A Fondo
La Asociación de Chinos denuncia la discriminación que sufren en España: «La xenofobia es peor que el virus»
Tiene gracia que una de las comunidades más racistas y endogámicas que existen en el mundo, tache a los españoles de xenófobos. La exogamia está tan perseguida en China como el proselitismo cristiano.
En China existen campos de detención para minorías étnicas que se convierten en campos de trabajo forzado. El objetiv0 de estos campos es controlarlos y adoctrinarlos.
Documentos oficiales que no se habían dado a conocer hasta ahora indican que cada vez más prisioneros de otras etnias están siendo enviados a fábricas nuevas, construidas dentro de los campos de trabajo o cerca de ellos, donde no tienen muchas opciones excepto aceptar los empleos y obedecer las órdenes.
Estos reclusos realizan trabajos forzados de manera gratuita o a muy bajos costos para estas fábricas. Cada vez más pruebas indican que de estos campos surge un sistema de trabajo forzado, un proyecto que probablemente intensificará la crítica internacional hacia las iniciativas radicales de China para controlar y adoctrinar a las minorías étnicas.
China ha desafiado la protesta internacional contra el amplio programa de reclusión en Sinkiang, el cual tiene como objetivo convertir a los uigures, los kazajos y otras minorías étnicas —muchos de ellos agricultores, tenderos y comerciantes— en obreros industriales disciplinados que hablen chino y que sean leales al Partido Comunista y a los dueños de las fábricas.
Son pocos los relatos imparciales de los reclusos que han trabajado en las fábricas. La policía impide los intentos de acercarse a los campos y vigila de cerca a los periodistas extranjeros que van a Sinkiang, lo cual hace imposible realizar entrevistas en esa región. Además, la mayoría de los uigures que han huido de Sinkiang lo hicieron antes de que creciera el programa de las fábricas en los últimos meses.
No obstante, Serikzhan Bilash, fundador de Derechos Humanos Kazajos Atajurt, una organización de Kazajistán que ayuda a los kazajos que han salido de Sinkiang, señaló que ha entrevistado a los familiares de diez reclusos que dijeron a sus familias que los hacían trabajar en las fábricas después de pasar por un adoctrinamiento en los campos.
Fabricaban principalmente ropa y llamaban a sus patrones “fábricas negras” debido a los bajos salarios y a las condiciones tan difíciles, señaló.
Sofiya Tolybaiqyzy, a quien enviaron de un campo a trabajar en una fábrica de tapetes; Abil Amantai, de 37 años, a quien enviaron a un campo hace un año y comentó a sus familiares que estaba trabajando en una fábrica de textiles por 95 dólares al mes; Nural Razila, de 25 años, quien había estudiado explotación petrolera pero después de un año en un campo fue enviado a una fábrica nueva de textiles en las cercanías.
“No pueden elegir si quieren trabajar en una fábrica ni a qué fábrica se les asigna”, comentó Darren Byler, catedrático de la Universidad de Washington que realiza estudios sobre Sinkiang y quien visitó esa región en abril.
Esta es la forma que tiene China de competir con las economías occidentales que sí respetan los derechos laborales y sociales de los trabajadores. China es un país sin alma donde la dignidad humana se cifra en térmimos de utilidad económica. Lo vemos a diario en los miles de bazares chinos que han proliferado como hongos en nuestras ciudades. Estos bazares, mayoritariamente, emplean a personas que trabajan sin interrrupción una media de quince horas al día, incluidos domingos y festivos, ejerciendo una competencia desleal al comercio local. ¿Por qué se consiente a los bazares, almacenes y tiendas regentadas por chinos vender de todo, incluso a menores de edad: comida, ropa, tabaco, preservativos, bebidas alcohólicas y todo un larguísimo etcétera.
Más fácil de dilucidar, sin duda, es el misterio de los vendedores ambulantes chinos que suelen plantarse los fines de semana ante las puertas de las salas de fiesta, discotecas y cadenas de comida rápida, para vender a los incautos juerguistas las sobras de los restaurantes chinos al módico precio de 1 euro la bolsa. Nuestros resacosos y famélicos jóvenes, que no brillan precisamente por su sagacidad a tan intempestivas horas de la madrugada, engullen con fruición estas sobras babeadas por unos comensales que las regurgitaron y metabolizaron varias horas antes, y sólo saben decir cuando les preguntan que “por un euro han cenado” sin preguntarse a qué se debe tan módico precio, y si se están zampando pantagruélicamente a Pat Morita, el legendario instructor de ‘Karate Kid’. Tal vez, para guardar el secreto de estas prácticas de ‘reciclaje’ alimentario, tan desleales como antihigiénicas, es por lo que no hay camareros españoles trabajando en los restaurantes chinos. Al menos, no recordamos haber visto a ninguno. Ni siquiera ahora que el desempleo nos atenaza.
De paso, podrían aclararnos por qué se permite la importación masiva, y sin control de ningún tipo, de juguetes chinos que incumplen todas las normativas de seguridad de obligado cumplimiento para los sufridos fabricantes españoles. Nos referimos a esos flotadores playeros que se deshinchan con la mirada, a esos juguetes con piezas diminutas, peligrosas para los más pequeños, fabricados con materiales que pueden ser tóxicos y entrañar un riesgo para los niños en caso de ser ingeridos. En fin, otro largo etcétera de naderías. De paso, y si no es mucha molestia, podría aclararnos por qué se permite la importación de calzado chino bajo pésimas condiciones de seguridad e higiene, lo que ha llevado a muchos usuarios de calzado de mercadillo a sufrir terribles infecciones en los pies.
Los chinos que vienen a España a instalar grandes negocios no son ciudadanos privados. Suelen ser funcionarios del Gobierno chino enviados aquí para comprar negocios sistemáticamente.
La calidad de los ‘originales’ y las supuestas ‘falsificaciones’ que venden es la misma. Esas ‘imitaciones’ salen de las mismas fábricas que producen allí la ropa de marca.
Por consiguiente, sorprende que los representantes de un país tan alejado de conceptos como dignidad, libertad, respeto y tolerancia, entre otros, se hayan unido a la moda de acusarnos de «xenófobos» cuando les vienen mal dadas .
«La xenofobia en ocasiones es peor que el propio virus”
El presidente de la Asociación de Chinos en España, Dawei Wing, ha denunciado que estos días deben lidiar con situaciones de «xenofobia» por el miedo al coronavirus: “El virus no es chino, es un virus de todo el mundo, hay que luchar contra ello, y la xenofobia en ocasiones es peor que el propio virus”.
Además, Wing lamenta que muchos de los comerciantes chinos en España hayan tenido que cerrar algunas tiendas, mientras que otros han bajado hasta en un 40% su facturación, como consecuencia del miedo al contagio por el virus.
“Estamos utilizando aplicaciones móviles y de mensajerías para avisar a los compatriotas que regresan a España para hacer cuarentena”, explica Wing. Y es que los chinos residentes en nuestro país tienen un sistema de lo más peculiar para proceder a la cuarentena: se encierran en pisos y casas en función de los grupos en los que regresaron a España. “Si venían en el avión en grupos de tres, los tres hacen cuarentena en el mismo apartamento; si venía una sola persona sola, esa persona hace cuarentena en su casa sin compañía, y así sucesivamente”.
Además, los que tienen recursos están encontrando lugares para estar solos, y los que no tienen tantos medios para hacerlo, la propia comunidad está aportando medios para que estén solos en el piso. “Les llevamos comida hasta la puerta, y sus propias familias les ayudan y les facilitan material, mascarillas u otras necesidades”.
Antes de hablar de xenofobia en España, ellos que han tenid0o la libertad que ningún comerciante español tendría nunca en China, Wing debería empezar por denunciar la represión del régimen chino contra el doctor Li Wenliang, el primer médico que avisó de la propagación de una nueva enfermedad y que fue obligado a retractarse por la policía. Pero Wing no lo denuciará nunca. Por eso nos resultan tan poco fiables.
A Fondo
Pánico total en los sindicatos. Por Jesús Salamanca Alonso
«Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, …»
Dos insignes sindicalistas vallisoletanos me confiesan que los sindicatos mal llamados «obreros» han entrado en pánico ante futuros gobiernos de VOX y de la «derechita cobarde», que se ha tenido que amoldar al acuerdo para formar gobierno regional. Ya sucedió en Castilla y León la legislatura pasada hasta que la insigne derecha de VOX se rasgó las vestiduras, pero se dio un paso importante de legislatura como fue eliminar las subvenciones multimillonarias que recibían los sindicatos «comegambas» o «rebaña-ostras».
Aquel paso, que llevaba tiempo reclamando la ciudadanía, tuvo una vergonzosa retrocesión por parte del PP al verse desamparado, acobardado y sin apoyos, pero quedó patente que los ciudadanos exigen que ese paso se dé de forma permanente. Y ahora se debe hacer; los sindicatos clasistas de la izquierda ventajosa y fomentadora de odio y desigualdad no han hecho nada importante para ser mantenidos por papá Estado a toda costa y a lo grande. Hasta la ministra, Yolanda “Varufakis” Díaz o Yoli «cohete», alias «Tucán», ha hecho el más burdo ridículo con las subvenciones sindicales. Lo raro es que no los haya traicionado, que es su especialidad, aunque nunca es tarde. Está apartada del Consejo de ministros desde que se marchó a la entrega de los Óscar. Cada día despierta más desprecio y menos simpatías. Doy fe.
En los últimos siete años de izquierda presuntamente (y sin presunta) corrompida con apoyos golpistas, comunistas, independentistas y terroristas ha habido infinidad de motivos para convocar huelgas sectoriales y hasta generales, pero el dúo «comegambas» practica el famoso «do ut des». En pocas palabras: dame pan, llámame perro y lléname la faltriquera. ¡Manda huevos! Bien es verdad que han perdido la calle, se han hecho casta, incluso se creen con derecho de pernada con los trabajadores y hoy corren el riesgo de que se les echen encima esos trabajadores responsables, honrados y que no viven de un mundo subvencionado ni duermen hasta las doce de la mañana por estar liberados. Las movilizaciones contra esos sindicatos no se harán esperar y conocerán la horma de su zapato. Al tiempo.
Hay sindicatos sectoriales que no reciben ni un euro, ¿por qué estos vividores sí las reciben? Nunca serán respetados mientras no se hagan cargo de las nóminas de sus propios liberados, ¿qué es eso de que sean las empresas quienes sigan pagándolos si no producen? ¿Qué es eso de que Yolanda y los dos sindicatos más denostados socialmente decidan las subidas salariales sin contar con la patronal? No estaría de más que alguna vez pagaran ellos con el dinero público que reciben. Ellos invitan y el Estado paga con dinero público. ¡Cuánta indignidad y descontrol tienen y cuánta acumulan cada día! ¡Joder, qué tropa!, repetiría incesante don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones.
Este modelo sindical ya no sirve, nadie cree en ellos, son la mofa y el hazmerreír permanente y, cuando salen en TV los líderes de esas formaciones izquierdosas y ultra-izquierdosas, lo primero que se escucha en los bares, restaurantes y mesones es «¡ladrones!» y, además, se enfatiza, repite y contagia a los asistentes. Incluso calificativos, o descalificativos, muchos más gruesos. Y es que han hecho méritos para ello, llevan siete años holgando y presenciando la corrupción de varios miembros del Gobierno y aledaños, incluso viendo y comprobando como huye el galgo de Paiporta o se esconde, a la vez que miente o entorpece la acción judicial, el avestruz de Adamuz o cómo la UCO saca los colores a la «fontanera», «la Paqui», Ábalos, Koldo, Cerdán y demás parroquia, a veces amparados por las hojas parroquiales de izquierdas: las misma que acusan al juez Peinado de tener dos DNI o a Julio Iglesias en falso.
Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, el Ministerio de Transportes o la presidencia de las Cortes, por no añadir a Felisín Bolaños, Yolanda «Tucán» o Isabelita Rodríguez, más parada que un baile agarrado de los años setenta.
El gran logro sindical español se alcanzará cuando los sindicatos paguen la nómica de sus propios liberados y los gastos de mantenimiento del propio sindicato. Ese día llegará, doy fe de que llegará y tendrá el apoyo de los organismos europeos y de los propios trabajadores. Precisamente será el momento del nacimiento de la modernidad sindical en España y sospecho que Juanma Moreno será quien dé el primer paso junto con Castilla y León, que ya tiene práctica de ello.
Tras las elecciones andaluzas, y el futuro nuevo gobierno de Moreno, ha anunciado que revisará y recortará drásticamente las subvenciones públicas que reciben CC.OO. u UGT cada año. Hablamos de decenas de millones de euros que reciben esas formaciones y cuyo control deja mucho que desear. Ni siquiera sabemos si actúa el Tribunal de Cuentas al respecto ni cómo actúa. Lo del patrimonio sindical lo dedicaremos artículo aparte y en exclusiva.
Los líderes sindicales ya han salido en tromba y planean movilizaciones para seguir mangoneando y chupando del bote, aunque saben que no tienen apoyo de los trabajadores y menos de la ciudadanía en general, pero tranquilos, que llega el día grande de las gambas, el 1º de mayo.
Está claro que lo que proyectan esos sindicatos es «¡un ataque a los trabajadores!» y una amenaza a la Administración para seguir mangoneando y desprestigiándose, aunque ya no pueden desprestigiarse más.
Yo, como trabajador, sigo luchando para acabar con esos privilegios de señoritos y abusadores. Ni creo en ellos ni he creído nunca y jamás me han reportado nada. De ello, doy fe.
