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¡Españoles! España es ya un Estado fallido y fracasado que debe ser enterrado. Solo así salvaremos nuestra Patria

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No queda ninguna otra opción coherente, señoras y señores.

El «Estado Español», esa entelequia que se pergeñó en las fraguas del Infierno de la transición, es un juguete roto. Un mecanismo fallido. Un sistema estropeado. Y toca darle sepultura para, así, poder reconstruir una España nueva, respetada y respetable por propios y extraños. Una España capaz de tomar y mantener sus propias decisiones. Una España que, en definitiva, pueda responsabilizarse de su propio destino, sea el que sea.

No queda sino echar doble cerrojo a ese inmenso error del 78 y crear algo nuevo e ilusionante: buscar el futuro dentro de nuestro propio concepto de familia, país, vida, cultura, sentimientos y tierra. Usar la memoria de la sangre para recuperar todo aquello que se nos ha arrebatado en el nombre de una falsa Europa que no es sino el disfraz del progresismo travestido de futuro respetable: una casa de lenocinio en la que se producen todo tipo de abusos y nauseabundas prácticas que nada tienen que ver con lo que ha sido la tradición hispana de honra, tradición y familia.

España, es, hoy, un estado fallido. Y para que España no desaparezca, debe deshacerse del lastre de ese estado que está corroyendo el Alma de los Españoles, raza educada en los preceptos del más tradicional Occidentalismo, y que siempre se arrogaron la capacidad, el derecho y la obligación de defender, como los espartanos en las Termópilas, los valores de Occidente frente al barbarismo oriental que hoy tanto se esfuerzan en hacernos tragar.

Por todo ello, camaradas y ciudadanos españoles, yo os llamo a dar la espalda al Estado, comenzando por nuestra salida de ese fracaso de los poderes mundiales llamado Unión Europea. Hay vida fuera de la mafia globalista, y España perfectamente puede ocupar el espacio vacío de una Europa que ha perdido todo sentido de identidad y que ya no recuerda que ser español siempre ha significado ser mejor que los demás. Y eso, amigos, siempre ha conllevado la obligación de esforzarse en el camino de la virtud del honor y de la moral, unos conceptos que hoy se han pervertido de manera infame y que han devenido en individuos que se dedican a dar abrazos a los árboles de los parques.

¡Debemos marcharnos! Hay que irse de Europa con la cabeza bien alta y con el desprecio absoluto brillando en nuestros ojos, cara al Sol brillante que ilumine nuestro futuro y nos permita ver cómo el resto de las naciones de ese infecto club caen, una tras otra, en manos de la invasión del Levante amoral, destructor y asesino.

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Salvemos España: Estamos a tiempo: Abandonemos la Unión Europea.

¡Tomemos las riendas del futuro!

¡Viva España!

¡ARRIBA ESPAÑA!

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

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Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

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Por Diego Fusaro

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