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Cartas del Director

Grave error de Ciudadanos

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Albert Rivera

Lo ocurrido con las primarias de Ciudadanos para elegir candidato a la presidencia de Castilla y León se aproxima más a un sainete grotesco que a un movimiento político al uso. Primero, Albert Rivera impuso el «fichaje» de la que fuera dirigente del PP Silvia Clemente, que negoció en secreto y sin renunciar a la militancia popular su incorporación a Ciudadanos cuando supo que Pablo Casado no contaba con ella. A esta modalidad de transfuguismo sobrevenido, formato «a la fuerza ahorcan», se sumó la protesta de una parte de la dirección de Ciudadanos, que no entendió esta imposición de Rivera, y que defendió la candidatura de su diputado Francisco Igea. Después, las primarias han resultado un fiasco con «pucherazo» incluido en favor de Clemente, aunque ayer, tras el recuento legal, ya no será la candidata.

No solo ha sido una sintomática desautorización de la militancia a Rivera por imponer de manera precipitada e irreflexiva a Clemente, sino que además el partido ha quedado manchado por la sombra de las corruptelas internas dado el «pucherazo» que se había producido, con 81 votos más que el total de la militancia. Las cifras no cuadraban.

Mal empieza Rivera esta política de «fichajes» entre los descartes del PP y del PSOE para tratar de aparentar una vuelta a la moderación. Más aún, Rivera ofrece cierta sensación de carencia de «banquillo» propio, y además Clemente acarreaba una mochila lastrada por sombras de sospechas de corrupción en su larga etapa como dirigente popular. La información que hoy publica ABC al respecto es relevante: ordenó organizar cursos de formación ficticios para favorecer con 40.000 euros a la escuela ecuestre a la que acudía su hija. No hacen falta más comentarios.

Según anunció Albert Rivera, Ciudadanos llegó a la política con el fin de regenerarla, abrir las ventanas, levantar las alfombras e imprimir un aire nuevo a la actividad y cometido de los partidos. Loable labor y servicio a la democracia que, sin duda, hay que agradecerle y que seguramente haya tenido que ver con su exitosa irrupción. Lleva años insistiendo en que ese es el principal valor de la formación naranja. Apenas una legislatura ha pasado desde que se lanzara el discurso a nivel nacional y ya se le ven grietas evidentes y ejemplos suficientes de lo que Rivera consideraba la «vieja política»: currículos inflados con mentiras, ocultación de sociedades mercantiles en su declaración de bienes y, ahora, «dedazos» camuflados en primarias que resultan un tongo. Y ese no es el camino.

 

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