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Opinión

¿Hasta cuándo tendremos que aguantar la violencia izquierdista?

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En esta España nuestra se ha generalizado el escrache por doquier, y se ha convertido en práctica habitual en los últimos días, desde que estamos en campaña electoral (aunque no es exagerado decir que España y los españoles estamos permanentemente en campaña electoral desde hace meses, años, lustros…). El que se haya acabado considerando que está justificado “escrachar”, o sea, acosar y violentar a otros, inevitablemente acaba invitando al “ojo por ojo, y diente por diente”; y como decía Mahatma Gandhi, como resultado, la mitad de la gente tuerta o desdentada… la situación ha llegado a ser tal que, si le preguntas a alguien al azar, muy posiblemente acabe diciendo que no le parece tan mal.

Cada día que uno hojea un periódico, o pone el telediario, lo primero que se sale de ojo son los innumerables casos de corrupción, protagonizados por multitud de bichos vivientes, y especialmente miembros de la casta política, de caciques y oligarcas: La familia real, políticos de todos los signos, ERES andaluces, Gúrtel, Noós, comisiones de las ITV, paraísos fiscales, Bárcenas, plan E, aeropuertos fantasmas, jubilaciones súper millonarias, bancos rescatados con presidentes con retiro de lujo, dineros en colchones, golpistas catalanes.

Y mientras tanto el común de los mortales se ve abocado a situaciones más y más penosas, terribles; la mayoría de los españoles ve como su poder adquisitivo disminuye día tras día, aumenta el desempleo, disminuyen las prestaciones sociales… y la casta política se queda tan pancha.

Evidentemente es mucha la gente que ha llegado a la conclusión de que de nada vale tener la oportunidad de votar cada cuatro años. También es cada día mayor el número de personas que apenas o nada tiene confianza en que los jueces y fiscales acaben poniendo orden, y en los casos en que algún golfo acaba condenado, el gobierno de turno acaba indultándolo.

Estando así las cosas, pese a la capacidad anestésica, narcotizante de la que, hasta ahora ha sido capaz el régimen del 78, tiene cierta lógica (lo ilógico sería lo contrario) que, mucha gente se haya acabado echando a la calle y saltándose barreras que hasta ahora eran impensables. Y, también es lógico que, a río revuelto, surjan grupos de gente autoritaria, totalitaria que, se erigen en “vanguardias revolucionarias” que, se arrogarán la representación de la mayoría (“una incontestable mayoría”, de “las mayorías sociales de este país” se hacen llamar) que, considerarán legítimo el uso de la fuerza, de cualquier clase de estrategia de tipo coercitivo, antisistema, y cuyas soluciones son fórmulas añejas, ya sobradamente fracasadas, que se resumen en “más Estado, más burocracia, más impuestos”. Y todo aquel que ose oponérseles, será considerado contra-revolucionario, será considerado inmoral e injusto, un enemigo público que “ha declarado la guerra a las mayorías sociales del país” y por lo tanto merece ser castigado; y por consiguiente no se le puede permitir que siga viviendo en situación de impunidad.

Esos que pretenden erigirse en los nuevos gestores de la moral colectiva y decidir acerca de todo lo que nos concierne, y, por supuesto, destruir nuestra actual forma de vida, generalmente son gente ignorante, aparte de golfos, gánsteres, mafiosos, estalinistas y fascistas (al fin y al cabo apenas tienen diferencias, aunque su ignorancia les lleve a “pensar”, es un decir- pues dudo que piensen- que, son diferentes e incluso son alternativa unos de los otros). Esos que pretenden erigirse en los nuevos gestores de la moral colectiva, son gente cobarde que se esconde en el anonimato, y actúan cuando van en manada, y lo último a lo que están dispuestos es a un debate abierto, con público… Es por ello que ponen todo su empeño en que no haya debates, ni libre exposición de ideas, etc.

¿Hasta cuándo tenemos que soportar a la izquierda macarra, maporrera que actúa con completa impunidad que, incluso cuenta con el aplauso entusiasta de algunos jueces y fiscales y el silencio cobarde y cómplice del gobierno?

¿Hasta cuándo hay que aguantar su actitud violenta, vejatoria, sus modos mafiosos hacia todo aquel que no comulga con sus ideas y acciones? ¿Hasta cuándo va a continuar la “omerta”, hasta cuándo van a seguir aplicando algunos medios de información y creadores de opinión la ley del silencio? Pues sí, la izquierda española cada día es más canalla, corrupta, y mamporrera; sí hablo de esa izquierda que dice ser heredera de la izquierda de la segunda república española, de aquella izquierda que se opuso mayoritariamente a que se le concediera el voto a las mujeres, y persiguió, maltrató y vejó, con saña a Clara Campoamor y ahora dice ser la defensora de los “derechos de las mujeres”.

Sí, hablo de la izquierda que dice ser heredera de aquella izquierda que hasta hace bien poco consideraba a los homosexuales gente depravada, pequeñoburguesa a la que había que psiquiatrizar, reeducar, y encarcelar, sí aunque parezca mentira, la izquierda fue durante la segunda república la principal promotora de la perversa “ley de vagos y maleantes”, en la que luego, transcurridos los años se inspiró el régimen del General Franco para aprobar la “ley de peligrosidad social” de 1970.

“Casualmente” gente de tanto predicamento y prestigio como Enrique Tierno Galán –sí, aquel de la “movida”- fue favorable a reprimir y rehabilitar a los homosexuales, y no fue el único de entre los “progresistas”; tampoco podemos olvidar que don Carlos Marx y sus seguidores también eran partidarios de perseguir y rehabilitar a ese tres por ciento de la población, tal es así que todavía en la actualidad sigue habiendo presos en Cuba por su condición de homosexuales.

Pues sí, hablo de esa izquierda que dice ser progresista (en castellano progresar es avanzar para mejorar) y a la vez adopta actitudes liberticidas, como lo hizo la izquierda de la que se considera heredera, esa izquierda que pretende implantar un sistema político, un régimen de partido único en el que no haya discrepantes, no haya posibilidad de disentir; y a la vez dice ser la representante del pueblo trabajador, de la “gente”, de la voluntad popular, y una larga ristra de palabras “talismán” que nadie osa discutir, esa izquierda que dice ser la máxima defensora del librepensamiento y de la libre expresión, a la vez que persigue, acosa, violenta a sus disidentes y monta bronca continua a quien osa oponérsele.

Pues sí, hablo de esa izquierda que no tolera que nadie le rechiste y practica el mobbing, el bullying, y violenta y acosa duramente a todo quisqui, aunque ahora lo llamen “escrache” y digan que es una forma de más de ejercer el derecho de manifestación y libre expresión y, dado que ya está feo eso de contratar los servicios de un sicario y asesinarlo con un piolé, tal como hicieron con un tal León Trosky, procuran asesinar socialmente y civilmente a los que no se pliegan a su conveniencia, con procedimientos más “suaves”.

Sí, hablo de esa gente de izquierda que se solidariza con los terroristas vascos y terroristas de toda clase –incluyendo a los musulmanes- y les muestran comprensión y apoyo, e incluso les desean los mayores éxitos, y reclama para ellos libertad de expresión, de manifestación e incluso la posibilidad de que concurran a las elecciones y estén presentes en las instituciones.

Hablo de esa gente de izquierda que, nunca aceptan los resultados de las urnas, salvo que les sean favorables, y en el pasado recurrieron a la insurrección y llamaron a la gente a desobedecer al gobierno salido de las urnas (aunque lo llamaran “gloriosa revolución del 34) y ya en tiempos más actuales acaban rodeando el Congreso de los Diputados o cercan la sede partido gobernante porque no aceptan su derrota, y durante las campañas electorales tratan de impedir que se celebren mítines, conferencias, y actos diversos cuando quienes pretenden llevarlos a cabo no son de su cuerda.

Hablo de esa gente que diferencia entre “guerras” y guerras, dependiendo de quién sea el agresor y quién el agredido; y que cuando gobierna un partido “progresista” y declara la guerra a otra nación o se suma a la guerra, entonces sí es legítimo, pues “es una guerra justa, de liberación, progresista”.

Sí, hablo de esa gente que se dice progresista, demócrata, y tras la caída del muro de Berlín, y el fracaso de la socialdemocracia sueca, ha sustituido aquello de la “lucha de clases” por la “lucha de sexos” y tiene como libro de cabecera el “Manifiesto Scum” de Valerìe Solanas, y promueve leyes para perseguir a los varones, destruir la institución familiar y tiene como objetivo último la destrucción de la civilización occidental judeocristiana. Es por ello que aplican en su quehacer cotidiano la máxima de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”… así se entiende su apoyo entusiasta al terrorismo de origen musulmán, ya sea de forma disimulada o de manera entusiasta.

Sí, hablo de esas gentes que llevan décadas fomentando la ignorancia y el odio, desde que se hicieron dueños de todos, o casi todos, los centros de enseñanza -desde el parvulario a la universidad- así como de los medios de información y creadores de opinión, y que han llegado con intención de quedarse, y no paran de jactarse, pavonearse, gloriarse de ello.

Sí, hablo de esas gentes, de izquierda que cuando tratas de conversar con ellas, no tardan ni un minuto en ponerles etiquetas a quienes con ellos discrepan, tales como “fascista”, sin haberse leído, ni tan siquiera un poquito de la historia del siglo XX y especialmente lo referido a la época de los totalitarismos, y en particular lo concerniente a Benito Mussolini, Lenin, Stalin, y Adolf Hitler… Gente que si leyera, descubriría que sus ideas están más próximas de lo que imaginan a las de Benito Mussolini, del cual demuestran con sus comentarios que lo ignoran todo o casi todo.

Hablo de gente que puestos a ignorar –pues, no leen, ni falta que les hace- ignoran que un tal Lenin se manifestó ferviente admirador de las ideas de Benito Mussolini que, tal como él proponía un programa “socialista”. Sí, hablo de gente que también ignora que la mayoría de las “soluciones” que proponen los partidos políticos a los que pertenecen y apoyan con su voto coinciden mayoritariamente con el programa del “Partido Obrero Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes”, cuyo líder, “casualmente” fue un tal Adolf Hitler. Ni que decir tiene que el tal Adolf era antijudío, tal como lo es la mayoría de la gente que en España dice ser de izquierda. Stalin y Lenin, y Marx también lo eran.

¡Curiosas coincidencias! y todos, sin excepción se hacían llamar socialistas y pretendían acabar con la economía de mercado y la democracia liberal… ¡Qué cosas, ¿verdad?!

Y, claro, de semejantes incultos y analfabetos se puede esperar uno de todo, posiblemente muchos de ellos hasta ignoran que el muro de Berlín desapareció en 1989, y que el fascismo y el nacionalsocialismo fueron vencidos hace más de medio siglo.

Por cierto, para los que no lo sepan: Hitler llegó al poder a través de las urnas. Seguro que para algunos eso legitima que hiciera lo que luego hizo.

Por el contrario, los camaradas Lenin, Stalin, Mao, Pol-Pot, los hermanos Castro, y el argentino con boina que no cantaba tangos, y un largo etc. no lo hicieron precisamente de forma pacífica, luego implantaron “democracias populares” en las que todo aquel que disintiera era encarcelado, psiquiatrizado, e incluso eliminado (como el camarada Troski); resultado; más de cien millones de asesinatos en los países de “socialismo real” en menos de un siglo… Al lado de las bondades de quienes admiran los que en España se hacen llamar de izquierdas, lo sucedido en el régimen hitleriano, que dieron como resultado algo así como 6 millones de muertos, es pecata minuta.

La izquierda mostrenca y mamporrera siempre dirá que hay “violencias” y VIOLENCIAS, y que la que ellos practican es “revolucionaria”, y por lo tanto, legítima.

Y ya para terminar: han sido muchos los “pensadores” que han afirmado que, generalmente la maldad acaba triunfando, se acaba imponiendo, porque la gente buena no hace nada para evitarlo, se pone a silbar, o mira para otro lado, o se cruza de brazos.

Permítanme recordarles el poema de Friedrich Gustav Emil Martin Niemöller, (injustamente atribuido al escritor estalinista Bertolt Brecht):

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí,
no había nadie más que pudiera protestar”.

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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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