A Fondo
Lo que debe preocuparnos es el cambio demográfico que sufre Europa, no el cambio climático
AD.- Negar el cambio climático te puede llevar al patíbulo de los condenados por negar algunos de los mantras oficiales de la izquierda que han sido fijados como verdades dogmáticas; y por consiguiente, no sujetas a refutación posible.
Numerosos científicos han desmontado la teoría de que el calentamiento global y el cambio climático se debe a la mano del hombre. Los ciclos de la actividad solar son determinantes en el aumento de la temperatura del planeta. ¿Por qué los gobiernos de la izquierda se empeñan en echar la culpa a la mano del hombre? ¿Se puede enfocar el cambio climático desde el punto de vista científico? Parece ser que no.
Aún en el supuesto de que fueran ciertas las teorías sobre el cambio climático, nos preocupan cosas más importantes. Por ejemplo, que no podremos salir de esta decadencia moral más que por un enorme resurgimiento moral, enseñando a los hombres a amar, a sacrificarse, a luchar y morir por un ideal superior. Los mismos que están destruyendo el edificio de la dignidad humana en Occidente son los más interesados en que creamos sus teorías sobre el calentamiento global. ¿Qué buscarán estos bribones?
Nos preguntamos por qué para los dirigentes europeos es más importante el futuro del arce que el de su propio pueblo. Por qué les angustia más el nivel de emisiones de dióxido de carbono que la progresiva disminución de las poblaciones autóctonas en los países europeos bajo mando de organismos e instituciones controladas por una élite. Por qué debería turbarnos más el supuesto calentamiento global que el plan deliberado para acabar con las etnias occidentales. ¿Acaso hay algo dentro de la creación divina más importante para el progreso humano que el aporte genético que impulsó todas las ramas del conocimientos? ¿Debemos preocuparnos por un futuro del que dejarán de formar parte preponderante los grupos nacionales y étnicos que dan sustento a nuestra razón y forma civilizadora de vida? ¿Podemos mantener el soplo de la esperanza por las cuestiones medioambientales si éstas no observan el principal activo que tiene el planeta tierra: sus moradores de raza blanca? ¿Son creíbles las preocupaciones climáticas de dirigentes mundialistas que han inducido a la población al individualismo y a que priorice el consumo compulsivo por encima de cualquier valor moral? ¿Son creíbles las agoreras predicciones sobre el cambio climático de unos científicos corruptos que, en cambio, son incapaces de precisar la meteorología en cualquier punto del planeta con 24 horas de antelación? ¿Es culpable Donald Trump de esta metástasis colectiva que este puñado de eurocidas pretende corregir en reuniones de burócratas charlatanes como las de Kioto o Río? Pero sobre todo, insistimos, ¿por qué es más importante la reducción de la masa forestal que la conversión de las poblaciones caucásicas en claramente minoritarias dentro de sus propìos países?
Los tentáculos del multimillonario George Soros enredan políticas y generan caos en países de todo el mundo a través de las legiones de empleados de su filantrópica Open Society. Su dinero financia grupos extremistas buscando derrocar el capitalismo y promover un orden global radical medioambientalista. Su séquito de asesores abarcan todo el globo en posiciones de influencia y poder, e implementando su agenda radical. El advenimiento de esta nueva religión medioambientalista necesita desesperadamente de nuevos y deslumbrantes demagogos para empujar la causa del calentamiento global y silenciar a sus opositores bajo pena de delito o pecado mortal. Entra en escena Jorge Bergoglio, el sonriente y completamente misericordioso argentino.
El 13 de marzo de 2013, con el súbito e inesperado cambio de régimen en la Ciudad del Vaticano, Soros y sus empleados en la ONU comprendieron que con el nuevo pontífice argentino izquierdista el clima se calentó de golpe y abundaron las oportunidades. George Soros no podría haber imaginado un socio más perfecto en el escenario mundial, el que había estado buscando durante toda su carrera: un gran líder religioso pontificando como autoridad moral en favor del medioambiente, países sin fronteras y migraciones masivas.
A pocas semanas de la elección de Francisco, el colaborador de Soros y secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon cumplió con la visita de cortesía obligada al nuevo pontífice, y Moon supo que algo había cambiado dramáticamente en el Vaticano. Luego de su visita papal, el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon anunció al mundo: “Conversamos acerca de la necesidad de avanzar sobre la justicia social y presionar para que el mundo alcance los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).También hablamos de la necesidad de que todos nosotros y el mundo avancemos en dignidad y derechos humanos, especialmente las mujeres y las niñas”.
Escandalosamente, el nuevo Vicario de Cristo electo parecía haber bendecido los ODM y ODS favorables al aborto, pero este era sólo el comienzo de la gran farsa del medioambientalismo.
Así pues, si éste es el futuro que nos espera, con un mundo dominado férreamente por gente como Soros, con pueblos mestizados y adocenados, sin apenas disidencia, y donde el futuro de los pingüinos preocupe más que el de las personas nativas de Occidente, no es extraño que a muchos no nos preocupe nada el calentamiento global ni hasta la caída en la tierra del asteroide Apofis.
A Fondo
Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro
Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.
Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.
Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.
También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.
A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.
Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.
Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.
¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?
Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.
Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…
Por Diego Fusaro
