Opinión
La ley de partidos de 2002 y la Constitución
Para la aplicación correcta de la Constitución, de su contenido, se requiere la normativa habilitante y operativa. He aquí el instrumento quirúrgico, o escalpelo, para las extirpaciones tumorales.
Veinticuatro años después de promulgada y sancionada la Constitución española del 78 y bien conocido el paño, por mor de la financiación y los sucios trapicheos –que no por las desviaciones patentes hacia el delito de sedición y otros parecidos como la recolección de nueces tras el sacudimiento del árbol por el encargado- y lo que plantea la esperanzadora incidencia real de la reciente resolución del parlamento europeo de septiembre del 19 sobre los crímenes del comunismo, que tanto molesta a algunos bracicortos- se regula lo previsto en el artículo 22 de la Constitución, para su ejercicio real, en una ley de 27 de junio del 2002, que sucede, ya con práctica y experiencia de lo que algunos entienden por política, a la preconstitucional del 78.
Se considera lo que es democrático y lo que no lo es y se vinculan las actuaciones a lo que reza en el código penal, a efectos de responsabilidades e ilegalización y se hace de tal manera que pueda ser aplicado por los tribunales y se proceda a poner término a actuaciones delictivas -tipificadas en el articulado del Código Penal- vestidas de lagarteranas, muy especialmente la violencia, el terrorismo, las pretensiones delictivas y la imposición gratuita.
Todo ello en los diferentes y conocidos grados de tentativa, frustración o consumación, que no por ello dejan de constituir delito punible.
Esto se hace al margen de lo que entiendan por constitucional las buenas gentes que no lo son tan buenas, sino calificándolas arbitrariamente de tal, como vemos en demandas invocando v.g. la constitucionalidad del aborto, que bien pudiera invocarse para el crimen organizado y para los derrocamientos express, calificándolos de “usos y costumbres del lugar”.
Esto tiene efectos terapéuticos silenciadores de memeces, a la vez que se establecen mínimos básicos, tan básicos como que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento ni siquiera a los comunistas, por mucho que sea el resentimiento que les ciegue” y que la sala competente para ello –por la trascendencia del asunto- es una específica y especial del Supremo, según la LOPJ, que viene a significar “el Supremo en pleno”, cuya sentencia será ejecutiva desde el principio, sin apelación, salvo el amparo del Constitucional.
La instancia corresponde, como dice la Constitución, al Ministerio Fiscal o al Gobierno, por sí o a instancia, como decíamos ayer, de los más de 50 de Vox –entre otros- que ahora tienen cancha para invocar el asunto. Así que, adelante con los faroles.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
