Opinión
La Hispanidad
En la fiesta nacional, que es también la fiesta de la Hispanidad, debemos recordar que España no solo descubrió América, también el Pacífico y al mundo entero como conjunto, poniendo en relación por mar a todos los continentes. El historial naval español es el más importante de la historia humana, mucho más que el inglés, y sin embargo es aquí olvidado o despreciado. Como herencia de aquel tiempo está la Hispanidad, pero debemos plantearnos si hoy existe. Creo que permanece, aunque en crisis, y resulta de todas formas difícil apreciar sus rasgos, aparte del idioma, ciertas tradiciones y un sentimiento de apego histórico, contrapesado por una demagogia estrafalaria sobre una América pre hispánica que nunca existió al margen del aspecto geográfico. Cuando no echada a perder por un deseo suicida de que la colonización no hubiera existido, o no hubiera sido como fue, o que la hubieran realizado otros pueblos europeos –cuyas empresas ultramarinas por entonces y en bastante tiempo apenas sobrepasaban el nivel de la piratería y el tráfico negrero–.
España descubrió América geográficamente y la construyó culturalmente. El gran vicio que pone en permanente crisis esa enorme construcción cultural es el empeño de negar la evidencia e inventar arbitrariamente motivos de rivalidad y distanciamiento.
Quienes se empeñan en secar sus propias raíces cavan su tumba. En Nueva historia de España termino: “Hoy por hoy, España carece de ímpetu cultural para orientar una evolución creativa, y tampoco se perciben otros países de Hispanoamérica capaces de hacerlo. La potencia espiritual demostrada por España en otros tiempos podría servir de acicate para un renacimiento en los actuales. Los indicios no son muy alentadores, pero todavía más catastrófica parecía la situación previa a los Reyes Católicos. Todo reto puede encontrar su respuesta, toda crisis encierra los factores de superación, y el futuro nunca está escrito”. Pero, hay que insistir, de momento, los indicios son poco alentadores.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
