Opinión
¿Y si el CIS dice la verdad?
Si los datos del CIS, encuesta correspondiente a estas últimas semanas, son ciertos, no sé a qué espera Sánchez a convocar elecciones. Según el equipo de Tezanos, el PSOE estaría algo más de trece puntos por encima del PP en intención de voto, al que superaría, incluso, el partido de Albert Rivera. Jopetas. Todo ello teniendo en cuenta los escándalos de los ministros de Sánchez, la tesis del Doctor Plagio, los tejemanejes del Vicepresidente Volante y algún que otro sainete más. No habría llegado a la consideración general el detalle de anteayer según el cual Sánchez no considera adecuada la calificación de rebelión al comportamiento de los presos preventivos por los hechos del Uno de Octubre, tal como le exigió Iglesias a la salida de la cárcel de Lledoners después de negociar con Junqueras los Presupuestos del Estado que ambos abominan. Con lo acaecido anteriormente, empero, habría suficiente materia como para que la masa de cualquier país medianamente sólido abominara de sus dirigentes? pero esta es la España de hogaño.
Vamos a ver, en lugar del cuestionamiento general del estudio que se está realizando en medios diversos, planteemos una variable contemplable: ¿qué ocurriría si la encuesta respondiese ciertamente a la realidad? ¿qué consideraciones habría que hacer si el trabajo de los cocineros del CIS se atuviese al estado de opinión de los votantes españoles? ¿Qué habría que pensar si, de veras, los ciudadanos considerasen que la opción del PSOE de Sánchez es la mejor de todas las posibles? Podemos entrar en modo melancolía, podemos pensar en que existe un encantamiento colectivo o podemos colegir que la poca vergüenza de la institución no tiene límites? pero ¿y si es verdad?
Ciertamente, la opinión general, tanto de profesionales como de aficionados olisqueadores de los estados de ánimo, no coincide con los augurios de la muchachada encuestadora, pero habría que conceder un margen de veracidad a los datos que son adversos por el hecho de que más de una vez se han confundido deseos con realidad.
Este es el Gobierno que preside un individuo en el que todo es falso, en el que el pasteleo con los enemigos de la Nación y el Estado Constitucional es escandaloso, en el que se negocian presupuestos y mayorías futuras con presos acusados de rebelión, en el que se rompen todos los límites posibles con la decencia política, en el que se planea un abordaje a la España nacida de la Transición del 78, en el que unos pocos ministros mantienen su posición agarrándose a la brocha y en el que se dice un día una cosa y se rectifica al siguiente sin el más mínimo atisbo de reflexión. Pero puede que eso le guste a los votantes. Es decir, hay una mayoría de españoles que no se sienten seducidos por aquellos que censuran el comportamiento de un presidente cuentista y «fake».
Según el CIS, a no ser que asistamos a una escandalosa manipulación de los medios públicos, los españoles le darían la confianza de forma mayoritaria a formaciones políticas de izquierda extrema -más los correspondientes independentistas y proetarras- que vienen elaborando una política de urgencia caracterizada por cuestionar el Estado que conocemos, amén de elaborar un modelo de sociedad en la que priva el mantenimiento público de amplias bases de población en lugar de estimular la iniciativa privada de aquellos emprendedores que creen que se progresa arriesgando y creando riqueza. El mundo se divide entre los que se juegan la piel y los que sin jugarse nada quieren un sueldo seguro. Claramente dice el CIS que son muchos más los segundos. No me cabe duda de que, si eso fuera cierto, Sánchez convocaría elecciones de forma inmediata. De no ser así, habrá que sospechar? Pero no habría que desestimar la posibilidad de que la España retratada fuera la real.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
