España
(IMÁGENES NAUSEABUNDAS Y ENCUESTA SOBRE LAS MISMAS) Vea, juzgue, y si este es el sistema en el que quiere vivir, entonces necesita un buen psicólogo
No deberíamos extrañarnos de imágenes tan grotescas como las del video. Si hace unos años nos hubieran dicho que una mujer de acento foráneo protagonizaría un espectáculo tan vomitivo, valiéndose del efecto amnésico que provoca en los varones españoles el falso testimonio de una peligrosa perturbada, nos habría parecido el relato surgido de una mente disparatada y enferma. Envalentonada por la pasividad de los clientes y de los propios vigilantes del centro comercial, la energúmena va subiendo el tono y tras insultar y agredir a todo el que se le pone delante, amenazando con la cárcel a quien se atreva a reducirla, termina desnudándose entre gritos, suponemos que para simular una agresión sexual. ¿Se hubiera atrevido la sujeta a protagonizar el mismo numerito en Marruecos? Más allá de lo probable diríamos que no.
La democracia española ha traído consigo que una loca simule una agresión sexual, con diurnidad y alevosía, sin temor a que se le responda con la misma contundencia con la que estos días se reprime a los ciudadanos españoles que protestan contra el Gobierno.
Si el supremo arte de gobernar consiste en mantener el orden y la armonía compatible con un amplio margen de progreso y libertad, un poder civil que no conduce a ello, sino que nos lleva a una situación de ineficacia y postración del Estado ante una mujer que se vale de esta condición para perturbar el orden, es un poder fracasado.
Cuando parecemos abocados a una tragedia sin precedente, se hace urgente reparar en las causas que nos han llevado a este desastre. De entrada, la responsabilidad de la población española parece lo suficientemente grande como para ahorrarnos cumplidos y expresiones de bienquedismo. Un pueblo al que las leyes impide protegerse de una salvaje, es un pueblo condenado a ser esclavo de los tiranos que lo gobiernan.
Y un aviso a navegantes: si con tal impunidad actúa una mujer violenta y perturbada, aún sabiendo que está siendo grabada, de qué no sería capaz la susodicha sin la presencia de cámaras ni testigos. Les vale la complicidad de la mafia progresista para saberse impunes y destrozar la vida de cualquier pardillo. Si esta era la democracia por la que muchos suspiraban, entonces exigimos el derecho a votar a un buen dictador cada cuarenta años.
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España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
