Internacional
Esta es la «Francia demócrata» que tanto gusta a los progres: Macron dice que quiere “joder” a los no vacunados hasta que lo hagan: “No los consideraremos ciudadanos” ¿Y la libertad?
En una entrevista con el diario Le Parisien, el mandatario aseguró que hará todo lo posible para forzar a los 5 millones de franceses que todavía no se han inoculado a hacerlo.
En una entrevista con el diario Le Parisien, el presidente Emmanuel Macron, confimró que su estrategia principal para combatir la pandemia de coronavirus será la vacunación total de la población, lo cual viene de la mano de hacerle la vida imposible a los no vacunados hasta que cambien de opinión.
Literalmente, el mandatario francés dijo que quiere “joderles” (“enmerder”) la vida a los que siguen resistiéndose a ponerse las dosis de las vacunas, que a la fecha son poco más de 5 millones de personas.
Las declaraciones tuvieron un efecto contrario al que esperaba Macron, y rápidamente la oposición logró suspender una vez más la sesión parlamentaria que discutiría la aprobación de emergencia de una ley que instaure el pase de vacunación en todo el país, que actualmente solo pide un test negativo de Covid.
“A los no vacunados sí que tengo muchas ganas de joderlos. Y vamos a seguir haciéndolo hasta el final. Esa es la estrategia. No voy a meterlos en prisión, y no los voy a vacunar por la fuerza. Pero hay que decirles: a partir del 15 de enero, ya no podréis ir a un restaurante, no podréis tomar una copa ni ir al teatro, no podréis ir al cine…”, dijo con una sonrisa el mandatario de centroizquierda.
“Un presidente no debería decir eso”, tuiteó la líder derechista Marine Le Pen, parafraseando el título de un libro sobre el predecesor de Macron en el Elíseo, el socialista François Hollande, quien poco después de su publicación anunció que no se postularía a las elecciones que acabó ganando Macron.
“El presidente es el garante de la cohesión nacional. Hoy es el promotor de la división nacional (…). Es una falta política y una falta moral grave en un país que él ha continuado fracturando”, declaró poco después de las declaraciones en la Asamblea Nacional, donde como diputada asistía a los debates sobre el pasaporte sanitario.
Por su parte, el otro candidato de la derecha, Éric Zemmour, aprovechó las palabras del mandatario para asegurarle a Macron que él no “joderá” a los franceses. “Presidente, yo dejaré de joder a los franceses. El presidente saliente habla abiertamente de joder a una categoría de franceses”, tuiteó.
Este año Macron buscará la reelección en los comicios de abril, donde además de enfrentarse a los dos candidatos de derecha, que sin lugar a dudas se unirán para la certera segunda vuelta, enfrentará a la centrista Valérie Pécresse, a la socialista Anne Hidalgo y al comunista Jean-Luc Mélenchon.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
