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España

Otra encuesta viciada y con truco

Redacción

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Manuel Marín.- Una vez más, el CIS irrumpe en la precampaña con un macrosondeo desvirtuado y superado por la vertiginosidad de los acontecimientos. Sin duda, será motivo de crítica extrema por casi todos los partidos, excepto el PSOE, por supuesto. Incluso, será motivo de mofa en los actos preelectorales de las próximas horas. Al tiempo. El CIS de José Félix Tezanos nada a contracorriente de la tendencia marcada unánimemente por el resto de las encuestas preelectorales y encumbra a Pedro Sánchez hacia una fácil investidura muy próxima a la mayoría absoluta, bien con Unidas Podemos, bien incluso con Ciudadanos. Sánchez irá tan sobrado, que hasta podrá elegir socio sin problemas.

El truco, con cocina o sin ella –ya es lo de menos dada la eterna práctica de Tezanos a favor del PSOE– está en que la encuesta se realizó antes de que se conociera la sentencia del Tribunal Supremo y su condena por sedición a los acusados; antes de que los CDR incendiasen media Barcelona; y antes también de la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos. Se trata de hitos políticos relevantes que, lógicamente, no han podido ser valorados por cada encuestado, y que a priori pueden influir en el voto de muchos miles de ciudadanos.

No obstante, lo más llamativo es el desmarque absoluto que hace el CIS de la unanimidad de sondeos que vienen publicándose en los medios de comunicación, entre ellos ABC. Mientras algunos de ellos han situado el desgaste del PSOE en un mínimo de 117 escaños tras la pasiva gestión de los episodios de violencia callejera en Cataluña, el CIS lo eleva a una horquilla de entre 133 y 150. Apenas 33 escaños de margen de diferencia… o de error, porque 33 escaños equivalen a equivocarse o no en más de dos millones de votos. No es una cifra irrelevante.

En sentido inverso, ocurre lo mismo con la previsión respecto al PP. Hay sondeos que le asignan ya una presencia parlamentaria superior a los 100 escaños. El CIS, en cambio, rebaja ese pronóstico a 74-81 escaños. Esto es, una subida neta, pero absolutamente insuficiente para tener la más mínima opción de gobernar. Menos aún si a ese factor se suma que la caída que el CIS asigna a Ciudadanos –entre 27 y 35 escaños– coincide básicamente con la previsión de un serio desplome. No obstante, otros sondeos han llegado a atribuirle un mínimo de 18 escaños, que supone la mitad de lo que el CIS prevé.

Además, Tezanos desmonta la euforia generada en torno a Vox, haya o no «pinza» entre el PSOE y el partido de Abascal. Mientras la unanimidad de las encuestas le asignan una subida hasta situarlo como tercera fuerza política con cerca de 40 escaños, una quincena más de los que actualmente tiene, el CIS le dibuja como un partido a la baja, con un mínimo de 14 y un máximo de 21 escaños. Nada de lo que sí le cuadra al universo demoscópico, le cuadra ahora a Tezanos… lo cual no quiere decir que no termine acertando. Pero a tenor de estos pronósticos tan optimistas para Sánchez, nadie en el PSOE tendría motivo alguno para expresar la preocupación que en privado sí reconocen algunos de sus dirigentes, temerosos de que el PSOE baje incluso de sus actuales 123 escaños.

¿Se equivocó Sánchez al no pactar la investidura con Podemos, y convocar elecciones? Hay cuadros relevantes que temen bajar de esa cifra, y que la gobernabilidad sea prácticamente inviable. El CIS, no.

En absoluto. Siempre al rescate. Medalla para Tezanos. Todo será fácil para Ferraz… a no ser que sus cálculos terminen por desmovilizar a una izquierda que no vea necesaria siquiera la necesidad de acudir a votar. No obstante, el tufillo de maquiavelismo de laboratorio persiste, y habrá malévolos que perciban en este sondeo un afán movilizador de los votantes de Vox en busca de los escaños que conviene restar al PP y a Ciudadanos.

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España

¿Es idóneo el cardenal Cobo como arzobispo de Madrid?

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La cuestión ya no es únicamente el Valle. La cuestión es el modo de ejercer la autoridad. Y cuando en el gobierno de la Iglesia se traspasan límites jurídicos, institucionales y prudenciales, lo que entra en juego no es una decisión concreta, sino la idoneidad misma para el cargo.

En el caso que nos ocupa, fue el cardenal José Cobo Cano quien firmó el “acuerdo” propuesto por el ministro Félix Bolaños sobre el futuro del Valle. No lo hizo la comunidad benedictina responsable del templo. No lo hizo la Conferencia Episcopal Española. No lo hizo tampoco, que se sepa, el Secretario de Estado de Su Santidad, pese a que posteriormente el propio cardenal haya sostenido en comparecencias públicas —según recogió el diario El País— que existiría un acuerdo directo con la Santa Sede. No fue el fruto de una deliberación colegiada. Fue una firma personal.

Pero lo más preocupante no es solo quién firmó, sino cómo se actuó. En un asunto de esta complejidad y gravedad institucional, se eludieron los procedimientos habituales de consulta, deliberación y contraste que caracterizan la actuación ordinaria de la Iglesia en materias sensibles. No hubo integración previa de la comunidad directamente afectada. No hubo conocimiento ni debate en el seno del episcopado. No hubo transparencia institucional. El acuerdo no se conoció por comunicación oficial, sino porque alguno o algunos de los actores que habían interpuesto recurso accedieron al expediente judicial y allí encontraron el texto suscrito.

Y el contenido del acuerdo explica la magnitud del escándalo. En él se sostiene que dentro del templo únicamente serían lugar estrictamente destinado al culto el altar y los bancos adyacentes, quedando el resto del espacio disponible para intervenciones promovidas por el Gobierno. En la práctica, se abría la puerta a actuaciones de carácter político e ideológico en el interior mismo de la Basílica, reduciendo el ámbito sagrado a un perímetro mínimo. Tras la firma, el Gobierno publicó el concurso público para la resignificación política e ideológica del Valle, incluyendo expresamente el interior del templo en los términos previstos en el texto suscrito por el cardenal. No es un detalle menor: el Ejecutivo no activó formalmente el procedimiento hasta contar con esa firma, que en apariencia le otorgaba cobertura para actuar dentro de la Basílica. La autorización personal del cardenal fue la condición que permitió al Gobierno dar el paso.

Aquí se añade un elemento especialmente grave. Si, como resulta evidente por la propia configuración jurídica del templo, el arzobispo de Madrid carece de competencia directa sobre la Basílica y sobre la comunidad monástica que la rige, entonces ofrecer esa cobertura al Gobierno implica algo más que una imprudencia interna: supone haber generado en el poder civil la apariencia de una habilitación que no podía otorgar. Actuar de ese modo, sabiendo desde el principio que no se posee la competencia necesaria, no solo desborda los límites internos de la Iglesia; introduce también una dimensión de deslealtad institucional frente al propio Gobierno, al que se presenta una capacidad de disposición inexistente.

Reducir el espacio sagrado a un perímetro mínimo y considerar el resto del templo susceptible de intervención gubernamental no es un matiz técnico. Es una redefinición profunda del concepto de lugar sagrado. El Código de Derecho Canónico no entiende el templo como una superficie fragmentable según criterios de oportunidad política. El espacio consagrado está destinado al culto en su integridad y protegido por un régimen jurídico específico que excluye su utilización para fines ajenos a su naturaleza religiosa. Lo firmado por el cardenal contradice sustancialmente lo previsto en el ordenamiento canónico para los templos consagrados, al admitir de hecho la implantación de actuaciones no litúrgicas y de carácter político en su interior. A ello se suma la inviolabilidad de los templos reconocida en los acuerdos Iglesia-Estado y la protección constitucional de la libertad religiosa de los fieles.

Además, la comunidad benedictina había interpuesto recurso contencioso-administrativo en defensa del templo y de su régimen jurídico. De ese dato se deduce que no existía una posición eclesial compartida ni consentimiento real por parte de quienes tienen responsabilidad directa sobre la Basílica.

En la penúltima Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, el episcopado apoyó unánimemente la labor de mediación del cardenal Cobo. Sin embargo, en la última Asamblea Plenaria, tras conocerse el “acuerdo” firmado, la posición cambió radicalmente. El secretario general y portavoz de la CEE, Monseñor García Magán, declaró ante los medios que en el asunto del Valle no habían sido ni convidados de piedra, que se preguntase directamente al cardenal Cobo y que ellos no sabían nada. No fue una ambigüedad diplomática. Fue un apartamiento explícito. El órgano asambleario de los obispos españoles que meses antes respaldaba la mediación se desmarcaba por completo del contenido firmado.

Pese a todo ello, tras la adjudicación del proyecto ganador del concurso, el cardenal manifestó públicamente su beneplácito. Y lo hizo en un contexto en el que la defensa jurídica de la sacralidad e integridad de la Basílica era pública, conocida y formalmente articulada en sede judicial. La oposición jurídica no era hipotética ni futura: estaba planteada. Aun así, el cardenal no adoptó una posición de prudente reserva. Expresó su respaldo explícito al proyecto que desarrollaba los términos del acuerdo firmado. No fue un silencio ni una ambigüedad: fue una toma de posición clara. La colaboración con las pretensiones del Gobierno no fue episódica; fue directa, persistente y coherente con la decisión inicial.

Aquí emerge el núcleo del problema: la confusión entre mediación y potestad, entre iniciativa personal y competencia real. Mediar no es disponer. La mediación no otorga jurisdicción para comprometer jurídicamente a terceros sin mandato expreso. El arzobispo de Madrid no tiene competencia directa sobre la comunidad monástica del Valle ni potestad para redefinir unilateralmente el estatuto interno de un templo con régimen singular. El respeto al derecho y a los procedimientos no es un formalismo burocrático: es la garantía frente a la arbitrariedad y el abuso de autoridad.

El derecho canónico exige que quien gobierna esté adornado de fe sólida, prudencia, sabiduría, celo por las almas y otras virtudes humanas que lo hagan apto para el ministerio. Debe gozar de buena fama y velar por la disciplina común, evitando abusos. La prudencia implica no ofrecer coberturas jurídicas inexistentes. El celo pastoral exige custodiar lo sagrado. Las virtudes humanas incluyen el respeto escrupuloso a los procedimientos y la conciencia de los propios límites.

En cualquier buen administrador —y con mayor razón en una alta jerarquía de la Iglesia— el respeto a los procedimientos y la prevención de arbitrariedades y abuso de poder son esenciales. Prescindir de ellos en un asunto de esta envergadura no es una simple torpeza estratégica; es un modo de proceder que compromete la confianza institucional.

Nada obligaba al cardenal a actuar así. No existía mandato colegial. No constaba consentimiento de la comunidad responsable. No había urgencia que justificara eludir los cauces ordinarios ni otorgar al Gobierno una habilitación que no podía conceder. La decisión fue personal. Y las consecuencias —recurso judicial, desmarque episcopal, controversia pública— también lo son.

Gobernar Madrid exige algo más que iniciativa. Exige conciencia clara de los límites jurídicos propios y ajenos, respeto al derecho y capacidad de actuar con prudencia en asuntos de máxima sensibilidad. Cuando esos principios se ignoran en un caso que afecta al corazón mismo de un templo y a la libertad religiosa de los fieles, la cuestión deja de ser coyuntural.

Un liderazgo razonable y prudente, ante la evidencia de un error inicial de tal magnitud, habría optado por otro camino: rectificar públicamente, reconocer la falta de integración y pedir disculpas a las partes directamente afectadas. Esa habría sido la respuesta coherente con la prudencia que exige el gobierno episcopal y con la responsabilidad que impone la magnitud del asunto. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Lejos de corregir el rumbo, se sostuvo la decisión, se reafirmó el respaldo al proyecto impulsado por el Gobierno y, cuando el escándalo ya era inocultable, se desplazó el foco hacia la Secretaría de Estado de Su Santidad, sugiriendo que la responsabilidad última recaía en ella. Persistir en el error, reforzarlo y finalmente derivar la carga hacia otro nivel institucional no es un gesto de gobierno fuerte; es un despropósito difícil de justificar.

A la vista de los hechos, la pregunta ya no puede eludirse ni rebajarse a mera polémica coyuntural. Se formula con naturalidad en ámbitos eclesiales, en conversaciones discretas y en reflexiones públicas. No es una ocurrencia aislada ni una exageración retórica: es la duda que empieza a abrirse paso entre fieles y miembros del clero. Y esa duda es tan simple como grave: ¿Es verdaderamente idóneo el cardenal Cobo para gobernar la archidiócesis de Madrid?

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