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Hay que hacer pagar a China por la pandemia del coronavirus

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Es absolutamente esencial que la Administración Biden saque de su error a los dirigentes chinos si piensan que pueden esparcir un nuevo patógeno, o lo que quiera que estén maquinando, sin pagar un elevado precio. En los laboratorios chinos los investigadores manejan patógenos mucho más mortíferos que el SARS-CoV-2, incluidos aquellos que podrían no afectar a los chinos pero enfermar o matar a cualquier otro individuo. En la imagen (Johannes Eisele/AFP, vía Getty Images), dos trabajadores del Instituto Virológico de Wuhan, el 23 de febrero de 2017.

Por primera vez en la Historia, un país ha atacado a todos los demás al mismo tiempo, con una maniobra audaz.

China cometió ese crimen horrible adoptando una serie de medidas, en diciembre de 2019 y enero de 2020, para esparcir deliberadamente el covid-19 más allá de sus fronteras.

La comunidad internacional debe imponer severos costes al régimen chino por mor de la disuasión, entre otras razones. ¿Por qué? Porque China ha cometido el crimen del siglo y puede perfectamente planear una nueva monstruosidad.

Hay indicios extremadamente perturbadores de que el Ejército Popular de Liberación del Partido Comunista chino diseñó el SARS-CoV-2, el nuevo coronavirus causante de la enfermedad, o bien almacenó el patógeno en un laboratorio, muy probablemente en el Instituto Virológico de Wuhan, que ha albergado más de 1.500 cepas de coronavirus, realizado peligrosos experimentos de ganancia de función, no ha cumplido los protocolos de seguridad y se encuentra a sólo unos kilómetros del primer caso conocido de covid-19.

Por lo demás, ese primer caso no tenía vinculación con el mercado de pescado de Wuhan. Quienes creen en la teoría de la transmisión zoonótica apuntan, precisamente, a dicho mercado como foco transmisor.

El origen del coronavirus está por determinarse. El pasado 26 de mayo, el presidente Joe Biden ordenó a la comunidad de inteligencia que tuviera listo en tres meses un informe sobre la cuestión.

No obstante, los norteamericanos no necesitan seguir esperando para determinar la culpabilidad de Pekín. Aun cuando el coronavirus no fuera en un principio un arma biológica, el mundo ya dispone de la suficiente información como para concluir que el régimen chino lo convirtió precisamente en eso.

Fue el 20 de enero del año pasado cuando Pekín admitió que el covid-19 era transmisible entre humanos. Pero en Wuhan había médicos que sabían con seguridad que se estaban produciendo contagios a un elevado ritmo ya en la segunda semana de diciembre. Así que Pekín lo sabía o tuvo que saberlo unos pocos días más tarde.

Entonces, los dirigentes chinos emprendieron una campaña de engaño y aseguraron a la Organización Mundial de la Salud (OMS) que ese tipo de transmisiones no era probable. Debido a las seguridades dadas por Pekín, la OMS emitió el 9 de enero un comunicado –y un infame tuit cinco días más tarde– en el que aventó las falsas garantías chinas.

Para empeorar las cosas, Xi Jinping presionó a varios países para que no impusieran restricciones a los vuelos procedentes de China, mientras en su propio país él confinaba lugares como Wuhan y sus alrededores. Obviamente, con esto último pensaba contener la expansión de la enfermedad. Al presionar a otros países para que no impusieran restricciones de viaje, sabía o tenía que saber que estaba esparciendo la enfermedad. Quienes salieron del gigante asiático convirtieron una epidemia que no debió salir de la China central en una pandemia global.

Claramente, Xi vio cómo el coronavirus hacía estragos en su propia sociedad. Si hubiera buscado estragar a otras sociedades para nivelar el terreno de juego, habría hecho exactamente lo que hizo. La única explicación que encaja con los hechos es que Xi esparció maliciosamente el covid-19 por el mundo.

Tras admitir que el virus era transmisible entre humanos, China trató de convencer al mundo de que la enfermedad no era grave. El 21 de enero, el día después del anuncio de Pekín sobre la capacidad de contagio del virus, los medios dijeron que la enfermedad no sería tan grave como el SARS, la epidemia de 2002-03. El SARS infectó a unas 8.400 personas y mató a unas 810. Ahora bien, para entonces los dirigentes chinos sabían que el covid-19 era mucho peor que el SARS, pues habían visto lo que la nueva enfermedad estaba causando en su propio país. Esa falsedad tuvo consecuencias: se convenció a distintos países del mundo, empezando por EEUU, de que no tomaran las precauciones necesarias.

«Los Gobiernos cuyas decisiones llevaron deliberadamente la muerte y el sufrimiento a millones de inocentes, así como a una dislocación y destrucción masiva de la economía, han de ser considerados plenamente responsables, en términos morales, legales y económicos», declaró el rabino Abraham Cooper, del Centro Simón Wiesenthal, al Instituto Gatestone.

Por desgracia, el camino para pedir cuentas a China, por lo menos en los ámbitos legal y económico, no es sencillo. Por supuesto, se han interpuesto demandas contra China por daños y perjuicios. Por ejemplo, en California, la Florida, Luisiana, Misisipí, Misuri, Nevada, Nueva York, Carolina del Norte, Pensilvania y Texas. Como ha indicado a Gatestone John Houghtaling, de Gauthier Murphy & Houghtaling, un despacho jurídico de primer nivel, hay «tres grandes obstáculos» que superar: la doctrina de la inmunidad soberana, la carga de la prueba y la recopilación de dictámenes.

El primero de ellos pone freno a las demandas desde el primer momento. En Estados Unidos, la Ley de Inmunidad Soberana de 1976 bloquea cualquier acción contra Gobiernos foráneos. Además, analistas de política exterior de toda condición se muestran en contra de acabar con la inmunidad soberana haciendo alusión a la reciprocidad y arguyendo que los funcionarios norteamericanos podrían ser sometidos a un acoso incesante si Washington retirase esa protección a otros Gobiernos.

Los partidarios de la inmunidad soberana tienen razones de peso, pero hay factores aquí que las sobrepasan. Los crímenes contra la Humanidad son tan atroces que nadie debería ser privado de buscar una compensación.

La difusión de la enfermedad por parte de Pekín constituye uno de esos crímenes. Se trató de un acto deliberado o temerario, y en cualquier caso los dirigentes chinos tenían que saber que sus acciones injustificables llevarían la muerte al mundo. Por el momento, 3.579.000 personas han muerto de covid-19, incluidos 596.000 estadounidenses. El régimen chino ha cometido un crimen de masas.

Quienes cometen crímenes de masas no merecen la protección que confiere la inmunidad soberana. Es más, en otras ocasiones se ha hecho que regímenes responsables de esa clase de barbaridades asumieran sus responsabilidades, normalmente tras negociaciones intergubernamentales. Así, Libia compensó a las familias de las víctimas de la voladura de un avión de la Pan Am sobre Lockerbie en 1988; y el pasado octubre Sudán pagó 335 millones a EEUU para su eventual distribución entre las víctimas de cuatro actos terroristas.

Por otro lado, las demandas, al menos desde un punto de vista técnico, deberían poder sortear la inmunidad soberana: el Partido Comunista de China, que controla el Gobierno central chino, no es una entidad soberana. Es sólo uno de los nueve partidos autorizados en China, así que no puede ser considerado soberano. Sagazmente, el estado de Misuri ha demandado al Partido Comunista, que se considera una organización política revolucionaria.

El Partido Comunista es rico en activos. No sólo controla el Gobierno central chino –y tiene acceso a sus activos–; es que el Ejército Popular de Liberación reporta directamente a la Comisión Central Militar del Partido, no al Estado. Lo que hace que el Ejército chino sea susceptible de potenciales embargos dictados por un tribunal.

Sea como fuere, dos congresistas de Pensilvania, uno demócrata y otro republicano, han presentado la Ley «Nunca Más» de Prevención de Brotes Internacionales, que autoriza a los familiares de las víctimas del covid-19 a demandar a cualquier país que «intencionadamente haya engañado a la comunidad internacional a cuenta del brote».

Castigar a China mediante, por ejemplo, la confiscación de activos enviaría un poderoso mensaje a Pekín de que Washington no tolerará que se mate a ciudadanos norteamericanos. Es absolutamente esencial que la Administración Biden saque de su error a los dirigentes chinos si piensan que pueden esparcir un nuevo patógeno, o lo que quiera que estén maquinando, sin pagar un elevado precio.

Recordemos lo que está en juego. En los laboratorios chinos los investigadores manejan patógenos mucho más mortíferos que el SARS-CoV-2, incluidos aquellos que podrían no afectar a los chinos pero enfermar o matar a cualquier otro individuo. La próxima enfermedad procedente de China podría hacer que la china fuera la única sociedad viable, sí. Llamémosla «asesina de civilizaciones».

En definitiva: América debe hacer que China pague.

 

Gordon G. Chang, autor de The Coming Collapse of China («El colapso venidero de China»), es miembro del Consejo Asesor del Instituto Gatestone.

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Internacional

Louis, 17 años, asesinado en Narbona: su madre convoca una marcha y exige justicia

Redacción

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La familia de Louis, de 17 años, asesinado tras una brutal paliza en una obra de Narbona, convoca una gran marcha el 5 de julio para exigir justicia. Su madre reclama que los acusados sean juzgados como adultos y que Francia deje de mirar hacia otro lado ante una violencia juvenil cada vez más salvaje.

Narbona vuelve a convertirse en símbolo de una Francia sacudida por la violencia. La familia de Louis, un adolescente de 17 años que murió después de ser atraído a una obra y golpeado hasta quedar inconsciente, ha convocado para el domingo 5 de julio una “marcha blanca” en su memoria. No será, según sus allegados, una simple ceremonia de duelo: será una llamada pública a la justicia, a la responsabilidad política y al fin de la impunidad.

La frase pronunciada por su madre resume el estado de ánimo de una familia rota y de una parte creciente de la sociedad francesa: “No es tiempo de duelo, es tiempo de guerra”. Una declaración durísima, nacida del dolor, que apunta directamente contra un sistema que, según la familia, no protegió a Louis pese a las advertencias previas.

Una marcha para que Louis sea “el último”

La concentración partirá a las 11:00 horas desde la plaza del Ayuntamiento de Narbona y llegará hasta el lugar en el que Louis fue agredido. La convocatoria ha sido presentada por la familia como “la última marcha”, una expresión con la que quieren dejar claro que no aceptan que este tipo de crímenes se normalicen ni se diluyan entre comunicados oficiales, minutos de silencio y promesas políticas vacías.

Su tía y madrina, Marie-Julie Marteau, ha explicado en medios franceses que la familia invita a ciudadanos, padres y responsables políticos de todos los partidos. El mensaje es directo: lo ocurrido a Louis no es solo una tragedia familiar, sino un asunto nacional.

 

La madre exige que los acusados sean juzgados como adultos

La madre de Louis ha reclamado que los presuntos autores sean tratados penalmente como adultos. Su argumento es tan sencillo como demoledor: quien mata como un adulto debe responder como un adulto. También exige una revisión profunda de la justicia de menores en Francia, convencida de que las normas actuales ya no sirven para responder a una delincuencia cada vez más violenta, organizada y consciente de sus actos.

La familia sostiene además que hubo alertas previas sobre la situación de Louis. El joven, que estaba bajo el sistema francés de protección de menores, ya habría sufrido agresiones anteriores. Esa circunstancia eleva el caso más allá del crimen concreto: obliga a preguntar qué falló, quién no actuó y por qué un menor señalado como vulnerable terminó abandonado a su suerte.

Una agresión grabada y una frialdad que indigna a Francia

Según las informaciones difundidas por medios franceses, Louis fue atraído a una obra en Narbona durante la noche del 19 al 20 de junio. Allí fue brutalmente golpeado por un grupo de jóvenes. La agresión habría sido grabada en vídeo por los propios atacantes, un detalle que ha provocado una ola de indignación por la crueldad del crimen y por la aparente ausencia de remordimiento.

Louis fue encontrado inconsciente, con graves lesiones en la cabeza y en el rostro. Fue ingresado en coma inducido y murió días después. Cinco sospechosos, entre ellos varios menores, han sido puestos bajo investigación por asesinato, de acuerdo con la prensa francesa. La investigación continúa abierta y los acusados conservan la presunción de inocencia hasta que haya sentencia firme.

“Creen que son intocables”

La tía de Louis ha descrito públicamente la escena con palabras que estremecen: los agresores se habrían grabado mientras el joven yacía malherido, e incluso habrían regresado al lugar para filmarse de nuevo. “Creen que son intocables”, denunció. Esa sensación de impunidad es precisamente lo que la familia quiere romper con la marcha del 5 de julio.

El caso ha reabierto en Francia el debate sobre la violencia juvenil, la eficacia de los servicios sociales, la justicia de menores y la respuesta del Estado ante ataques cometidos por grupos de adolescentes que actúan con una brutalidad extrema y, en ocasiones, con una exhibición pública de sus actos en redes sociales.

Un crimen que golpea el debate político francés

La muerte de Louis ha provocado reacciones políticas de alto voltaje. Dirigentes de distintos partidos han condenado el crimen y han reclamado una respuesta judicial firme. Pero, más allá de las declaraciones, el fondo del asunto sigue siendo el mismo: una sociedad que ve cómo determinados episodios de violencia extrema se repiten, mientras las familias de las víctimas sienten que el sistema llega tarde.

La marcha de Narbona no solo honrará la memoria de Louis. También será una prueba de la capacidad de Francia para mirar de frente un problema que ya no puede esconderse bajo eufemismos. Cuando una madre dice que ya no es tiempo de llorar, sino de luchar, lo que está haciendo es acusar a todo un sistema de haber fallado.

 

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