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Opinión

Nochebuena lagunera (Cuento de Navidad)

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(De mi libro Cuentos de Navidad, editado por Nostrum 2017 y de venta en El Corte Inglés y en La Casa del Libro) Es muy difícil, si no imposible para el que no ha conocido lo que significa llegar a la extenuación, hacerse idea de lo que es sufrir el abandono de la fuerzas y lo limitadas que son ante la presión de la naturaleza implacable, feroz e inmisericorde y ser consciente de que la efímera llama de nuestra vida depende de mantenerlas más allá de lo posible. Cuando se ha luchado hasta ese margen, que permite nuestra fuerza física e incluso se ha superado el límite, por mor de la voluntad y el instinto de conservación, olvidado todo lo demás se percibe y se valora con infinito placer lo que representa algo tan simple como el agua, el calor, el alimento, el descanso reparador, la piel cálida y suave de una mujer y la mano amiga que nos empuja, que nos levanta, nos sacude, nos alienta y no nos permite abandonar.

Todo empezó al anochecer de un bello día de Nochebuena, allá por las postrimerías del siglo pasado. Nada hacía presagiar un naufragio tan inoportuno en plena civilización y en las confortables condiciones en las que nos desplazábamos a un pueblito perdido, eso sí, en plena sierra de Urbión. Casi en su cuerda.

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Habíamos salido a primera hora de la tarde las dos parejas a bordo de un buen vehículo todo terreno. Nos acompañaba nuestro inseparable perro Maroto, un gos d’atura casi blanco y muy cariñoso. Y nos habíamos confiado a San Cristobal como siempre. Conducía mi viejo amigo Alejo Basurto Letamendía llegado de Suiza hacía poco con su bellísima mujer, Jeanette McDonald. Ellos eran los que nos habían propuesto el viaje a Helena y a mi. Habían colgado sus fonendos y sus batas, habían dejado por unas fechas sus microscopios, sus micrótomos, sus criostatos, sus cultivos y sus preparaciones histológicas de encéfalos enfermos y sanos accidentados y ansiaban proyectarse hacia el monte, hacia la sencillez de nuestra tierra de origen donde se conocieron cuando ella venía de veraneo y frecuentábamos en bicicleta, las fuentes y pozas de baños y meriendas, las romerías y las verbenas de los inmensos pinares. Todo aquello nos atraía con un fervor especial. Era la prendedura ancestral del cariño a las vivencias veraniegas, a los amigos pubescentes en eclosión, acariciadas largamente durante gran parte de nuestras vidas y núcleo duro de lo que somos y hemos sido. Aquellos convivios de tortilla de patatas, de bocadillo de chorizo cular a la vera de un arroyo, de trago de la bota, lata de calamares, lata de bonito o de mejillones y primeros cigarrillos con comentario, primeras miradas al soslayo, manitas semiconsentidas y algún que otro beso subrepticio, caricia casual o roce flagelador de incipientes pechos novicios al atardecer… Luego regresábamos con las luces de las dinamos y el frescor delicioso de los badenes en grupillos de chicos y chicas confiados y satisfechos de vivir. Nos queríamos tanto… ¡Qué hermosura de tiempos que se fueron raudos! ¿Dónde estáis, puñeteros?

Habíamos parado a repostar, tomar café y algún que otro alipus reconstituyente y cada vez que retomábamos la carretera el cielo se veía menos brillante, mas tupido de nubes panza de burro y poco tranquilizador, pero era natural en esta época del año que fuese así. No le dábamos importancia porque todo estaba en orden y el calor del motor, su buen sonido y lleno el depósito, hacían que todo lo viésemos prometedor.

Allá nos esperaba una casa rural de cómodos aposentos cálidamente confortables y una quietud navideña, un déjame estar caleidoscópico y sensual, que ansiábamos todos. Nos habíamos provisto de ropajes, calzado y gorros adecuados y lectura para unos días tan señalados. Este año nos escapábamos de la familia, de la cena programada y de las rutinas tradicionales en un intento de romper con la vida regulada, dormir como lirones caretos y conocer una nueva perspectiva. Allí nos encontraríamos un belén, un árbol de Navidad y una chimenea, tal y como nos dijera nuestra amiga Eusebia Razoncillo Morales la encargada de aquello, que nos dejaría dispuesta una cena adecuada, lista para calentar y las botellas y dulces solicitados. No tendríamos queja que elevar, seguro. Nos lo garantizaba con su pescuezo (sic) la buena mujer, viuda de un antiguo guarda de montes, de los de chapa, sombrero de ala ancha y carabina al hombro, el Hermógenes amigo eterno y de feliz memoria.

Cuánto nos había enseñado del monte el bueno de él, de las víboras, de los alacranes, de sus picaduras, de los remedios inmediatos. Cuánto nos había contado de los terribles inviernos vividos cuando pastor. De privaciones, desgracias y fríos despiadados. Cuantas veces compartimos merienda –él con su eterna navaja y sus tarazones de queso y de pan magro que nos ofrecía generoso– y cuántas nos enseñaba cuales eran los frutillos comestibles y los letales como el temido beleño; setas buenas y malas, pescar truchas a mano, cangrejos… respetar las nidadas y saber ver lo que no se ve. Entonces había lobos por allí y nos hablaba de su insidia y su pertinacia derivada del hambre… y de los cuidados a tomar en campo abierto. No le gustaban los cepos de alimañeros y furtivos ni para ellos, ni para los sabios zorros de los que tenía anécdotas propias de Esopo, de su paciencia y su listeza. No le gustaba lo de alimaña. ¿Quién era nadie para establecer esa diferencia entre las criaturas del monte? En aquella lista negra de entonces estaba el lince, el milano y la garduña… además de raposas y lobos. Sabía escuchar los sonidos, leer las nubes, las huellas y los vientos y oler el humo a kilómetros…

Ya mayor, una noche de primavera no regresó a casa. Dos días después le encontraron felizmente muerto al pié de una vieja sabina junto a la que sesteaba en verano y cubierto con su manta. Digo felizmente, porque al parecer en su rostro se dibujaba una sonrisa beatífica. Al llegar a su cadáver unos gazapillos –a los que mimaba infantil– que acompañaban su silencio, salieron corriendo.

En fin, amigos, no nos pongamos tristes. Él disfrutó buena parte de su vida de algo inmenso y bello. Nada menos que de bosques de pinos albares, castaños, enebros, hayas, helechos, rebollos y gayubas y tuvo los mejores amigos posibles a los que daba nombre y quería. Luego, cuando regresaba, la Eusebia, su buena mujer, su hembra costillar –que lució unos espléndidos años mozos, merecedores de encomio y comentario según dueñas– le había dispuesto una cena que tal la temporada, era más o menos enjundiosa y le satisfacía muy mucho porque traía hambre. Luego ordeñaban su vaca, cebaban su cerdo del año, rezaban una breve oración y yacían abrazados in puribus. Él la tomaba y se gozaban y machimbraban con ahínco, generosamente, quedando dormidos hasta que ella, ruborosa aún de la refriega, sonámbula, se levantaba antes que el sol para encender el fuego en las brasas de ayer, amasar la harina con el reciento del dornillo y agua tibia para que subiese y poner el pienso a la vaca, a la que saludaba amorosa y acariciaba el húmedo hocico humeante y al gorrino. Más tarde cocía en el horno. Y así, día tras día, año tras año, café tras café, toda una vida. No hubo descendencia por más que la buscaron.

A las siete de la tarde, ya noche cerrada, no se veía luna que la remediase. Caía la nieve en grandes copos silenciosos que el limpia no podía hacer desaparecer del parabrisas y se amontonaba en torno nuestro formando ventisqueros alomados y uniformes. Íbamos con prudencia buscando rodadas que no había y poco a poco, por esos caminos de Dios que nadie frecuenta, a esas horas, ni a esos meses. Todo semejaba un manto piadoso, que se nos antojaba más bien mortaja por lo que tenía de incierto y fantasmal.

–¡Hay que poner las cadenas, queridos! Exclamó Jeanette que había tomado el volante en la última parada, sacándonos del letargo en el que nos tenía a todos sumidos el calorcillo y el ronquido del motor y nos hizo contemplar con ojos descomprometidos –como avestruces listas a meter las cabezas donde fuese– el ambiente uniforme aquel que nos rodeaba. Se había hecho a un lado de la carretera, había encendido un cigarrillo y aspirando el humo nerviosa y preocupada, se atusaba la melena negra y abundosa, mirándonos. Helena que iba tumbada sobre mi regazo, adormilada y abandonada a la molicie, con su breve falda casi a la cintura y mostrando sus suaves y cálidas piernas generosamente, se asomó a la ventanilla y puso cara de asombro al contemplar el plan que había fuera. Me miró a ver que decía yo y permanecía callada, temerosa, mordiendo sus gruesos labios que me dirigía cariñosa, ofreciéndomelos. Maroto dormía a su lado, bajo sus pies y no se inmutaba por nada.

–Pues no se hable más. ¡Ea!, dije. ¡Compañeros del metal, ha llegado la hora de los valientes! Y comencé a ajustarme bien las botas que llevaba, me encasqueté el espeso gorro de lana y me puse el anorak que cerré y ceñí cuanto pude y me calcé unas manoplas que traía en uno de los bolsillos. Alejo hizo como yo. Sin parar el motor salimos fuera y nos dimos cuenta de la que caía. Buscamos las cuatro cadenas en el maletón trasero y con arte, paciencia y la ayuda de una linterna que sujetaba Jeanette, que se había forrado como un esquimal, fuimos capaces de colocarlas debidamente. Fue cosa de una media hora larga. Maroto bajó un momento, hizo sus menesteres y volvió junto a Helena. Cuando nos vimos de nuevo en el calorcillo interior nos despojamos y nos sentimos muy bien y muy prácticos. Helena volvió a recostarse en mí buscando mi cuerpo y me daba un calor de animal perfumado muy de agradecer.

De nuevo en marcha –lenta y prudentemente– se trataba de no perder el camino que iba difuminando sus contornos progresivamente y a pasos agigantados. Era una nevada muy seria la que nos estaba cubriendo, como una manta espesa, silenciosa e inmisericorde. La cosa era llegar. Lo demás era un ambiente muy navideño y muy de cuento, que veríamos desde la ventana del salón al calor de la chimenea mientras beberíamos un cacao ardiente sin prisas, ni fecha de regreso.

A las ocho de la noche, cuando calculábamos que nos quedarían diez kilómetros o así, porque no había ninguna referencia o mojoncillo que nos indicara nada, el haz de luz que surgía del coche sólo iluminaba blancura y más blancura por delante y avanzábamos aventurando una ruta supuesta. Los cuatro mirábamos inquisitivos buscando alguna señal, algún cartelito indicador. Circulábamos por lo que debía ser el centro del camino y aquello se cerraba más y más, a ojos vistas.

–Tenemos que estar ya donde el bebedero de los bueyes, decía Alejo para darnos ánimos. Ahora vendrá la curva del puentecillo y luego el desvío.

–Me temo que no hemos llegado ni al Fraile aún, cariño, comentaba Jeanette con voz trémula mientras fumaba y sacaba a relucir esos ojos grandes y vivos que atravesaban la obscuridad como el radar de un cazabombardero. Creo que nos hemos pasado el primer desvío y nos vamos para Cameros.

–Hubiéramos pasado por el puertecillo y es inconfundible, aventuré consciente de que ellos lo sabrían mejor que yo, porque era su territorio y lo habían vagado cientos de veces, incluso de noche cuando, ya mocitos, se perdían a buscar luciérnagas por San Juan y se encamaban como las liebres en el trébole y nos decían que para ver las estrellas.

–No Julito, créeme, proseguía Jeanette con fervor, allí estaba la caseta de camineros y reconocería el paraje, aunque la hubiesen volado. Vamos para Cameros, por la de abajo, por la vieja. Lo sé. No me equivocaría ni con los ojos vendados. Tiene que haber un crucero en un claro de por aquí y lo vamos a ver enseguida, aunque caiga la que caiga, insistía y estiraba el cuello mirando como un águila en todas las direcciones, como si buscara donde posarse ya mismo.

Nada de nada. El tiempo transcurría. El crucero no aparecía. Rodábamos muy despacio y todos menos Maroto, mirábamos con avidez en todas las direcciones que estaban iluminadas buscando alguna referencia, algún indicio que nos tranquilizara. Nada. Maroto dormía tan terne. Helena iba encaramada en mí, abrazada, llorosa y callada como una niña. Su cabeza sobre mi hombro y sus rubios cabellos inundando mi vista eran un poema de angustia y pavor.

–He visto niñas pequeñas más valientes preciosa, la dije al oído, no va a pasar nada malo. Todo va a ser bueno. Mira a Jeanette, qué animosa es. Es Navidad. Es una aventura de Navidad. En cualquier momento aparecerá Papá Noël, oiremos una campana que llame a la misa de gallo… aparecerá un ángel… vete a saber. Disfruta. Algún día se lo contarás a tus nietos. Y acariciaba a través de la fina blusa que lo cubría, su vientre terso y cálido y ella me besaba agradecida y sonreía un poco.

–¿Hace un alipus de ron, compañeros? Saqué mi petaca y la fui pasando y todos dieron un buen trago y la sonrisa iluminó sus fúnebres caretos reconfortados. Nos detuvimos orillando un poco si eso era posible, sin saber donde estábamos siquiera. Maroto, a la vista de la pequeña juerga momentánea, se subió sobre Helena y hubo que acariciarle y darle un premio que llevaba en el bolsillo. Se quedó sobre ella y Helena se sentía mejor, más acompañada con semejante machote jadeándola en la cara. Le abrazó y le besó y él la correspondía con lametazos. Hubo risas y un relajo que nos alivió un poco la inquietud, que nos estaba devorando por dentro. El peludo se quiso pasar con Jeanette y Alejo, lo hizo, les lamió, lo celebraron y volvió sobre Helena y ella le acogió con entusiasmo, abrazándole de nuevo. Se sentía muy segura entre los dos y sobre todo con alguien a quién le importaba un rábano la situación y la daba calor como una estufa.

–Nos hemos perdido. Lo reconozco. No se donde estamos. Exclamó Jeanette compungida y negando con la cabeza. Si seguimos este camino y no nos salimos, llegaremos a algún sitio, eso es todo lo que se me ocurre.

–Esperemos aquí a que cese de nevar. Lo tiene que hacer en algún momento. Propuso Alejo muy sereno. Cenar, vete a saber cuando lo haremos. Lo importante, es mantener la tranquilidad, no cometer ningún error y barajar. Esto no es la tundra. Alguna vez encontraremos alguna aldea, algún vehículo, alguna señal. No puede ser que no haya nada en ningún sitio. ¡Pasa otro trago, compañero, que me ha sentado muy bien el anterior! Llamemos a Eusebia por teléfono, digámosle que nos ha pillado la nevada, que no sabemos ni donde estamos y que no se preocupe. Estará con su hermana y su sobrina cenando y seguro que no se acuestan hasta tarde. Ya veremos. Aquí hay un par de tabletas de chocolate con almendras. Son las diez de la noche. Tomad y hagamos un receso. Pongamos música o escuchemos al hombre del tiempo o el mensaje de Navidad del Rey. Estemos tranquilos. Hay combustible para horas. Dios proveerá. Celebremos lo que tenemos a mano, que no es poco.

Y así, como si nada, tomó a Jeanette por el cuello, la aproximó y comenzaron a besarse larga y profundamente. Ella ronroneaba, atacaba y con una mano pulsaba el mando de la radio en la que sonaban unas músicas muy animadas, muy folks, primero de Johnny Cash: I’ve been everywhere y Life’s railway to heaven y luego de Willie Nelson, Dolly Parton, Kris Kristofferson y Kenny Rogers, que nos amenizaron el chocolate y la imprevista sesión de besos y caricias vitales, a la que nos abandonamos, mientras, de vez en cuando comprobábamos que la nevada remitía poco a poco y que el cielo se iba poblando de estrellas brillantes y limpias. Un firmamento que teníamos olvidado. Ahora empezaría la helada feroz al sereno, los catorce bajo cero o más… Pero, salvo error u omisión, dentro, estábamos a cuarenta grados y subiendo. Lo que sucedió entonces es más propio de un relato del polímata Boris Vian que de Anton Chejov o de Guy de Maupassant, no me cabe duda, pero fue tal y como os lo cuento para que veáis lo que es la vida y como puede funcionar el animal humano ante la adversidad.

–¿Qué te pasa, cariño? Me has roto las presillas y te vas a cargar el tirante, gemía Jeanette, con voz grave entre los brazos de Alejo que bramaba furibundo… Yo… yo me las quito… pero espera un poco, tienes la mano helada… Ay, qué frio, ¡Dios!… qué prisas. Ten cuidado, que son de la Perla, cielo –tres mil pesetas– y no encontraré repuesto en Hontalvilla, seguro. ¡Serán de retor, como poco, si no son de pana! Y se carcajeaba bajito.

–Jo, qué tío… decía. ¡Qué barbaridad!… ¿Te pone así la nieve o es la cellisca? ¡Parece que has olido la cuadra, garañón! exclamaba, eso sí, llena de cariño, melosa y tan en marcha y encelada como el andoba, que la requería con las prisas de un cobrador del frac en plazo y forma.

Yo andaba en similares menesteres con Helena que sin decir nada, calladita y efectiva, había procedido en consecuencia, había dado unos tragos a la petaca y a horcajadas sobre mí se movía acompasadamente, como una sierpe, mientras me mordía los labios y me ponía sus hermosos pechos desnudos a la altura de la cara y me decía cosas deliciosamente sucias al oído, alternativamente y en ese orden.

Maroto había puesto las orejas tiesas y miraba inquisitivo, olisqueando a hembra en marcha y a macho dominante en ejercicio. Respetuoso. Digo yo si esperaría su turno de manada. ¿Qué era esto, sino una reacción vital, animal, lógica, genésica, sin premeditación, ni alevosía, sólo porque la especie corría peligro en plena Navidad?.

Apenas habíamos prestado consentimiento. Era como un automatismo antes del ataque final. A falta de pan buenas eran unas tortas de chicharrones en manteca, por si acaso. Habrá que consultar a un sociólogo, a un creador de opinión o a un cura de hogaño, porque médicos teníamos allí de sobra y no decían ninguna gilipollez, ni aventuraban tesis, sino que se aplicaban al asunto entre gemidos, jadeos y otras guturalidades lisérgicas, que ponían a prueba la suspensión del auto en cuestión. No sé si fue Jeanette o Helena, que miraban hacia atrás por razones obvias, la que gritó a lo Rodrigo de Triana:
–¡Una luz! ¡Una luz! ¡Veo una luz que viene por el camino! Se bambolea.

¡Jo!, Miramos todos hacia atrás, más bien contrariados. En efecto, por el camino, muy lejos se veía la pequeña luz temblorosa y débil de un farol que venía hacia nosotros, por nuestras rodadas y con ritmo de caballería. Nos había visto ya quién fuese y nos alcanzaría al poco. Nuestras luces eran patentes.

Nos recompusimos rápidos. Esto no queda así como así, es cruel, pensamos los cuatro y sobre todo Alejo y yo que estábamos a punto de caramelo, con mariposas en cuarto creciente y varios créditos y lo de la luz… hubiéramos querido que se retrasase unos diez minutos más o tres horas, no se. Nos iba a doler el frenazo más que el derrapaje. ¡Ay Señor, Señor, perdona nuestros desvaríos, nuestra debilidad,! ¡Pero qué inolvidable y buena noche fue la Nochebuena aquella, tan lagunera ella!


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General de División Juan Chicharro: La División Azul y los judíos. Respuesta a Isabel Peralta

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Juan Chicharro Ortega

General de División de Infantería de Marina ( R )

El pasado día 10 del presente mes acudí como suelo hacer todos los años al cementerio de la Almudena para honrar a los caídos de la División Azul con motivo del 78 aniversario de la batalla de Krasny Bor. Un acto organizado por la Hermandad nacional de la División Azul. Allí se rezó y recordó una de las mayores gestas de las armas españolas de toda nuestra historia militar.

Con posterioridad el día 13 fecha exacta del aniversario de la citada batalla se llevó a cabo otro acto en el mismo sitio en nada relacionado con el anterior organizado por una asociación denominada “Juventud Patriótica”. No estuve allí y por lo tanto no puedo hablar del mismo más que por los vídeos que he podido ver. Hoy veo en diferentes medios un ataque directo a la División Azul y a los divisionarios basados en muchas cosas pero esencialmente en las palabras que una militante de esa organización pronunció diciendo que “ el judío es el culpable y la División Azul luchó por ello”. Nada tengo que decir respecto al resto del acto , cánticos y rezos con los que comulgo pero no puedo por menos que rechazar tajantemente lo que esa militante dijo envuelta en la gran confusión que tiene respecto a la influencia judía en lo que ahora llaman el Nuevo Orden Mundial y el problema judío en la II GM. Y más aún respecto a la presencia de algún uniformado con una bandera extraña que nada tiene que ver con los jóvenes falangistas que a Rusia fueron a morir.

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A ver si se entera esa señorita y acompañantes que uno de los graves cánceres que padecemos en la sociedad actual es el desconocimiento absoluto de la historia real. Si algo se conoce es la manipulación y falseamiento de hechos e ideologías . A ver si se enteran : el divisionario joven de camisa azul era el del espíritu social , y de humanismo cristiano que pocas coincidencias tenían con el nacional socialismo alemán y se desarrollo en el Tercer Reich.

Con estas palabras esta militante da pie y alas a quienes desde la ignorancia más supina acusan a los hombres que un día fueron a luchar a Rusia contra el comunismo soviético de genocidas, nazis y no sé cuantas lindezas más.

La historia es la que es y difícilmente la van a poder ensuciar quienes cegados por el odio acusan a la División Azul de connivencia alguna con lo ocurrido con el pueblo judío, entre otras cosas debido a su ignorancia total de lo sucedido así como de la actitud del régimen franquista a propósito de lo que ocurrió con los judíos en la Segunda Guerra Mundial.

   Es lamentable que tengamos que observar día a día la incultura general que demuestran muchos contertulios y, en el caso que nos ocupa, cuando prima el resentimiento y el odio, aún más. Y digo que es triste porque, además, quienes deberían defender la verdad no lo hacen por miedo o ignorancia. Por eso no está de más recordar que finalizada la II GM el entonces presidente del Congreso Mundial Judío, Maurice L. Perlzweig, se dirigió al General Franco para manifestarle la profunda gratitud de los judíos por el refugio que España había facilitado a los que procedían de los territorios bajo ocupación militar alemana.

Fueron muchos los diplomáticos españoles que dieron todo de sí en la defensa de los judíos pero también, en el campo de batalla y a su paso por Polonia en su camino al frente, los divisionarios españoles aportaron su granito de arena protegiendo y defendiendo a los judíos con gran disgusto del mando alemán. Se calcula que en el transcurso de la guerra fueron decenas de miles los judíos que se libraron de persecución nazi gracias a las órdenes del General Franco a sus diplomáticos. La carta que Perlzweig envió a Franco decía literalmente «los judíos son una raza poseedora de gran memoria y no han de olvidar fácilmente la oportunidad que se ha brindado a miles de sus hermanos para salvar su existencia». Esto es historia y punto.

   El problema es que a aquellos que estos días arremeten contra la División Azul les da igual la verdad. Bueno, en primer lugar la desconocen, su nivel cultural no da para mucho más y cuando se les cuenta, aún peor, pues a pesar de no tener argumentos en contra se envuelven en el rencor. A ver sí se enteran de una vez. La División Azul, los divisionarios, fueron a luchar contra el sistema comunista soviético de infausto recuerdo para la humanidad y su actitud humana estuvo siempre dentro de los cauces de las leyes de la guerra. Y aquí incluyo, una vez más, la actitud con el pueblo judío. Y no lo digo yo. Es algo reflejado mil veces por numerosos historiadores de reconocido prestigio desde la más estricta neutralidad. Y por si esto no bastara tengo conocimiento directo de esta actuación por numerosos relatos personales de divisionarios que vivieron la aventura de la División Azul. Y no sólo divisionarios. Conocí personalmente a Mauricio Hachuel, presidente de la Comunidad Sefardí en España, allá por los finales del siglo pasado quien en extendida conversación al efecto me corroboró punto por punto cuanto digo.

Sepan los que hoy tildan a los divisionarios de tantas barbaridades que son incontables los casos en los que estos y el mando español tuvieron que lidiar con el mando alemán en innumerables ocasiones por la defensa que estos hicieron a su paso por Polonia y en los países bálticos de los judíos maltratados.

Mal favor han hecho a la División Azul y al recuerdo de los divisionarios caídos las palabras de esta señorita al relacionar a la División con lo que ella llama “el judío”. Craso error fruto de la ignorancia más supina.

Por lo que a mi respecta le diré que en ese panteón de la DA en la Almudena reposan los restos de mi padre y le aseguro que al oír esas palabras debió estremecerse y revolverse de rabia e impotencia.


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General de División Juan Chicharro:» Jamás renunciaremos a lo que establecen nuestros estatutos, ni a dejar de honrar el nombre de Francisco Franco»

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Andan enzarzados nuestros políticos con sus opiniones sectarias a propósito de las declaraciones que Pablo Iglesias ha expresado sobre la democracia española, a la que tilda de incompleta.

Tiene razón el líder de Podemos, desde su perspectiva, claro, porque lo que a él le gustaría es una democracia popular marxista en la que él como líder supremo determinara quien puede opinar y qué. Sorprende, sin embargo, que la respuesta del sector socialista de su Gobierno le corrija y matice quitándole la razón. Sorprende esa aseveración porque ese PSOE, al mismo tiempo que le contradice, impulsa en el Congreso una Ley denominada de Memoria Democrática mediante la cual pretende no sólo revertir y tergiversar nuestra historia reciente sino al mismo tiempo callar a quienes defienden una visión distinta de la suya defendiendo lo que Franco significó para España. Pretenden incluso establecer nada menos como delito lo que denominan “ apología del franquismo “.

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Así, sin más, y se quedan tan frescos saltándose a la torera varios artículos de la Constitución española. En concreto los referidos a la libertad de expresión, de pensamiento y de igualdad ante la Ley. Es evidente que de salir adelante esta ley, a todas luces inconstitucional,  esta Fundación Nacional Francisco Franco tendrá los días contados por lo que defiende y por su nombre. Es así que no son pocas las voces bien intencionadas que nos aconsejan estrategias que puedan hacer difícil esa pretendida ilegalización, bien modificando el nombre de la misma o transformándola en otra similar mediante la modificación de los actuales estatutos o a través de una complicada ingeniería legal que permitiera su supervivencia.

Algo así como “ mismos perros con distintos collares”; de hecho fue lo que hace varios años se hizo en parte, modificando los estatutos para adaptarlos a la vigente Ley de Memoria Histórica, pero manteniendo, por supuesto, la claridad y transparencia de nuestra razón de ser sin tapujos.

Pues bien, ya anuncio que en esta ocasión no va a suceder lo mismo. No veo razón alguna para renegar para nada del nombre de Francisco Franco ni de nuestro derecho a defender lo que significó. A nosotros no nos gusta en absoluto que haya Fundaciones que lleven el nombre de quien fuera Presidente del Consejo de Ministros de la República, Largo caballero,  mientras se asesinaba a miles de inocentes en Paracuellos del Jarama o de Juan Negrin , Ministro de Hacienda, responsable de la apropiación y traslado a Rusia del 70% de las reservas de oro del Banco de España pero reconocemos que desde una perspectiva histórica haya quien así lo desee.

No, en ningún caso renunciamos a mantener el nombre de Francisco Franco en esta Fundación ni nuestro derecho a difundir, promover e incentivar el conocimiento del pensamiento, memoria y legado del Caudillo. Por supuesto que si llega el momento en que por aplicación de esa posible Ley se procediera a instar a la ilegalización de nuestra Fundación será el momento de acudir a los tribunales de justicia si es que para entonces aún subsiste la precaria separación de poderes en nuestro ordenamiento político.

Y es al hilo de esto que también muestro mi incomprensión cuando veo que quienes de buena fe defienden la no demolición de tantas cruces, como estamos viendo en los últimos años, apelan a que no tienen significado “franquista” alguno, que es precisamente la razón alegada por los talibanes socialistas y comunistas para su demolición por más que su razón última sea el ataque a la religión católica.  A ver, por supuesto que la Cruz, símbolo por excelencia del cristianismo, está muy por encima de la identificación con  Franco y su régimen pero negar que para aquellos que lucharon con él contra la barbarie comunista esa identificación no existió es negar una realidad. Claro que Franco y consecuentemente su régimen se identificaron  con la Cruz, unos de los símbolos principales de la ideología del bando nacional y del régimen político que sustanció.

Sí, ya sé que la lucha en la política al igual que en la guerra requiere a veces  la utilización de artimañas para no perder baza en ella pero estamos ante una situación en la que ya está bien de ceder en lo fundamental.

Lo dicho : jamás renunciaremos a lo que establecen nuestros estatutos que no vamos a cambiar ni a dejar de honrar el nombre de Francisco Franco.


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¡ANTOLÓGICO! Carta de Ibn Asad al rapero Pablo Hasel

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Estimado Pablo Hasél,

Casi no nos conocemos. Un poco yo a ti de oídas y nada probablemente tú a mí. Por eso déjame presentarme a través de lo que tenemos en común. Soy Ibn Asad, escritor, músico y artista underground como tú. Soy de la misma quinta que tú, es decir, de aquella que ya se libró de la mili. Utilizo un heterónimo árabe como tú. Sé lo que es sufrir la censura y la represión como tú. A ti te condenaron a prisión por tu rap y escritos; a mí me incriminaron en una trama de pornografía infantil por mis libros y escritos. Ambos sabemos lo que es la injusticia, muy posiblemente de manos del mismo mamporrero.

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Si rapeas que ‘hay que matar a un puto guardia civil’, es normal que algún guardia civil te quiera putear. Hay que apechugar

Aquí terminan nuestros puntos en común y empieza el párrafo gordo de nuestras diferencias. Tú eres revolucionario; yo no. Tú eres activista; yo no. Tú eres comunista; yo tampoco. A ti te gusta todo eso de la “acción directa”, la “lucha armada”, la “autodefensa proletaria”; a mí ni de coña. Tú pensarás que soy un cobarde por ello; yo no creo que seas valiente por algo así. Nuestras asimetrías van más allá: tú eres hijo de empresario nacido en una familia burguesa, al que le dio por hacer suya la lucha de los trabajadores; yo soy hijo de un trabajador pobre que nunca toleró que pijos marxistas hablaran en su nombre. Tú añoras a GRAPO, ETA y Terra LLiure; yo aún recuerdo el eco del bombazo que pusieron aquí en un barrio obrero cerca de la pista donde jugaba al fútbol cuando tenía unos diez años. Tú te defines de izquierda para identificar a todo el que no lo haga como fascista; yo no soy de derecha ni violento aunque esté hasta las narices de lo que hacéis tú y los tuyos: okupar los pisos de los abuelos, pintarrajear, mear y cagar por los rincones de las ciudades, joder el mobiliario urbano y agredir a todo aquel que no os baile el agua. Y además, ir de mártir y de víctima. ¡He ahí nuestra diferencia insalvable! Los dos pasamos por la misma mierda: yo en soledad como lobo estepario; y tú acompañado de esa jauría (de perros de raza, eso sí) tan ladradora como poco mordedora de Joan Manuel Serrat, Javier Bardem o Pedro Almodóvar. ¡Vaya compañías! Para ti antes serían traidores reformistas burgueses; para mí siguen siendo gentucilla poco recomendable.

¿Seríamos capaces de reivindicar la Libertad de Expresión, tanto para un nostálgico del GRAPO como para un nazi desorejado? Yo sí. ¿Y tú?

¿Me solidarizo contigo? Sí, sin fisuras: no quiero que ningún escritor esté en la cárcel por lo que escribe, o un cantante por lo que canta, o un editor por lo que edita. ¿Es injusto lo que está ocurriendo contigo? Sí; y lo que ocurrió conmigo. ¿Quiero que salgas de la cárcel ipso facto? Por supuesto, hoy mismo, sin condiciones, de la misma manera que quiero que deje de entrar y salir de la cárcel Pedro Varela, con el que tengo en común lo mismo que contigo: prácticamente nada. ¿Sabes quién es Pedro Varela Geiss? Un catalán (como tú) que lleva más de veinte años en un vía crucis judicial por vender libros. No escribirlos como yo; no rapearlos como tú. Un tipo que ha ido varias veces a la cárcel estrictamente por editar y vender libros en su librería. Por mucho menos de lo que hicimos tú o yo, le cayó una muchísimo mayor. Y se la comió con patatas: la prisión, la soledad, la censura de los libros, el cierre de su librería, el ostracismo y la ruina económica. ¿Por qué el caso Varela no apareció en La Sexta, ni fue voceado por Trueba, los Bardem o la nieta de Lola Flores? Pues ya sabes… Creo que los dos lo sabemos. Creo que los dos somos mayorcitos para identificar y denunciar la injusticia en sí misma, y no porque ella recae en nuestros amiguitos ideológicos. Como yo no tengo ideología, tampoco tengo amigos, o no al menos de esos que tú tienes. Pero te hago una pregunta como si  fuéramos amigos: ¿Seríamos capaces de reivindicar la Libertad de Expresión, tanto para un nostálgico del GRAPO como para un nazi desorejado? Yo sí. ¿Y tú?

Si tienes que quedarte en la cárcel una temporada (Dios o Marx no lo quieran), aprovéchala para meditar y pensar si esa Libertad de Expresión que vindicáis es para todos o sólo para tus colegas

Si enviamos un mensaje al Rey llamándole mafioso, es normal que la mafia nos haga una visita a casa. Hay que apechugar. Si alguien vende libros que están prohibidos por ley (porque existen libros prohibidos por ley), es normal que le cierren la librería. Hay que apechugar. Si escribo un libro con tropecientos nombre propios, es normal que uno de esos tipos lo lea y se cabree. Hay que apechugar. Si rapeas que hay que matar a un puto guardia civil, es normal que algún guardia civil te quiera putear. Hay que apechugar. Si queremos expresarnos con libertad, honestidad y coherencia, tendremos que pagar un precio por ello. Tú lo estás pagando y ya sólo por ello tienes mis respetos. Deseo que estés lo mínimo en la cárcel, ni un minuto si es posible. Pido tu libertad aquí explícitamente y espero con sinceridad que algún día podamos conocernos personalmente. Ahora bien, si tienes que quedarte en la cárcel una temporada (Dios o Marx no lo quieran), aprovéchala para meditar y pensar si esa Libertad de Expresión que vindicáis es para todos o sólo para tus colegas. Y ya puestos, aprovecha también la estancia en prisión para perder peso y ponerte en forma. Se te ve de buen año.

Un cordial saludo,  Ibn Asad   


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Opinión

El Partido Popular es un traidor antológico y Cataluña debe sepultarlo

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El Partido Popular de Pablo Casado ha vertido sus últimos exabruptos contra la españolidad de Cataluña manifestando, en una entrevista al medio separatista RAC1 su condena a la actuación policial en el 1 de octubre de 2017. Del mismo modo, la número 3 del PP al 14 F, Eva Parera, compadreó con los criminales Junqueras y Puigdemont al abrir su partido a los indultos. Recordemos que Parera, ex de CiU, proclamó bajo las siglas de Pujol, el derecho a la autodeterminación de Cataluña.

El PP es hijo del vomitorio autonómico, rehén de su corrupción moral y económica y traidor antológico. José María Aznar entregó a Pujol las mayores cotas fiscales, las competencias de seguridad para los Mossos y la práctica retirada total de la Benemérita, regalando a CiU la expansión lingüística catalanista sobre el Reino de Valencia.

Llegado a la Moncloa, Rajoy aprovechó a la inefable Alicia Sánchez Camacho para aprobarle los Presupuestos al presidente catalán golpista Artur Mas. Luego permitió dos referéndums independentistas: en 2014 y 2017. Soraya Sáenz de Santamaría, rectora del CNI, abrió a Carlos Puigdemont la jaula y rindió ante Alemania el honor de España al admitir la sentencia de un tribunal regional germano que blindó al golpista en los extramuros de nuestra Patria.

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El PP merece extinguirse en Cataluña y España, y cuánto mayor sea su hundimiento mayor será la justicia providencial de la historia contra un aliado y promotor del cáncer separatista.

No obstante tengamos en cuenta que, de cara a los comicios del 14 F, quién piense que Vox crece en Cataluña por la traición de un PP que se abre a la amnistía a los golpistas o que desprecia a la Policía nacional del 1 de Octubre de 2017, se equivoca. Quién piense que Vox crece porque Inés Arrimadas y Albert Rivera huyeron de Cataluña para posar su trasero en Madrid y ser la muletita de Pedro Sánchez, se equivoca.

Vox no crece sobre la ruina moral de un PP que quiere heredar a CiU, ni sobre la destruida veleta de Ciudadanos. Crece porque los problemas endémicos de Cataluña y España como la islamización forzosa, el fracaso autonómico o la necesaria destrucción de las leyes de género y memoria histórica, sólo son afrontados y bregados por Vox. Los barrios obreros e industriales captan en Vox lo que en Francia, Italia o Alemania ya asumieron los votantes de Marine Le Pen, Hermanos de Italia o Alternativa para Alemania: que sólo el liderazgo fuerte, carismático y soberanista puede protegerles frente a las élites multimillonarias y predadoras que imponen la inmigración, censuran las libertades e instauran los diseños LGTB.

Al socialista Salvador Illa le votarán los pijos burgueses remilgados paridos en el ecologismo o en la prepotencia moral de las universidades progres; a Vox los currantes, hartos de okupas y delincuentes, y que no necesitan de las lecciones chulescas de la izquierda caviar ni de las paranoias del separatismo irredento. Los desheredados y los deprimidos, los maltratados por la anarquía del sistema autonómico y migratorio, van a depositar en Vox su confianza más decidida. Esperemos que jamás los traicionen. El PP y Cs ya lo hicieron, y lo pagarán.

José Miguel Pérez.


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