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Opinión

La batalla entre don Carnal y doña Cuaresma (Dies irae)

Redacción

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Fragmento de El combate entre don Carnal y doña Cuaresma. Pieter Brueghel el Viejo

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Como saben de sobra mis lectores, tengo una acendrada manía a los palabros ingleses que por doquier están arrinconando nuestra maravillosa lengua, el segundo idioma del mundo más hablado como lengua materna, siguiendo la estrategia de la «gibraltarización».

Sin embargo, por una vez voy a emplear un anglicismo para que sirva de fondo de este artículo: «zapping». Su traducción aproximada sería «cambio de canal», aunque su verdadero significado es «pasear». No es difícil, por tanto, comprender bajo ese vocablo foráneo la acción de pasearse por los canales de televisión, como un Sywalker galáctico de esos, o de navegar por esos canales como el legendario «Holandés errante».

Cambiar de canal supone, en el fondo, usar un artilugio tecnológico para cambiar de realidad, pasando de una que no nos es grata, a otra más placentera, desechando un programa para elegir otro, aunque suponga que tengamos que pasearnos por toda una panoplia de canales.

Ya quisiéramos en esta decadente y putrefacta sociedad —que huye compulsivamente de lo que suponga esfuerzo, sacrificio y mortificación—, tener un cachivache que nos arranque de los páramos desolados para llevarnos a dimensiones numinosas y paradisíacas, donde pudiéramos divertirnos y pasar momentos esplendorosos, igual que un niño ante una enorme casa de dulces y golosinas como las de los cuentos infantiles, o sumidos en la apoteosis lúdica de un desván atiborrado de juguetitos.

Desde luego, tenemos la tecnología que crea realidades virtuales, pero tampoco hace falta recurrir a esa estrategia, ya que la cuestión de cambiar de realidad es mucho más sencilla: consiste en que, ante una realidad que tiene cosas jacarandosas y otras más aburridas y sacrificadas, elegimos vivir solamente las primeras, zapeando que es un primor.

Es así como ¡voilá!: en un pis-pas, en una realidad bifaz, bicéfala, que tiene cara y cruz, anverso y reverso, «ying» y «yang», luces y sombras, nos zambullimos enloquecidos solamente en el aspecto más gratificante, el que nos tatúa en la frente el famoso «carpe diem».

Aquí tenemos ya la Cuaresma, realidad penitencial, de dureza monástica, de conversión de las almas e introspección de las conciencias, de ayunos y cenizas, de mortificaciones y «memento mori»… realidad arisca, severa, hosca, teóricamente de ásperos cilicios, de desabridos comitrajes, de plegarias y lágrimas…

Y, justo en su vestíbulo, en sus atrios, en su pórtico, tenemos el Carnaval, la otra cara de la realidad de la Cuaresma, su prólogo: es la fiesta mundana que nos invita al disfrute de lo que téoricamente nos va a quitar la inmediata etapa cuaresmal. Las carnestolendas son la fiesta previa a enterrar la sardina, y los placeres carnales, y las pompas mundanas, y los festejos desaforados, y las comilonas desbordadas… Carnavales para el exceso, para refocilarse sin límite en todo aquello a lo que deberíamos renunciar en la Cuaresma.

Pero, ¿qué tenemos?: pues un cambio de canal mayúsculo, porque nos aferramos al Carnaval con uñas y dientes, nos asimos a él sin pudor, mientras que después, cuando llega la hora de la penitencia cuaresmal, no queremos saber nada de ella, y seguimos haciendo lo mismo que hacíamos en las carnestolendas, menos vestirnos de payasos y espantapájaros.

Resulta chocante este alevoso «zapping», porque se supone que Carnaval y Cuaresma deberían formar un todo indisoluble, ya que el exceso se justifica por la ascesis posterior. Pero, claro, eso es mucho pedirle a esta generación incrédula, a estas muchedumbres apóstatas que cogen del cristianismo solo lo que les interesa, todo aquello susceptible de justificar una fiesta más, otro botellón, otra noche discotequera, otra cabalgatita más, otra fanfarria, más despelote, más murga y comparserío… Como niños soltados al recreo, ahí tenemos a las masas, encantadas de encontrar en una festividad religiosa una excusa más para el desmadre… pero que nadie les hable luego del espíritu cuaresmal.
Pero, ¿por qué una sociedad descreída, cada vez más atea, se aprovecha de una festividad en la que no cree para ejecutar sus grotescos espectáculos de divertimento?

Igual sucede con otras celebraciones religiosas, como la Navidad, donde incluso los ateos más recalcitrantes, los blasfemadores, las asaltacapillas y toda esa patulea anticristiana se reúnen para celebrar los faustos navideños. Y sobre el «Jálouin», qué quieren que les diga… Incluso las fiestas populares en honor de los patronos y patronas se han convertido en territorio komanche de botellones, desfiles multikulturales, adoctrinamiento globalista, y otros numeritos anticatólicos ejecutados por la progresía —la fiesta de san Antón, claro, es ahora patrimonio de los PACMA, por poner un ejemplo—.

Y así estamos, cambiando de canal, cogiendo lo que nos interesa de una realidad, lo que nos favorece la diversión, y rechazando la cara oculta, todo aquello que nos aburre, que nos supone esfuerzo y sacrificio.

Pero, ojo, llegará el día en que tengamos que enfrentarnos cara a cara, a cara de perro, con esa otra parte de la realidad que negamos en nuestro ancestral infantilismo y nauseabundo hedonismo.

Recuerdo aquí aquella historia de un hombre que iba conduciendo una madrugada por una carretera solitaria que atravesaba un paraje desértico y despoblado. El frío era intenso, la lluvia caía como una espesa cortina, y el viento ululaba y retumbaba contra las ventanillas del coche. De repente, se oyó un pequeño estallido, y el hombre se temió lo peor: acababa de pinchar una rueda.

Protegiéndose de las inclemencias del tiempo, bajó a comprobarlo: efectivamente, había pinchado una rueda delantera. Desolado ante aquella adversidad, mojado hasta los huesos, cansado y temblando de frío, exclamó: «Ahora no puedo cambiar de canal… esto es la realidad».

Porque llegará el día en que caigan chuzos de punta, en el que —según está anunciado en el Nuevo Testamento— lloverá fuego y azufre, se desaten los demonios en los aires, se abra la tierra, el espanto recorra nuestros espinazos, y las trompetas celestiales anuncien el final de los tiempos, el juicio universal… Durante esa Cuaresma tremenda, en ese «Dies irae», en ese dantesco Armageddón donde se pesarán las almas, donde los escuadrones celestiales vendrán a ejecutar la justicia divina, acabando con carnavales y pompas mundanas, cuando nos veamos frente a frente con esa apocalíptica realidad, tendremos que decir, compungidos y sorprendidos: «Ahora no puedo cambiar de canal: esto es la realidad».

Armageddón que ahora adquiere en estos días la modalidad de un combate atávico entre la luz y las tinieblas que tiene como máxima expresión, como metáfora perfecta, lo que podríamos llamar ―citando el legendario «El Libro del Buen Amor» del arcipreste de Hita― la batalla entre don Carnal y doña Cuaresma, madre de todas las batallas que en el mundo han sido y serán, y en la que, a pesar de su apariencia meramente literaria y festiva, se juega cada año el futuro de la humanidad.

Por cierto, todos los años tenemos que soportar la gran chorrada de que el progrerío izquierdista felicite efusivamente el Ramadán a los musulmanes, diciéndoles «Ramadán Kareem», o «Ramadán Mubarak», con el fin de mostrar su visceral anticatolicismo y arañar votos entre la musulmanía ―casi dos millones en nuestro país, oiga―. Sin embargo, todavía estoy esperando que estos botarates del grotesco puñoenalto digan a los católicos algo así como: «Feliz Cuaresma», que viene a ser el origen del Ramadán musulmán.

Es la contienda armageddónica entre el Carnaval ―símbolo del hedonismo materialista y consumista de la sociedad desacralizada― y la Cuaresma ―expresión del espíritu cristiano, que predica la austeridad y la penitencia―. Al principio, esta contienda se desarrollaba en un plano casi exclusivamente dietético ―chuletones contra nabos, chorizos contra alcachofas―, pero ahora la batalla ha ido escalando hacia terrenos más complejos, hasta el punto de que el conflicto ha tenido el más pavoroso «big-bang» de la historia en las grandes carnicerías de católicos perpetradas por las milicias satánicas republicanas, que ejercieron cruelmente su papel de Don Carnal.

Miércoles de Cuaresma. Miércoles de ceniza, polvo negro con el que se escribe la crónica de nuestra muerte anunciada, de nuestro implacable descenso a una fosa común donde las pompas mundanas se transmutarán en pompas fúnebres, con un fondo lento de llanto y campana.

«Memento mori», cristiano, que durante dos milenios has sido carne de cañón, carne de tantos y tantos Coliseos abiertos por los poderes luciferinos para borrarte de la faz de la tierra. Ahí, en esa ceniza que te orla la frente está el recuerdo de tantos mártires reducidos a polvo, a ceniza, a nada, por la acción satánica de tantos progroms, tantas persecuciones, tantas matanzas, tantas semanas trágicas desencadenadas por los poderes del Averno que buscan tu exterminio, para entronizar en tu lugar al Anticristo.

La ceniza cuaresmal es, por tanto, una siniestra puerta, una «hellgate» que nos lleva a los infiernos de tantas masacres, especialmente a las que tuvieron lugar en los Coliseos republicanos de nuestra Patria, desde los cuales nos llegan cada vez más sus descarnados zombies, sus milicias de colmillo retorcido sedientas de sangre católica, el insoportable hedor de su piromanía quemaconventos, las momias católicas profanadas, el pestilente olor sulfuroso del Señor que las dirige.

Se calcula que durante todo el período republicano ―especialmente en mayo de 1931 y durante los primeros meses de la Guerra Civil― cerca de 7000 miembros del clero fueron martirizados por los milicianos. A estas cifras hay que añadir las víctimas laicas, con lo cual el resultado final se acerca a las 10.000. El horror de estas matanzas puede comprenderse con un simple dato: en agosto de 1936 se mataba una media de 70 curas al día. Hubo ciudades donde se asesinó a más de 50% del clero ―por ejemplo, en Lérida ese porcentaje fue el 65%, y en Tortosa el 62%―.

La tortura física y los tormentos de toda laya estuvieron presentes en buena parte de estos hechos, llevadas a cabo en las terribles «chekas» establecidas por la República.
Además de este holocausto, la persecución arrasó muchos edificios religiosos: en Valencia, 800 fueron totalmente arrasados, mientras que la destrucción parcial afectó a todos en ciudades como Almería, Tortosa, Ciudad Real, Barbastro, etc.

Las precisión casi quirúrgica de esta barbarie fue tal, que Andreu Nin ―jefe del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista)― llegó decir que «el problema de la Iglesia nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto».

Las masacres llegaron a tal grado de paroxismo, que cuando el gobierno republicano afirma ―el 25 mayo 1937― que debe haber libertad de culto, «Solidaridad Obrera» se ríe de esta medida, diciendo: «¿Libertad de culto? ¿Que se puede volver a decir misa?

Por lo que respecta a Madrid y Barcelona, no sabemos donde se podrá hacer esa clase de pantomimas: no hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz».

Fue tal la magnitud del desastre, que el historiador de nuestra guerra Hugh Thomas afirmaba que «En ningún momento de la historia de Europa, y quizás incluso del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y todas sus obras».
Martes, miércoles, jueves…semanas de fuego, de ceniza y sangre, por las que nadie ha pedido perdón, ni mucho menos exigido indemnizaciones por las vidas cercenadas y los edificios incendiados. Lejos de eso, la progresía heredera de aquellas turbas incendiarias pretende hacer en nuestro país una Segunda Desamortización, arrebatando edificios a la Iglesia y pretendiendo que pague el IBI.

Hace unos días Baltasar Garzón ―obsesionado ahora por cambiar el destino del Valle de los Caídos, proyecto que le tumbó el Tribunal Supremo― exigió la organización de un acto parlamentario en la que el Estado pidiera perdón por las víctimas del franquismo.

¿Qué Estado, don Baltasar? Siento recordarle que Franco murió hace 40 años, y también lamento tener que decirle que «no me toque usted los muertos, que me conozco»: ¿Cuando pedirá perdón la izquierda por los 10.000 muertos y el sinnúmero de iglesias arrasadas durante la República? ¿Dónde ahora sus cadáveres, muchos de ellos profanados por las hordas satánicas? La verdad, para ser sincero, pienso que Franco debería haber construido otro Valle de los Caídos, donde dar cristiana sepultura a tantos mártires. Valle de ceniza, Valle de sangre, nuevas catacumbas donde dar el descanso eterno a los católicos que derramaron su sangre en tantos Coliseos republicanos. Y, ya que estamos con esto, ¿cuándo pedirán perdón los genocidas comunistas en los 110 millones de víctimas que masacraron en sus apocalípticos holocaustos?

Ante esto, se echa en cara a la Iglesia la leyenda negra de la Inquisición, la cual, según los estudios científicos más solventes de varios expertos, solamente fue responsable ―en los casi 400 años de su historia ―de un número de víctimas que no llegó a las 3000.

En varias ocasiones ―ya desde un temprano 1 de julio de 1937, pasando por los documentos «Constructores de la Paz» de 1986, y «la fidelidad de Dios dura siempre», de 1999― la Iglesia ha concedido el perdón a todos los que colaboraron por activa o por pasiva en esa espantosa persecución. Sin embargo, ninguna de las organizaciones implicadas en la persecución ha pedido perdón hasta el día de hoy.

Ningún gobierno español ―ni de derechas ni de izquierdas―, ha hecho nada por homenajear a los mártires católicos de aquellos días, para recuperar su memoria y exigir las debidas indemnizaciones a los descendientes de aquellos responsables. Si se habla de memoria histórica, que sea para todos, y no sólo para los verdugos.

Miércoles de ceniza, ceniza que cae suavemente como copos hacia las frentes y las conciencias, memento mori de los casi 150.000 católicos que mueren al año ―uno cada 5 minutos― en el mundo por causa de su fe, que hacen a la religión católica la más perseguida del mundo.

Y los medios de comunicación no recogen esta hecatombe, ocupados como están en escudriñar en los recovecos de la Iglesia buscando pederastas para sus titulares y sus escándalos, para cualquier blasfemador que escriba esa palabra con Hostias consagradas.

Refugess welcome, dicen los ahoramadriles, en unos cartel que va batir todos los récords Guinness de permanencia en la fachada de un edificio. Es de suponer que ese welcomeo es para la pobre musulmanía exclusivamente, porque no me creo que estos asaltacapillas tengan el más mínimo deseo de refugiar a los católicos que huyen de las guerras que les reducen a polvo, a ceniza, a sangre, a nada. Ni siquiera el Papa fue capaz de llevarse a refugiados cristianos al Vaticano, y no conozco ninguna organización «oenegestista» o eclesial ―católica o no― que haya organizado un rescate de mártires a gran escala.

Las matanzas de cristianos son la más descarnada expresión de la Tercera Guerra Mundial en la que estamos inmersos, aunque para la prensa del NOM sean más importantes unas cuantas víctimas europeas que las horrendas masacres de los cristianos perseguidos.

Tercera Guerra Mundial que no es, a su vez, sino el episodio más cruento del Armageddón que pondrá fin a la historia conocida, y que instalará en el planeta el gobierno mundial del NOM, presidido por el Anticristo.

En los tiempos que corren se ya no se lleva eso de los milicianos estilo Buenaventura Durruti, ya que los modernos carnales son las asaltacapillas, los guiñoles que violan monjas, las procesiones de los coñosinsumisos, las madresnuestras, las brujas-que-no-pudimos-quemar… y ahora se une a este ejército luciferino la sección de los Drags, con el espectáculo blasfemo en el que un tal Borja Castillo ―alias «Drag Sethlas», quien, por cierto, para más recochineo, quiere ser profesor de religión― se disfraza de Virgen María que se desnuda, y luego de Jesús crucificado que baja de la Cruz y empieza a declamar frases pavorosas. Y pavoroso fue que esa performance satánica ―jaleada, votada y vitoreada por entusiastas a golpe de mensajitos― fuera «trending topic mundial, transmitida por el canal de TVE internacional, y consiguiera la mayor audiencia en 20 años. Así que no hay duda de que esta obscena performance creará escuela, ya que cualquier gilipollas que quiera ganar algo y conseguir sus cinco minutos de gloria no tendrá más que inventarse una grotesca blasfemia para conseguirlo.

Pero así es el NOM, damas y caballeros, por si todavía no se habían dado cuenta. Y, ante esto, sigue predominando entre los católicos el buenismo, el pacifismo de la otra mejilla, esconder la cabeza en la tierra para no ver llegar a estos lobos sanguinarios sedientos de sangre cristiana. Ante una judicatura para la que nada es blasfemia; ante unos medios de comunicación apesebrados por el NOM que las justifican; ante una opinión pública corrupta y pervertida que ha pasado del ateísmo indiferente al aplauso a los blasfemadores, no es suficiente con que un reducido número cargos públicos y eclesiales se limiten a pedir respeto a las ideas religiosas, ni organizar eucaristías multitudinarias de reparación, ni exponer el Santísimo, ni siquiera multiplicar el rezo del Rosario.

Seguramente Don Carnal lanzará contra la Cuaresma sus tropas de élite, sus pretorianos más radicalizados, su ejército de blasfemadores, sus milicias más luciferinas. Ante estos ataques no bastarán las ristras de ajos, ni el agua bendita, ni proveerse de afiladas estacas. No: es la hora de salir a la calle, de pasearnos a cuerpo, de galopar y galopar hasta enterrarlos en el mar, de demostrarles que también nosotros sabemos escrachear, votar masivamente contra cualquier medida que pretenda atacar a la Iglesia, hacer manifestaciones y concentraciones, arrasar en las redes sociales, pleitear en los tribunales con acciones judiciales contundentes, sacar nuestros autobuses a la calle ―por supuesto, otro día hablaré del autobús antitransexualidad, no lo duden―.

Porque tras un miércoles de ceniza, puede venir un jueves de sangre. Es hora de demostrar a los Carnales que, si pretenden asaltar nuestros cielos reduciéndolos a cenizas, nosotros arrasaremos sus infiernos.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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