los usuarios y no violaría la ley.

«Sería ideal encontrar una alternativa para Facebook, aprovecharla, incluida la posibilidad de desconexión, porque los trucos de esta red social van más allá de todos los límites posibles de sentido común, moral, honor y conciencia», resumió.

Dudchak enfatizó que en Rusia hay redes sociales con una audiencia millonaria. Es necesario participar en su desarrollo y mejorar para que no sean inferiores a Facebook.


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Bill Gates ya avisó del coronavirus en 2015: «No estamos preparados para una epidemia global»

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Bill Gates cofundador de Microsoft y copresidente de la Fundación Bill y Melinda Gates, en 2019
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En el año 2015 el mundo estaba atravesando la peor parte de la terrible epidemia del virus ébola: un filovirus asesino procedente de murciélagos, transmitido por contacto directo y que llegó a matar a 11.325 personas en África occidental. Por entonces, exactamente el 18 de marzo de 2015, Bill Gates, magnate y cofundador de Microsoft, avisó: « No estamos preparados para una epidemia global».

Como fundador y copresidente de la Fundación Bill y Melinda Gates, enfocada en extender la cobertura sanitaria y reducir la pobreza extrema, contaba con información sobre lo ocurrido en la epidemia del ébola: «Lo que he aprendido es realmente aleccionador», escribió en « The New York Times». «Por muy horrible que haya sido esta epidemia, la próxima podría ser mucho peor. El mundo sencillamente no está preparado para lidiar con una enfermedad, como una gripe especialmente virulenta, que infecte a muchas personas muy rápidamente».

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Aquella misma semana impartió una charla TED sobre el mismo tema y publicó un artículo en la página web de su fundación. Ya en 2018, cuando el mundo ya no estaba preocupado por la epidemia del ébola, escribió otro artículo más en « The New England Journal of Medicine» (NEJM) donde volvió a alertar sobre la falta de preparación ante las pandemias.

«Este error debería preocuparnos a todos, porque la historia nos ha enseñado que habrá una nueva pandemia mortal. No podemos predecir cuándo, pero teniendo en cuenta la constante emergencia de nuevos patógenos, el cada vez mayor riesgo de ataques bioterroristas y la mayor interconectividad de nuestro mundo, hay una probabilidad importante de que una gran y letal pandemia moderna ocurra durante nuestra vida».

«La historia nos ha enseñado que habrá una nueva pandemia mortal»

En el artículo publicado en 2015 en «The New York times» le puso números a ese horror invisible: «De entre todas las cosas que podrían matar a más de 10 millones de personas en el mundo en los próximos años, de lejos las más probable es una epidemia».

No hay sistema de defensa

Gates avisó de que no hay suficiente capacidad para hacer frente a algo así: «Gran parte de la discusión sobre la respuesta al ébola ha sido si la OMS o los CDCs podrían haber respondido más eficazmente. (…) Pero el problema no es que el sistema no funcionase bien, el problema es que no tenemos ningún sistema».

En este sentido, indicó la necesidad de construir un sistema global de alerta y respuesta frente a epidemias: «Yo aplicaría el tipo de planificación que se usa en defensa nacional, con sistemas de reclutamiento, entrenamiento y equipamiento de personal sanitario o inversiones en nuevas herramientas».

«(Frente a epidemias) yo aplicaría el tipo de planificación que se usa en defensa nacional»
Además, dijo que era necesario mejorar los sistemas de vigilancia, especialmente en países pobres, y contar con personal entrenado y con equipo para enviarlos con rapidez a los países afectados al comienzo de los brotes.

«En comparación con los planes que las naciones ponen en defensa (redes de entrenamiento y reclutamiento, equipamiento, investigación y capacidad de respuesta rápida) no hay casi nada de eso en respuesta a las epidemias».

De hecho, dijo que «el mundo no cuenta con ninguna organización, ni siquiera la OMS, que pueda coordinar las acciones necesarias para detener una epidemia. Así que, en resumen, en una guerra contra una epidemia severa, iríamos con un cuchillo a una batalla de bazucas».

Bill Gates incluso aventuró cómo podría ocurrir la próxima pandemia. «No será de ébola. Por muy horrible que sea este virus, solo se transmite por contacto directo, y cuando los pacientes infectan a otras personas ya están mostrando los síntomas de la enfermedad, lo que hace que identificarlos sea relativamente fácil».

Sin embargo, este no es siempre el caso, como recordó Gates: «Otras enfermedades, como la gripe, por ejemplo, se extienden por el aire y la gente puede contagiar antes de que tengan los síntomas, lo que significa que una persona puede infectar a muchas otras solo por ir a un espacio público. Hemos visto algo así antes, con horribles resultados: en 1918, la gripe española mató a más de 30 millones de personas».

De hecho, él mismo reconoció que los expertos de salud de todo el mundo llevaban años advirtiendo de que la pregunta no es si va a ocurrir una nueva pandemia, comparable en velocidad y severidad a la gripe de 1918, sino cuándo.

¿Es la COVID-19 la pandemia del siglo?

En su artículo, Bill Gates se preguntó: «Imaginen qué podría hacer (la gripe española) en el mundo altamente interconectado de hoy». Sin embargo, en estos momentos la capacidad de imaginar se ha visto superada por la realidad: la pandemia del coronavirus y la COVID-19 sigue extendiéndose y segando vidas, obligando a los estados a confinar a sus habibantes para evitar el colapso de los sistemas sanitarios.

El virus SARS-CoV-2 es menos letal que el de la gripe española (alrededor de un 1% frente a un 2%), pero se contagia por vía aérea, es muy contagioso y puede ser transmitido incluso cuando no se tienen síntomas. Exactamente como vaticinó Bill Gates.

«En la última semana, COVID-19 ha comenzado a comportarse como el patógeno del siglo que tanto nos preocupa», escribió Gates el pasado 28 de febrero, cuando la epidemia estaba todavía centrada en China. «Espero que esto no sea tan malo, pero deberíamos asumir que lo será hasta que podamos descartarlo».

En su opinión hay dos razones por las que la COVID-19 es una grave amenaza: «Primero, puede matar a adultos sanos y a personas mayores con problemas de salud previos».

«En segundo lugar, COVID-19 se transmite bastante eficientemente. Por término medio, una persona infectada extiende la enfermedad a dos o tres personas. Esta es una tasa exponencial de crecimiento», explicó. «Además, hay fuertes evidencias de que puede transmitirse entre personas con síntomas moderados o sin síntomas. Esto significa que la COVID-19 será mucho más difícil de contener que el SARS (otro coronavirus cuya epidemia se produjo en 2003)». Este viernes por la tarde el virus ya había infectado a 255.000 personas en todo el mundo, matando a más de 10.000, sobre todo en Italia.

¿Cómo se debe responder a la COVID-19?

En febrero, Bill Gates dijo que, en cualquier crisis «Los líderes tienen dos responsabilidades igual de importantes: resolver el problema inmediato y evitar que ocurra de nuevo». Por eso argumentó que el mundo necesita «salvar vidas ahora, pero también mejorar la forma cómo se responde a las epidemias», para evitar consecuencias en el futuro.

Para frenar esta pandemia, en su opinión es clave poner el foco en los países menos ricos: «Ayudando a los países de África o del sur de Asia ahora, podemos salvar vidas y también ralentizar la circulación global del virus». De hecho, la fundación que preside ha comprometido 100 millones de dólares para esta finalidad.

Además de eso, cree que «el mundo necesita acelerar el trabajo en los tratamientos y vacunas». Recordó que la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) está preparando los ensayos clínicos para ocho candidatos a vacunas frente a la COVID-19 y que éstos podrían empezar en junio. Aparte de eso, añadió que la tecnología de aprendizaje maquinal y la creación de librerías podría acelerar la búsqueda de compuestos para identificar antivirales más rápidamente.

Medidas para evitar la próxima pandemia

Una vez superada la COVID-19 podría haber otra gran epidemia. Para Bill Gates, la clave para evitarlo es construir un sistema global de alerta y respuesta frente epidemias y reforzar los sistemas sanitarios de los países más pobres, para aumentar su capacidad de tratar, diagnosticar y administrar vacunas.

También ha recomendado crear una base de datos de infectados, accesible para organizaciones y establecer normas para que los países intercambien información. Por otro lado, cree que los gobiernos deberían tener acceso a listas de personal entrenado, a nivel local y global, capaces de responder a una epidemia inmediatamente, al igual que a listas de suministros que pudieran ser almacenados o redirigidos.

Cree que es necesario mejorar y estandarizar los sistemas para desarrollar vacunas y antivirales e invertir para producirlos a gran escala, lo que en gran parte dependerá de la diplomacia, la capacidad de hacer ensayos clínicos gigantescos y de firmar acuerdos internacionales. Y, definitivamente, «necesitamos invertir mucho más en investigación en medicamentos, vacunas y tests de diagnóstico».

Todo esto requiere presupuestos de miles de millones de euros y de una colaboración muy estrecha entre gobiernos y empresas. Tal como dijo Bill Gates, «dado el daño económico que una epidemia puede causar, todo esto será una ganga». En su opinión, los líderes ya deberían estar trabajando en ello. «No hay tiempo que perder». La historia reciente ha mostrado que no se equivocaba.

 


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Sánchez crea el Comité Científico del Covid-19 una semana después de la declaración del estado de alarma

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha constituido este sábado el Comité Científico del Covid-19 que contará con la presencia del ministro de Sanidad, Salvador Illa, y seis científicos, aunque este grupo se podrá ampliar con expertos nacionales e internacionales, según ha informado Moncloa.

La primera reunión del Comité se ha producido de manera telemática y no se descarta la incorporación de expertos en distintos campos de la medicina y la ciencia en la lucha contra el coronavirus.

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La Comisión Europea creó el pasado 17 de marzo este mismo órgano para asesorar a la Unión Europea sobre la pandemia y en la adopción de medidas para luchar contra el coronavirus.


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