Opinión
«Con la Iglesia hemos topado»
La histórica frase quijotesca viene a cuento del contencioso que el Gobierno de Pedro Sanchez mantiene a propósito de la exhumación de los restos de Franco.
El Prior de los Benedictinos del Valle de los Caídos, cual llanero solitario, se opone frontalmente al mismo. Pero, como “hoy los tiempos cambian que es una barbaridad”, el mensaje cervantino ya no es lo que D. Quijote quiso transmitir con su mensaje.
Le llamo llanero solitario, porque la Superioridad eclesiástica no apoya claramente al Prior. Ni su Superior de la Orden ni el Vaticano. Aducen que hay que estar a lo que decida el poder civil. Olvidando, en todo caso, lo establecido en el vigente Concordato respecto a la entrada en sitios sagrados ( “res sacra”) y su inviolabilidad, como bien plantea el Prior.
Yerran también los que buscan antecedentes falangistas en la vida civil del monje, antes de su profesión religiosa para “justificar” su posición. Ningún falangista, por principio, saldría en defensa de Franco. El desconocimiento de la Historia por parte de los progres de nuevo cuño trae estas incongruencias.
Volviendo sobre la Superioridad eclesial, los nuevos dirigentes vaticanos tal vez desconozcan, también, que fueron casi veinte mil los clérigos y religiosos asesinados durante la Guerra del 36. Amén de otros muchos miles de ciudadanos simplemente por su condición de católicos.
Seguramente también olvidan los cientos de víctimas inocentes asesinadas elevadas a la categoría de mártires…
Y digo más: de haber triunfado en la Guerra el bando republicano, a estas alturas estaría terminantemente prohibida la Religión católica. Seguro.
No hacen suyo, pues, el principio de que “de bien nacidos es ser agradecidos”.
En la “soledad” del Prior, se echa en falta asimismo sacar a relucir algo muy importante en la intra historia del asunto. Quién mandó/autorizó el enterramiento de Franco en el Valle?: directamente el entonces Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos I. De muy difícil justificación es que un Gobierno tome un acuerdo en contra de una decisión del Jefe del Estado. Pero esa Jefatura del Estado no dice ni pío al respecto. Aunque ya se sabe, “Spain is different”.
En resumen, la Iglesia ya no es un muro de contención. El Prior está sólo. Pero da imagen de defensor de la Justicia por encima de todo. Fiel a sus principios y acuerdos. Recio, de una pieza. Como Dios manda.
Dios le ampare, hermano! (Sic).
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
