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La censura de Franco y la censura de ahora

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Por Christopher Fleming.- El otro día estuve hablando con un familiar sobre el Caudillo, Francisco Franco. Como regla general, lo que digo sobre el legado de este ejemplar líder católico no suele gustar. Hay una gran incapacidad para ver lo positivo en un régimen que los medios y la élite académica se han dedicado a demonizar durante 40 años. Quizás los que son algo inmunes a las mentiras que el Sistema propaga sobre el franquismo son los españoles mayores de 60 años, porque ellos han vivido en sus propias carnes la época en cuestión, y saben que no era como se pinta ahora. Aún no he conocido a una sola persona española de la tercera edad que hable mal de Franco, si no es descaradamente comunista o atea. La inmensa mayoría de personas mayores con las que he hablado, y he hablado con unas cuantas, porque me interesa el asunto, dicen que Franco fue un buen hombre que hizo lo que pudo para su país, y que aquellos tiempos tenían cosas buenas y malas, como cualquier época.

El otro día no fue una excepción a la regla. Me contestó el familiar: “¡pero si en los tiempos de Franco existía la censura!”. Esta respuesta es típica de la mentalidad progre, que entiende que la censura es mala, porque hay que permitir que cada uno se exprima libremente. Argumentan que si Franco utilizaba la censura, un hecho innegable, significa que su régimen fue una total abominación, porque, para el liberal, un solo pecado contra el sacratísimo dogma de la libertad de expresión es suficiente para condenarse (aunque ni siquiera crean en el Infierno). En realidad, el derecho a la libertad de expresión es un falso derecho y los católicos que lo defienden se posicionan en contra del Magisterio de la Iglesia, como explicaré más adelante. Sin embargo, hay una ironía más profunda a la postura progre actual: hoy en día, en los países democráticos y liberales, también existe la censura. Por ello respondí: “En España ahora existe la censura. Si hablas en contra de la ideología de género o contra las perversiones sexuales, te pueden multar o hasta meter en la cárcel”. La reacción a mi argumento fue simplemente la negación a aceptar la realidad: “No digas tonterías, a nadie le va a pasar nada por decir lo que piensa. No existe censura en España, ni en ningún país democrático”.

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Lo que le ha pasado a Pío Moa por criticar lo que él llamó el totalitarismo de la ideología de género, demuestra que sí existe la censura en España. Puede parecer poca cosa cerrar una cuenta de Facebook, pero están todavía calentando motores. Las leyes a las que se refería Pío Moa acaban de aprobarse. Empiezan cerrando tus cuentas en internet, como aviso a navegantes, y terminan metiéndote en la cárcel. Pero no suelen llegar tan lejos, porque la gente se acobarda enseguida. Basta hacer escarnio público con una figura prominente, y todo el mundo agacha la cabeza. Como ejemplo de ello, en 2008 multaron a una juez con 3000€ por criticar la ley de violencia de género. Un amigo juez, cuyo nombre no divulgaré por razones evidentes, me aseguró que dicha ley era anticonstitucional, porque establecía distintas penas para las mismas ofensas, en función del sexo del culpable, algo expresamente prohibido por la Constitución Española. Esto es más o menos lo que dijo públicamente la juez que fue multada. ¡No importa! Si criticas una ley de ingeniería social del Sistema eres un machista, facha, reaccionario, cavernícola, que odia a las mujeres, y mereces pudrirte en la cárcel.

Dentro de poco veremos muy posiblemente a un obispo en la cárcel en España, precisamente por ir en contra del lobby homosexualista. El candidato con más papeletas para este honor es sin duda Monseñor Reig Plá, obispo de Alcalá de Henares. ¡Que me reserven una celda al lado suyo! Este hombre hace lo que deberían hacer todos los obispos del mundo: denunciar incansablemente el mal en el mundo y advertir a los fieles de los peligros que acechan. Es simplemente lo que hace un buen pastor. El Sistema espera que en cuanto metan a un obispo en vereda con un castigo ejemplar, los demás se comportarán. Por desgracia, creo que sus esperanzas están bien fundadas. La mayoría de los obispos españoles son hombres pusilánimes, a los que los aplausos del mundo, su carrera eclesiástica y las cuentas corrientes de su diócesis les importan más que las almas de sus fieles, por no hablar de la suya propia. Con amenazas creo que el Nuevo Orden Mundial conseguirá lo que quiere: hacernos tragar la ideología de género y pervertir a nuestros hijos.

Volviendo al falso derecho de la libertad de expresión, lo que pocos católicos saben es que la Iglesia, hasta el calamitoso Concilio Vaticano II, siempre ha condenado la idea de que cada uno es libre de pensar, decir y publicar lo que quiera. Esta idea relativamente moderna, de origen masónico, triunfó en Francia con la Revolución de 1789, y desde entonces ha calado muy hondo en todas las sociedades occidentales. Durante los casi dos siglos entre la Revolución y el mencionado Concilio, la Iglesia se mantuvo firme en su oposición a las ideas liberales, desde la condena fulminante de la Declaración de los Derechos del Hombre por Pablo VI, apenas dos años después de su publicación, hasta Humani Generis de Pío XII en 1950. Los Papas del siglo XIX eran esencialmente antiliberales y con el fin de luchar contra las ideas emanadas de la Revolución Francesa, como el indiferentismo religioso, la separación entre Iglesia y Estado y el tema que nos ocupa, escribieron una sucesión de encíclicas contrarrevolucionarias, entre las que destacan las de Gregorio XVI, Pío IX y León XIII.

Gregorio XVI escribió en Mirari vos de 1834 que la libertad de imprenta era una doctrina “nunca suficientemente condenada”. Haciendo un repaso al Magisterio de la Iglesia reafirmó que el error no tiene derechos. Citó la célebre frase de San Agustín: ¡Qué peor muerte para el alma que la libertad del error! En éstos términos tan contundentes condenó Gregorio XVI la libertad de expresión:

“Hay, sin embargo, ¡oh dolor!, quienes llevan su osadía a tal grado que aseguran, con insistencia, que este aluvión de errores esparcido por todas partes está compensado por algún que otro libro, que en medio de tantos errores se publica para defender la causa de la religión. Es de todo punto ilícito, condenado además por todo derecho, hacer un mal cierto y mayor a sabiendas, porque haya esperanza de un pequeño bien que de aquel resulte. ¿Por ventura dirá alguno que se pueden y deben esparcir libremente activos venenos, venderlos públicamente y darlos a beber, porque existe un antídoto y alguna vez ocurre que el que lo usa haya sido salvado de la muerte?”.

El Papa Pío IX

Pío IX escribió su famoso Syllabus de 1864 para condenar los errores liberales, incluido la libertad de expresión: “Es falso que la libertad civil de cultos y la facultad plena, otorgada a todos, de manifestar abierta y públicamente las opiniones y pensamientos sin excepción alguna conduzcan con mayor facilidad a los pueblos a la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propaguen la peste del indiferentismo”. (Error condenado nº 79)

León XIII escribió esto en Libertas praestantimum (1888) respecto al falso derecho de la libertad de expresión: “Existe el derecho de propagar en la sociedad, con libertad y prudencia, todo lo verdadero y todo lo virtuoso para que pueda participar de las ventajas de la verdad y del bien el mayor número posible de ciudadanos. Pero las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad. Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidos por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles”.

Podría poner muchos otros ejemplos, pero el lector interesado puede encontrar fácilmente todas las encíclicas papales de esta época en internet.

Es de sentido común que si existe la Verdad y esa Verdad puede ser conocida, el error no tiene lugar legítimo en la sociedad, y las autoridades públicas, además de los individuos, deben hacer todo lo posible para promover la Verdad y reprimir el error. El problema es que los liberales y modernistas, por definición, no creen en la Verdad, o dicen que, si existe, la inteligencia humana no es capaz de conocerla. Esto es una herejía. Los católicos sabemos que sí existe la Verdad y que Dios nos la ha comunicado, primero a través de los patriarcas y profetas, y en los últimos tiempos a través de Su Hijo Jesucristo. La Iglesia Católica custodia y enseña esa Verdad, para que todos los hombres puedan conocerla y a través de ella salvar su alma. El hombre ha sido dotado por Dios de inteligencia para poder discernir entre la Verdad y el error, por lo que nadie tiene excusa. Por esta razón, cuando se trata de la Verdad, un católico NO PUEDE ACEPTAR LAS PREMISAS LIBERALES. Por desgracia, muchos católicos han admitido los falsos derechos liberales, sin darse cuenta de que están fundamentados en graves errores, que son completamente incompatibles con la fe católica.

Los estados católicos, desde Carlomagno hasta Francisco Franco, siempre han prohibido la difusión de libros contrarios a la fe y la moral pública. Según Gregorio XVI, los mismos apóstoles quemaban libros heréticos, y así lo ha hecho la Iglesia durante casi 2000 años, hasta que Pablo VI, de infeliz memoria, decidió eliminar el Índice de libros prohibidos. En España durante el franquismo, la pornografía estaba prohibida, y los viciosos que deseaban ver películas guarras solían “peregrinar” hasta Perpiñán, ciudad francesa cerca de la frontera española. En aquellos tiempos en los kioscos hubiera sido impensable encontrar revistas con señoritas desnudas en la portada. Sin embargo, hoy en día vemos eso en vallas publicitarias gigantes por doquier. Durante el franquismo los medios de comunicación tenían mucho cuidado de difundir ideas contrarias a la fe católica y las buenas costumbres, porque sabían que el régimen les vigilaba y que les esperaría un severo correctivo en caso de infringir las normas de la censura.

Siempre he pensado que hay que imaginar que un país es como una gran familia. El jefe de estado es como el padre de todos los ciudadanos, y por ende tiene obligaciones similares a cualquier padre de familia. Un buen padre no deja que sus hijos lean, oigan y vean cualquier cosa, porque sabe que la mentira y el vicio pueden echar a perder su alma, sino que elige cuidadosamente lo que considera bueno para ellos y desecha lo que considera malo. Digo que esto es lo que hace un BUEN padre, porque hay muchos que no lo hacen. Recuerdo una reunión de padres en que una maestra nos dijo: “da igual lo que lean sus hijos, con tal de que lean.” Le tenía que haber preguntado si daba igual también lo que comieran, con tal de que comieran. Desde la perspectiva católica, la censura es algo imprescindible en la tarea de los padres y también es esencial en la tarea del gobernante.

He explicado por qué en principio estoy a favor de la censura. El dilema no es censura sí – censura no. Todos los regímenes, desde los estados católicos hasta los regímenes comunistas, la usan en cierto grado para mantener un mínimo de homogeneidad cultural. El dilema es QUÉ TIPO DE CENSURA. Si lo que se censura es el error y el vicio, como se hacía en España bajo Franco, es un ejemplo de buen uso de la censura, algo conforme al Magisterio y la práctica bimilenaria de la Iglesia, a lo que ningún católico puede objetar. En cambio, si la censura se utiliza para acallar la Verdad y el bien, como se hace hoy en día en España, es el colmo de la perversidad. En este caso sería preferible que no existiera ningún filtro en absoluto, porque así al menos la Verdad y el error, el bien y el mal, estarían en igualdad de condiciones.

¿Cuál es la situación actual en las democracias liberales? Ahora, en nombre de la libertad de expresión, se permite mentir descaradamente a todo quisque. Apenas hay depravación que no recibe publicidad; no existe límite al mal gusto, a la cutrez en los medios; ideas perniciosas, desde el marxismo hasta la ideología de género, no sólo se permiten, sino que se promueven con ahínco. Como colmo de la impiedad, la blasfemia se erige como un “derecho humano”. A la vez que el error y el mal tienen campo libre para envenenar las almas de los ciudadanos, se silencia la Verdad. Pongo varios ejemplos concretos:

Está bien visto hacer campaña a favor del aborto libre, como un “derecho de la mujer”, pero si alguien enseña en público imágenes reales de mujeres que ejercen tan fabuloso derecho, es culpable de un delito penado con multas cuantiosas.

En clase de biología en los colegios (públicos y privados) está terminantemente prohibido enseñar que el hombre fue creado directamente por Dios, como nos dicen las Escrituras y siempre han creído los católicos.

Está permitido blasfemar contra Jesucristo, Su Santísima Madre, todos los santos y la Iglesia, pero si alguien osa cuestionar ciertos datos históricos relativos a nuestros “hermanos mayores en la fe”, se encontrará pronto en la cárcel. Ya lo dijo Voltaire: “Si quieres saber quien te gobierna, pregúntate a quien no puedes criticar”.

Como ya he explicado, la promoción de perversiones sexuales está a la orden del día, pero si alguien habla en contra del poderoso lobby gay, sin duda tendrá represalias. En clase de religión católica se podrá hablar de muchas trivialidades y contar historias bíblicas, pero jamás se podrá pronunciar el dogma de fe “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Franco, aclamado en la plaza de toros de Barcelona en 1951.

Franco, aclamado en la plaza de toros de Barcelona en 1951.

En resumen, la censura es absolutamente necesaria, tanto a nivel familiar como social, y la enseñanza tradicional de la Iglesia es inequívoca al condenar el falso derecho a la expresión. En las sociedades occidentales hoy en día sí existe la censura, aunque los mandatarios no lo reconocen. La censura que existe es el peor tipo; silencia la verdad y el bien para favorecer la mentira y el vicio. Así que si alguien critica a Franco por usar la censura, hay que responder de la siguiente manera:

Franco ejerció la censura para combatir el error y el vicio. Ahora se ejerce para combatir la Verdad y el bien. Elija usted qué tipo de censura prefiere. Y si dice que no quiere censura de ningún tipo es usted un necio. De la misma manera que ningún padre permite que sus hijos se expongan a cualquier porquería en la televisión, los gobernantes tienen la obligación de proteger la moral pública con una censura sensata, y eliminar mensajes que dañan las almas de los ciudadanos.

 


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El despertar de la derecha española

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Por C.S. Fitzbottom.-

La derecha española lleva dormida, al menos, 56 años. Es mi teoría de filatélico. En 1964 hubo una extraordinaria emisión de sellos, conmemorando los XXV años de paz.

La guerra civil había concluido hacía casi una generación, y el régimen de Franco, en vez de su victoria, hablaba ya de lo construido en común, de reconciliación, con el mismo espíritu con el que se acababa de inaugurar apenas unos años antes el Valle de los Caídos, recogiendo los restos de las víctimas de uno y otro bando.

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Puede que de aquellos sellos arranque mi amor a España. Quizás por eso tenga más presente aquel aniversario. Puede que fuera antes o después. De lo que estoy seguro es que, a diferencia de la derecha británica o la francesa, la portuguesa o la italiana, la norteamericana o la japonesa, la derecha española está presa de un terrible complejo, que puede que esté concluyendo en esta extraña época de reclusión.

En las últimas elecciones, hace apenas unos meses, casi la mitad de los votos en España fueron ido a opciones de centro, centro-derecha y derecha; y casi la otra mitad, a partidos de centro-izquierda, izquierda y extrema izquierda. Curioso. Fue casi lo mismo en las anteriores. Y en las previas. Y en las de 1977. Y en las de 1936. Y siempre que se llamó a los españoles a votar en libertad. Casi igual que en el resto del mundo. Porque en todas partes la mitad de la población cree que es bueno que los que corren mejor la carrera tengan un premio y que el sistema se base en eso. Y la otra mitad cree que no se puede privilegiar a los hijos de los que corrieron mejor la anterior carrera, y que el sistema produce esas injusticias, que hay que corregir. Esa podría ser una simplificación de qué significa ser de derechas y de izquierdas. Existe esa discrepancia en todo el mundo. Peter Jordan tiene magníficas charlas y conferencias en YouTube que les recomiendo y que explican muy bien la cuestión. Para todo el mundo. Pero el caso de España es distinto. A mí al menos siempre me lo ha parecido.

La izquierda, desde su control de los medios de comunicación, imperante desde 1968 en todo el mundo, y en España desde 1977, ejerce una increíble supremacía moral. Las causas que defiende son siempre justas, sensatas, razonables, morales, superiores y llevan a una evolución imparable hacia un bien mayor. Para ellos, la derecha es lo que incomprensiblemente se opone a tanta bondad, y por tanto es injusta, insensata, irracional, hipócrita y un fósil del pasado. Si encima sus ideas las expresan personajes como Donald Trump, se explica por sí misma en su peligro intelectual y real. Esta es la doctrina oficial en todo Occidente, especialmente en Europa.

Pero no quiero hablar hoy de la derecha en el mundo, especialmente porque en el mundo anglosajón, no es la parte débil del debate, y aún hay muchos foros en los que la izquierda puede ver mostradas sus vergüenzas en público. El caso español, para cualquier observador extranjero, llama la atención como un raro espécimen. Y permítanme una brevísima excursión por la historia reciente de su país, a quien tanto quiero y admiro.

Después de más de sesenta años de turbulencias civiles, la derecha española decidió organizarse y moderarse para darle a España medio siglo de estabilidad, desde 1874 a 1923. La derecha española se avergonzó finalmente de la aventura militar de Marruecos y entendió el drama del problema obrero en las capitales y de los jornaleros del campo. La derecha dio una oportunidad a la modernidad en 1931, aceptando con optimismo una república, que se imponía a pesar de haber perdido las elecciones municipales, y cuyo control asumió una izquierda que desde el primer día atacó sus valores y decidió destruir todo cuanto la mayor parte de España consideraba importante.

Ardieron templos, se expropió –por tercera vez- a la Iglesia, se desmanteló el ejército, se vulneró la propiedad y se legisló una Constitución sectaria. Todo se aceptó. La derecha ganó las elecciones de 1933. El régimen republicano, la casta de entonces, se negó la permitirles el acceso al gobierno. La derecha lo aceptó. Y cuando ese gobierno no tuvo más remedio que incluir tres ministros del partido ganador de las elecciones libres –la CEDA-, entonces, en octubre de 1934, el PSOE, el PCE, la ERC, el PNV y los anarquistas –curioso, ¿les suenan esas siglas a los españoles de 2020?- se sublevaron violentamente, en un golpe de estado con ánimo de guerra civil, contra el gobierno legítimo y democrático de la república… ¡porque tenía tres ministros de derechas! En 1936, la derecha ganó las elecciones, pero la izquierda se hizo con el control del proceso electoral, y consecuentemente, del parlamento y después del gobierno. Ilegalmente nombraron a la mayoría diputados y con más ilegalidad aún, destituyeron al presidente de la república, Niceto Alcalá-Zamora. Ya lo había avisado el líder el PSOE, Largo Caballero, autoproclamado “el Lenin español”: “Si no ganamos el poder en las urnas, lo haremos en las calles”. Militantes socialistas y comunistas comenzaron a asesinar a vendedores de prensa de la oposición y a organizar grupos paramilitares.

El entrenador de uno de ellos, un conocido policía del PSOE, que había disparado sobre un falangista en una manifestación, fue asesinado en represalia en uno de los enfrentamientos callejeros que él alentaba. Sus compañeros, policías y guardias civiles del PSOE, salieron en venganza a matar al líder de la oposición. No encontraron al más votado, así que liquidaron al que más hablaba en el Congreso. Dos balazos en la cabeza acabaron con la vida de José Calvo Sotelo, como le había sentenciado Dolores Ibárruri unos días antes en el Congreso de los Diputados, cuando él había denunciado sus desmanes: “Es la última vez que hablas en esta cámara”.

Cuando se descubrió el cadáver del líder carismático de la oposición –como si hoy fuera el de Santiago Abascal- tirado en el cementerio, y se supo que se sabía pero que no se podía decir que habían sido oficiales de la policía, toda la derecha, la mitad de España, supo que tenía que pelear para sobrevivir. Luchar con la misma agresividad con la que había sido atacada en 1931, en 1934 y en ese mismo instante. Y comenzó la terrible guerra civil española. Ese conflicto tan intenso, tan terrible, tan inhumano y tan místico, que ha suscitado más libros escritos que la segunda guerra mundial. No fue una lucha entre democracia y fascismo, y sólo desde la ignorancia o el sectarismo más embustero se pueden contar las cosas de otra forma. Asesinaron los rojos, como venían haciendo, y ¡ay!, también asesinaron los azules.

Hubo misas de acción de gracias en plazas con el suelo aún lleno de sangre de los jornaleros recién fusilados. Se asesinó a maestros, a socialistas, a gentes bien intencionadas que creían en la república y en valores morales que veían tras ella. Y la “derecha”, que no es una doctrina, sino un forma de vivir, supo que había pecado. Era justo luchar por sobrevivir, y pareció un milagro de justicia ganar. Pero en 1945 se supo –no se sabía antes- que los aliados nazis habían sido aún más vesánicos que los comunistas. Y en 1950 aún se fusilaba o, peor aún, se mataba de miseria a los prisioneros en campos de concentración. Miguel Hernández no moría siquiera con la dignidad de Lorca, de un balazo en el pecho, sino en la indigencia, el hambre y el abandono sórdido de cárceles inmisericordes. La derecha supo que, en la victoria, había pecado.

Los veinticinco años de paz de 1964 parecían suficientes. Ya todos tenían o aspiraban al Seiscientos, al piso en propiedad, a las vacaciones de verano, al ventilador en el dormitorio y, por fin, la lavadora automática. La clase media fue igual para todos, y dejó de exigirse el certificado de adhesión al régimen para poder opositar a un puesto público. Ya, al fin, se dejaba de cargar a los hijos por los pecados de los padres. Y todo iba a mejor. Así fue también en 1965, y en todos los años siguientes.

La derecha se liberó de Franco, es la verdad. Sólo sus más adeptos aguantaban ya su cantinela con la masonería y el comunismo. La derecha quería Europa y democracia. ¿Cómo pedirles cuentas a Carrillo y a la Pasionaria de sus asesinatos en 1939? Perdón, reconciliación. Paso de página. Un régimen nuevo, un rey joven, elecciones, partidos, políticos nuevos, hombres guapos, como Suárez y González. Democracia, transición, progreso, Europa, mantras que todos los españoles aceptaban en común.

No fue exactamente como se soñaba. Y la derecha aguantó de todo. La ETA y sus mil asesinatos y sus decenas de miles de exiliados, huidos del País Vasco por la extorsión y el miedo. La expropiación de Rumasa. El laicismo del Estado y de sus medios de comunicación, copados por la izquierda. El permanente acoso amenazante a la Iglesia y sus colegios; la burla sistemática a sus creencias. La derecha se dedicó a sus estudios, sus negocios, sus empresas… y hubo una nueva oleada de bienestar económico y se renovó la promesa de la clase media española.

Pero ocurrieron Zapatero y Lehman Brothers. Un irresponsable, indocumentado y sectario, tras un misterioso asesinato colectivo –aún no ha sido explicado el atentado del 11 de marzo de 2004- llegó a la presidencia del gobierno hablando de una extraña “memoria histórica”, que más se parecía a las campañas de Goebbels o Lenin. Y una nueva crisis económica, en 2008, dio alas a una nueva izquierda, nueva en las personas, aunque con el mismo discurso de siempre y, curiosamente, con la misma aversión al gel de baño y al buen gusto.

Hubo cambio de caras en esos años. Hasta la del Rey cambió. Y nadie se dio cuenta de que muchas cosas estaban rotas. Esencialmente, los consensos de la Transición. Los comunistas, que habían “acogido de corazón” –dijo el Secretario General del PCE, Santiago Carrillo, el asesino de Paracuellos, en 1977- la bandera de España, volvían a ondear sólo la triste tricolor de la triste segunda república. Los socialistas, enfangados en una generación de corrupción, pensaban que la cura era controlar los medios de comunicación para que no se hablase de ello –y casi lo consiguieron-. Y la derecha… la derecha se identificó con unas únicas siglas, que, resignadamente, englobaban a conservadores, liberales y democristianos, y a las que votaban, con mayor resignación aún, los escasos nostálgicos del franquismo y todos aquellos, mayores aún en número, que simplemente no querían a la izquierda en el poder.

La verdad es que la derecha española -y ahora, déjenme que hable el extranjero- ella sabrá por qué, decidió, hace dos generaciones, vivir de prestado en su propio país, y considerar que su régimen político era propiedad moral de otros. Y ese préstamo, esa cesión, esa rendición, señoras y señores, ha llegado a su fin. La derecha española ha despertado.

La derecha española despierta por varias razones:

– Porque el Gobierno está formado por una coalición de comunistas y socialistas, apoyada parlamentariamente por secesionistas y filoterroristas, liderada por un Presidente que se presentó a las elecciones prometiendo que no haría precisamente ese pacto.

– Porque desde ese Gobierno, se amenaza a la propiedad privada, se insulta a la Iglesia, se cuestiona la patria potestad y se ataca a todas las instituciones básicas del Estado, desde el Rey hasta el Consejo General de Poder Judicial.

– Porque no es lógico que traten de gobernar España aquellos que sueñan con destruirla en vez de ofrecer un gran pacto nacional a la oposición, cuando ésta está dispuesta a aceptarlo.

– Porque esa alianza del señor Sánchez, contra su promesa electoral, con los enemigos declarados de España, hiere en sus sentimientos más íntimos a la mayoría de los propios votantes socialistas, que, no obstante, son los que más inermes quedan para expresar sus ideas políticas y su frustración con la situación actual.

– Porque la sensatez no tolera más pantomimas con esa falsa memoria histórica, que sólo es una falsificación sectaria de la historia real y un insulto a la voluntad de reconciliación que preside las relaciones reales y cotidianas de los españoles, desde antes incluso de la Transición, y afortunadamente, hasta nuestros días.

– Porque la violencia que sufren muchas mujeres, y las otras formas de violencia que se viven en los hogares, en todo el mundo, no caben ser encorsetadas en la manida ideología de género, y menos justificar el encarcelamiento sin pruebas y el fin de la presunción de inocencia y del habeas corpus.

– Porque del mismo modo que ese feminismo sectario, la izquierda ha tomado la bandera del animalismo y de las visiones apocalípticas del cambio climático, para desde la autoridad intelectual de personas que no sabrían diferenciar una vaca de un buey, imponer una nueva dictadura de pensamiento, que sólo busca dividir el mundo en buenos y malos, a decisión de los líderes totalitarios de esa rancia secta marxista.

– Porque la derecha, hace mucho tiempo que aceptó que, aunque uno crea en Dios y en lo que su Iglesia enseña, hay que respetar, como esa misma Iglesia manda, a aquellos que piensan distinto. Y esa derecha está cansada de esos nuevos dogmas feminazis, hembristas, animalistas, estatistas y antiempresariales, que pretenden ser enseñados obligatoriamente en las escuelas, como nueva religión laica y única verdad que todo el mundo tiene que aceptar.

– Porque la derecha se ha cansado de la burla impune y con el aplauso de los bufones televisivos, a costa de la religión, de la bandera, del Rey, de la patria, del himno, del ejército, de la Guardia Civil, de las tradiciones y de las creencias de los demás- Y que encima los detractores de ese “pensamiento” –por llamarle algo- único, tengan que sufrir las amenazas, los “escraches” y las exclusiones de los medios de comunicación que la izquierda impone.

– Porque da vergüenza el sectarismo izquierdista de la inmensa mayoría de esos medios de comunicación. Y la derecha está indignada de que sus líderes y prohombres sean incapaces de promover y sostener canales de televisión donde no se insulte su visión del mundo y se puedan contar las noticias desde su punto de vista también.

– Y porque la primera nación de Europa, que incorporó a la civilización cristiana occidental a medio mundo, no merece perecer en manos de analfabetos funcionales, que sólo quieren condenar a sus compatriotas a la miseria de Cuba y Venezuela y al control político de Corea del Norte, para que como allí, el líder carismático viva en mansiones pagadas con los impuestos que pretende controlar, como la vida de sus conciudadanos a los que antes ha hundido en la miseria.

Es muy posible que sin 29.000 muertos oficiales y posiblemente otros 20.000 ignorados, sin esa ocultación, sin tanta incompetencia, sin tantas mentiras, sin la sospecha de tantos robos, sin tanto sectarismo, sin tanta manipulación, sin tanta improvisación, sin tanta torpeza, y sin haber tenido a la gente encerrada durante dos meses, la derecha hubiera seguido dormida, conformándose como siempre con lo menos malo, resignándose a ser, como en los últimos cincuenta años, lo que sus enemigos de la izquierda habían decidido que eran: algo despreciable.

Pero la torpeza de la izquierda, esa que nace de la soberbia incontrolable, la ha hecho excederse y perder pie. Y ha despertado a la derecha. Que no parece que ahora tenga intención de volverse a dormir.

Bienvenida, España, a la normalidad democrática.


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Así manipula el canalla SOROS la educación mundial: ¡Ideología de género para todos!

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Por Javier Arias.

Ya hemos visto como ese proceso de destrucción, de las sociedades democráticas organizadas, pretende reducirnos a individuos aislados, sin raíces familiares, espirituales, nacionales, convirtiendo a las personas en masa informe, adicta y miedosa porque eso nos hace más manipulables.

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Ese proyecto, cuenta con el sustrato de un difuso pensamiento, supuestamente izquierdista, y los miles de tontos útiles que creen estar sirviendo a causas de liberación y bondad, cuando colaboran en un plan contra la humanidad y la libertad.

Hemos visto el esfuerzo ingente, por parte de los magnates, en la creación y financiación de miles de organizaciones, con lemas bienintencionados que sirven a sus intereses, a veces sin saberlo. Ese monto millonario encuentra eco en los miles de medios de comunicación y periodistas, financiados y serviles que ocultan y blanquean esos crímenes.

La educación es una parte esencial de la trama porque los individuos necesitan una estructura ideológica que les facilite integrar lo que sucede en sus vidas. Después del padre y la madre, la escuela es el primer vector de creencias, para la mayoría de la población. Al igual que con los medios de comunicación, hay un prejuicio positivo sobre la veracidad de lo que aprendes en la escuela.

Desde ese punto de partida, Soros y sus amigos, sus organizaciones y partidos, están condicionando nuestras escuelas en dos sentidos principales:

  • Por un lado, imponiendo a edades cada vez más tempranas su agenda de segmentación y división, centrada en la inclusión de las agendas LGTB y el pánico irracional que busca salvadores frente a amenazas que nos superan como el apocalipsis climático o las pandemias. Se sexualiza a los niños y su entorno, o se banalizan las drogas porque los adictos son más manejables, Al mismo tiempo se fomenta el desprecio y luego el odio al disidente, provocando su “muerte social”, o su expulsión del grupo.
  • Por otro, reduciendo la carga lectiva, despreciando hasta la eliminación el esfuerzo, el interés por aprender y el reconocimiento del saber. Su ideal es gente sin cultura, abandonada, cómoda en el rebaño y con envidia -que convierten en resentimiento frente al que destaca- haciendo todo lo posible porque se someta al montón. Las políticas educativas, de muchos países., ya han adoptado estos puntos de vista, con aprobados generales o planes de estudio adelgazados hasta el ridículo, la eliminación del valor de la memoria o la sustitución de la mente por el recurso a una máquina.

Universidades

Han hecho de las universidades otra de sus grandes bases de influencia. Ellas son, junto a los medios de comunicación y los aparatos culturales las grandes fábricas de ideas, de una sociedad como la nuestra. Por eso tienen que controlarlos.

Ya han encontrado decenas de facultades y cientos de departamentos lastrados por ese seudomarxismo de base, donde la influencia comunistoide todavía anima a muchos de nuestros “intelectuales”, incapaces de navegar por su cuenta. Algunos han hecho de sus problemas personales e incomodidades psicológicas materia de cátedra, con “estudios maricas” (que les gusta denominar Queer, por si les da una pátina de moda internacionalista) y desde la “perspectiva de género” que es trasladar el odio, de la fracasada lucha de clases, a las relaciones personales y a negar las realidades biológicas, en aras de que nadie pueda llamarte degenerado o enfermo mental, sin enfrentar el castigo al que disienta. El odio, la imposición de unas ideas y el aplastamiento de las demás, las están convirtiendo en leyes, en numerosos países.

George Soros anunciaba a principios de este año 2020- en el Foro Económico de Davos que patrocina él mismo- que donará 1.000 millones de dólares para crear una red mundial de universidades, a partir de la Universidad Centroeuropea (CEU) fundada por el magnate, inicialmente en Budapest y hoy en Viena ante los enfrentamientos con el gobierno húngaro de ViKtor Orban, uno de los más críticos con los planes de Soros.

Denominada “Red de Universidades de la Sociedad abierta” (OSUN por sus siglas en ingles) se justifica según su promotor como un arma “contra el autoritarismo”
cuando, precisamente una de sus características es no permitir la disidencia ni la libertad de cátedra. Hablan de promover los valores liberales,( individuos y sociedades , naciones y estados débiles) y el pensamiento crítico lo que quiere decir la imposición de sus estructuras ideológicas, “más allá de las fronteras geográficas y demográficas” en consonancia con sus planes de aniquilación de naciones y sociedades, impulsando además “el activismo cívico” , en lo que se integra con la Red Talloires(una asociación internacional de instituciones, bajo la dirección de la Universidad estadounidense de Tufts) cuyo objetivo es fomentar el compromiso cívico de la educación superior, también . para conseguir esa transformación, según el Bard College, uno de sus intentos previos y que forma parte de la estructura de la red. Muy ilustrativo que entre los signatarios fundadores de esta red figure, nada menos, que la Universidad de la Habana, bajo control directo de la dictadura.

 

La ofensiva final es ahora

El mismo Soros considera que OSUN es el proyecto más importante y duradero de su vida y querría “hacerlo realidad antes de morir”.

En realidad va a ser, si tiene éxito, el más importante y duradero porque se trata de conseguir la dirección mundial de la educación superior, de la formación de las élites y, en consecuencia, dirigir las sociedades que esas élites liderarán. Ningún dictador pudo soñar algo de tal amplitud y de tanta influencia directa, desde que la Iglesia Católica dejo de tener la hegemonía global.

Esa red va a ofrecer programas y titulaciones conjuntas, uniformando en extremos desconocidos, hasta hoy, el pensamiento mundial. Además, la élites necesitan conocerse y coordinarse y por ello la OSUN reunirá periódicamente a estudiantes y profesores de distintos países en debates presenciales y con más frecuencia en línea..

Como siempre, tales objetivos se enmascaran en una catarata de bonitas palabras y loables propósitos como “llegar a aquellos estudiantes que más lo necesitan”, principalmente en Asia, África y Latinoamérica, “y fomentar los valores de la sociedad abierta, incluidas la libertad de expresión y la diversidad de credos” en vez de confesar que es un plan globalista capaz de generar una masa critica suficiente para implementar, sociedades débiles y la imposición de esos gobiernos dóciles, bien penetrándolos (caso de España o Italia) o bien consiguiendo su destitución y posterior constitución de recambio como en las revueltas árabes, o de Chile .

Golpes de estado y revoluciones, desde arriba o desde abajo.

Controlando las universidades, controlan los “comités científicos” y los “comités de expertos” que validan, o desautorizan, lo que les convenga, en una situación de crisis como en la que estamos ahora, con el Covid19.

En OSUN y la Red Tallories ya hay acuerdos, con más de 300 universidades en casi 100 países. En España figuran la Autónoma de Madrid, la Oberta de Cataluña o la Politécnica de Valencia, entre otras.

Por áreas geográficas, los números son impresionantes:

• África (62)
• Europa y Asia Central (65)
• Asia Oriental y Pacifico (43)
• Latinoamerica (43)
• Oriente Medio y Norte África (19)
• Norteamérica (79)
• Asia del Sur (83)

Ya dominan cientos de campus, pero quieren avanzar porque creen que este es el inicio de su victoria definitiva y sienten que es ahora o nunca porque, si tu oprimes a una sociedad o la amenazas, antes o después surge la resistencia y no quieren dar tiempo a que esa resistencia se organice.


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A Fondo

Ayer, hoy, mañana y SIEMPRE: Pase lo que pase y ocurra lo que ocurra, Alerta Nacional con la GUARDIA CIVIL.

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Son tiempos oscuros.

Hay indeseables en los ministerios; hay delincuentes condenados en los partidos de Gobierno; hay imputados por delitos gravísimos en el Congreso de los DiPUTAdos; y hay miembros de este Gobierno comunista que han blasonado, negro sobre blanco, de su ascendencia terrorista. Sin más. Sin menos. Había que decirlo, y se ha dicho. Con un par, Cayetana: eso es hacer honor a tu apellido; y brindar un servicio a España que te iguala a tus mejores antepasados.

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Desde una posición de sometimiento indigna para un cuerpo como el de la Guardia Civil, su impecable e inmaculado Honor hace que este cuerpo sufra los más viles ataques del desquiciado, acomplejado y sovietizado poder gubernativo contra sus mandos, templados en el acero de las armas que en su celo de servicio demasiado pocas veces desenfundan porque se saben desprotegidos por ese poder rufianesco que les usa pero les impide defenderse.

Ese acero que ellos mismos han sentido mecanizar milisegundos antes de recibir el tiro en la nuca; la bomba en el coche: siempre a traición; siempre por la espalda: indefensos ante la hez del ser humano que tomó forma en los alrededores de Elgoibar y que se surtió de armas en la vecina Eibar.

A esos hombres, que exponiendo la vida para salvar la nuestra, junto con nuestros más banales y estúpidos estilos de vida y pasatiempos ordinarios, que se juegan el tipo ante borrachos atiborrados de drogas en las autovías, siguiendo un modo de vida despreciado por los mismos que nos gobiernan a todos, para los que el honor es algo casposo y ridículo, les debemos no solamente la vida, sino la existencia despreocupada y cretina que todos hemos llevado mientras ellos sangraban, morían, se quedaban parapléjicos mientras el ministrillo de turno abusaba de sus más altos oficiales, hombres en un sentido tan completo y admirable del término que la sola comparación con el político de turno hace palidecer de vergüenza a éste último.

Hombres, siendo humillados por rufianes. Presuntos criminales. “Castrati” con purgaciones; repugnantes ejemplos de cuan bajo cae el ser humano en la inmundicia comunista alienante, que destruye todo y nada bueno hace.

Por eso, hoy, les dejamos con un vídeo que expresa -debe expresar- con claridad, meridianamente, y sin la menor duda, de qué lado cae el Honor, el respeto y la caballerosidad, y de qué lado cae el deshonor, la abyecta vergüenza del salivazo convertido en político enfermo con cara de vicioso irredento comido por sus verguenzas íntimas y sus complejos histéricos.

 


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